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Jackelpunkin

Jackelpunkin y la tropecia · por Proferyo · 15 de julio de 2026

Según los más prestigiosos espeleoetnólogos de Glemton, los trasgos son la raza más inteligente que jamás ha habitado las cavernas.

Por supuesto, cabe recordar que el prestigio de un profesionista viene del reconocimiento de sus iguales. Y cuando solo existen dos expertos en civilizaciones que vivan en cuevas en todo Glemton, la conversación es más o menos así:

—Yo creo que tú eres el mejor, después de mi.

—Que amable, yo opino exactamente igual, es usted el mejor, después de mi.

No ayuda que ambos sean, casualmente, trasgos de pura cepa. Y que vivan ambos en la misma cueva, de la que no hay registro de que hayan salido nunca. Aunque claro, ellos son los que llevan dichos registros.

Pero, seamos objetivos por un momento. Aceptemos la autoridad de los fundadores y principales catedráticos de la primera nacional gran universidad de espeleoetnología —o PRINGUE como se le conoce en los círculos de la disciplina— y digamos que sí, que al menos bajo tierra, no hay nada más inteligente que un trasgo.

Siendo nuestras opciones; los trolls, las sierpes de cueva, los murciélagos, y uno que otro gusano, francamente, la competencia estaba reñida.

Y por eso, cuando se desenterró el descubrimiento más grande de la historia, quien estaba por ahí fue precisamente Jonkelpulkin. ¿Qué? ¿Viste la portada y el título del capítulo y esperabas a Jackelpunkin? No, no. Mira, él aparece después, no te impacientes. Esta novela es de fantasía, necesita que primero te explique el mundo. De acuerdo, ya me pongo a ello.

Jonkelpunkin, John para los amigos, no era uno de estos dos expertos. Su mayor talento era cavar, algo muy poco destacable en una sociedad tan underground. Pero de todos modos hay que mencionarlo, porque solo así se explica que fuera él, de entre todos, el primero en llegar a aquella cámara subterránea, donde había un pequeño manantial, unos cuantos bancos tallados en las paredes rocosas, y un muro.

La encontró cavando hacia abajo. Ahora, quizá parezca que es obvio que se cava así, pero los trasgos saben que deben bajar de a poco, en espiral. Algunos como John, lo recuerdan cuando caen de cabeza en cámaras profundas.

Cuando despertó, en medio de la oscuridad, encendió su confiable antorcha mágica “cipo” para mirar alrededor.

Frente al pequeño trasgo de grandes orejas y piel verdosa, estaba el muro de las mil verdades. ¿Cómo supo que era el muro de las mil verdades? Fácil. La verdad número uno era: “Este es el muro de las mil verdades”. Escrita en la esquina superior izquierda.

La número dos era: “cuando se hayan leído todas las verdades, el muro caerá”. John se tomó en serio esta advertencia. Sobre todo porque la número tres era: “este muro será descubierto por un trasgo que se come los mocos”. Aún no sabemos por qué decidió incluir esta verdad en sus notas.

Anotó en su bitácora aproximadamente quinientos treinta y cinco, que era el número más alto que conocía. Entre las más destacadas, podemos encontrar la sesenta y siete: “El mundo es redondo”; la ciento noventa y seis: “la esposa del herrero, Félix de Murmeran, le es infiel con el pescadero”; la trescientos ocho: “la fruta que tiene más vitamina C no es la naranja, sino el tomate”; y claro, la setecientos veinte: “faltan doscientos ochenta verdades”.

Seguramente, había también verdades como el día exacto del fin del mundo, la cura para la fiebre de invierno, o la identidad del asesino de los maizales. Pero, ¿a quién le interesan cosas como esas?

Cuando iba por la novecientos noventa y siete: “la sopa de trasgo al estilo sureño no contiene trasgo, la de estilo norteño, tampoco” sus manos empezaron a temblar de tanto escribir, anotó las últimas tres a toda prisa.

Al momento de anotar la verdad número mil. El muro de las mil verdades empezó a desmoronarse. John no imaginó que el techo de la caverna se desplomaría con él. Al parecer el muro de las mil verdades era también un muro de carga.

***

Glemton es el nombre que le dan los trasgos a su hogar en las cuevas bajo la montaña. Lugar que resultaría colorido y pintoresco a los visitantes si pudieran verlo. Los trasgos pueden ver en completa oscuridad, así que Glemton no tiene ni una triste farola. Lo que plantea la pregunta de porqué suelen llevar antorchas mágicas y las encienden cuando llegan a un lugar nuevo.

Algunos dicen que es una costumbre, porque los trasgos suelen servir de guías a aventureros humanos. Otros, que es para quemar los gases que pudieron quedar atrapados en las cuevas. Otros, que el autor trata de explicar una escena anterior con worldbuilding forzado en lugar de corregir. Estos últimos se equivocan, por supuesto.

En una cueva pequeña hasta para un trasgo, va despertando de su siesta de media tarde —que vete a saber cómo sabe qué hora es—, el mejor explorador trasgo de los últimos siete años: Jackelpunkin.

En fin, justificaciones aparte, ya vestido con su chaqueta de cuero marrón, y con su sombrero robado a un mago, salió a la calle y caminó. Porque esa era su labor como explorador. Solo tenía que ir un poco más lejos cada vez. En realidad no le gustaba demasiado salir. Pero vamos, que su tatara tatara tatara abuelo fue un explorador tan bueno y tan famoso, que todavía no regresaba de su última expedición, así de lejos había llegado.

—Qué incordio, qué incordio —se decía cada vez más alto, se le escapaba un silbido por el espacio donde debía estar un diente frontal., sonaba algo así como un fuuuuuui —. Espero esta vez encontrar algunos champiñones en el camino. O tal vez algún tesoro oculto. De esos que te hacen lo bastante rico para no tener que trabajar.

Siguió caminando hasta salir del pueblo, luego hasta salir de la cueva principal, y luego hasta los estrechos túneles cavados por los antiguos exploradores. En un estilo muy de los trasgos, sin soportes o andamios. La regla es: “Si el túnel se cae, no está bien hecho”.

De pronto, quién sabe por qué, le dieron ganas de ir por donde nunca antes, lo invadió quizá el verdadero espíritu del explorador, o la curiosidad malsana de su raza, o tal vez solo estaba aburrido.

—¡Humanos! —la peor grosería en idioma trasgo—. Me estoy cagando, tengo que buscar un túnel que no use o toda mi ruta va a apestar.

Oh era eso. Creo que acabamos de conocer el peor defecto del buen Jackelpunkin, no, no hablo de las groserías, ni de su higiene cuestionable, teniendo en cuenta que no lleva papel consigo. Es demasiado inteligente para ser un trasgo.

Encontró un camino por el que nadie iba, estrecho, pero bien cavado, muy seguro. Sospechó que no llevaba a ninguna parte. Lo que le convenía a su misión de enterrar un tesoro para las próximas generaciones de cavadores. Agradecerían algo suave entre tanta roca.

Bajó y siguió bajando por un buen rato pensando en lo que piensan todos los que trabajan, en el final de la jornada. Volver a casa, acurrucarse en hoyo, comer algunas patatas, dolor, dolor, dolor.

El tropezón fue épico, pero Jackelpunkin se lo perdió por venir distraído. dio cuatro vueltas delanteras antes de caer por el agujero sobre un montón de polvo.

—Élficos guijarros, ¿quién va dejando piedras por ahí para que uno se tropiece? —demasiado listo para un trasgo, sí, quedémonos con eso.

—¡Puaj! Maldito polvo. Las rocas por lo menos no ensucian mi traje.

¿Para qué insistir sobre su inteligencia?

Se sacudió, se acomodó los huesos, y miró alrededor. Aparte de rocas tiradas, polvo, y una que otra araña, había un estanque. Siguió ordenando su propio esqueleto, hasta que encontró un tercer fémur y una segunda cadera. No supo dónde ponerlos.

—¿Pero qué enanos barbones pasa? ¿De dónde salió este libro? —La tapa decía: “Diario privado de Jonkelpunkin”.

—¿Puedes por favor dejar de tocar mi empastado con las manos sucias? Eres igual de bruto que esos huesos.

Jackelpunkin lanzó el libro con todas sus fuerzas hacia el estanque.

Glurrrrrggg —el libro emitió el sonido típico de quien se ahoga—. ¡Ayuda!

Jackelpunkin metió las manos al estanque, pero no sacó el libro.

—¿Qué glurrrg haces? Ayúdame —el libro se abría y cerraba, chapoteando como podía.

—Me estoy lavando las manos primero.

—Trasgo… glurrrrg… estúpido, ¡sácame ya!

Obedeció, pero frunció el ceño todo el tiempo mientras lo hacía. No, más bien arrugó la nariz, apretó, los labios y dejó salir constantes resoplidos. Rayos, ¿hay alguna forma de decir que está enojado sin que un lector se queje?

—Por fin, creí que iba a ahogarme en ese estanque. Ugh, aunque por como huele por aquí, igual hubiera sido mejor.

—Y peor que va a oler, pedazo de panfleto, que desde hace rato necesito algo suave e inútil para poder limpiarme el…

—No, no, no, espera, lo siento, lo siento. No hagamos nada de lo que nos podamos arrepentir. En mis hojas hay escritas cosas muy importantes. No querrás echarlas a perder.

—Las cosas en papel no son importantes.

—Claro que sí, sobre todo si tienes más de la mitad de las profecías del muro de las mil verdades.

—Si no tiene una solución para dejar de trabajar, no me interesa.

—Oh pero sí que la tengo. Una de mis páginas tiene una antigua profecía que le interesa a todo el mundo. Puedes avisar a algún rey, o señor muy importante y te dará lo que le pidas.

—¿Ah si? ¿Y qué dice esa dichosa profecía?

—¿Y yo qué sé? ¿Acaso tú puedes ver tus propias tripas? Sé que es importante porque el estúpido de Jonkelpunkin no dejaba de murmurar al respecto. “Es importante”, “Es importante” no paraba de decir.

—El tatara tatara tatara tatara abuelo se llamaba Jonkelpunkin.

—¡Ah! ¡Eres el tatara tatara tatara tatara tatara nieto del viejo Jon! Que agradable coincidencia. Bueno, lee mis páginas, así podrás conocerlo mejor.

—Yo no sé leer. Eso es para tontos. El tatara tatara tatara tatara tatara abuelo era un tonto. Por eso nunca volvió.

—Qué incordio, entonces tienes que llevarme con alguien que sepa leer.

—En Glemton puede haber algún tonto. Tengo que volver ahí de todos modos, necesito una letrina.

—Pues mientras no me lleves a la letrina contigo, vamos juntos.

—Bien, sígueme entonces.

—Soy un libro, papanatas, soy mágico y todo. Pero no puedo caminar.

—Qué incordio, qué incordio, en fin, yo creo que caminar sería más útil que saber leer.

—Ya veremos si dices eso cuando entiendas las palabras que llevo escritas.

—Sí, como no. ¿Tienes algún nombre?

—Soy el Grimorio Perfecto Todopoderoso. Puedes llamarme Gepeté.

—De acuerdo, para ser tan inútil, tu nombre suena importante.

—¿Y el tuyo?

—Jackelpunkin. Mis amigos me llaman…

—Oh ya sé. Al viejo Jonkelpunkin lo llamaban Jon, de seguro a ti te llaman…

—Timothy.

Si el querido lector ha estado atento, se ha dado cuenta de que el trasgo antes conocido como Jackelpunkin —ahora Timothy para dar a los dedos del autor, y a los ojos del lector un poco de tregua—, está atrapado en una cámara subterránea con la salida muchos metros por encima de su cabeza.

—¿Cómo que no sabes salir de aquí? Para empezar, tuviste que llegar aquí de alguna manera, Tim.

—Timothy.

—Por eso.

—No, puedes llamarme Timothy, es como me llaman todos, pero no Tim.

—Eres melindroso y remilgado para ser un trasgo.

—Eso lo será tu madre —le respondió casi gritando, tan fuerte que volvió a sonar aquel silbido “fuiiiiiiii.

—Pues sí, lo era un poco, igual demasiado para ser una libreta de apuntes. Pero olvida eso. Tenemos que salir de aquí y encontrar alguien que me lea.

—Tranquilo, por algo soy el mejor explorador de Glemton de los últimos siete años.

—¿En serio? ¿Hace cuánto eres explorador?

—Siete años.

—Entonces me veo impresionado, parece que tienes un talento innato para esto. Seguro que el anterior campeón se sintió ofendido de ser vencido por un novato.

—No sé, pregúntale si puedes —señaló la pila de huesos en el suelo.

—Eso me pasa por creer que tenías algo dentro de esa calabaza a la que llamas cabeza.

—Yo a las calabazas las llamo calabazas, no sé de qué elfos estás hablando.

El libro prefirió cerrar el mágico concepto que tenía por boca. No tenía caso. Los grimorios parlantes hablan directo a las mentes. Cómo hizo Gepeté para suspirar y gruñir es todavía un misterio de la metafísica.

Timothy entonces como todo buen trasgo, urdió un plan que implicaba cavar. Tomó el pico de su tatara tatara tatara tatara tatara tatara abuelo y empezó a cavar formando una escalera espiral por toda la cámara. Cuando terminó, tenía suficientes piedras para apilarlas bajo la entrada por la que había caído. Solo faltaba el arduo trabajo de moverlas una a uno, pues el el libro no parecía muy bueno en aquello de cargar cosas.

Fuiiiiiii. Esta es la última piedra. Por fin podemos salir.

El libro solo miró el montón de piedras, más o menos de igual altura que otrora fue el muro de las mil verdades. Supuso, que siendo los trasgos una raza orgullosa —que lo son—, no trabajarían con piedra que ellos mismos no hubieran cavado.

El camino de vuelta fue mucho más arduo que el que le había llevado hasta ahí, pues Timothy ahora cargaba con el morral, el diario y la confiable antorcha de su ancestro. Así que tras recorrer completos los largos veinticuatro metros que separaban a la entrada del túnel de la primera casa de Glemton, se sintió agotado, desfalleciente.

Y como si todo eso no fuera suficiente, en la misma entrada al pueblo. Ya lo estaba esperando Glorf.

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