La noche había llegado. El silencio se paseaba por los pasillos del convento, llevaba una vela apagada en su mano derecha, y en la otra, un reloj de bolsillo. Caminó por todas las habitaciones, asegurando el sueño tranquilo de las niñas, pero cuando llegó a la habitación de Thalia, a quien las Hermanas habían dejado en cama todo el día después del desmayo, la vela se prendió y él desapareció.
En sueños la pequeña escuchó un sonido raro pero familiar, lo que la hizo sobresaltarse y abrir los ojos con esperanza de que todo lo que había ocurrido no fuera más que una pesadilla.
Las patitas de Lázaro arañando, como otras veces, su ventana.
Sin embargo, la absoluta desesperanza la golpeó cuando a los pies de su cama, no había nada. Ningún amigo gatuno ronroneando, nunca más.
Nunca más.
Al lado de su cama, sobre su escritorio, en una pequeña cajita, las Hermanas habían dejado el cuerpecito de Lázaro, para que la niña se despidiera y lo enterrara. Aún le costaba creer en esta nueva realidad, de hecho, no podía —ni quería— aceptarla.
Tragó saliva mientras se estremecía frente a su amigo y reunía todas sus energías para poder estirar sus manos y acariciarlo. Un frío le recorrió el cuerpo desde la punta de los dedos al alcanzarlo, lo que la asustó y, retirando su mano rápidamente, retrocedió unos pasos, tropezando, sin querer, con el plato de comida del gatito, regando su contenido por la alfombra.
El ruido metálico hizo eco en su habitación y el corazón le saltó en el pecho, sin embargo, inmediatamente, algo más le llamó la atención.
Un olor ácido y químico se concentró en el aire, dejando a su paso un crudo hecho que despertaría una nueva sensación en la pequeña. Un fuego se empezó a acumular en su estómago, y se extendió por su cuerpo hacia las extremidades. Con la mente en blanco, salió corriendo de allí a toda velocidad hacia su objetivo, sólo una frase le retumbaba en la cabeza:«Esto no fue un accidente».
Thalia sólo recuerda estar corriendo, y luego, éxtasis. La liberación de un dolor, una rabia contenida que expulsaba a través de sus manos, en forma de puños, sobre el rostro de Ruah. Golpeaba con impulso ciego, con una violencia que no reconocía en sí misma. Cada impacto era el recordatorio de todos los oprobios, y de todas las bellas almas que le había arrebatado. Cada cicatriz que dejó en su bello rostro, el estigma de sus pecados.
El torbellino de ira estaba desapareciendo, y tras él, la estela de un hecho que se hacía cada vez más palpable. Lágrimas transparentes que, al caer, se contaminaban con la sangre en el rostro de Ruah.
—¿Por qué?... —La voz de Thalia, siempre suave, por primera vez sonaba desgarrada y seca.
Ruah, debajo de ella, no intentaba liberarse, la miraba fijamente sin despegar los ojos.
—Responde… ¡Responde! — Thalia casi vuelve a perder el control, pero al levantar el brazo para lanzar otro golpe, el cuerpo de Ruah se encogió de miedo y comenzó a llorar desconsoladamente, a gritos de dolor.
—¡¿Por qué sólo tú puedes conocer el amor?! —Gritó al fin, tosiendo entre palabras— Yo también… Yo también quería saber lo que era el amor de una mamá.
Sus hermosos ojos verdes apenas se veían por lo hinchados que estaban. Siguió llorando después de esa frase, con más fuerza aún.
Se escucharon a lo lejos los pasos de las Hermanas acercándose para ver qué estaba pasando. Al oírlos, Thalia se recompuso y escapó hacia su habitación, con el espíritu y alma descompuestos.
Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda en ella jadeando, temblando, con las manos aún manchadas de sangre. Las palabras de Ruah la habían fragmentado; el aire le pesaba, y comenzó a respirar con dificultad. Su cabeza daba vueltas, palpitaba de dolor. Cayó al suelo mientras el aire se le escapaba entre sollozos. Temió perder otra vez el conocimiento: su corazón latía con fuerza, desbocado, y estaba a punto de rendirse cuando un peso familiar se posó sobre sus piernas, y una caricia de otro mundo rozó sus oídos en forma de ronroneo.
El calor que le traspasó esa presencia la fue calmando poco a poco. Thalia lo reconoció de inmediato y no se movió. Se acurrucó, abrazando sus piernas, y dejó que las lágrimas cayeran en silencio, mientras detrás de la puerta, las Hermanas socorrían a Ruah.
Pronto la sensación de ahogo se desvaneció y con ella también la curiosa presencia que la había ayudado, sin embargo, Thalia se aferró a esa pequeña grieta de luz que logró filtrarse en medio de toda su oscuridad. En su corazón ya no estaba sola, su querido amigo seguía allí, invisible, pero real. Secó sus lágrimas, envolvió el cuerpo del felino en una manta roja que guardaba para hacer muñecos, y se dispuso a escapar de ese lugar.
—Mi plan era salir contigo, amigo mío, y eso es lo que haremos—. Le susurró mientras lo aseguraba fuertemente.
El aire nocturno era frío y liberador, Thalia saltaba y se agarraba a las ramas con agilidad, había jugado con Lázaro varias veces y estaba acostumbrada. La carga que llevaba no le afectó en absoluto su equilibrio ni destreza. Al llegar al otro lado de la reja, no supo bajar y simplemente se dejó caer, una caída alta que dejó doliendo sus pies y rodillas. Una lagrimita de dolor se le escapó de un ojo, mas ese dolor sería el inicio de su nueva vida. Se quedó de pie allí, observando de lejos el convento donde creció, y que ahora le parecía tan distante. Las luces estaban encendidas, probablemente las Hermanas estaban atendiendo las heridas de Ruah, nadie se daría cuenta de su ausencia hasta el amanecer.
Abrazada a Lázaro, siguió su camino hacia el bosque, donde el aire se hacía más denso. Tenía buena visión nocturna, pero de todas formas se le hacía difícil caminar entre tantas ramas. Después de un largo tiempo caminando decidió descansar cuando se encontró con un templo escondido en medio de muchos árboles y malezas. Majestuoso; Sus torres de piedra negra apuntaban al cielo, tenían partes destrozadas, pero pese a su evidente antigüedad, seguía luciendo imponente, arcos altos y ojivales sostenían techos que se perdían en la penumbra, y restos de gárgolas reposaban en las esquinas, vigilando los rincones. Al entrar, un olor a incienso agrio y metálico la recibió, caminó lentamente por los pasillos largos y estrechos, velas negras encendidas y candelabros alumbraban sus pasos que resonaban con fuerza. Buscó la cruz en el altar, pero no la encontró, en su lugar lo único que había era pan… y vino.
La niña pensó que era una capilla bastante peculiar, pero no se detuvo en ello, le servía de refugio y eso era suficiente. Miró a su amigo con ternura y murmuró:
—Lázaro, pensé en ir con Francis… Pero si te ve en este estado… No sé cómo decirle que… —su voz se cortó en llanto, se hincó, dejando al animal sobre el viejo altar y comenzó a rezar.
—Pater noster, qui es in caelis... —Rezaba en latín mientras recordaba las palabras que Ruah le había gritado.
—Señor… Si usted aún me está escuchando, por favor…—La niña levantó su mirada al cielo del templo, pero no vio más que oscuridad—le pido que el dolor se detenga, que mis lágrimas dejen de salir para siempre, y que nadie a mi alrededor pueda volver a sufrir…
Se aclaró la garganta y limpiando sus lágrimas, continuó:
—Ruah estaba sufriendo, ella quería amor, como todos… Yo la veía a ella y la envidiaba, ella me veía a mí… Y me envidiaba. Dios, si el sufrimiento es la raíz del odio, arráncalo de mí y de todas las personas, por favor… No quiero que siga doliendo, que no duela nunca más.
Al terminar su plegaria, como respuesta afuera comenzó a llover. Tenía sueño, pero no podía descansar aún ya que algo más primitivo que eso azotaba su cuerpo y desencadenaba intensos rugidos desde su estómago; tenía hambre, mucha hambre.
No podemos juzgar, querido lector, a una niña que se encuentra devastada en un lugar desconocido, con un hambre que le devora las entrañas. No podemos juzgarla, cuando por la mente se le pasa la idea de comer la ofrenda a Dios que habrá dejado allí alguien más. Y mucho menos podemos juzgarla, cuando, después de devorar con culpa aquel tributo sagrado, logra al fin cerrar los ojos y descansar.
Pan y vino
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