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Genwil

Jackelpunkin y la tropecia · por Proferyo · 16 de julio de 2026

Cuando el molesto sol por fin desapareció bajo el agua infinita del mar, Timothy se levantó deseando que esa horrible bola de fuego se apagara al caer en el océano. Pero Glorf le explicó que todos los días encendían uno nuevo.

—¡Glorf!

Perdón por incluir la explicación completa, pero me pareció interesante, espero no la consideren infodumping.

El troll pagó con monedas de cobre el costo del cuarto, incrementando la deuda de Timothy en el mismo monto más un cinco por ciento de interés mensual compuesto.

Al salir de la posada, las calles estaban llenas de gente, elfos y humanos por igual. Casi todos los miraban y susurraban entre ellos. Seguro que no les gustaría tener un trasgo y un troll en su inmaculada urbe. O eso pensaban.

En realidad, querido lector, Artemia es una ciudad famosa por su actitud de entendimiento entre las razas, lo que pasa, es que ver salir a dos entres masculinos de una posada juntos comenzó unos muy feos cotilleos.

Tolerancia, un paso a la vez, supongo.

Iban caminando por la avenida principal, sin saber muy bien a dónde ir. Cuando tuvieron un encuentro de lo más peculiar. Hasta para un trasgo en tierra de elfos.

Una niña humana, con el cabello color rosa y ataviada con un vestidito azul, los abordó, curiosa.

—Hola señor verde, nunca lo había visto. ¿Es de la ciudad?

Tenemos que entender que a los ojos de Timothy, era como si le estuviera hablando una quimera, o una mantícora. Se quedó sin contestar. Mirándola con esa mezcla de miedo y asco tan propia de él.

—¡Glorf!

—Qué señor tan grandote, tampoco lo conozco.

—Glorf.

—Lo siento, no le entiendo.

—Dice, que eres muy pequeña y muy extraña.

—Glorf.

—Oh, buena idea. Eh… esto, tú… ¿Sabes leer?

—No, mamá dice que cuando regresemos de un largo viaje, me buscarán un maestro. Pero me sé la primera runa de mi nombre, es como una rayita chiquita sobre la otra runa…

—Genial, Timothy, aquí viven casi diez mil personas, pasamos cerca de tres escuelas, y no podemos encontrar a alguien que sepa leer.

—¡Su libro habla! —la niña estaba emocionada, no parecía que el feo de Timothy, el enorme Glorf o el místico Gepeté pudieran asustarla.

—Claro que hablo, niña.

—Woooow, los míos solo los entiendo cuando le los lee el abuelo.

—¿Tu abuelo sabe leer? —Preguntó Timothy esperanzado.

—Sí, debe estar en casa, tengo que volver antes de que me regañen.

—Espera, —el trasgo tomó a la niña por el brazo para que no se fuera —¿Puedes llevarnos con tu abuelo?

La pequeña sonrió, meneó la cabeza de arriba a abajo, y antes de que nadie pudiera reaccionar, ya había lanzado a Timothy a los brazos de Glorf y ahora cargaba al pesado Troll sobre su cabeza como un canasto de pan. Corrió tal vez más rápido que la caída por la montaña. Esa noche, Artemia despidió el sol con la estridente mezcla de: “Gloooooooorf!” y “Fuiiiiiiiii”.

La pequeña los bajó en un duro suelo de mármol blanco. Ambos se frotaron las posaderas por caer sentados y miraron alrededor. Estaban en una sala muy grande, iluminada por lámparas mágicas. Al centro de la sala había un asiento enorme. Con bordes dorados y adornos por todas partes. En ella estaba acostado, con las piernas colgando del reposabrazos, un elfo con una larga túnica azul. La bota de vino en su mano y la nariz roja, delataban su embriaguez.

—¡Señor Genui! —Exclamó la niña, visiblemente molesta. —¿Dónde está el abuelo? Esa es la silla del abuelo.

Solo Gepeté pareció comprender las implicaciones.

—¿Tu abuelo es el rey?

—¿Podrían, por favor, bajar la voz? Son todos muy gritones —el elfo sonaba como si fuera a volver a dormirse en cualquier momento—, Alistor está buscándote mocosa, tenías que regresar hace mucho tiempo.

—Perdón, me entretuve jugando en el puerto. Pero también traje gente graciosa. Al abuelo le gusta ayudar a la gente y ellos necesitan ayuda.

Timothy ya estaba enfadado de que todo pasara sin que él tuviera nada que decir al respecto.

—Oigan, no sé qué está pasando. Quiero saber qué lugar es este. Y si hay alguien aquí que me pague por lo que dice este libro.

—Ah —el elfo se sentó en el trono un momento antes de levantarse haciendo esfuerzo con las rodillas —. Un trasgo, no había visto uno desde la era de la reina heroica. Estás en la sala del trono de Artemia, su majestad Alistor Ver der Nueri seguro escuchará lo que tengas que decir, solo deja que le avise ¡hic!.

Una tenue luz de color esmeralda se formó en sus manos y voló hacia la puerta por donde desapareció a toda velocidad.

No pasaron ni dos minutos, cuando los pesados pasos de varias decenas de guardias armados hasta los dientes irrumpieron a la carrera en la sala y formaron fila alrededor de la tropa. Tras de ellos entró corriendo, casi sin aliento, un elfo de piel oscura y largo cabello blanco, con cara de haber visto un fantasma.

—¡Genwil! ¿Qué paso? ¿Eri está bien? Tu mensaje decía: “Eri encontrar troll trasgo”.

—Tranquilo Alistor, ella está bien. Pero trajo a estos de aquí, y dice que necesitan ¡hic! ayuda.

El rey recogió a su nieta del suelo, no parecía viejo como para ser abuelo, pero los elfos suelen ser así. Se aseguró de que estuviera sana, le hizo un cariño y volvió a dejarla en el suelo.

—Caramba Genwil, no me mandes más mensajes borracho. Ustedes, esperen aquí, los atenderé en un momento.

Unos minutos después, el rey regresó luciendo una larga y desordenada barba blanca. Apartó a otro elfo y se sentó en el trono. Nadie hizo un solo comentario. Mucho menos Jackelpunkin, quién al entender por fin que estaba ante la realeza, rebuscó en su morral para encontrar su diente faltante, el cual sostuvo frente al hueco, empujándolo con un dedo para que no se cayera.

—Shu Mafestad, ef un gufto conoferlo.

Timothy era educado a pesar de todo. Los trasgos aprenden protocolo en la escuela, por alguna razón.

—El gushto esh mio. Me honra conocher al primer trashgo y al primer troll que han venido a mi reino deshde tiemposh inmemorablesh.

Observar a dos seres mostrar lo que creían que era su mejor cara en forma tan absurda hizo que Gepeté se riera para sus adentros, específicamente; se rió de la página veintiocho a la cuarenta y dos.

—Alistor, deja eso, es exasperante, ¡hic! y tú, trasgo, dinos de una vez qué es lo que quieren para que pueda irme al bar.

—No hables de tus vicios frente a mi nieta.

—Eri no es tonta, ¡hic! además es inmune al alcohol, respira fuego, ¡por amor a la diosa de la paz!

—Timothy y Glorf se miraron tan confundidos que a uno se le cayó el diente. No diré a cual. La higiene bucal de los trolls es legendariamente mala.

La niña sonrió con la malicia de los niños traviesos mientras se quitaba el collar dorado que estaba usando. En el acto, aparecieron cuernos en su cabeza, alas en su espalda, y colmillos en una boca que ahora lanzaba pequeñas llamas azules con cada exhalación.

—¡Un dragón!

—¡Glorf!

A nuestros…llamémoslos, héroes, por aquello de la costumbre, les faltó tiempo para salir corriendo. Hubieran salido de la sala en segundos si los guardias no les hubieran cerrado el paso. Hasta Glorf se vio acorralado por una elfa de cabello verde que lo hizo tropezar y se sentó sobre su espalda, torciéndole un brazo con una fuerza que no hacía sentido en un cuerpo tan pequeño.

Creo que es un buen momento para explicar un detalle importante, en efecto, la pequeña es un dragón, pero si has puesto atención, nadie lo diría a primera vista.

Hace muchos miles de años, los dragones vivían en cuevas, sacaban a sus habitantes con fuego y garras. Ahora hay muy pocos y prefieren los castillos de los humanos. Por eso en Glemton no queda nadie que haya visto un dragón. Se conservan las historias sobre ellos, pero nadie los conoce de verdad.

Por eso, al ver la forma real de la niña, con las mismas características de las historias, la reconocen enseguida. Al parecer las historias de los trasgos han olvidado el tamaño, color, y en fin, casi todo lo que hace a un dragón. Una pintura en un pueblo en completa oscuridad, sería igual de inútil.

—Tranquilos… ¿caballeros? La pequeña Eri es mitad dragón, pero es inofensiva, nunca haría daño a nadie.

—Glorf.

—Es verdad, —dijo Timothy buscando el diente que había dejado caer a la carrera —a Glorf lo dejó caer fuerte al suelo, se lastimó las posaderas.

—Perdone señor Glorf, le prometo que no lo vuelvo a hacer.

Timothy siempre dice que lo adorable le da asco, pero esta niña, bueno, tenía carisma, por decir lo menos.

Tras unos minutos de reacomodo óseo, retomaron la conversación.

—Majestad —al parecer el diente estaba perdido sin remedio, quizá lo robara algún elfo—, este libro dice que está lleno de cosas valiosas, para los que sepan leer. Vengo a ofrecérselas a cambio de oro para pagar mis deudas y vivir bien, en mi pueblo, Glemton. Por eso he hecho este incordio de viaje.

—Curioso —dijo el rey, quien tampoco encontró su barba después de la confusión —, nunca he escuchado del pueblo que mencionas. Y tu libro, me parece de alguna forma conocido.

—Soy el Grimorio Perfecto Todopoderoso, puede llamarme Gepeté majestad.
Los demás se dieron cuenta de que aún no se habían presentado.

—Y yo soy Timothy.

—Glorf.

La pequeña sonrió dejando ver sus colmillos y dio saltitos ayudada por sus pequeñas alas.

—Me gustan sus nombres, son cortitos y divertidos. Yo me llamo “Erifreya Verrin Draconis”, me tardo mucho en presentarme y a veces no puedo decirlo bien.

—Bueno ¡hic! ya estuvo bien de interrupciones, trae acá ese libro, trasgo. Veamos qué contiene.

El ebrio tomó a Gepeté por el lomo y lo abrió sin mucha ceremonia. Parecía atónito mientras lo escudriñaba. Fruncía el entrecejo, se pasaba los dedos por la barbilla, soltaba exhalaciones sorprendidas y finalmente musitó:

—Oh, por la Diosa bendita de la paz —incluso pareció recuperar la sobriedad por el impacto—. La sopa de trasgo no contiene trasgo, qué fraude.

—Bueno, ¿y qué esperabas Genwil? Hasta nuestro amigo Timothy, nadie había visto uno en siglos.

—Pensé que era por eso. Ahora me siento un idiota por ir diciendo por ahí que el trasgo sabe a pollo.

Timothy, que no tenía idea de qué era un pollo, no se preocupó demasiado. Además siempre supo que la única sopa de trasgo que contiene trasgo, es la de estilo oriental, y se trata solo de uñas y mocos al gusto.

—¿Ya viste la profecía novecientos noventa y ocho?

—Esto es el del muro de las mil verdades, si es real, ¿cómo lo encontraron?

—Perdone majestad —Gepeté no le gustaba que lo usaran para hablar en secreto —mi contenido es del puño y letra del legendario explorador trasgo Jonkelpunkin. Poseo más de quinientas de esas verdades, seleccionadas por él. Todas tal cual estaban en el muro.

El ebrio levantó una mano y un magnífico cetro de mago apareció de la nada.

—¡Perfecto, vamos a ver ese muro!

Hizo una pausa dramática.

—¡Hic!

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