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Bajar y subir

Jackelpunkin y la tropecia · por Proferyo · 16 de julio de 2026

La tropecía había salido por las grandes puertas de Artemia, y ahora la rodeaban para llegar a la montaña. Mientras conversaban animosos y alegres.

—¿Dices que tu pueblo se llama Glemton?

—Ah, qué incordio. Sí, ya te lo había dicho.

—Es que me parece increíble que estando tan cerca, nuestros pueblos nunca antes se hayan encontrado.

—No creo que tampoco te hayas ido de aventuras con los piojos de tu cabeza, y esos están más cerca.

—En primer lugar, no tengo un solo piojo en mi cabellera élfica. En segundo, si los tuviera, técnicamente me habría ido de aventura con ellos cientos de veces. 

—¡Glorf!

—Si, a mi también me cae mejor si está borracho. Por lo menos ahora él carga el libro.

—Puedo escucharlos perfectamente.

—Lo sabemos.

—Glorf.

—¿Qué dijo el troll?

—Creí que lo entendías.

—El rey es un letrado en todas las lenguas. Yo, con franqueza, no tanto. 

—En el castillo…

—Si me permiten que me meta —dijo Gepeté imponiéndose en cada mente —creo que se trata de un caso muy interesante de traducción etílica.

—¿Qué? fuiiiiiii es más fácil entenderle a Glorf que a esas palabras raras.

—Es muy sencillo, estimado Timothy, cuando el apreciado mago Genwill, quien por cierto, tiene una higiene muy apreciada en sus manos, bebe vino hasta alcanzar una embriaguez, digamos, menos que moderada, su intelecto alcanza el nivel adecuado para comprender mejor al resto de la tropa. 

—Ah, el vino lo hace más listo.

—Con perdón suyo, maestro elfo, y en honor a la paz, digamos, que sí.

—Pues que beba o algo para que deje de ser un incordio.

—Que más quisiera, trasgo. Pero el rey me quitó mi odre mágico. No tengo más vino.

—Qué incordio.

—No conoces muchas palabras, ¿cierto Timothy?

—Claro que no. Eso es para gente que lee. 

—Confieso que no siempre, hay muchos que dicen leer mucho y se la viven quejándose de que no conocen muchas palabras.

—¿Entonces de qué sirve leer? Es mejor cavar. O dormir. Eso sí que es útil.

—Glorf.

—¿Tú también, Glorf? No puedo creer que te guste leer novelas románticas escritas por elfos. Es asqueroso. Aunque lo llamen Monster-romance. Es como esos que besan cabras.

—Por increíble que parezca, Timothy, en este caso estoy de acuerdo contigo. Se me ocurren pocas cosas más indecorosas para un elfo.

—¡Glorf!

—Está bien, amigo, tienes razón, debemos respetar tus gustos aunque sean horrendos. Ah, qué incordio.

Caminaron discutiendo sobre distintas formas culturales de arte. Desde arquitectura élfica hasta los complejos túneles trasgos. En opinión de Glorf, la verdadera belleza solo la conocían los orcos. 

Al llegar a la falda de la montaña, comenzaron a darse cuenta. Si querían volver a Glemton, tenían dos opciones. Cavar un túnel desde abajo, o subir la empinada cuesta que les había llevado apenas dos minutos descender.

—Como sea, es mucho trabajo. Y no traigo mi pico, ni mi pala. 

—Glorf.

—Esa es buena idea.

—¿Qué te dijo?

—Que podemos subir la montaña en espiral por el sendero, pero solo tenemos que llegar a la villa de los orcos. Ahí hay un túnel directo a Glemton.

—¿Otro pueblo entero justo a espaldas de Artemia?

—Acércate mago, voy a decirte algo.

Cuando Genwil se agachó, Timothy, con una mano ágil, le quitó algo del cabello, y se lo mostró. Era nada menos que un piojo.

—Que no los veas —el trasgo se comió el bicho—, no significa que no estén ahí.

El mago se pasó las siguientes horas buscando hierbas en la oscuridad. Trataba de crear un shampoo contra piojos. Sin saber que Timothy ya lo llevaba consigo desde el principio. Una botanita para el camino. 

—¿No puedes apagar esa luz? Es muy molesta, mago.

—Pero mi luz mágica es lo único que nos alumbra en esta noche nublada, sin luna ni estrellas.

—Lo sé, es perfecta, y tú la arruinas con tu bolita flotante.

—¿Y cómo se supone que camine en esta montaña pedregosa y nevada sin ver por dónde voy?

—Se vé que la magia, como la lectura, no sirve más que para molestar. ¡Qué incordio!

—¡Glorf!

—Está bien, está bien. Que se quede con su bolita. Mago papanatas.

—¡Ah! yo creí que soportaría al menos un día antes de hacer esto.

Los ojos del hechicero elfo brillaron de un blanco puro y se llenaron de relámpagos, su expresión era la de un emisario de los dioses de la guerra. Una ira irrefrenable, sobre una calma aterradora. Los vientos empezaron a soplar tan fuerte que Timothy tuvo que agarrarse de Glorf para no salir volando. Hasta las nubes formaron remolinos como si fueran a caer sobre la mano que levantaba a los cielos. De pronto, un rayo cayó justo detrás de él, marcando el momento épico en que la paciencia de un mago se agotaba por fin.

Y entonces, cuando el polvo y la electricidad se hubieron dispersado, chispas como estrellas formaron en la mano de Genwil una figura familiar.

—Cómo cuesta, pero logré invocar mi odre mágico —quitó la tapa, dio un muy buen trago, y se limpió la boca con la manga de la túnica—. ¡Oooohh! Mucho mejor.

—Maestro Genwil —dijo Gepeté—, quiero pedirle que se modere con su consumo de…

—Déjalo, libro, así es más soportable, tú deberías probar alguna vez.

—Solo lograría manchar mis páginas. Es una de tantas cosas que los libros no podemos hacer.

—Libros, o magos, no sirven para nada.

—Glorf.

—¡Sí! ¡Tú lo has dicho!

Timothy se arrepintió muy pronto de dejar que Genwil se embriagara. Había agotado toda su magia en invocar su odre y tardaría un día en poder invocar su bolita de luz. Tenía que llevarlo prácticamente de la mano dando tumbos por el vino y ciego como un águila. Un águila ciega. Ya sé que el símil es forzado, pero el topo, el murciélago y hasta ciertos peces abisales comenzaron a cobrar derechos por mención. Ser escritor no deja. El punto es que el mago va por ahí borracho, ciego y de la mano de un trasgo.

Para colmo, la diferencia de horarios hizo que estuviera muerto de sueño casi todo el tiempo. Afortunadamente, cerca del amanecer, llegaron a las lindes de  Villa Orca. Esa tenue luz que aparece mucho antes de salir el sol, les facilitó la marcha. 

Una muchacha orca; con bello cabello seco y erizado, de color rojizo, una sensual piel azulada y llena de marcas que rodeaban sus gruesos brazos, los miró con esos ojos amarillos sobre una nariz aplastada como solo las más bellas entre las de su especie tienen.

—¡Glorfindel! —la muchacha corrió hacia el troll con total e inocente abandono ante la mirada atónita del resto de la tropa. 

Ella lo abrazó y él la recibió en sus brazos.

—Aracnea —la llamó, justo antes de convertirse en roca al ser tocado por los rayos del amanecer.

—Esto… —dijo la mujer orco—. ¿Alguien tiene grasa, mantequilla, o algo para salir de aquí? Lo quiero mucho, pero no quiero quedarme aquí hasta el atardecer 

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