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La tropecía

Jackelpunkin y la tropecia · por Proferyo · 16 de julio de 2026

—Señor Genwil, si me permite, el muro de las mil verdades fue destruido, mi antiguo amo leyó en voz alta la verdad número dos, que profetizaba que el muro caería cuando se leyeran todas. Por eso ahora yace sepultado en todo ese conocimiento.

—Pero no la anotó en ti, libro. Aunque sí anotó la tres: “el muro será descubierto por un trasgo que se come los mocos”. Yo me hubiera saltado esa, mejor.

—Mi amo John nunca se comió un solo moco —se detuvo al recordar el terrible secreto que ocultaba detrás de su contraportada, que asquerosamente evidenciaba sus palabras. 

—Ah ya veo, entonces se refiere a… 

—Sí, eso me temo —susurró telepáticamente Gepeté.

—¡Que incordio! Por mi se pueden quedar con el libro para secretearse, pero no se los dejo gratis.

—Le pido perdón, señor Timothy. Mi maestro de magos no ha sido muy cortés. Culpo a su afición a los vinos de moras.

—Esos son licores, Alistor. Soy aficionado a los vinos finos y exóticos. Los licores de moras solo me gustan.

—Bueno, de todos modos, faltan casi quinientas verdades, y me preocupa que la número novecientos noventa y ocho necesite más contexto.

—¿Te refieres a esta extraña profecía? A mi me parece muy clara.

—¿Sigues borracho? Escucha.

El rey le quitó el libro a su mago y empezó a recitar con la parsimonia y la solemnidad de un rey de historias mucho más serias que esta.

“dos lunas en el cielo violeta de un día  
sembrada en el campo una serpiente 
anuncia en el fin del mundo
llega con algarabía
el día de la paz absoluta
entre todas y todas dije
de las razas de Nuerin
que serian y que fueron 
tan felices como no”

—Pero si está ¡hic! clarísimo —con la calma, parecía haber vuelto la embriaguez, eso, o había estado dando sorbos a su bota de vino—. Dice que una noche en que la  se vea la luna dos veces, y el cielo se vea violeta, una serpiente anunciará el fin del mundo y de todas las razas felices, y termina con una reafirmación.

—Estás loco, dice que un día habrá dos lunas en el cielo, y que una flor será sembrada por una serpiente para anunciar en el lugar más lejano del mundo, que llegarán días de paz entre todas las razas ya sean felices o no.

—Yo digo —interrumpió Timothy —que dice que un chismoso se comerá una flor de sombra nocturna, y empezará a alucinar.

—¡Glorf!

—Vaya —dijo el mago ebrio arrastrando cada palabra, y mirando a Glorf con sorpresa y admiración —esa es la teoría más lógica ¿Cómo no la pensé yo?

—¿Y qué dicen las dos últimas verdades? Tal vez ahí esté la clave —el rey se veía esperanzado, era así, acostumbrado a un mundo con sentido.

—La novecientos noventa y nueve… “los signos de puntuación son importantes, John”, y la número mil “te lo advertí y no hiciste caso”. Podría referirse a la puntuación, o al hecho de quedarse junto al muro a su caída.

—Oh cielos —se lamento Gepeté al darse cuenta —. Por eso Jonkelpunkin empezó a decir “es importante, es importante”, mientras escribía.

—Quien sabe, si él podía leer bien la profecía, tal vez entendió algo que nosotros no —dijo el rey, tratando de frotar la barba que llevaba un rato perdida por algún lado—. El muro sabía quién y cuándo sería encontrado, es justo suponer que estamos a tiempo de entenderla y aprovecharla.

—¿Entonces vale algo? ¿O este incordio fue para nada?

—Bueno, como mínimo, y dada la importancia histórica del hallazgo, creo que es mi deber saldar las mencionadas deudas. ¿A cuanto ascienden?

—¡Glorf!

—Oh, de acuerdo, esperaba más…

—¡Glorf!

—Ah vale, más el interés…

—Glorf.

—Bien, un total de once monedas de cobre y cinco platas. Toma una de oro y otra para Timothy. 

Ambos tomaron el oro, satisfechos con las ganancias. Era el equivalente a meses y meses de explorar y cobrar deudas.

Genwil bebió otro sorbo de vino, esta vez todos se dieron cuenta. Apoyó el brazo alrededor de los hombros del rey y se pusieron a cuchichear. Glorf a su vez le dijo a Timothy por lo bajo que, seguro, estaban hablando de la verdad ciento noventa y seis.

—¡Oigan!

Todos se giraron a ver a la pequeña Eri, que había vuelto a parecer una niña normal al volver a ponerse su collar.

—¿Ya me puedo ir a la cama? 

—Diosa santísima, es verdad. Tus padres volverán pronto. Solo espera un minuto, mi niña, para que te despidas de tus nuevos amigos. Señores, como soberano de Artemia y portador del título de “rey del mundo”; aquí, en mi sala del trono, honro a cada uno de los presentes con la sagrada misión de volver al lugar del muro, hacer lo posible por restaurar la profecía, y hacer todo lo que esté en su poder para evitar, o provocar lo que esta dice, según sea el caso.

—Bien, por fin se van, ¡hic! tendremos algo de paz…

—Tú también vas, Genwil.

—¿Qué?

—¿Qué? Fuiiiiiii.

—¿Glorf?

—Intrigante decisión majestad —Este último es Gepeté, por si no estaba claro.

—Eres el único que sabe leer. Y tu magia puede ayudar a volver a armar el muro.

—Pero ¡hic! Alistor, ¡majestad!

—No se hable más. Declaro creada, el día hoy, vigésimo día del tercer ciclo lunar del quinto sol D.E. (Después de Eri, gestos cariñosos que solo pueden permitirse los poderosos) la Real Tropa de la Profecía del Muro de las Mil Verdades.

—¡Abuelo! —La pequeña había trepado de un salto a los brazos del rey —Me prometiste que no más nombres largos y tontos.

—Bueno, ¿y cómo la llamarías tú, mi niña?

—Eri le puso las manitas enguantadas a su abuelo alrededor de las largas orejas y le susurró algo que pareció dale vergüenza.

—Momento, momento —dijo Timothy antes de que nada más pasara—, yo no he dicho nada unirme a ninguna tropa ni de buscar nada. Tengo mi oro, y pueden quedarse con el libro de mi  tátara tátara tátara tátara tátara tátara tátara tátara (nota del autor, el chiste era aumentar un tátara en cada mención, pero nos detendremos en ocho por consejo del director de la imprenta, que pagar extra por páginas llenas de tátaras saldría muy caro) abuelo, ya pasé a la letrina en la posada.

—Creo, estimado trasgo, que mencionó que busca una fortuna que le permita dejar de trabajar.

Ahora sí, Timothy apuntó sus orejas hacia el rey con atención.

—Puedo ofrecerte un cofre con bastante oro para que no se te acabe en la vida de un elfo. 

A nuestro “héroe” podrán no gustarle mucho los elfos, pero sabía que vivían mucho tiempo, ese oro le alcanzaría para unas cien vidas. O una sola vivida cien veces.

El rey lo miró y supo que lo tenía. Ahora quiso convencer al troll, pero éste tenía sus propios motivos para continuar el viaje. Como se lo expuso al rey:

—Glorf.

—Entonces, todo parece decidido.

—No tanto majestad, yo soy solo un libro, y mi función se ha cumplido, cualquier pobre libreta puede suplirme en este viaje, le pido por favor que me deje descansar en los estantes de su real biblioteca.

—Lo lamento honorable Grimorio Perfecto Todopoderoso. Pero por ahora, eres la fuente más cercana al muro y a la profecía. Si no podemos volverlo a armar, tú eres nuestra única esperanza.

Todos pensaron que Gepeté se veía triste aunque no tenía cara. Quizá era que se quedó un poco abierto, con las páginas revoloteando al viento. 

El rey habló todavía con su nieta en brazos pero en tono aún más épico.

—Sin más objeciones, ordeno a cada uno de los presentes a emprender esta cruzada hasta sus últimas consecuencias. Unos luchan por otro, otros por deber, y otros por los motivos mas nobles de todos —una lágrima cayó de su ojo al pensar en su conversación con Glorf —pero el compromiso de cada uno es tan puro y leal como el del siguiente. Aquí y ahora, y espero por última vez, proclamo creada esta compañía a la que se le conocerá como… ¿cómo dijiste preciosa?

Eri volvió a susurrarle.

—Ah si, «La tropecía».

En algún lugar de otra realidad. Una lectora de fantasía señaló la línea anterior, y se apresuró a comentar en wattpad:

—«¡Lo dijo!»

Si estas leyendo la versión impresa. ¡Mamá, lo logramos!

Todos partieron poco después. Cuando Genwil hubo empacado, y Eri estaba ya en la cama, la elfa de cabello verde se acercó al rey, que miraba por el balcón cómo se alejaba la tropecía.

—Majestad, ¿porqué dejar una empresa importante en manos de criaturas tan burdas, además de un troll y un trasgo?

—No tenemos opción, necesitamos a todos los demás. Estamos en medio de una guerra con los dragones. Y en un conflicto entre reinos, si fracasamos Eri se verá lastimada y nunca descubriremos el secreto de su nacimiento.

—Pero no lo diga que como si fuera solo una nota al pie en otro libro.

—Cierto, uno que podría comprarle a las amazonas del norte.

—¿Cree que volvamos a ser relevantes en esta peculiar historia?

—No, tal vez al final. Es posible que solo estemos aquí porque era más fácil que inventar otro mundo.

—Tal vez, es así para todos los seres que existen.

—Quizá todos somos un cameo, un recurso narrativo en la novela que alguien más postuló a un concurso…

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