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La posada

Jajahar · por Carmille · 09 de agosto de 2026

—Esto es una burla —La mujer de tez oscura y ojos afilados apartó la vista de la carta para clavársela al Vicario general—. ¿Otra vez?

El hombre le sostuvo la mirada, firme y sin un ápice de duda en su arrugado rostro.

—Esta vez es un pueblo entero. La necesitamos a usted sólo para que firme papeles, ya que confiamos plenamente en el discernimiento del joven Declair —espetó antes de tomar un sorbo de la floreada tacita de té.

El rostro de la mujer se tensó; una vena le latía furiosa en la sien, como si fuera a estallar.

—La última vez fue un caso de esquizofrenia. —murmuró, poniéndose de pie con brusquedad—. ¿Un pueblo completo? ¿Histeria colectiva? ¿Psicosis comunitaria?, ¡Ni siquiera saben qué es! Y ustedes solo me quieren para firmar unos malditos papeles...

—Viktoria, sabes que Mikael Declair es nuestro mejor estudiante, sus calificaciones son excepcionales— Las débiles manos del Vicario temblaban alrededor de la taza—. Maneja lo teórico mejor que cualquiera. Fue enviado para que sus conocimientos los llevara a la vida real. Esto es una prueba para él, no sólo de nuestra parte, de Dios también.

—Señor Vicario, por favor—Viktoria caminaba de un lado al otro, buscando en el anciano alguna grieta, algo que lo ablandara— Déjeme ir. Al menos, déjeme estar segura de lo que firmaré.

—Es un caso completamente secreto, Madame. — El anciano estiró su cuerpo con dificultad para agarrar las galletitas que reposaban sobre un plato de porcelana fina en la mesa de centro— Si quiere ir deberá firmar más papeles; confidencialidad, etcétera...—dijo, mientras mordía un pedazo del dulce.

Finalmente, Viktoria se dejó caer otra vez en el sillón forrado de terciopelo verde salvia. Arrugó la carta y se la lanzó al Vicario con fuerza.

—No firmaré una mierda.

El hombre tragó saliva, dejó la galleta a medio comer y, en silencio absoluto, se levantó con ayuda de un bastón de oro. Antes de salir de la sala, le dedicó una mirada de desaprobación y dejó tras de sí un ambiente tan denso que costaba respirar.

—¡Maldita sea! —Viktoria se agarraba la cabeza y golpeaba el suelo con sus botas, desesperada—Malditos sean, no volveré a caer en un aburrido caso de supuesta posesión, ¡y ahora ni siquiera me quieren en terreno! ¡Aburrido!

Sus ojos se posaron en la carta arrugada que había lanzado, la recogió y volvió a leer:

"Arquidiócesis de Uldhemar

Oficina del Arzobispo

11/07/1862

A la atención de

Dra. Viktoria De Beaumont.

Especialista en salud mental.

Estimada Doctora:

Le escribo para solicitar su firma de validación en el informe remitido previamente acerca de los acontecimientos ocurridos en el pueblo de Jajahar.

Tras revisar la evaluación de Mikael Declair, se estableció que los sucesos observados no correspondían a un cuadro psiquiátrico colectivo ni ninguna manifestación clínica conocida. Necesitamos únicamente su confirmación escrita de que:

1. Ha examinado los antecedentes enviados,

2. Respalda el dictamen de que no se trata de un caso de locura comunitaria,

3. No es necesaria su presencia en terreno, debido a que su revisión profesional es suficiente para efectos del expediente canónico en curso.

Adjunto encontrará el documento correspondiente, que requiere exclusivamente de su firma para completar el registro formal.

Agradecemos su discreción y la claridad de su juicio clínico en un asunto cuya naturaleza continúa siendo compleja.

Que la luz la acompañe

Arzobispo Maurice Lefèvre

Arquidiócesis de Uldhemar".

Cuando terminó, llevó sus dedos enguantados hacia el tabique de la nariz y lo apretó con frustración mientras movía el pie izquierdo, inquieta. Sus ojos volaban por la habitación casi tan rápidos como sus pensamientos:

«¿Cómo puedo ir? Necesito ir... En estas cuatro paredes me pudriré. ¡Tengo treinta y seis años y ya siento que se me va la vida!»

A grandes zancadas llegó a la enorme ventana que daba al patio del monasterio. El carruaje del Vicario estaba listo para partir. Sonrió. «¿A quién le pedirán la firma ahora? Bastardos».

Los odiaba, pero los necesitaba. Era el mejor empleo que podía conseguir con su carácter insufrible y su nula capacidad para adaptarse. Sabía que la diócesis había sido bastante flexible con ella en varias ocasiones. Pero la carta la había humillado;

«Es como si no me necesitaran, ¿ya ni siquiera me enviarán a terreno?, ¿tan poca cosa soy que un estudiante cualquiera puede reemplazarme?».

Rodeó la mesa de centro, tomó una galleta de chocolate y la devoró de un bocado. Sus dedos golpeaban suavemente el pantalón masculino de seda beige que, por concesión excepcional de la diócesis, podía usar.

Respiró hondo y comenzó a reír a carcajadas, atragantándose un poco con migas, cualquiera que hubiera presenciado la escena habría dudado de su cordura.

Iría sí o sí a ese supuesto pueblo endemoniado.

   ✞

—No me interesa — El sacerdote ni siquiera le dirigió la mirada al Vicario, que temblaba de rabia mientras le relataba las recientes acciones de Viktoria— Pronto encontraremos la solución. Ahora... mi carruaje... ¿Y el monaguillo ayudante? Debemos partir inmediatamente.

El Vicario refunfuñó algo ininteligible y se marchó, justo cuando un joven de contextura media y baja estatura pasó rápidamente a su lado rumbo el sacerdote.

—Padre, aquí estoy, su ayudante, vamos, ¡rápido! — El monaguillo sostuvo con fuerza su sombrero negro que cubría parte de su rostro y subió el equipaje de ambos con sorprendente agilidad.

—Vaya... me gusta su entusiasmo. Vamos, no debemos esperar.

Subieron al carruaje; un vehículo oscuro de madera pulida, decorado con el sello dorado de la Torre de Uldhemar, la más alta de la Arquidiócesis y desde donde se supervisaban los asuntos de fe y exorcismos. La reciente lluvia había dejado el camino convertido en un barro espeso que salpicaba los costados, pero los caballos avanzaban conelegancia bajo la neblina que empezaba a caer sobre la ciudad.

—Demoraremos dos días en llegar—dijo el sacerdote, rompiendo el silencio con una pregunta trivial—. ¿Trajiste lo necesario?

El monaguillo, que no dejaba de mirar por la ventana con evidente nerviosismo, levantó la vista apenas, sin mostrar aún el rostro oculto bajo el ala del sombrero.

—Llevo todo, Padre.

—¿Cuál es tu nombre? Puedes quitarte el sombrero.

El chico titubeó, lanzó otra mirada a la ventana, respiró hondo y tosió.

—Mi nombre es... —Llevó una mano al sombrero y lo retiró lentamente. El rostro femenino que apareció tenía el cabello rizado recién cortado hasta la barbilla—. Viktoria De Beaumont —dijo, sonriendo, esperando lo peor.

El sacerdote frunció el ceño, analizándola. No dijo nada por largos segundos que parecieron una eternidad. Viktoria comenzó a sudar; aquello podía costarle el puesto, incluso podían destituirla por actuar impulsivamente.

Pero la tensión se disipó cuando el sacerdote soltó una carcajada tan fuerte que casi se dobló hacia adelante. Su rostro—pálido y siempre solemne—se tornó rosa de tanto reír. Apenas podía respirar.

—¡¿Qué haces tú aquí?! — gritó cuando logró recomponerse— ¿y el monaguillo?

Viktoria se acomodó, ya más tranquila. Su plan había sido un éxito.

—No me gustó el trato que me dieron, así que iré hacia Jajahar personalmente. Sólo así daré mi firma... Además, estoy aburrida. —Cruzó sus piernas y agitó los brazos, intentando ventilar el sudor acumulado en las axilas. —El monaguillo se tardó demasiado en salir del baño y, francamente, esta emergencia requería rapidez.

—¿No lo habrás encerrado tú en el baño? —pregunto el sacerdote levantando una ceja mientras destapaba una botella de vino que llevaba para el viaje.

—Puede ser...

Ambos soltaron una risa cómplice. Viktoria jamás habría imaginado que un sacerdote exorcista tuviera un carácter tan ameno. Se había preparado para una situación mucho más difícil, incluso para ser echada del carruaje y verse obligada a caminar hasta el pueblo.

Pero en vez de eso, pasaron la tarde bebiendo y contando anécdotas divertidas mientras el carruaje se alejaba del corazón de la Arquidiócesis. El Vicario General, allá en la Torre, debía tener las orejas ardiendo.

Entre risas y alcohol, llegó la noche. El carruaje se detuvo frente a una posada cuyos muros y puertas chirriaban como si se quejaran al abrirse para recibirlos. Era un lugar frío y solitario; sólo se encontraba el posadero, su esposa y sus dos hijos adolescentes encargados del establo. Al ver llegar a los viajeros, se apresuraron a ayudarlos con el equipaje, se necesitaron de tres hombres para sostener al sacerdote, que venía en deplorable estado por la bebida.

Dentro olía a sopa y humedad. Mientras acomodaban al sacerdote en una silla cercana al fuego—que apenas desprendía calor—, el dueño intercambió una mirada inquieta con su esposa.

—No suelen venir viajeros tan tarde—murmuró la mujer—menos desde la Arquidiócesis...

El hijo mayor, un muchacho de ojos hundidos y grises, dejó caer la leña en el brasero.

Viktoria se acercó al fuego, se quitó los guantes y extendió las manos para calentarlas. Estaba mareada, pero todavía más sobria que el sacerdote roncando en la silla.

—Sí, vamos a investigar un caso súper ultra secreto—dijo, mientras soltaba pequeñas risas y colocaba su dedo índice frente a los labios, en señal de silencio.

El chófer del carruaje se había ido al establo con los dos jóvenes, y en la sala sólo quedaban el dueño, su señora y los viajeros.

La pareja se miró sorprendida, la señora se dirigió a la cocina y trajo dos platos de sopa caliente y pan duro.

—Coman, se ven cansados—miró al sacerdote y pensó en despertarlo, pero su esposo la detuvo.

—No sé si sea buena idea, Julie, dejémoslo dormir.

Viktoria los miraba divertida mientras devoraba la sopa, su estómago desde hace horas le estaba rogando por comida. Julie se inclinó para retirar el plato del sacerdote, pero la hambrienta doctora levantó la mano antes de que lo hiciera.

—Déjelo, Madame—murmuró, acariciándose el estómago con exageración—. No se preocupe por él, yo puedo comerme los dos.

Julie se quedó inmóvil un segundo, desconcertada por esta mujer vestida de hombre que comía como un animal, mientras Viktoria ya arrastraba el segundo plato hacia sí con la misma naturalidad con la que respiraba.

El hombre soltó una risa breve y le susurró algo al oído a su esposa, que se disculpó con una reverencia y se retiró a sus aposentos.

—Mi nombre es Gustave Chevalier. ¿Y usted?

Viktoria, ya menos ebria gracias a la sopa, lo observó; ojos grises, pestañas largas, un timbre de voz que no le agradó... aunque, en realidad, poca gente le agradaba. Le dedicó una media sonrisa y contestó con desgano:

—Viktoria De Beaumont.

El chófer y los dos adolescentes llegaron a la sala otra vez, empapados.

—Comenzó a llover de repente, parece que será una tormenta fuerte, no sé si podremos salir mañana si sigue así, madame—dijo el chófer, con cara de preocupación, mientras se quitaba el abrigo mojado.

«Maldita sea, y él durmiendo tan tranquilo...», pensó Viktoria, al tiempo que se levantaba a mirar por la ventana.

Afuera llovía torrencialmente, no esperaban tan mal tiempo, pero en invierno era un suceso que podía ocurrir. Suspiró y se dio media vuelta hacia el grupo.

—Bien, si el clima no mejora, llegaremos un día o dos más tarde, no pasa nada...

—Sí que pasa—. El sacerdote había despertado abruptamente. Sus mejillas seguían coloradas, pero en sus ojos se reflejaba completa lucidez.

Todos lo miraron en silencio. Se incorporó con torpezay pidió que le indicaran su habitación. Tambaleándose, pasó junto a los adolescentes, se detuvo apenas un instante, los miró fijamente y sonrió.

—¡Todo esto es obra del demonio Viktoria! —exclamó—. No quiere que lleguemos a Jajahar, y está saboteándonos, si no te das cuenta estás ciega.

—Y usted está borracho—. Viktoria se acercó al sacerdote y lo dirigió hasta una habitación por la espalda—no asustemos a los dueños de hogar, se supone es una misión secreta, no lo arruine—le susurró por detrás antes de regresar a la sala.

Gustave ayudaba al chófer con su ropa empapada, mientras el hijo mayor por su parte, se sacaba su abrigo y lo tendía cerca del fuego.

—Bueno, ¿dónde puedo dormir yo? —preguntó finalmente, sin ánimo de molestarlos, pero los párpados ya le pesaban y no podía contener el cansancio.

El adolescente de ojos grises se dispuso a ayudarla, cuando una pequeña mano tomó desprevenida la de Viktoria. El hijo menor, con una reverencia, le indicaba con un gesto que lo siguiera por el pasillo.

—¡Oh! No te molestes—dijo Viktoria al hijo mayor—. Ya me lleva tu hermano. ¡Buenas noches! —Con un ademan educado, se marchó junto a su pequeño guía.

—¿Hermano? —. El joven volvió a sus quehaceres y miró a su padre, frunciendo el ceño.

—Debe estar ebria igual que el sacerdote ese, no les hagas caso—contestó Gustave.

Por el pasillo oscuro, Viktoria y el adolescente caminaron en silencio hasta la última habitación.

—Buenas noches, madame. Espero que tenga dulces sueños—. Dijo el joven, inclinándose. 

—Buenas noches...—respondió ella, sintiendo por primera vez un extraño temblor interno. Algo en él la inquietaba profundamente.

Él sonrió y se marchó, mientras ella quedó inmóvil, escuchando los pasos desaparecer por el pasillo. No entendía por qué ese niño la perturbaba tanto. Tal vez su elegancia exagerada, sus gestos refinados, su forma majestuosa de hablar...

O quizás sus enormes ojos color carmesí, que parecían observar sus pensamientos y quemarla por dentro.

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