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Una melodía retorcida

Jajahar · por Carmille · 06 de agosto de 2026

La sonrisa de Cassian temblaba bajo la tenue luz que rozaba su rostro. Sus dedos se aferraban con fuerza al vaso frente a él. Su mirada perdida, se ahogaba en aquel mar tinto encerrado en cristal. No notó que, a su lado, Mikael sollozaba como un niño, secándose las lágrimas con el dorso de las manos: un gesto inútil, pues seguían brotando una tras otra.

Grave error; llorar en el cielo.

Una copa cayó al suelo, rompiéndose al instante en mil pedazos. Cassian y Mikael alzaron la vista hacia el origen del ruido. La camarera estaba inmóvil, mirándolos con un horror tan genuino que su sonrisa se desmoronó y cayó rendida de rodillas.

La música, las risas, las voces... todo se detuvo, transformándose en un silencio espeso. Un silencio que observaba con ojos inquisidores a Mikael, que sintió un cosquilleo subirle por la espalda. Al girarse, una escena dantesca lo rodeaba; las personas que antes reían estaban ahora de pie, quietas, observándolo con ojos llenos de rabia y sonrisas desfiguradas que se expandían de forma antinatural, mostrando todos los dientes.

El miedo le secó las lágrimas. Se persignó, recuperando el aliento, dispuesto a huir de allí. Pero cuando intentó moverse, una mano lo detuvo, aferrándolo del hombro. Cassian lo miró con preocupación, sin perder su débil sonrisa, se giró hacia el grupo y habló con una voz potente y amable:

—¡Bueno, bueno! Chicos... ¡Es un turista! —rió con incomodidad—. ¡Debo enseñarle aún las reglas de Jajahar, no se preocupen! Esta noche dormirá en mi casa; yo me encargo.

El aire de la taberna se hizo menos denso, la música volvió y las personas regresaron a sus actividades, ignorándolos. El pecho de Mikael subía y bajaba con fuerza y rapidez, sus pensamientos se golpeaban unos a otros dentro de su mente que intentaba calmar con oraciones:

«Pensé que era un pueblo sin pecado, ya que no veo muchas almas errantes... Pero al parecer sus almas son donadas al demonio, este pueblo entero es parte de un ritual satánico y acabo de entrar en él».

Miró fijamente a Cassian que le apretaba el hombro con fuerza, su rostro era amable, lleno de una compasión que le ablandó el corazón. Pronto, Mikael se calmó y le sonrió.

—Por lo que entendí entonces... En este pueblo está prohibido llorar, ya que, si ocurre, puede aparecer Thalia y quitarte el alma. —Dijo con aparente tranquilidad, mientras secaba sus anteojos circulares que se habían manchado con lágrimas.

El hombre carraspeó y asintió con la cabeza.

—Sonreímos siempre, pase lo que pase. Tú también deberías hacerlo... Por tu bien.

—No lo haré —. Su tono era decidido, lleno de un fuego interior—. Señor Cassian, entiendo que tengan miedo, y que si me voy con usted podría ponerlo en peligro atrayendo al mal a su casa, pero no sonreiré si no tengo ganas ¿Está dispuesto a aceptarme de igual forma?

Una sombra se posó en los ojos de Cassian, trayendo consigo recuerdos con olor a roble húmedo y risas que ya no existían.

—Ven conmigo hijo, no tengo nada más que perder —. Le dio unas palmaditas en el hombro y salieron del lugar.

Afuera el aire era más ligero, sin embargo, la niebla no dejaba ver mucho y parecía, según Mikael, casi una persona más entre todos ellos. Caminaron juntos lentamente sin decir palabra entre los bailes y cánticos. Mikael posaba su mirada en todas las esquinas vacías, por todas partes, intentando ver algún espíritu perdido. Su habilidad fue un grave problema en su niñez, durante años pensaron que había perdido la razón, pero se comprobó que poseía un Don, y se interesó por los temas espirituales. De esta forma se convirtió en el mejor estudiante de exorcismo y demonología de su generación.

Sin embargo... Nada. En esta ciudad con suerte podía ver uno o dos almas antiguas lamentándose en su bucle mortal.

«Necesito encontrar la fuente y realizar un exorcismo lo más rápido que pueda, enviaré cartas a mi diócesis para que envíen apoyo... Necesitamos un sacerdote de verdad, esto es peor de lo que pensaban»

Apretó su rosario en la mano derecha, mientras se mordía el labio, pensativo. Cassian se detuvo bruscamente frente a él, provocando que Mikael le chocara por detrás sin querer y despertara así de sus reflexiones. Alzó la vista y ante él, un bosque hermoso de robles nacía, y en su interior, una oscuridad tan profunda que lo llamaba. La niebla se le enredaba entre los dedos de las manos, invitándolo a entrar. Tragó saliva, su manzana de adán se movió dejando pasar el líquido. El rosario estaba ahora empapado de sudor.

—¿Vive aquí señor? — Mikael rompió el silencio con una pregunta un tanto obvia, pero fue lo único que se le ocurrió para dejar de sentir miedo.

—Sí... En el bosque, cerca del convento de la historia... Pero no te preocupes hijo, está abandonado hace mucho tiempo— respondió esuivando la vista y en un tono que no tranquilizó al joven.

Cassian se movía por el bosque con agilidad, se sabía el camino de memoria, Mikael tropezó unas cuantas veces, pero se las arregló para seguir el ritmo.

—¿Thalia está allí, en el convento? —Preguntó al llegar a un gran árbol con forma humana.

Cassian se giró hacia él, no pudo distinguir su semblante ya que la noche hambrienta los devoraba.

—Probablemente...—La voz del hombre era triste y quebrada. Sin ver su rostro, Mikael pensó que estaba a punto de desmoronarse.

Siguieron su camino, los árboles se hacían cada vez menos, subieron unas escaleras de piedra y llegaron a una pequeña casita de madera, cálida y humilde.

—Este es mi hogar, y el tuyo el tiempo que necesites estar acá— dijo Cassian mientras se quitaba el abrigo y cerraba la puerta tras de sí.

—Muchas gracias por su hospitalidad, señor. —Agradeció Mikael con una pequeña reverencia.

Dentro de la casa todo estaba adornado con hermosos trabajos de carpintería, los detalles bien cuidados, la casa limpia excepto por bastantes botellas de alcohol dispersas en un rincón.

Cassian suspiró y con una sonrisa melancólica, le mostró su nueva habitación.

—Sólo hay dos habitaciones en la casa, y de ninguna manera dormirás conmigo—bromeó.

Mikael no sabía si reír y seguirle el juego o mostrar preocupación. La persona frente a él estaba completamente rota, sus gestos, su voz, hasta su forzada sonrisa eterna. Su alma gritaba a través de la máscara, forzaba el paso y se dejaba ver. Ese pobre hombre sólo deseaba olvidar... Y desaparecer.

Mikael no dijo nada, sólo le sonrió y entró a su nueva sala de descanso. Una habitación infantil, llena de juguetes de madera.

«¿Dónde estará el niño que aquí duerme?»

Sus dudas fueron resueltas cuando en el mueble de roble al lado de la cama, junto a un libro viejo, encontró una figura pequeña de una muñeca, con una enorme trenza negra, sonriendo. La envolvió en sus manos en un gentil gesto. Esa sonrisa tallada en madera fue el motivo de sus oraciones esa noche.

El ruido fuerte de unos golpes despertó de un sobresalto a Mikael, quien salió corriendo de la habitación preocupado por Cassian. Siguió el sonido hasta afuera, donde encontró al anciano golpeando un trozo de madera con un martillo. La avanzada edad sólo se reflejaba en algunas arrugas de su rostro y su cabello canoso, sin embargo, su cuerpo evidenciaba una buena salud en general.

Mikael carraspeó mientras frotaba sus manos tratando de calentarlas.

—Cassian, ¿trabajando tan temprano?

El hombre levantó la vista sin dejar de martillar y sonrió con fuerza.

—¡Oh, Mikael!, no me digas que te desperté... lo siento mucho. —Dejó el martillo sobre la mesa de trabajo y se levantó para saludar al joven—Ve adentro, estamos en pleno invierno, te vas a congelar, puedes comer lo que quieras.

—¿Y usted? ¿qué hace trabajando a esta hora en el frío?

—Hijo, llegaste justo en tiempo del carnaval anual, la verdad no sé si es buena o mala suerte...

—¿Carnaval?

—Claro, estamos todos en medio de los preparativos. Son días ajetreados, ven, te cuento adentro, no vayas a pillar un resfriado precisamente ahora.

Mikael se sentó a la mesa mientras Cassian encendía la chimenea.

—¿Entonces...? —Preguntó Mikael al segundo que masticaba un trozo de pan.

—El quince de Julio se celebra "el carnaval del último llanto" en Jajahar, es el día en que Melphómenne llegó al convento, es una fiesta de agradecimiento por traer la felicidad al pueblo. —Explicó, parecía dolerle pronunciar cada una de esas palabras— Me desperté temprano ya que soy el encargado de hacer las máscaras de todas las familias.

Mikael lo miraba consternado, «¿máscaras?, ¿agradecimiento? ¡Pero si sólo ha traído tristeza y horror!», pensó, pero no lo verbalizó, al menos no con palabras, su rostro en cambio lo decía todo.

Cassian soltó una carcajada al ver la cara de su invitado y con un gesto le ofreció un té de lavanda.

—Entiendo la confusión hijo, pero creo que llegaste en el momento preciso para tu investigación. —dijo guiñando un ojo. —Es parte de nuestra cultura ya, hace diez años que lo hacemos, espero que puedas ser parte, o al menos, intentarlo.

Mikael levantó una ceja y suspiró, con las manos pegadas a la taza de té caliente, esperando temperar su cuerpo.

—¿Para qué son las máscaras? —Preguntó dando un sorbo a su té, quemando su lengua en el intento.

—Tres noches antes del carnaval y el mismo quince de Julio se hace una procesión. El pueblo se apaga y las personas con más edad de cada familia dan un poco de su sangre y pintan con ella las máscaras que yo hago, mientras los más jóvenes que puedan caminar las utilizan y marchan por todo el pueblo hasta la salida con faroles y en completo silencio, de esta forma guían las almas tristes fuera de aquí.

Mikael escuchaba atento, le intrigaba. Todo lo que estaba oyendo le parecía una ceremonia bastante peligrosa, sabía perfectamente que todo esto, más que festival inocente y cultural, era un ritual instaurado por algún ser de las tinieblas que se estaba adueñando de todos ellos.

Mientras pensaba en diferentes teorías, se percató de un detalle y lo soltó sin pensar.

—Usted en esta familia, es el que dona su sangre y además marcha en la procesión, ¿no? Ya que no hay nadie más...

Ya era muy tarde cuando se dio cuenta que no había sido prudente ese comentario, se mordió el labio y comenzó a disculparse, pero Cassian lo detuvo.

—Tranquilo, veo que te diste cuenta. —Su sonrisa volvió a ser la débil de la noche anterior.

—Sí... la historia que me contó...la muñeca en el cuarto.

El hombre miraba hacia abajo un punto fijo, apenas sonreía.

—Francis estuvo todo un día haciéndola; una muñeca de Melphómenne. Me hizo muy feliz ver que trabajaba con interés, no le gustaba mucho la carpintería. Pensaba que era un trabajo solitario, y tenía razón. Mírame... —abrió los brazos, sonriendo sin ganas. —no tengo nada...

Esas últimas palabras rasgaron su garganta, cerró los ojos y se dio media vuelta apretando los puños. Antes de salir para volver al trabajo le dedicó una mirada amable a Mikael.

—Después del desayuno arréglate, iremos a dar una vuelta.

—Gracias por prestarme este abrigo—Mikael se ajustó los botones dorados del enorme abrigo ocre—me estaba congelando.

—Tranquilo hijo, me sorprendió ver que no trajiste muda de ropa. Viniste sólo con la Biblia, eso no abriga.

—Abriga el corazón—Respondió sonriente el joven, acelerando el paso para salir del bosque y ver a los ciudadanos prepararse para el gran evento que sucedería en unos cuantos días.

Ante sus ojos se abrió un cuadro amarillo y rojo, lleno de júbilo. Jóvenes practicando una coreografía en un parque, señoras tejiendo muñecos en grupo que luego colgaban frente a las casas, vecinos pintando murales de los más diversos colores. Mikael sabía que todo era falso, sin embargo, le era muy difícil no contagiarse del ritmo de la música y las sonrisas que le rodeaban. Pronto estaba sonriendo junto a todos los demás.

Unos niños pasaron corriendo cerca de él a toda velocidad y tuvo que esquivarlos, lo que lo llevó a tropezar y caer al suelo de forma bochornosa. La risa de Cassian se escuchó por todo el parque, provocando un rubor en las mejillas del torpe joven. 

Una mano le fue tendida; un hombre en sus treinta años, con ojos de un marrón profundo y cejas pobladas, sonreía avergonzado y pidiendo disculpas.

—Lo siento mucho, mi hijo está ansioso por el festival, no es por excusarlo, pero como lleva su máscara quizás no lo vio.

—Tranquilo—respondió Mikael aceptando la ayuda e incorporándose—son niños, pero puede ser peligroso si...

Lo detuvo el darse cuenta que al lado del hombre que lo había ayudado, se encontraba una mujer de cabellos rubios y ojos cansados, con un recién nacido en sus brazos que ocupaba una pequeña máscara blanca sonriente. La mujer se dio cuenta que la mirada curiosa de Mikael se posaba sobre su hijo y amplió su ya natural sonrisa.

—La máscara es para que aprenda a ser agradecido desde pequeño.

—¿Agradecido con quién?

—Melphómenne, por supuesto. —los ojos cansados de la mujer se cerraron forzando su sonrisa a más no poder.

«Definitivamente todo esto es idolatría a un Dios falso, desde bebés se les enseña a fingir...»

—Los recién nacidos lloran, ¿cómo controlan eso?, ¿no se supone que Thalia viene por los que no sonríen?

Ambos padres abrieron los ojos a más no poder al escuchar que el joven frente a ellos decía el nombre abandonado de Melphómenne, se miraron sin dejar de sonreír, pero con un semblante preocupado.

—Acá todos sonríen—dijo tajantemente el padre—de eso se encargan en la clínica apenas nacen, se les cosen las comisuras labiales en una sonrisa perfecta por un tiempo para que se acostumbren los músculos faciales mientras no puedan controlarlo ellos mismos.

El rostro de Mikael se deformó en espanto y llevó su mano derecha a la boca para ahogar un grito. Al ver esa reacción, la señora intentó arreglar la situación y levantó la máscara de su hijo, según ella, de esta forma quizás se daría cuenta que no una situación para horrorizarse.

—No se preocupe, no deja cicatriz.

El bebé sonreía artificialmente, era algo horrible. Un gesto que no pertenecía a ningún niño vivo, una mueca que imitaba la alegría a través del dolor. Aún se podían ver en las esquinas de los labios unas pequeñas heridas rojizas. De los ojos caían lágrimas, pero sonreía. Notas disonantes en un piano lejano, una canción desafinada que dolía oír.

Mikael bajó la mirada, no soportaba un segundo más en aquella orquesta discordante.

«Una melodía retorcida».

Cassian llegó justo a tiempo para salvarlo, había visto todo desde lejos y reconoció la incomodidad en el rostro expresivo del muchacho. Se sentaron en una banca lejos de los niños, observando a la gente colocar los muñecos frente a sus casas con felicidad.

—Hijo...—el anciano rompió el silencio, su sonrisa titubeaba.

—Esto es peor de lo que imaginaba—dijo sin mirarlo, los ojos de Mikael estaban perdidos entre la multitud.

—Vamos...

—Había empatizado con Thalia después de la historia que contó, pero controla a todos a través del miedo, ¿coserle la cara a tu propio hijo para que no se lleven su alma? ¡¿estamos todos locos?! —se levantó de golpe, con las manos en la cabeza.

—No comprendes porque no vives aquí, es algo que llevamos algunos años haciendo, muchas personas están agradecidas, no existen delitos en Jajahar, no hay maldad.

Mikael miró con incredulidad al anciano.

—No puedo creer que usted también... ¡Aunque haya perdido a su familia por esa...!

Se mordió los labios antes de decir una mala palabra, siempre había sido bastante emocional y a veces lo veía como un defecto.

Los ojos de Cassian, cristalizados, estaban a punto de quebrarse.

—No tengo rabia hijo, nuestra ciudad es culpable de lo que pasó, los adultos nunca nos hicimos cargo, simplemente adoptamos esta nueva realidad. Al menos sé que Francis está en un mejor lugar...

—¿Qué le asegura eso? —Preguntó Mikael con indolencia.

Una lágrima rodó por la mejilla del anciano, sin poder contenerla ya, se llevó las manos a la cara. Su pecho subía y bajaba sin parar, intentando respirar entre sollozos.

Mikael se sintió culpable y se quedó a su lado en silencio, oyendo sus hipidos y lamentos.

—Si no fuera así... —dijo al fin el destrozado hombre—creo que perdería la poca cordura que me queda.

—Se aferra a ese pensamiento, aunque no sabe si es real o no ¿no preferiría saber la verdad y ayudar a su hijo?

—Ya no se puede hacer nada...

—Siempre se puede salvar su alma, es un niño.

—Se supone que está feliz eternamente en los muñecos de Melphómenne...

—¿Y usted le cree al Demonio? Famoso por mentir.

No recibió respuesta, dentro del anciano parecía haberse roto algo, ya no sonreía. Se llevó las manos a las mejillas y las masajeó suavemente, le dolían.

—Eres bastante directo jovencito, las apariencias engañan.

—Lo siento si fui muy cruel hablando así de su pérdida...pero necesitaba un aliado en este pueblo de hipnotizados.

—No todos lo están.

—¿Cómo? —Mikael lo miró levantando una ceja.

—Hay ... alguien.

—¿Quién?

—Puedo llevarte allí, aunque no creo que te deje pasar a su casa, está completamente desquiciada, o eso creemos. Ya sabes un poco de ella, te la he mencionado.

Una mueca de confusión se dibujó en el rostro de Mikael, pero pronto cayó en cuenta a qué se refería.

—¿Una persona del convento?

Cassian sonrió en afirmación.

—Todas las Hermanas y niñas fueron convertidas en muñecas después de mi Francis... excepto una.

—¿Quién?

Tomó aire antes de responder, le temblaban las manos.

—Ruah.

 

 

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