—¡Padre!
Después de que Melphómenne les indicara sus respectivas habitaciones y se retirara a la suya, Baptiste se precipitó hacia Gabriel y se aferró a él con desesperación. Todo su cuerpo temblaba.
—¡Padre...! Por favor... detengámonos un instante a considerar nuestra situación... —gimoteó el joven.
Sus piernas, incapaces de sostenerlo por más tiempo, cedieron de pronto y lo dejaron caer al suelo, vencido por la debilidad. Mikael se acercó de inmediato para levantarlo, visiblemente inquieto por el estado del más joven del grupo.
—¿Qué ocurre, Baptiste? Habla —ordenó Gabriel con una suavidad grave y paternal.
El cochero enjugó las lágrimas que aún humedecían su rostro y, apoyándose con torpeza en Mikael, expuso al grupo aquello que le oprimía el corazón.
—Después de lo sucedido en aquel hostal del demonio... con los caballos... y con esa extraña familia... —murmuró con voz temblorosa— ya no soy capaz de distinguir con claridad qué pertenece al mundo de los vivos y qué a otra esfera más sombría. Por ello suplico que el joven Mikael y usted, Padre, consideren, con sincero corazón, la posibilidad de que reposemos esta noche en una misma habitación...
Viktoria lo observó un instante y, de pronto, dejó escapar una risa breve. Sin embargo, en el fondo de su ánimo pesaba la amarga certeza de que no podría unirse al grupo y que le aguardaba una noche solitaria en la fría estancia que le había sido asignada.
Baptiste frunció el ceño y volvió su mirada hacia el Padre, quien le respondió con una sonrisa serena, como si aquella simple expresión bastara para aliviar la inquietud que agitaba su espíritu.
—No es una mala idea. Si permanecemos juntos, podremos sostenernos unos a otros... y quizá así evitar que el temor engendre visiones donde no las hay —respondió Gabriel.
Mikael asintió en silencio. Aquella misma idea había cruzado por su mente instantes antes, aunque no se había atrevido a pronunciarla en voz alta. En su interior, agradeció el espíritu osado de Baptiste, que había tenido el valor de decir aquello que él mismo había callado.
El exorcista se volvió hacia Viktoria, la contempló con visible inquietud y le sugirió que reposara cerca de ellos; quizá, dijo, podría acomodarse en algún rincón apartado de la estancia. Sin embargo, la joven rehusó la propuesta con un leve movimiento de cabeza y se retiró con premura hacia la habitación que le había sido indicado por Melphómenne.
Los tres hombres resolvieron entonces su descanso con la mayor sencillez posible. El joven Baptiste ocuparía la cama; Mikael fue en busca de un colchón a una estancia contigua, y el Padre se tendió sobre una manta extendida en el suelo. Las velas temblaban suavemente, agitadas por el leve vaivén del aire, y sus llamas parecían acompasarse con el ritmo que las respiraciones entregaban. Pronto, aquel murmullo tenue se convirtió en el único sonido que habitaba la fría habitación.
—¿Qué ocurrió en el hostal? —preguntó Mikael al fin, rompiendo el silencio.
Baptiste se volvió hacia él con rapidez, casi con alivio, como si hubiera estado aguardando aquella pregunta. El silencio de la noche parecía inquietarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Al parecer... hubo una posesión —respondió en voz baja—. ¡El dueño del hostal salió desnudo en mitad de la noche para atacar a madame Viktoria! Y alguien destrozó nuestra carroza... Mis caballos huyeron por un instante, pero su lealtad los hizo volver a mí.
Guardó silencio un momento.
—Los extraño tanto...
Había resumido los sucesos de aquella manera apresurada, y al concluir su relato su voz se quebró levemente al evocar a los animales. Mikael los observó a ambos con expresión perpleja, incapaz aún de ordenar en su mente los extraños acontecimientos que acababa de escuchar.
—¿Están seguros de que se trató de una posesión? —preguntó Mikael tras un instante—. ¿No podría haber sido tan solo un hombre arrastrado por sus impulsos más viles y lujuriosos?... ¿Y el carruaje? ¿De qué modo lograron llegar hasta aquí?
Gabriel se aclaró la garganta, se incorporó ligeramente sobre la manta y respondió:
—Lucifer se hallaba en aquel hostal. Viktoria lo vio... y yo también. Los impulsos de ese hombre no eran lujuriosos; empuñaba un hacha y parecía decidido a segar la vida de alguien. El demonio se le apareció en sueños y lo gobernó desde allí. En cuanto al carruaje... bueno, solicitamos otro. Sin embargo, al llegar a este lugar también terminó por estropearse.
Mikael guardó silencio unos instantes antes de añadir:
—Al menos lograron arribar. Aunque, gracias a ello... Baptiste no pudo marcharse, ¿no es así?
Ambos dirigieron entonces al cochero una mirada cargada de preocupación —y de una cierta compasión—. Baptiste respondió con una risa breve y nerviosa, apartando la vista como si aquella atención lo incomodara. De pronto, el recuerdo de Baptiste rezando a otros dioses durante la cena irrumpió en la mente del sacerdote con fuerza. Gabriel frunció el ceño y, adoptando una expresión de severidad fingida, se volvió hacia el joven y, sin previo aviso, le asestó un golpe con un cojín en la cabeza.
—¡Ay!
Baptiste lo miró con sorpresa... aunque pronto su desconcierto se transformó en una sonrisa divertida.
—Eso es por rezar a otros dioses en un momento tan delicado —replicó Gabriel aparentando una voz enfadada—. Ya que te encuentras bajo nuestro amparo, debes atenerte a nuestro protocolo.
—Está bien... —murmuró Baptiste con docilidad.
En ese mismo instante, una ráfaga violenta de viento azotó la ventana con tal ímpetu que los cristales temblaron en sus marcos. Baptiste se ocultó de inmediato bajo la ropa de cama, mientras Mikael y el Padre Gabriel se incorporaban con gesto alerta. Pero el estrépito duró apenas un segundo. Luego, el convento volvió a sumirse en aquella calma densa y expectante al que ya estaban acostumbrados. Siin embargo, el temple del exorcista ya había cambiado. Sus ojos recorrían la habitación con silenciosa vigilancia, aguardando que algo —invisible aún— se manifestara entre los rincones.
De pronto, la vela que ardía junto a Mikael titiló... y se extinguió sin aviso. Baptiste ahogó un grito entre sus manos y Gabriel se puso en pie de un salto.
—Tranquilos —dijo Mikael tras un breve instante—. Quizá fui yo, en alguno de mis movimientos.
Se oyó la risa nerviosa de Baptiste, breve y quebradiza, con eso intentaba disipar la tensión que oprimía el aire de la habitación.
—Estamos un poco alterados... deberíamos calm—
No alcanzó a terminar. Una serie de pasos precipitados resonaron en el pasillo, corriendo con agitación al otro lado de la puerta. El corazón del chofer se desbocó al instante, y más aún cuando, de pronto, unas risas infantiles— ligeras y juguetonas— se mezclaron con aquellas pisadas.
—¡La Virgen! —exclamó, trazando la señal de la cruz sobre su pecho con manos temblorosas.
El padre Gabriel se acercó a la puerta lentamente. Extendió la mano para abrirla, pero se detuvo justo antes de empujarla. Entonces volvió la cabeza hacia los otros dos hombres que compartían la estancia. Baptiste se había arrinconado tras la frazada, aferrándola como si fuese un escudo miserable contra lo desconocido. Sus ojos, descompuestos por el miedo, se clavaron en Gabriel mientras negaba lentamente con la cabeza. Mikael, en cambio, se había puesto de pie, no miraba a nadie. Toda su atención estaba fija en la puerta, en aquello que aguardaba tras la madera. Su semblante permanecía serio, tenso. Gabriel esbozó una leve sonrisa y entonces empujó la puerta, la cual se abrió con un lento gemido de bisagras. Por unos segundos pudieron divisar el exterior, el pasillo donde habían resonado aquellas risas infantiles estaba completamente vacío. No quedaba rastro alguno de las pisadas, ni de las voces, ni de los horrores que su imaginación había comenzado a conjurar en la oscuridad.
Una corriente de aire helado se deslizó por la puerta abierta y, con un suspiro apagado, extinguió las velas que quedaban. En un instante, la habitación quedó sumida en una oscuridad absoluta. Gabriel cerró la puerta con cautela y se volvió hacia los demás. Ninguno emitía sonido alguno, el silencio se había adueñado de la estancia. A tientas en la penumbra, buscó la caja de fósforos sobre los muebles, rozando madera, tela y objetos indistinguibles hasta que sus dedos dieron finalmente con ella. Rasgó un fósforo y la pequeña llama chisporroteó con un leve estallido antes de prender la mecha de la vela. La luz que nació de ella era débil, temblorosa, apenas suficiente para arañar la oscuridad que dominaba la habitación. Cuando el sacerdote elevó la vela y dirigió su pálido resplandor hacia los rostros de sus acompañantes, se detuvo al ver a Mikael y su corazón se encogió.
El joven lloraba en silencio, sin apartar la mirada de la puerta. Las lágrimas descendían sin tregua por su rostro contraído. Había en sus facciones una lucha desesperada, un esfuerzo inútil por contener aquello que lo desgarraba por dentro.
Llevó las manos al rostro, intentando enjugar las lágrimas que seguían naciendo una tras otra. Pero la contención terminó por quebrarse. Cayó de rodillas sobre el suelo y entonces el silencio se rompió. De su garganta escapó un gemido profundo y roto, que pronto se transformó en un sollozo desgarrador: el instante en que las lágrimas, finalmente, derrotaban todas sus certezas y hacían temblar los cimientos de su fe.
✞
Pequeños pasos apenas audibles se arrastraban por la estancia. Unos ojos vacíos permanecían clavados en la figura de la mujer que descansaba sobre la cama. La elegante noche extendía su velo de luto y ofrecía refugio a aquellas criaturas diminutas que la rodeaban, ocultándolas en sus pliegues más sombríos. Sus susurros se deslizaban lentamente a través de los límites del sueño, infiltrándose sin prisa.
Entonces, ante un tenue llamado, los ojos de Viktoria se abrieron por entero. Su vista no se acostumbraba en su totalidad a la oscuridad aún, pero pudo distinguir varias siluetas alrededor de ella, observándola con fija atención. Intentó gritar, pero la voz no acudió a su llamado; se había marchitado en su garganta. Trató en vano de moverse, pues el cuerpo se negó a obedecerle... y en aquel instante, la consumió la desesperación.
De ese modo transcurrieron minutos... quizá horas; le fue imposible precisarlo. Las siluetas, al principio informes, comenzaron a definirse, y aquello no hizo más que acrecentar su desasosiego. Dudó de su cordura, de su vigilia; lo que sus ojos captaban no encontraba lugar en ningún orden razonable del mundo.
Muñecos de toda forma y materia la rodeaban, inmóviles, observándola con sonrisas cosidas en sus rostros. Entre ellos parecía circular un murmullo bajo, un intercambio de palabras que no alcanzaba a comprender.
—...Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden...
El Padre Nuestro emergía desde algún punto de la estancia, cantado por una voz temblorosa, quebrada, la más frágil que Viktoria hubiese oído jamás. Dirigió la mirada hacia el origen de aquella plegaria, pero no halló a nadie.
—No nos dejes caer en tentación...
La voz persistía, cada vez más firme, más cercana. Viktoria respiraba con dificultad mientras recorría con la mirada cada una de las presencias que la cercaban, intentando arrancar de su propio cuerpo una respuesta. Para no quebrarse, se aferró a una explicación: una ilusión, un episodio de parálisis del sueño. Los muñecos, la oración, todo carecía de realidad. Con un esfuerzo desesperado logró mover un brazo, apenas un gesto, y de su garganta escapó un leve gemido. Bastó aquello. La voz se extinguió de inmediato, y los muñecos cesaron su atención; quedaron inmóviles e inertes, reducidos a simples objetos.
¿Había sido toda una ilusión? Nunca había vivido algo semejante, aunque conocía relatos parecidos.
Cuando al fin recuperó el dominio de su cuerpo, se incorporó y encendió una vela. No recordaba haber visto tantos muñecos en aquella habitación, pero allí estaban, dispersos sobre el suelo. Tal vez su mente, al percibirlos, había tejido el resto...
—Santa María... madre de Dios...
Viktoria se detuvo. Podía moverse, estaba despierta. Los muñecos yacían en el suelo... pero la voz persistía.
Y esta vez, surgía justo detrás de ella.
✞
—Nos hemos perdido.
Baptiste recorría el entorno con la mirada, desorientado, mientras Gabriel avanzaba unos pasos por delante, envuelto en un silencio impenetrable.
—Padre, deberíamos regresar.
—No hasta encontrar a Mikael. Debe de estar en algún lugar de este sitio...
Gabriel continuaba su marcha, guiado únicamente por la débil luz de la vela que sostenía en la diestra, cuya llama vacilaba con inquietud.
—Este lugar no parecía tan vasto desde el exterior... se extiende sin fin...
La voz de Baptiste se elevó apenas, rebotando contra los muros de piedra y desvaneciéndose en la profundidad. El frío los acompañaba en su andar. Se aferraba a sus espaldas y ascendía con lentitud hasta alcanzar sus nucas, donde se detenía. Sus dedos largos y cadavéricos tanteaban la piel, arrancándoles discretos escalofríos.
—¿Por qué se habrá ido corriendo Mikael?
Baptiste intentaba quebrar el silencio del lugar; más que obtener respuesta, necesitaba mantener su mente ocupada, apartarla de los pensamientos que comenzaban a filtrarse cada vez que, por descuido, su mirada se desviaba hacia algún rincón oscuro del pasillo.
—Algo debió haber visto. Él no es así. Es un chico sensible, sí, pero no perdería el control sin motivo. Había algo allí... algo que nosotros no logramos percibir.
—Pero no parecía asustado, más bien...
—Estaba destrozado, lo sé.
Gabriel se aclaró la garganta. Baptiste no alcanzaba a ver su rostro, pero en la voz del sacerdote se insinuaba una pesadumbre ajena, la tristeza de Mikael parecía haberse instalado en él. El silencio regresó implacable. Sólo persistían los pasos de ambos y el rumor distante de la lluvia golpeando el exterior.
Baptiste tragó saliva y acortó la distancia que lo separaba del Padre Gabriel. Un temor persistente lo atenazaba: que algo emergiera a su espalda... y ser él quien lo advirtiera primero.
—Tranquilo, Baptiste. Nada ocurrirá. Ten fe en Dios.
—Tengo fe, Padre... ¿pero y si Mikael ya ha regresado a la habitación?
—Puedes volver, si así lo deseas.
—¿Y quedarme solo?
Una breve risa escapó de Gabriel, tenue, casi indulgente. Baptiste no sabía ocultar lo que sentía; el temblor en su respiración lo delataba.
—Ayúdame a encontrar a Mikael. Luego regresaremos a descansar.
—Se nos perdió demasiado rápido... El convento... se ha vuelto un laberinto.
—Puede ser —murmuró Gabriel—. O tal vez sean artificios de Lucifer. No cedas a ellos. Aférrate a tu fe, Baptiste. Cualquier cosa que escuches y perturbe tu espíritu, ignórala. Cualquier cosa que veas y pretenda infundirte temor...
—¿Qué debería hacer, Padre...?
La voz de Baptiste se quebró. Apenas un hilo sonoro, extinguido al nacer. Se detuvo.
Gabriel se volvió hacia él. Lo encontró inmóvil, pálido, con la mirada fija en la muralla frente a ellos. Al girarse, la llama de la vela tembló y su luz desveló aquello que se aferraba a la piedra. Una figura ascendía por la muralla. Su forma, vagamente humana, se retorcía en un avance irregular, antinatural. Era alta, demasiado alta... rozando los dos metros. Desde lo alto, los observaba con sus ojos, amarillos que permanecían fijos en ellos. Acechñandolos.
Apenas distinguieron la figura, Baptiste huyó. No miró atrás, su cuerpo se lanzó a la carrera con desesperación.
—¡Baptiste, detente!
La voz de Gabriel quedó atrás, disuelta en la negrura. Nada alcanzaba al joven; corría sin rumbo, devorado por la oscuridad, hasta que su pie encontró un obstáculo invisible. Cayó de bruces contra el suelo, y el impacto le arrancó un quejido ahogado. Intentó incorporarse de inmediato, arrastrado aún por el impulso de huir, pero Gabriel lo alcanzó y lo sujetó con firmeza. Baptiste se debatió, incapaz de contenerse; su pecho subía y bajaba con violencia, su razón estaba eclipsada por un instinto primitivo.
—¡Baptiste, calma!
El joven intentó responder, pero de su garganta sólo emergieron alaridos rotos. Entonces, Gabriel le cruzó el rostro con una bofetada seca. El mundo pareció detenerse un instante.
—¿Nos sigue...? —murmuró Baptiste, con la voz quebrada.
—No. No nos sigue... ni lo hará. Respira.
El sacerdote lo observó con atención.
—¿Qué te ocurrió en el rostro?
—Yo... caí... tropecé... —balbuceó, llevándose una mano temblorosa a la cara—. ¿Cómo sabe que no nos sigue? ¿Qué era eso, Padre? ¿Era el demonio?
Las palabras se atropellaban entrecortadas. Sus dedos dibujaban torpemente la señal de la cruz.
—No aquel que buscamos... pero sí uno de ellos —respondió Gabriel, grave—. No le permitas entrar, y no podrá dañarte. Estás bajo la gracia del Espíritu Santo. Aférrate a ello.
Su mirada descendió.
—¿Con qué tropezaste?
—Con... algo en el suelo...
Ambos dirigieron la vista hacia abajo. Allí, oculta bajo una manta polvorienta, yacía una puerta. Se miraron en silencio. Gabriel apartó la tela y reveló una puerta encajada en el suelo, atravesada por una argolla de hierro ennegrecido. La tomó y tiró de ella, el metal ofreció resistencia, aferrado al tiempo... hasta ceder con un lamento sordo. La vela descendió. Bajo ellos, una hilera de escalones se hundía en la oscuridad.
—No iremos allí... —susurró Baptiste—. Por favor... no lo hagamos...
—Baptiste, hijo... —la voz de Gabriel se suavizó—. No deberías estar aquí, lo sé. Has sido traído contra tu voluntad, pero no sin propósito. Algo ha dispuesto este encuentro. Algo ha guiado tus pasos hasta esta puerta...Y alguien desea que descendamos.
—¡Padre...! —la voz de Baptiste se quebró—. ¿Y si no es Él? ¿Y si todo esto responde a otra voluntad?
Gabriel lo observó con severidad.
—Hombre de poca fe, el temor te encadena. Dime ¿preferirías consumirte en una vida sin propósito, recordando este instante con amargura... o descender, encontrar a Mikael, y enfrentar aquello que corrompe este lugar? Ser un héroe.
Baptiste bajó la mirada.
—Yo... sólo quiero paz...
Pero Gabriel ya no lo escuchaba, había comenzado el descenso. La luz de la vela se alejaba, devorada por la profundidad. Cuando apenas quedó un resplandor tenue, Baptiste se incorporó. Permaneció inmóvil un instante y luego avanzó. Sin convicción ni esperanza, pero incapaz de quedarse atrás...No mientras algo continuara trepando por las paredes.