La enorme puerta se abrió de par en par, con una lentitud ceremonial y sin conceder al mundo ni el más leve suspiro. Al otro lado, el interior coincidía con el sueño—o la pesadilla—de Mikael; muros velados por terciopelos, sedas rojas y doradas, la sangre y la luz vistiendo la piedra. El joven estudiante cruzó primero el umbral, seguido por Gabriel, Viktoria y Baptiste. Sus corazones golpeaban con furia contra las costillas, pero ningún latido logró imponerse a la música que los envolvió y los reclamó apenas las puertas se sellaron tras ellos, como enormes brazos cerrándose en torno a sus pesas.
«La misma melodía de aquella vez», pensó Mikael, crispando los puños hasta que los nudillos palidecieron. No deseaba volver a verla. El padre Gabriel lo contempló con una serenidad impenetrable y se inclinó hacia su oído:
—Recuerda quién es el enemigo, joven Declair.
Aquellas palabras lo obligaron a tomar aire con una hondura casi dolorosa. De improviso, la música exhaló su último aliento y todos intercambiaron miradas tensas, ansiosas.
Entonces apareció una figura delicada que se alzaba en lo alto de la escalinata central, inmóvil y contemplándolos desde la altura con una calma inquietante. Sus ojos recorrieron a cada invitado con lentitud, y sonriendo apenas, inició el descenso. Peldaño a peldaño, con parsimonia calculada. Ningún sonido acompañó su avance. El convento entero contenía la respiración, derrotado únicamente por el martilleo de los corazones temerosos que aguardaban abajo.
—Bienvenidos, los estaba esperando.
Su voz fue oída por primera vez, era un canto de sirena terso y envolvente, que acariciaba los oídos mientras adormecía toda defensa. Mikael se odió por la traición instantánea de su propio cuerpo al escucharla, aquel calor súbito que le quemaba dolorosamente el pecho.
—Gracias por recibirnos—. El padre Gabriel avanzó unos pasos y se descubrió la cabeza, retirando el sombrero que ocultaba sus cabellos níveos—. Soy el padre Gabriel, ella es Vik...
—Viktoria de Beaumont y Baptiste Lefèvre, los conozco—. Melphómenne ejecutó una reverencia impecable, de una gracia natural y perfectamente acorde al decoro—. Sir Gabriel Delacroix y ... —Giró entonces lentamente hacia Mikael y ejecutó una segunda inclinación más profunda—. Monsieur Mikael Declair.
Al pronunciar su nombre, una risita mínima —apenas un suspiro que se escapó entre sus labios— tembló en el aire. Fue tan leve que nadie pareció advertirla... excepto Mikael, a él le llegó con una claridad insoportable. Se estremeció sin comprender por qué, y un rubor súbito ascendió hasta teñirle el rostro de un rojo encendido. «Se burla de mí, me ve y recuerda mi torpeza», pensó, ocultando su semblante y rehuyendo la mirada de Melphómenne. Dejó a sus ojos vagar hacia un rincón abandonado del convento, donde por un instante apenas, creyó distinguir una oscura cola felina deslizándose tras un mueble de madera ensombrecida.
—Lázaro... —murmuró.
Un silencio denso y aplastante descendió sobre la estancia. Mikael sintió el peligro erizando los vellos de su nuca, cada músculo de su cuerpo se tensó, alerta, y giró lentamente el cuello hacia el lugar donde la amenaza parecía latir.
Melphómenne estaba allí, demasiado cerca. Tan próxima que su aliento le empañó los lentes. Lo observaba con los ojos desmesuradamente abiertos, inmóviles, sin el menor parpadeo. A Mikael le pareció una criatura que no pertenecía a este mundo. Entonces sofocó un grito y retrocedió a ciegas, tropezando hasta chocar de espaldas contra Viktoria, quien lo sujetó por los hombros con firmeza impidiendo su caída.
—¿No nos habías invitado a cenar? —preguntó la doctora, con una naturalidad casi desafiante, mientras su estómago comenzaba a protestar.
—Sí, claro. La mesa está servida —respondió Melphómenne, sin apartar los ojos del estudiante.
✞
—¡Déjame en paz!
Un grito agudo recorrió las paredes llenas de tierra y tablas mohosas. En un rincón de la sala principal, acurrucada en el suelo, Ruah se encogía contra la pared en posición fetal, los dientes se encontraban hundidos en sus propios dedos ensangrentados. Sus ojos recorrían la estancia con una agitación febril, siguiendo algo que nadie más podía ver; una sombra rápida y esquiva, siempre al borde de su visión, siempre demasiado cerca.
Se llevó las manos al cabello y tiró de él con violencia, arrancando mechones enteros mientras un alarido ahogado se le quebraba en la garganta. Ya no podía soportarlo. Permanecer allí era como ser devorada desde dentro; su propia conciencia la roía lenta e implacablemente, y aquella presencia no la abandonaba jamás.
Desde el día en que Melphómenne le arrebató a todas sus amigas, aquella sombra familiar había surgido de la nada para convertirse en su única e indeseada compañía. Al principio no era más que una intrusión ocasional, un estremecimiento en los márgenes de su calma, algo que perturbaba sin llegar a vencerla. Pero con los años adquirió una confianza atroz; comenzó a permanecer cada vez más tiempo, a ocupar espacio e instalarse en su vida. Pronto la encontró sentada a los pies de su cama, inmóvil, contemplándola mientras dormía.
A veces soñaba con una voz que recitaba oraciones sin descanso, una letanía monótona que se repetía una y otra vez hasta desgastar el sueño y la cordura. Con el tiempo, a aquella voz se le unió el recuerdo de un rostro que creía haber perdido para siempre en las brumas de los años; y cuando por fin logró darle un nombre a la entidad que la atormentaba, todo comenzó a desmoronarse con rapidez.
—Sœur Claire...
La Hermana, de complexión robusta, deambulaba ahora por la casa sin pudor alguno, como si fuera dueña del lugar. Su presencia solía anunciarse por un hedor químico, acre y punzante, que le abrasaba la nariz y descendía hasta la garganta, dejando en la lengua el sabor inconfundible del veneno con el que la había condenado.
Vomitó.
Había perdido la cuenta de cuántas veces se había repetido aquella escena. Su casa era ya un vertedero inhabitable, saturado de desperdicios y de un hedor rancio al que su cuerpo, por pura supervivencia, había terminado por acostumbrarse. Se incorporó con dificultad y limpió su boca con el dorso de la mano, dejando una mancha húmeda sobre la piel. Miró a su alrededor. La sombra había desaparecido; por un instante, su atención pudo fijarse únicamente en la basura acumulada y en el vómito que manchaba el suelo. Aquel entorno miserable, la arrastró sin piedad hacia un recuerdo de infancia; los baños del convento. La mezcla repugnante de heces, aceite, lodo y otras inmundicias arrojadas sobre la pobre Melphómenne, quien terminó doblada sobre sí misma, vomitando sin descanso y enferma durante días.
Mareada, llevó una mano a la cabeza. ¿Cuánto tiempo hacía que no comía? Sobrevivía gracias a la caridad de algunos vecinos que dejaban alimentos junto a su puerta, temiendo acercarse demasiado. Aquel día, sin embargo, no había nada. Alzó la mirada hacia el cielo y cayó de rodillas sobre el líquido que ella misma había expulsado, empapando su vestido esmeralda. Entonces comenzó a llorar, un llanto roto e infantil, arrancado desde lo más hondo de su culpa.
—Perdóname, por favor... No sabía que era tan potente... no sabía que moriría... Y después... después el gato... —apretó las manos contra su pecho—. Juro que le di menos cantidad que a Sœur Claire y aun así murió... Yo sólo quería asustarla...
—Mientes—. La voz llegó desde su espalda, cargada de ira.
El llanto se extinguió al instante, sustituido por un miedo abrasador. Sabía que si se volvía encontraría aquellos ojos aguardándola. No quería mirarlos. Presentía que en ellos habitaba una verdad que su mente llevaba años enterrando para no enloquecer. Las náuseas ascendieron de nuevo y terminaron por desbordarse otra vez entre sus labios.
—Lo disfrutabas.
Ruah se llevó las manos a los oídos con desesperación, como si pudiera sofocar aquella voz que reptaba dentro de su cráneo, punzante e implacable, imposible de silenciar.
—¡No sabes nada!
Giró con brusuedad y descargó su furia contra el mueble a su izquierda. El golpe fue tan brutal que la madera crujió y la piel de sus nudillos se abrió al instante. La sangre brotó tibia y oscura. Sin vacilar, llevó la mano herida contra su pecho y la oprimió con fuerza, arrancándose un jadeo tembloroso. El dolor físico le concedía un alivio miserable, pero real.
—Vete... por favor... estoy cansada...
Caminó hacia la cocina con pasos inestables. Tomó un paño y lo envolvió torpemente alrededor de su mano, que ya goteaba carmesí sobre el suelo. Sabía que debía lavar la herida... pero la sola idea del agua le heló la sangre.
No se miraba en un reflejo desde hacía años. Espejos, vidrios, superficies pulidas... todos eran enemigos. Incluso el agua quieta le resultaba insoportable. Las cicatrices que desgarraban su rostro no solo habían mutilado su antigua belleza, sino que habían quedado grabadas como la firma indeleble de sus pecados. Pecados que ahora murmuraban en la oscuridad, que se deslizaban por los rincones de la casa, que la observaban mientras intentaba dormir. Su hogar se había convertido en un infierno, y ella ardía en él.
—Thalia...
Ese nombre olvidado se deslizó por sus agrietados y secos labios. Su jueza, su verdugo, la mano que había marcado su carne y su destino con la misma crueldad.
—Thalia... perdóname.
Sus ojos inflamados se llenaron otra vez. Las lágrimas descendieron lentamente, abriéndose paso entre pecas y cicatrices.
—Perdóname, perdóname Thalia... Porfavor perdóname...
—No lo mereces, no mereces el perdón y lo sabes. Mírate, una criatura miserable que ha perdido hasta la razón. Mereces sufrir, mereces revolcarte en la podredumbre que arrojaste sobre otros. Y morir ahogada en tu propio veneno.
—Sí... —susurró con la voz deshecha—. Sí... lo sé...
✞
Frente a ellos se extendía una mesa de madera enorme, vestida con un mantel color vino oscuro que parecía absorber la escasa luz del salón. Desde los altos ventanales, la luna asomaba su ojo pálido, filtrando una claridad mortecina que apenas rozaba las superficies y dejaba el resto sumido en penumbra.
Sobre la mesa, en platos de porcelana fina ribeteada en oro envejecido, aguardaba la cena: galletas de chocolate y copas de vino tinto. El contraste resultaba inquietante en su sencillez. Los invitados se miraron entre sí, perplejos.
—Siéntense, no sean tímidos.
Melphómenne tomó la iniciativa y se sentó en la cabecera de la mesa, sus movimientos fueron gráciles; sus ojos, oscuros y atentos, recorrieron uno a uno los semblantes vacilantes. Al advertir la sombra de desconcierto en ellos, arqueó una ceja.
—¿Ocurre algo malo?
Gabriel carraspeó y avanzó con premura para sentarse a su lado. Mikael lo imitó, tomando el lugar opuesto al lado de Melphómenne. Viktoria se encogió de hombros, aunque en su gesto hubo más tensión que indiferencia, y se acomodó junto al Padre. Baptiste, pálido y tembloroso, ocupó el asiento restante junto al joven estudiante, cuidando de no rozar nada más de lo imprescindible.
Nadie probaba la comida.
Mikael miró al Padre Gabriel con insistencia, los ojos abiertos más de lo habitual. Intentaba comunicar algo sin palabras; señaló discretamente las galletas de su plato y negó con un leve movimiento de cabeza.
—Disculpe, Melphómenne. Primero bendeciremos la comida.
El Padre hizo la señal de la cruz con solemnidad y voz firme.
—Por supuesto. Como prefieran.
Comenzaron a rezar, siguiendo el murmullo de Gabriel. Todos inclinaron la cabeza, excepto la anfitriona. Ella permaneció erguida en la cabecera, observándolos en silencio y sin tocar su galleta.
El rezo terminó y las manos regresaron lentamente a la mesa. Viktoria fue la primera en moverse. Tomó la galleta entre los dedos y la acercó a sus labios. La silla de Mikael raspó el suelo cuando se levantó de golpe. Extendió el brazo y sujetó la muñeca de la mujer antes de que pudiera morder.
—No comas.
Todos los presentes se le quedaron viendo, y en medio del silencio una risa femenina le agitó el corazón.
—Monsieur Declair... ¿Qué está haciendo?
Melphómenne lo miraba extasiada, no parecía ofendida ni contrariada; por el contrario, la escena parecía divertirla. Mikael retiró la mano de inmediato, consciente de su imprudencia, y se volvió hacia Viktoria.
—Lo siento.
—No te preocupes... —respondió la doctora, aunque su desconcierto era evidente. No comprendía aquel arrebato. Buscó la mirada del Padre Gabriel; quien le dedicó una sonrisa breve y un gesto tranquilizador.
—Veo que Mikael está preocupado por algo bastante razonable —intervino el sacerdote, sin apartar los ojos del joven—, y debo apoyarlo en esta ocasión. Luego dirigió su atención hacia la anfitriona.—Aceptar comida de alguien vinculado a la brujería puede resultar... peligroso. Mi alumno solo vela por la seguridad de los presentes.
La mujer sonrió sin rastro de incomodidad. Tomó la copa de vino y bebió con calma.
—Comprendo. Tal vez no debieron aceptar la invitación si albergaban dudas sobre mí.— Su mirada recorrió lentamente a cada uno, deteniéndose unos segundos de más en ciertos rostros.—Aun así, lo entiendo. Preparé mi comida favorita, pero no me ofende si nadie la prueba. Siempre puedo ocuparme de los restos.
La sala quedó en silencio, entonces, el estómago de Viktoria rugió con una claridad imposible de ignorar. La mujer carraspeó y fingió una tos torpe que no engañó a nadie. Frente a ella, Baptiste giró el rostro y se cubrió la boca, luchando por contener la risa.
—Bien... —dijo Melphómenne con suavidad—. Entonces, ¿qué desean mis invitados?—Mordió su galleta y las migas cayeron sobre sus manos enguantadas en terciopelo negro.
«Deseamos que acabes con toda esta locura».
Mikael la miró con acritud y tomó asiento a su lado mientras, en su mente, se alzaban uno tras otro los escenarios en que habría querido espetarle aquellas palabras. Recordó al pequeño que le había suplicado ayuda y el cuerpo vacío de la anciana, abandonado en la nieve implacable de su visión; las lágrimas asomaron a sus ojos, pero toda su voluntad se consumió en sofocar el latido convulso de su corazón transido.
—Estamos aquí investigando un caso de supuestas posesiones demoníacas—. Viktoria se adelantó, sosteniendo la mirada de su anfitriona. Un dolor súbito le atravesó la sien y la obligó a fruncir el ceño.
Ante la revelación, Melphómenne abrió los ojos y con exagerado asombro llevó una mano a la boca.
—¡Oh! ¿Posesiones? No, no, no... están equivocados—canturreó, abanicando el aire con la mano derecha—. Todos mis vecinos actúan por voluntad propia.
Espoleada por su férreo fuego interno, Viktoria elevó la voz y preguntó por el hospital... y por las sonrisas cosidas en los recién nacidos.
Melphómenne giró los ojos hacia el cielo. Resultaba inquietante verla transitar de una emoción a otra sin que la sonrisa abandonara jamás sus labios.
—Eso fue decisión suya. Comenzaron hace unos pocos años... dos... quizá tres.
Su mirada se desvió levemente, y su voz perdió algo de fuerza, aunque conservaba esa dulzura que cosquilleaba los oídos.
—¿Y no cree que es algo horrible? —Intervino Gabriel, en su voz aun se distinguía un trémolo casi imperceptible, la última chispa de una fe moribunda.
Melphómenne sintió aquel quiebre en su voz y una compasión amarga le oprimió el pecho.
—En Jajahar todos son felices. Sin excepción. Ustedes no comprenden el funcionamiento porque no viven aquí...
—Disculpe, pero no acepto esa explicación. —Mikael, que ya había logrado silenciar el murmullo de su alma, le dedicó una mirada llena de sus más hondos fervores—. Un niño se me ha acercado, ideó un plan para hacerme saber que necesitaba ayuda y confió en mi para ello. Quiero... No, necesito que nos escuches, Thalia.
Oh, ¡si hubieran visto aquel rostro en ese instante! El semblante de Melphómenne se contrajo y un brillo inquietante bañó su mirada. Fue un espectáculo ominoso el ver cómo se fruncían sus ojos, y su piel se tensaba alrededor de esa sonrisa de la cual no se podía deshacer.
Los invitados retrocedieron ante tal aberración. Baptiste, en su arrebato, tropezó con la mesa y dio vuelta varios platos con galletas mientras rezaba a todos los Dioses que su perturbada mente pudo recordar. Gabriel sacó por instinto el agua bendita y comenzó a lanzarla alrededor y sobre la joven, la cual ya había bajado el rostro como si deseara no agravar el terror de los presentes.
Cuando ya sólo se escuchaban los suspiros y oraciones del Padre, la anfitriona se giró con suavidad hacia Mikael, y ya con un semblante más calmado, le habló con su voz armoniosa de siempre:
—Mi nombre es Melphómenne.
✞
Afuera, una tormenta furibunda parecía desquitarse con el pueblo. Los invitados seguían reunidos en torno a la mesa; dos galletas yacían desmigajadas en el suelo junto a platos rotos. Melphómenne había ido a la cocina a preparar té. Estaban solos... o al menos eso dictaba la razón. Porque, de tanto en tanto, alguno de ellos volvía el rostro hacia un rincón saturado de sombra, con el íntimo temor de encontrarse frente a frente con una mirada infernal.
—¿Eres acaso familiar del Arzobispo Maurice?
El sacerdote quebró el silencio con aquella pregunta trivial dirigida a Baptiste, el joven cochero se sobresaltó al oír ese nombre.
—Un pariente lejano, señor. No mantenemos trato alguno... —respondió en voz baja—. No es preciso que me conceda deferencia por tal nimiedad.
Una risa nerviosa se escapó all final de su explicación. Después, como si algo lo llamara, volvió a dirigir tímidas miradas hacia el rincón oscuro que, según su imaginación febril, lo examinaba desde que entró a ese lugar.
Gabriel lo observó con creciente inquietud. ¿Lejano? Compartían apellido... Un familiar del Arzobispo Maurice Lefèvre, enviado con ellos en aquella empresa trascendental, aun recuperándose de sus heridas. Se prometió, en silencio, velar por él con mayor celo.
—¿Alguien podría explicarme por qué fue a preparar té, si ninguno de nosotros probará una sola gota de lo que traiga? —murmuró Mikael, con aspereza.
—Mikael, agradezco que te preocupes por nosotros, pero mientras no pretenda envenenarnos, yo me comería lo que sea en estos momentos—Viktoria se estiró en la silla mientras hablaba—. ¡Ah! De haber sabido que se me negaría comer, habría devastado la mesa de Sir Cassian antes de partir...
—Debe tener más cuidado Madame Viktoria, la brujería es real—. Respondió Mikael con severidad.
—Tú deberías tener más cuidado, no quiero volver a ver esa cosa otra vez—. El recuerdo de la extraña mueca en el rostro de Melphómenne volvió a la mente de la mujer y la hizo temblar.
—Es su nombre—repuso Mikael con frialdad—. El que su madre le otorgó y por el que fue consagrada en el convento. Así la llamaré.
Viktoria suspiró. Bajo la mesa, su pie comenzó a oscilar con inquietud. Algo primitivo se agitaba en su interior; la certeza de que aquello superaba toda razón y la necesidad instintiva de huir. Recordó entonces la carta. Y el pensamiento la golpeó con una violencia tan súbita que pequeñas lágrimas se agolparon en sus ojos:
«Nadie me necesita aquí. No soy más que un estorbo».
—Aquí está el té.
—¡Mierda! —Exclamaron Viktoria y Baptiste al unísono.
Melphómenne permanecía ya a su lado, sosteniendo una bandeja de plata sobre la cual reposaba una tetera de figura delicada y varias tazas diminutas. Nadie había oído sus pasos. Su sola aparición les desbocó el corazón contra las costillas.
—¡Oh! Les ruego me disculpen. Es la segunda vez que los sobresalto esta noche. No era mi intención—. Se excusó con dulzura mientras servía el té.
El vapor ascendía en espirales pálidas mientras vertía el líquido aromático en cada taza. Un efluvio penetrante —dulce y ligeramente amargo— comenzó a expandirse por la estancia, infiltrándose entre las sombras. Cuando la tetera se inclinó sobre la taza de Mikael, él interpuso la mano.
—No, gracias.
—Monsieur Declair... —murmuró ella, alzando apenas la mirada—. Hace frío. Un té caliente reconforta el ánimo. Además...—Levantó la tetera y la agitó con suavidad—. Todos beberemos de la misma fuente. Incluida yo.
—Pero...
—¿Teme acaso a un poco de agua? Creí que su Dios lo preservaba de todo mal.
Mikael no respondió inmediatamente. Esa frase le heló la sangre por segundos.
—¿Qué pretende insinuar? —Preguntó al fin, cuando su acrisolado espíritu devolvió el calor a su cuerpo.
—Nada que no haya dicho ya—Respondió Melphómenne mientras bebía de su taza con elegancia.
Mikael irguió el mentón.
—Él me guarda. No temeré mal alguno, porque él está conmigo.
Tomó entonces la tetera con determinación y se sirvió. Sin apartar la vista de la mujer sentada en la cabecera, mordió su galleta con una vehemencia que parecía un desafío.
Los demás lo observaron con una mezcla de estupor y tensión. Viktoria, en particular, sintió una punzada amarga en el pecho; aquel mismo hombre que la había privado de alimento ahora saboreaba el dulce sin titubeo. Bajó la mirada hacia el suelo, donde yacían, deshechas, las ruinas de su cena.
—Que actitud más laudable, Monsieur Declair, me sorprende de buena manera—. Melphómenne lo elogió sin mirarlo.
Uno a uno, los demás llevaron las tazas a sus labios. La infusión de valeriana descendió por sus gargantas. Un hálito tibio comenzó a templar sus ánimos, amortiguando el filo de la inquietud, entumeciendo suavemente la alarma que hasta entonces les había mantenido en vilo. Los hombros cedieron apenas, los pulsos dejaron de delatarse en las sienes y la tormenta, más allá de los ventanales, pareció difuminarse en una lejanía soportable. Fue entonces cuando la voz de Melphómenne, suave y perfectamente modulada, se elevó sobre el tenue tintinear de la porcelana.
—He preparado sus habitaciones. Supongo que esta noche permanecerán aquí... la tormenta no permitirá que abandonen este lugar.
Hicieron una pausa, nadie habló, el aire mismo pareció inmovilizarse en sus pulmones mientras intercambiaban miradas cargadas de dudas.
—No desearía que mis invitados se mojaran.
La frágil serenidad que el té había tejido con paciencia se resquebrajó sin estrépito. Una conciencia súbita de encierro los oprimía; ¿dónde se habían metido? Baptiste alzó la mirada con lentitud, como si temiera descubrir algo irreparable en el rostro de la anfitriona. A Viktoria la situación le recordó al hostal y deseó no haber encerrado al pobre monaguillo que debía estar allí en su lugar. Gabriel miró hacia los ventanales y suspiró con calma y resignación. Mikael, en cambio, sostuvo obstinado la mirada de Melphómenne, como si en aquel duelo silencioso se jugara algo más que el orgullo.
Sus palabras eran pronunciadas con toda hospitalidad, pero en ningún corazón floreció gratitud alguna. Afuera el viento rugió contra el convento; esta noche serian huéspedes de la tormenta.