—¡Glorf!
—¡Glorf!
El buen Timothy estaba sorprendido de ver al enorme troll. Y éste se comunicaba en su muy particular manera. Por si te preguntabas qué estaba pasando.
—¡Glorf!
—Si, si, ya lo sé, quedé de pagarte la semana pasada.
—Glorf.
—No, no tengo tu dinero. ¿Aceptas un libro viejo como garantía?
—Glorf.
—Oye Timothy, ¿no te estás atreviendo a sugerir que me dejarías con un troll descerebrado para saldar tus deudas.
—Claro que no, dice que no vales ni media moneda de cobre.
—¿Quién se ha creído ese cabeza de piedra?
—¡Glorf!
Timothy apenas esquivó el enorme garrote del troll, que le pasó justo al lado del dedo gordo del pie izquierdo. Claro que Glorf solo quería golpear a Gepeté. Pero dado que estaba en el morral bajo el brazo de Timothy, eso no hubiera salido bien, a pesar de sus mejores intenciones. La sorpresa le sacó al trasgo otro silbido: Fuiiiiiii.
—Tranquilo Glorf, lo dijo como un cumplido. Las piedras son duras, firmes y hermosas, como tu cabeza.
La sonrisa de dientes chuecos y sobresalientes les indicó que se había tragado la mentira.
—Glorf.
—Dice que ahora le caes bien, libro.
—Mas o menos lo sabía, tiene una cara muy expresiva.
—¡Glorf!
—No, Glorf, quiere decir que le gusta tu cara.
—Glorf —el troll hizo una pose rara enmarcando su rostro con las manos.
—Timothy, no podemos seguir perdiendo el tiempo con tus acreedores. Necesitamos encontrar a alguien que sepa leer.
—Creo que Glorf sabe. ¡Oye Glorf! ¿De casualidad sabes leer?
—¡Glorf!
—Dice que solo en idioma orco y troll, que el trasgo, humano y elfo se le dan mal. En la universidad para usureros le enseñaron lo básico pero en aquellos tiempos estaba enamorado de una chica orca y las cosas se complicaron. No prestó demasiada atención y al final pasó a fuerza de garrotazos.
—¿Te dijo todo eso?
—Claro, ¿qué no lo escuchaste?
—Bueno, entonces vámonos, Timothy.
—¡Glorf!
—Sé razonable, amigo, estoy quebrado. No pienso huir a ningún lado. Soy un explorador, nunca vamos muy lejos, a menos que sea hacia abajo.
—Gl…
—Si, ya sé. ¿Pero acaso piensas seguirnos hasta que te pague? Eso sería absurdo.
Algunas horas más tarde, Timothy y Gepeté habían preguntado a todos los trasgos de Glemton si sabían leer. En una sociedad en que la luz es un privilegio innecesario, al parecer las letras lo son también. Cuesta imaginar para qué tienen un sistema de escritura en primer lugar.
El troll los seguía casi en silencio. de vez en cuando, al llegar a casa de algún otro de sus deudores, soltaba un «Glorf» muy decidido y alguien le daba algunas monedas.
—Mmm. Ya solo nos falta preguntar al sabio anciano de la ciudad —Gepeté habló como si cavilara, pero sin dedos ni mentón, perdió impacto—. ¿Hay uno, no?
—Algo así. Hay un tipo muy viejo que se dedica a coleccionar piedras. Es muy raro.
—No suena a que vaya a ser muy útil, mejor busquemos en otra parte, Timothy.
—¿Como en alguna otra cueva?
—O quizá, no lo sé, ¿fuera de las cuevas?
—Eres un libro chalado. Allá afuera hay humanos, elfos, enanos. Seres inmundos y malvados. Que hablan con palabras complicadas.
—Pero sabrán leer.
—Si, casi todos ellos son lo bastante tontos para hacer eso.
—Escucha Timothy, en mis páginas hay conocimientos del futuro, del presente y del pasado, demasiado valiosos para dejar que se pierdan. Algunos tan importantes que sin duda valen más de lo que le debes al cabeza de roca.
Glorf batió las pestañas.
—¡Glorf!
—Bien, bien, ya entendí. Pero si alguno de los dos muere en un charco de sangre, no va a ser mi culpa.
—Yo soy un libro, no sangro.
—Glorf.
—¿En serio? Nunca imaginé que los trolls tuvieran arena en vez de sangre.
—Glorf.
—Ah, por eso se vuelven piedra bajo el sol.
—Glorf.
—Timothy, perdona que interrumpa, pero el punto es que tienes que llevarme con alguien que lea, aunque sea en los reinos de los elfos o los humanos.
—Bajando la montaña hay un montón de piedras blancas amontonadas. Ahí seguro viven esas abominaciones.
—Glorf.
—No, claro que no nos iremos de día. A mi tampoco me gusta mucho la luz del sol. Me irrita la piel. Y me lastima los ojos.
—Entonces, ¿vamos a viajar siempre de noche?
—¿Tienes algún problema, libro?
—Ninguno, supongo que si ven bien en esta oscuridad, viajar de noche no será problema.
El buen Jackelpunkin, alias Timothy empacó pronto lo que iba a necesitar para el viaje: su viejo sombrero, unas pocas hogazas de pan, una cantimplora, y por supuesto, su diente faltante. No lo necesitaba para trabajar, pero si terminaban por conocer a personas importantes como decía Gepeté, quería lucir elegante.
Además, no podría ser sigiloso si iba por ahí silbando. Aunque en compañía de un troll, igual no importaba demasiado.
«Qué incordio, qué incordio.» No dejaba de pensar.
Glorf se llevó su práctico y portátil garrote de piedra. Instrumento vital de trabajo para un usurero, claro.
Y Gepeté, pues él era parte del equipaje. Nunca has visto equipaje llevando equipaje, ¿o sí?
Los habitantes de Glemton, enterados de que su único explorador dejaba la cueva, no hicieron absolutamente nada. Timothy no era famoso ni especialmente querido. Pero tampoco infame u odioso. Cotillearon sobre las posibles razones secretas que podría tener, sí, pero no por más de unos diez minutos. El ingenio de los trasgos no les da para muy buenos chismes. Quizá la mejor historia la inventó Sludiga, la trasgo encargada de observar el pozo de agua. Ella pensó: «tal vez tiene que huir de sus deudas». Una pena que las deudas en este caso, viajaran con él.
Les tomó un par de días recorrer los estrechos túneles de la montaña hasta ver, por fin, una luz a lo lejos.
—Qué incordio, qué incordio. Esas bolas de los cielos iluminan todo a todas horas. No hay quien vea o ande con comodidad en este sitio.
—No será tan malo Timothy, algunos de mis primos son poemarios. Hablan maravillas de la luna y las estrellas. Las comparan en belleza con las flores y las mariposas.
—¿Y qué son esas cosas?
—Pues son…, ¿cómo te lo explico? cosas bellas que crecen y vuelan, llenas de color y de vida.
—Mejor que no se me acerquen. Qué asco.
La luz se fue acercando y ensanchando hasta que por fin, lograron salir de la cueva. Estaban muy arriba, rodeados de nieve, y abajo, lograban ver una enorme ciudad que se extendía por kilómetros. En la falda de la montaña, había un castillo de piedra blanca tan majestuoso que si tú o yo, querido lector, pudiéramos contemplarlo, ningún poeta podría describir mejor nuestra reacción que: se les cayó la baba. Claro que, para trasgos y trolls…
—Una pila horrible de piedras amontonadas. No sirven para nada.
Pero lo que sí atrajo la atención de esos ojos siempre encerrados, fue el mar. Agua infinita hasta donde alcanzaba la vista. En Glemton, no era tan rara como para que la población sufriera. Siempre había un manantial, un cenote o un río subterráneo. Pero nunca tanta. Y aunque parezca raro, teniendo en cuenta que los trasgos no son famosos por su higiene, a Timothy le encantaba el agua.
—Tenemos que darnos prisa —dijo Gepeté agitando sus hojas —faltan pocas horas para el amanecer. Y en una ciudad como esta, el sol será intenso.
—Vamos entonces, bajar la montaña va a ser un incordio.
—Glorf.
El enorme troll se oía aburrido, como quien ha escuchado suficiente de una conversación inútil. Tomó a Timothy por el cuello de la chaqueta y lo montó en sus hombros.
—¡Glorf!
—¿Para qué quieres que me sujeteeeeeeeeee?
Glorf se lanzó de la montaña como si fuera un enorme tobogán. La nieve, la tierra y las piedras le abrían paso por su dura piel de troll. Bajaban a toda velocidad. Incluso en algún momento llegó a gritar “Gloooooooooorf” algo muy impropio de su carácter. El trasgo se habría divertido también si no hubiera golpeado algunas ramas bajas, y unas pocas rocas, y si no hubieran dado varias vueltas frontales al final. Timothy sospechó que Glorf no lo subió en hombros para llevarlo, sino para usarlo como casco.
Apenas unos minutos más tarde, estaban ya en la falda de la montaña y ante nada menos que los grandes muros blancos de la ciudad de Artemia. Se sacudieron toda la tierra que Glorf no quiso quedarse como recuerdo y se acomodaron los huesos. Esta vez, no encontraron ninguno de más.
—¡Glorf!
—Si, esto es la ciudad de las razas que les gusta el sol. Hasta los enanos me caen mejor.
—Tenemos que entrar, seguro ahí dentro hay alguien que pueda leerme.
—Pero, ¿esto tiene alguna puerta o algo?
El muro se extendía interminable en todas direcciones, no tanto hacia arriba, pero en esa dirección sería complicado ir.
—Creo que la puerta de la ciudad podría estar del otro lado, tal vez no esperaban visitas del lado de la montaña.
—¡Qué incordio, qué incordio!
—¡Glorf!
Repentinamente, un agujero del tamaño y forma aproximada de un troll apareció en el muro blanco de la ciudad. Algo bueno se puede decir de estos grandes y algo bobos habitantes de las cuevas, y es que son prácticos como el que más.
De alguna manera que no llamaremos conveniente, el ruido no atrajo a ninguno de los muchos guardias elfos de la ciudad. Al parecer esa parte del muro no estaba demasiado vigilada. Como dijo Gepeté: no esperaban visitas de ese lado.
Caminaron por las calles de la ciudad sin llamar demasiado la atención, más que nada porque la mayoría de las personas de Artemia se acuestan temprano. Ya que faltaban pocas horas para el amanecer, decidieron buscar un refugio.
Como Jackelpunkin no sabía leer, el enorme letrero que anunciaba la posada no le sirvió de mucho. Pero entró de todos modos al ser la única puerta abierta por allí cerca. No parecía haber nadie en el mostrador, así que el pequeño trasgo saltó un par de veces para asomar la nariz y tocar el timbre.
¡Ding!
—Ya voy, ya voy ¿Quieren salir? Tan temprano ¡Caramba!
—No quiero salir, quiero entrar.
—Ah, lo siento, a esta hora casi nadie entra. Espere ahí un momento mientras…
¡Ding!
—¡Que ya voy hombre!
—Glorf, no hace falta volver a tocar el timbre.
—Glorf.
¡Ding! ¡Ding! ¡Ding!
El sujeto que salió por fin, era un viejo humano con una gran nariz, pelo blanco por todas partes y una gafas tan gruesas que más que fondo de botella, parecían tarros enteros.
—Listo, listo. Caray, no se impacienten. Tengo cuartos grandes para caballeros altos como usted. ¿Va a compartirlo con este adorable pequeño?
—Glorf.
—¡Oiga!
—Oh lo siento caballeros, ya no puedo ver ni con las gafas. Supongo que usted será un enano, perdone, no quise ofenderle.
Glorf tuvo que tomar a Timothy del cuello de la chaqueta y levantarlo un palmo para evitar que corriera a agredir al viejo.
—Glorf.
—Claro, claro, su habitación estará en el primer piso, con vista a la plaza, le aseguro que las cortinas son buenas y gruesas. Despertador al anochecer, anotado. Y no, por desgracia no tenemos descuento esta temporada, pero les ofrezco el desayuno gratis la primera noche.
—Glorf.
—De acuerdo. Le diré a la mucama que no los moleste durante el día.
—Glorf.
—Oh, de nada, muy amable.
Bien, igual que nuestros héroes, por llamarlos de alguna manera, descansemos de esta historia hasta el anochecer. A menos que quieran unas doce horas en que solo escriba: Estaban dormidos.