El cielo era la única redención. Los pecados exigían su precio, y sólo tras saldarlos el alma podría elevarse, eterna, colmada de una dicha serena al amparo de Dios. Todo lo demás era condena; un dominio profanado, estéril, donde la felicidad no tenía cabida.
Entonces... ¿qué era aquello que había visto?
Se enjugó las lágrimas y, con un gesto torpe, se retiró los anteojos. No deseaba ver. Rehusó la luz de la vela, esa luz que había revelado aquello que quebrantó su espíritu. Sumido en la oscuridad y con su débil vista, sólo distinguía leves movimientos y sombras que danzaban a su alrededor. Errante, sin rumbo, permitió que su mente se dispersara. Se interrogó, en silencio, si aquella facultad era un don... si acaso Dios había querido que sólo él contemplara aquello, una revelación reservada a su mirada. Pero ¿con qué propósito? El recuerdo de días pasados emergió oprimiéndole el pecho con fuerza. Exhaló; no había consuelo en evocar lo ya vivido.
Esperaba no haber sobresaltado al Padre ni a Baptiste, aunque conservaba la certeza de haber percibido sus pasos precipitados tras él. Consideró regresar, pero al dar media vuelta comprendió que le era imposible reconocer el camino por el que había llegado. La angustia comenzaba a alzarse cuando un canto apacible rozó sus oídos y lo obligó a alzar la mirada. Desde la rendija de una puerta cercana se filtraba un destello tenue. Se aproximó con cautela, conteniendo la respiración, temeroso de perturbar aquella voz. Bastó acercarse para reconocerla.
Thalia.
Su canto fluía sereno, ajeno a toda perturbación, relatando su vida en el convento y el tránsito que la condujo a convertirse en Melphómenne.
Mikael permaneció al otro lado de la puerta, inmóvil. La melodía aquietó su pulso y alivió, por un instante, el peso en su pecho. Una leve sonrisa se insinuó en su rostro, pero al advertirla su expresión se endureció. Confundido por su reacción, quiso salir de allí, pero la voz tomó más fuerza y ahora cantaba a todo pulmón. Una canción horrible, de letras espantosas. Donde el protagonista era él.
— Madre, Padre... escuchen mi voz,
veo sombras en derredor,
ellas lloran, cargan dolor...
¿qué puedo hacer sino rezar a Dios?
Burlas lo hieren y él se adormece,
El niño calla, el coro se envilece,
La infancia puede ser muy cruel,
eso lo sabe muy bien Mikael.
Madre lloró frente al vacío,
ojos cerrados sin comprender.
Una cuerda habló en silencio...
y él aprendió a no volver.
Desde entonces reza en la noche,
busca en el cielo algún perdón.
Dime, Mikael... ¿Dios te responde
o sólo escuchas tu propia voz?
Tú abrazas culpa y la llamas luz,
yo la dejé florecer en el mal.
Dime Sir Declair...
cuando alzas tu plegaria...
¿no suena mi voz igual?
Mikael, furibundo, irrumpió en la estancia, la puerta cedió bajo el empuje de su mano, sus ojos no tuvieron que buscarla. Thalia lo aguardaba en el centro de la habitación, inmóvil. El fulgor de las velas se deslizaba sobre su piel de alabastro, encendiendo en sus mejillas un leve carmín. Su semblante, más vivo que antes, más luminoso, contrastaba con la tensión que Mikael aún cargaba. Al verla así, su ira se disipó y dio paso a la vergüenza.
—Disculpe... no debí irrumpir de este modo...
Thalia sostuvo su mirada unos instantes. Aquel joven, que había entrado consumido por el arrebato, descendía ahora los ojos, con las mejillas encendidas. Una risa inesperada brotó de los labios de la joven, quebrando la quietud de la estancia. Entonces Mikael alzó el rostro, desconcertado.
—Oh, no se preocupe —dijo ella, aún con un leve rastro de aquella risa—. Anhelaba su compañía.
Guardó un instante de silencio, sin apartar la mirada.
—No se marche... Ha cruzado este umbral por una razón, ¿no es así?
Mikael carraspeó, vacilante. La idea de internarse por completo en la habitación de una mujer a aquellas horas y en soledad, le resultaba impropia. Sabía que no debía hacerlo, menos aún tras haber sentido a su propio corazón traicionarlo en su presencia más de una vez. ¿Era temor? ¿Era piedad? No hallaría respuesta aquella noche... no con ella allí. Se excusó de nuevo y dio un paso atrás, dispuesto a retirarse, pero la puerta se cerró a su espalda con un golpe seco. Se volvió de inmediato y aferró el picaporte, intentando abrirla. Tiró de él con fuerza, pero no cedió. Ni siquiera empleando todo su esfuerzo logró moverlo.
—Sir Declair... ¿qué le ocurre?
La voz suave de Thalia lo alcanzó desde su espalda. Mikael se volvió hacia ella con lentitud, abatido.
—He escuchado la canción.
—¿Le ha complacido? —respondió ella—. No soy muy buena pero compuse cada verso pensando en usted.
Thalia lo desafiaba con la mirada. En sus labios se insinuaba una leve curvatura, apenas ladeada. Había en aquel gesto —al menos para Mikael— un matiz de burla. Inquieto, el joven apenas lograba sostenerla por un instante; enseguida la esquivaba, dejando que sus ojos se perdieran en la pared o en cualquier objeto trivial que le ofreciera un refugio momentáneo.
—¿Va a responder? —murmuró ella, avanzando lentamente hacia él.
Al advertirlo, Mikael intentó retroceder, pero su espalda terminó chocando contra la madera helada de la puerta.
—No sé qué es lo que busca... —respondió al fin, con la voz tensa—. ¿Volverme loco?
—¿Loco? No tendría que hacer nada para eso. Ya lo está.
—No lo estoy.
—No... —rectificó ella con suavidad—. No lo está.
Aquella respuesta lo desconcertó. Mikael alzó la mirada hacia Thalia y descubrió, sobresaltado, que la joven se hallaba mucho más cerca de lo que había imaginado.
—Pero si no está loco... —continuó ella— tendrá que aceptar que aquello que vio era real.
Mikael tragó saliva.
Thalia sabía demasiado, y él era incapaz de discernir hasta dónde se extendía el conocimiento de la joven sobre aquello que percibía. Se encontraba en desventaja.
—¿De qué habla...?
—Oh, Sir Declair... Usted sabe perfectamente de qué hablo.
—¿Puede decírmelo? —La voz le tembló al pronunciar aquellas palabras.
—Acaba de verlos. A todos ellos. Felices.
—No...
—Sí.
—No... no, no...
—Sí.
Mikael se mordió el labio inferior, intentando de esta forma detener la horda de sentimientos que se concentraban en el borde de sus ojos. Suspiró y miró al cielo, no había nada. Un cálido roce lo sobresaltó. Thalia había tomado una de sus manos entre las suyas. Los guantes que cubrían los dedos de la joven lo separaban del tacto verdadero de su piel y, aun así, aquel contacto bastó para estremecerlo. La sorpresa lo dejó inmóvil. El calor nacido entre sus dedos enlazados ascendió lentamente por su cuerpo hasta alcanzarle el rostro, encendiendo sus mejillas y apagando el brillo húmedo de sus lágrimas.
—Lo comprendo, Sir Declair... Comprendo con exactitud aquello que atormenta su espíritu. El abandono, la soledad, la tristeza que corroe en silencio. Ese vacío que no concede reposo... y la cólera que se oculta bajo las plegarias. No tiene por qué continuar albergando tales pesares en su corazón. Yo podría...
Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo apenas perceptible mientras aproximaba lentamente el rostro al de él.
—...hacer que todo ello desaparezca con el roce de mi mano.
Mikael la contempló turbado. No sólo por las palabras que abandonaban los labios de la joven, sino por aquello que despertaban en él. El calor que había nacido entre sus dedos se tornó insoportable. Sobrecogido, soltó las manos de Thalia con suavidad y retrocedió unos pasos hacia el costado. Carraspeó, intentando recobrar compostura, y humedeció sus labios resecos.
—No creo que pueda comprenderme... Ni siquiera nos conocemos.
—Yo sí lo conozco —replicó ella con calma—. Y usted conoce mi historia. La cantan en cada rincón de Jajahar. Mi canción, mi vida... ambas pertenecen ya a este lugar.
—Claro que la conozco, pero...—exhaló pesadamente— sabe bien a qué me refiero.
Thalia inclinó apenas la cabeza.
—¿Lo sé?
—No nos conocemos realmente. Jamás había hablado tanto con usted.
—¿Y ello le desagrada?
Mikael frunció levemente el ceño.
—¿Cómo dice?
—Preguntaba si le agrada mi compañía —respondió ella con naturalidad—. A mí me agrada hablar con usted. Han transcurrido años desde la última vez que tuve un invitado.
Su rostro se contrajo en una mueca inquietante.
—Y usted me agrada, Sir Declair... ¿Le agrado yo también?
Mikael se llevó una mano al cabello y lo apartó hacia atrás con gesto errático. Thalia conducía la conversación por senderos imprevisibles; sus repentinos desvíos lo confundían, desordenándole tanto el pensamiento como el ánimo.
—Eso carece de importancia ahora. Sólo dígame una cosa... La canción que cantaba hace un momento, ¿cuándo la compuso?
—No lo recuerdo —respondió ella con ligereza—. ¿Le ha complacido?
—No.
—Oh... ¿y por qué no?
—Porque es horrible. Y habla de asuntos que no le incumben.
Thalia sonrió aun más.
—¿No me incumben?
—No.
—A usted tampoco le incumbe este pueblo —replicó con serenidad—, y aun así se encuentra en mi casa, pretendiendo reparar mi vida y salvar a personas que no desean ser salvadas.
Pronunció aquellas palabras sin apartar la mirada de Mikael. Por un instante, al joven le pareció que la esclerótica de sus ojos se ennegrecía por completo, como tinta derramándose lentamente sobre la nieve. Parpadeó sobresaltado y la visión se deshizo. Todo había vuelto a la normalidad.
—... ¿Thalia?
—Mi nombre no es Thalia.
—Hay personas que sí desean ser salvadas.
—Pueden marcharse.
—Sabe bien que no es tan sencillo. Menos aún con Lucifer rondando este lugar. Los desea a todos.
Un destello atravesó el semblante de la joven.
—¿Y eso es realmente malo? Los ha visto... son felices. Fuera del Paraíso, en un Edén creado por mis propias manos. Lucifer cumplió aquello que prometió. Mis deseos... los deseos de todos ellos fueron concedidos.
—Está mal... profundamente mal. Usted no es Dios, y sirve al maligno.
Thalia guardó silencio un instante.
—El maligno me escuchó —murmuró al fin— y me convirtió en Melphómenne. Desde entonces no he vuelto a llorar ni a desear hacerlo.
—Los habitantes de Jajahar aún sienten tristeza —replicó Mikael—, pero temen mostrarla por culpa suya.
La mirada de Thalia descendió hacia la llama de la vela, contemplando el fuego que danzaba sobre la cera derretida. Luego se volvió lentamente y caminó hasta un viejo piano. Tomó asiento frente a él y dejó caer los dedos sobre las teclas. Algunas notas discordantes se alzaron en la habitación, quebrando el aire con suavidad.
—¿Sabe tocar el piano? —preguntó sin mirarlo.
Mikael frunció el ceño.
—¿Va a cambiar de tema precisamente ahora?
—No ha respondido a mi pregunta.
Él exhaló pesadamente.
—Sí... sé tocar.
Sin añadir palabra, Thalia extrajo una partitura y se la ofreció. Mikael la tomó entre sus manos y recorrió las notas con la mirada. No era sencilla, aunque tampoco excedía sus capacidades.
—Sólo sé interpretar una melodía —dijo ella—. La aprendí siendo niña y jamás logré olvidarla. Carezco de talento para este instrumento.
Sus dedos rozaron distraídamente las teclas ennegrecidas por el tiempo.
—Pero desearía escuchar la pieza que acabo de entregarle, me llenaría de nostalgia. ¿Tendría la gentileza de tocarla para mí?
Thalia lo contempló con aquellos ojos ígneos, mientras una tenue sonrisa permanecía suspendida en sus labios. Mikael demoró la mirada en ellos más de lo debido; primero en sus ojos, luego en la delicada curvatura de su boca. Apenas unos segundos... suficientes para incomodarlo.
—Lo haré... pero después retomaremos aquella conversación.
—Lo prometo —canturreó ella suavemente—. Volveremos a hablar de ello.
Había una extraña alegría en sus movimientos. Balanceó los pies con ligereza antes de cederle el asiento frente al piano. Mikael tomó lugar ante el instrumento, desplegó la partitura y dejó que sus dedos descendieran sobre las teclas envejecidas. La melodía comenzó a llenar la estancia. En ocasiones erraba alguna nota; cada vez que ocurría, regresaba sobre el fragmento con obstinada precisión hasta arrancarle la armonía correcta.
Mientras tanto, Thalia danzaba en el centro de la habitación. No se oían sus pasos. Se desplazaba con una suavidad antinatural, suspendida apenas sobre el suelo. Mikael debió reunir toda su concentración para no apartar la vista de la partitura. La figura de la joven, moviéndose frente a él bajo el resplandor vacilante de las velas, amenazaba constantemente con arrastrar su atención.
El calor comenzó a agobiarlo. Finas gotas de sudor descendían desde su frente hasta las teclas. Fue entonces cuando una niebla tenue se deslizó bajo la rendija de la puerta. Entró lentamente, arrastrándose sobre el suelo con sigilo espectral. La bruma ascendió poco a poco hasta adoptar una forma casi humana, y luego... tomó la mano de Thalia. La joven continuó danzando al compás de la melodía, ahora acompañada por aquella presencia nebulosa que giraba junto a ella.
Mikael no contempló aquella danza. Sus ojos permanecían cautivos entre las notas de la partitura y el movimiento de las teclas. Quizá fue mejor de ese modo; aquella noche su razón ya había soportado demasiados ultrajes. Los largos dedos del joven descendieron finalmente sobre la última nota, y en el mismo instante en que la melodía murió, un rechinar de cerrojos atravesó la habitación. La niebla se disipó de inmediato. Ambos volvieron la mirada hacia el rincón del que provenía el sonido. Allí, entre las sombras, un pequeño mueble antiguo parecía agitarse. Thalia solía utilizarlo para acumular sus vestidos.
—¿Ha escuchado eso? —preguntó Thalia, aunque en su voz no había verdadera duda.
—Sí... ¿Qué era? ¿Guarda algo allí?
La joven no respondió. La palidez había regresado a su semblante, borrando el tenue fulgor que antes animaba sus facciones. Bajo la luz vacilante de las velas, parecía una aparición más de aquel convento condenado.
Avanzó lentamente hacia el pequeño mueble del rincón y apartó los vestidos que lo cubrían. Luego descendió hasta quedar de rodillas frente a él. Su mano permaneció suspendida un instante sobre la portezuela entreabierta, inmóvil. Finalmente la abrió por completo.
En el interior descansaban un manto blanco cuidadosamente doblado y un pequeño papel amarillento por el tiempo. Thalia lo tomó entre sus dedos.
Mikael percibió el modo en que el cuerpo de la joven se tensaba lentamente. Se aproximó con cautela, inclinándose para observar el contenido de aquella nota. Y cuando logró distinguir las palabras escritas sobre el papel, sintió que el corazón se le detenía.
Su nombre es Thalia.
Hija del pecado, doy mi último aliento para salvarte de esta maldición.
Escapa Thalia, sé feliz.
Te entrego a Dios.
Tu madre te ama.
Una carcajada, áspera y descompuesta, obligó a Mikael a retroceder un paso. Ante él, la figura de la joven se estremecía en convulsiones exageradas. Entonces la estancia se tornó glacial; las llamas de las velas vacilaron con un último suspiro enfermizo y murieron una a una, dejando que las tinieblas descendieran sobre él.
Mikael no pudo discernir si lo que escuchó después pertenecía al dominio de la realidad o al del delirio. La risa de Thalia comenzó a corromperse lentamente, deformándose en un sonido aberrante, siniestro y abismal, hasta perder todo vestigio humano. Y privado ya de su imagen entre la oscuridad, no supo decir si aquella voz brotaba de la garganta de la muchacha o de algún condenado espíritu surgido de las entrañas del infierno.