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Melphómenne

Jajahar · por Carmille · 05 de agosto de 2026

El graznido de un cuervo rompió el silencio del lugar. El fuego de las velas casi las consumía por completo, algunas ya habían dejado de bailar. La niebla encontró la forma de hospedarse dentro del templo, y saludaba a la niña con suaves besos húmedos en sus mejillas.
 
Thalia se levantó suavemente, su uniforme del convento; antes blanco, estaba ahora cubierto de cenizas que no sabía de dónde habían salido. Buscó a Lázaro, pero no estaba por ninguna parte, comenzó a desesperarse, cuando de repente, el cuervo graznó otra vez, haciendo que su mirada se dirigiera hacia él. 
 
El ave permaneció inmóvil sobre el altar, observándola con unos ojos casi tan negros como los de ella. Mientras se acercaba a él, en un trance que no podía explicar, sus pasos se hacían más ligeros y la niebla menos densa. Cuando se encontraba a centímetros de alcanzarlo, un maullido fuerte, espectral, desesperado, retumbó por todo el templo.
 
—¡Lázaro! — Thalia se alejó rápidamente del cuervo y comenzó a correr en la dirección contraria; hacia la salida.
 
—¡Lázaro! ¿Dónde estás? — Repetía la niña, alejándose más y más mientras buscaba a su amigo.
 
La niebla volvió, juguetona, dispuesta a confundirle la vista y los pensamientos. Las llamas que aún danzaban en los candelabros se detuvieron a observarla, curiosas por la presencia de aquella diminuta humana en su escenario. Se sintieron opacadas … y se esfumaron, celosas.
 
Otra vez, el cuervo.
 
En medio de la oscuridad absoluta, se dejó llevar por la niebla que parecía querer revelarle algo y cuando pudo al fin ver a través de ella, se dio cuenta que había vuelto al altar frente al sombrío ser de alas negras.
—¿Quieres decirme algo amiguito? —Le preguntó amablemente, sonriendo.
 
El ave ladeó la cabeza y un frío gélido se instauró en el templo. En un segundo todo su cuerpo temblaba; cada respiración le quemaba la garganta.
 
Detrás de ella, el suelo comenzó a latir, algo se acercaba con un andar tranquilo, pero amenazante. No se atrevió a girarse; en cambio, comenzó a rezar en susurros, con los ojos cerrados. Su cuerpo gritaba que algo no estaba bien.
 
Sancta Maria mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amen.
 
Pobre Thalia, lloraba y tiritaba esperando que alguien la salvara. Alguien, por favor... ¿Quién?
 
—Dejé que terminaras tu oración para saludarte, Thalia. —Una voz suave y elegante la abrazó por la espalda, congelándola en el lugar.
 
Su corazón latía desbocado. No podía moverse, ni hablar, ni siquiera abrir los ojos. Tenía miedo de lo que iba a descubrir.
 
—No temas Thalia, he escuchado tus plegarias y he venido a ayudarte, abre los ojos, no temas mirarme.
 
Lentamente, la niña obedeció… y frente a ella, para su sorpresa, se hallaba la inocente figura de un adolescente de hermosa piel morena y ojos carmesí, con elegantes ropas de terciopelo, oro y encaje. 
 
—¿E…Eres D-Dios? ¿Un á-ángel? —balbuceó, tratando de controlar su respiración.
 
Una risita se escapó del joven que subió con agilidad al altar y alzó los brazos al cielo. Era imposible apartar la mirada de aquella elegante presencia, ajena a este mundo.
 
—Podría decirse que sí—Respondió, sonriendo con dulzura—soy ángel y Dios al mismo tiempo Thalia.
Hizo una pausa, su voz se volvió fuego. El aire comenzó a oler a cenizas y azufre.
 
—Yo soy Lucifer.
 
Un silencio sepulcral la aplastó, le fallaron las piernas, no podía apartar la mirada de aquel ser que sonreía orgulloso. Quería huir, gritar, pero su cuerpo no respondía. Todos sus sentidos le advertían que lo que acababa de oír era cierto.
 
Intentó invocar a Dios con el soplo de voz que pudo sacar, la respuesta fue el silencio. El joven sonrió con extraña ternura, bajó del altar y se acercó lentamente a Thalia en el suelo. 
 
¿Por qué me temes, pequeña? —susurró—He venido a ayudarte. ¿Ves a alguien más aquí? —preguntó elevando la voz y señalando distintas partes del templo—¿Un santo?, ¿un ángel?... Mira bien. No hay nadie, sólo yo.
 
Dio un paso más hacia ella, la niebla ahora lo seguía a él.
 
—Soy el desechado, el olvidado. El que sufre, el que amó al Creador y fue arrojado al abismo por ello. Y dime, ¿no te parece familiar esta historia? —su voz se hacía cada vez más dulce y cálida, se hincó, quedando ambos frente a frente—tu dolor, tu soledad, tu fe quebrada… tú y yo Thalia somos lo mismo.
 
—No… —un susurro valiente salió cortándole la garganta al pasar—tú… tú no eres mi salvador—mantener sus ojos fijos en el carmesí que la quemaba no era tarea fácil, pensó que moriría.
 
—¿No? Entonces dime, ¿dónde está tu salvador? —cada palabra que soltaba, se clavaba con suavidad en el pecho de la niña—¿dónde estaba cuando suplicabas entre lágrimas?
 
­—¡Cállate! —Las manos de la niña temblaban, afirmada a sus piernas con fuerza, no quería aceptar que quizás… Dios también la había abandonado.
 
El joven la miró con compasión y se levantó, dándole la espalda.
 
—No necesito decirlo—susurró dulcemente, el fuego de sus ojos infernales parecía querer ser apagado por una repentina lluvia que deseaba caer—Sólo quiero que veas, Thalia…
 
Y a su alrededor, el templo se llenó de voces. Voces que imitaban sus rezos pasados, ecos de su propia fe, plegarias vergonzosas tiradas a la basura, una voz inocente que nunca fue escuchada, oraciones huecas repetidas una y otra vez, rotas.
 
«Dios mío, sálvala…»
«No quiero seguir sufriendo»
«Por favor…»
 
Thalia cubrió sus oídos, llorando.
 
—¡Basta! ¡Por favor!...
 
—Yo te escuché, Thalia—la volvió a mirar, el fuego en sus ojos temblaba—Sólo yo.
 
Las velas emergieron para bailar otra vez, aplaudiendo a sus palabras. Lucifer se arrodilló nuevamente ante ella, el aire del templo estaba frío, pero él emanaba un calor sobrenatural.
 
—Concederé tu deseo—le acarició la mejilla con ternura—dejarás de sufrir.
 
Ese delicado toque le transmitió su calor. La pena, el miedo, las voces que su cabeza no paraba de repetir en bucle… todo se desvaneció. Por un instante, Thalia sintió lo que debía ser el paraíso.
 
Una sonrisa de satisfacción apareció por un segundo en el rostro del demonio y apartó su mano, entnces el dolor volvió, la lanza de la angustia la atravesó, robándole el aliento.
 
—¿Ves? —dijo él suavemente—Todo eso puedo quitarlo.
 
Thalia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
 
«He sido abandonada… Es el único que escuchó mis plegarias, el único que ha mostrado algo de preocupación, el que me concederá este milagro…»
 
—¿Por qué haces esto? —Preguntó la niña, con genuina curiosidad.
 
—Quiero que entiendas, Thalia— su voz cálida dolía—No tienes que sufrir más. Nadie más te hará daño, nadie volverá a romperte.
 
Ella lo observó en silencio, con la respiración entrecortada.
 
—¿Puedes hacer eso?...
 
Lucifer sonrió ampliamente.
 
—Serás feliz para siempre… Y podrás hacer felices a los demás.
 
—¿Cómo?
 
El joven extendió su mano para ayudarla a levantarse, Thalia recibió su ayuda y al incorporarse, observó que detrás de él aparecían sus muñecos, los mismos con los que hablaba en su habitación del convento. Ahora la observaban con ojos brillantes, parecían vivos.
 
—Salvarás a las almas tristes y perdidas. Les darás un hogar dentro de tus muñecos—dijo solemnemente—Sólo debes aceptar mi trato.
 
—¿Un trato?
 
—Sí…—dijo Lucifer sonriendo, sus ojos ardían—Entrégame tu alma y tu nombre, a cambio, podrás darles vida eterna a las almas infelices dentro de tus muñecos… Y tú mi niña, serás feliz para siempre.
 
Thalia estaba hipnotizada, todo esto era un milagro, ya no temblaba, no temía. Los muñecos la observaban contentos. El recuerdo del calor que Lucifer le había dado la abrazó de nuevo. El sufrimiento al fin, podía ser para ella un recuerdo lejano. El cielo nocturno de su mirada se clavó en las llamas de la de él, apretó sus puños, y completamente decidida, rota, aferrándose a esta última esperanza, contestó con firmeza:
 
—Acepto.
 
—Entonces, Melphómenne…—dijo Lucifer, tomándola del mentón con dulzura y acercándola a él—Nunca volverás a llorar.
 
La niebla los abrazó a ambos, Melphómenne no despegó sus ojos de los de Lucifer, pero de un momento a otro, desapareció frente a ella en la penumbra. El silencio la acompañaba. La niña sonreía; simplemente no podía dejar de hacerlo.
 
Un ruido fuerte y repentino rompió su tranquilidad, el umbral del templo se abrió de golpe, dejando entrar una corriente de aire y unos pasos inquietos.
 
—¡Thalia!...
 
Corriendo hacia ella, agitado y asustado. Francis apareció, trayendo a Lázaro en sus brazos.
 
—Thalia… estás aquí… Encontré a Lázaro, vino a buscarme y sentí que necesitabas mi ayuda, te busqué por todas partes… yo—el niño estaba a punto de llorar, pero en vez de eso, soltó al gatito y la abrazó.
 
Oh… El calor del primer amor, el abrazo que tanto habían esperado, al fin se concretó. Thalia correspondió a su abrazo; era feliz.
 
—Francis, nos escapamos con Lázaro…
 
Algo no estaba bien.
 
—Así veo, él me buscó Thalia… ¿estás bien? Parecía asustado, como si estuvieras en problemas…—el niño estaba rojo, su cara entera salpicada de óleo colorado.
 
—¿Lázaro?...
 
—¡Sí!, mira allí está—apuntó con su dedo al altar, donde estaba Lázaro, lamiendo una de sus patas sobre el manto rojo.
 
Algo no estaba bien.
 
—Es imposible Francis… —Melphómenne lo miró, el abismo oscuro de sus ojos, contrastaba con la leve sonrisa permanente de su rostro.
 
—¿Por qué dices eso? —Un frío recorrió la espalda de Francis, quien retrocedió unos pasos. El color de su semblante se esfumó, había algo extraño en ella, una sombra imposible de explicar.
 
—Francis… Lázaro está muerto.
 
En ese momento, el gatito saltó a los brazos del niño y, como si fuera una despedida, le dedicó un último ronroneo, esfumándose en el acto. Del susto, Francis cayó al suelo y comenzó a llorar desconsoladamente.
 
—¡No! ¡Yo lo vi! ¡Lo acaricié y seguí hasta acá!... Yo… Esto es un sueño, ¿cierto? —Miró a la niña con desesperación, esperando una respuesta, pero ella estaba de pie frente a él, sonriéndole con compasión. 
 
—Francis, no te preocupes, pronto dejarás de llorar, toda esta pena y sufrimiento, lo conozco muy bien. Viviremos para siempre felices y juntos…—Su voz suave, ahora tenía un eco de oscuridad, era tan dulce que asustaba.
 
El niño la miró confundido, con las mejillas empapadas.
 
—Deja de sufrir Francis, vamos a sonreír—La mano de Melphómenne agarró con ternura la de él, como otras veces quisieron hacerlo, el toque ardía.
 
—¿Tha…lia?
 
Suspiró, sus ojos se cerraron y cayó al suelo, donde un muñeco idéntico a él había aparecido, sonriendo.
Melphómenne abrió los ojos, la calidez del sol se filtraba por los vitrales, había amanecido. En el altar, el cuerpo de Lázaro descansaba justo como lo había dejado la noche anterior.
 
«Todo ha sido sólo un sueño…», pensaba con cierta decepción. Pero al levantarse tropezó con algo en el suelo. El cuerpo de Francis estaba allí sin vida, a sus pies un muñeco. Y Melphómenne sonreía.
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