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Rocas, rocas, y rocas

Jackelpunkin y la tropecia · por Proferyo · 16 de julio de 2026

Las piedras son cosas interesantes. A veces son partes de muros imponentes, a veces tropiezos en el camino, otras rodean la fogata, y en muy raras ocasiones, son tu amigo troll.

Glorf tenía todo el día petrificado gracias a su, por lo demás, muy épico y romántico reencuentro. Tanto así que Aracnea seguía atrapada entre sus brazos. Ninguna sustancia viscosa fue capaz de separar a la feliz pareja.

Mientras Timothy pasaba el día dormitando en la cabaña de la orca, Genwil se entretenía haciendo conversación a la única persona que no podía ir a ninguna parte.

—Entonces, ¡hic! ¿por qué dejaron de verse?

—Ah, Glorfindel es en serio el ser más maravilloso que he conocido, pero empezamos a discutir por todo. Sobre si las políticas comerciales del reino de Meyrin podían o no afectar el comercio de rocas en Glemton, sobre si era mejor aumentar las tasas de interés para protegerse de la morosidad o bajarlas para prevenirla, sobre si el caballero Anduriel de la novela “Amores de vainilla” se quedaría con su amante unicornio o con su esposa mantícora. Yo siempre defendí que la esposa había perdido el derecho a ser celosa desde que empezó a relacionarse con el dragón.

—Cielos, ¿y él qué dijo? —dijo el mago dando otro sorbo a su odre infinito.

—Dijo: Glorf. Casi siempre se salía con la suya con ese argumento.

—Pues la verdad es que es bastante convincente.

—Si, es odiosamente sabio. Supongo que fui inmadura al enfadarme con él.

—No seas tan dura contigo, por más razón que ¡hic! tenga, debió considerar tus sentimientos.

—¿Verdad? Eso es lo que digo yo. Cuando vuelva a la normalidad, se va a enterar.

En aquel momento, oportuno como pocos, el último rayo de sol quedó oculto por el mar infinito, y esquirlas de roca empezaron a caer del cuerpo de Glorf como si simplemente hubiera estado sucio. Aracnea sintió el cambio en su pétreo amante, pero contrario a lo que deseaba en ese preciso momento, el troll la apretó más, en un gesto tan cariñoso como doloroso.

—¡Ay!, ¡ay! Glorf, me lastimas, ¿no te bastó con tenerme abrazada todo el día?

—¿Glorf?

—Ya veo, ya veo, nuestro amigo, ¡hic!, no se dio cuenta de que amaneció, perdió la noción del, ¡hic!, tiempo.

Sin aviso, se dejó escuchar la voz de Timothy desde más o menos un metro sobre el suelo. aunque en ese mundo no usan los metros. Pero finjamos que sí, de esa manera ustedes entienden y yo no tengo que explicar los complejos sistemas de medición de los trasgos basados en el camino de baba que puede dejar un caracol en el tiempo que le toma a una roca caer de una yarda. Y no pienso explicar las yardas, no tienen sentido.

—Genial, Glorf despertó, vámonos, ya perdimos todo un día. Mientras mas pronto terminemos, más pronto me darán mi tesoro.

—¿De qué hablas trasgo? —la orca se había acomodado mejor en los brazos de Glorf —si hay un tesoro, yo quiero participar.

—Ah, no, este… yo no dije tesoro, dije “pesoro”.

—¿Qué colmillos de huargo es un pesoro?

—Esto… —empezó a susurrar, aunque más alto de lo que pensaba— ¡elfos! esperaba que fuera algo, los que leen conocen tantas palabras…

—Óyeme tú ¡hic! pedazo de trasgo, no uses a mi raza para maldecir.

—A mí no me vas a fragmentar, remedo de mago de feria.

—¡Glorf!

La discusión terminó ante ese regaño tan vehemente.

—Si me permiten, —Gepeté asomó una parte de su portada del morral del mago —considero que debemos agradecer la hospitalidad de la señorita Aracnea, como mínimo, informándole sobre la naturaleza de nuestra búsqueda, con pletórica hondura y franca presteza.

—¿Qué? —dijo el trasgo —¿ahora eres un élfico diccionario?

—Oh, no, para nada, pero es verdad que mi padre…

—Bueno, ¿me van a decir o no?

Genwil y Gepeté contaron la historia lo mejor que pudieron. La mujer orca los escuchó con atención, maravillada antes los detalles místicos de la aventura.

—No puedo creerlo. Los seguiste hasta una ciudad humana por unas pocas monedas de plata. Siempre fuiste determinado.

—Glorf.

—Oh ya veo, eso es muy tierno de tu parte. Y no, no me impresiona lo de la niña dragón, he visto cosas increíbles en mi vida. Por ejemplo, tengo una roca con la forma exacta de una cabra, pero con tres cuernos.

—Glorf.

—Bueno, entonces no me queda otra. Iré con ustedes.

—¿Qué? —intervino Timothy saltando para que lo vieran —¿Por qué tienes que venir?

—Porque —Aracnea se agachó para apuntar mejor al trasgo con su dedo acusador —primero, yo puedo ayudar, sé leer un poco y soy fuerte; segundo, quiero ayudar a mi Glorfindel a hacerse rico, si me toca una parte, mucho mejor…

—¿Y tercero?

Ella se puso roja como un tomate, bueno, no, tengo que rectificar, su piel era azul, así que tuvo que ponerse morada como una uva. Pero no se está ahogando, es el rubor, rojo sobre azul. De hecho si se estuviera ahogando se pondría de un color más como… perdón, creo que ya me entendieron.

—Bueno… —dijo mirando a Glorf con la cara apoyada en sus manos entrelazadas —esperaba poder pasar tiempo con mi viejo y nuevo novio, y tal vez, ya no volver a separarnos.

—Como sea, si quieres perder tu tiempo no es mi problema, pero no voy a darte ni una moneda de mi parte del tesoro.

—Estoy seguro —interrumpió Gepeté —que el rey estará encantado de recompensar a cualquier miembro de la tropecía que ayude a resolver el misterio del muro de las mil verdades. Solo tenemos que anotarla en la lista de miembros que el rey puso con su puño y letra en mi última página.

Las palabras del libro estaban tan cargadas de orgullo que parecía abrirse y cerrarse solo. Genwil lo sacó del morral.

—Pues bien, ¡hic! yo la anoto, ¿nombre completo?

—Soy Aracnearegina Orcilestor hija de Aracnos, hijo de Arondrac, hijo de…

Aracnea… la… orca. Listo, vámonos, que la noche es joven.

El mago tomó un largo sorbo de su odre y comenzó a caminar, en la dirección equivocada.

—Glorf —dijo Glorf —Glorf.

—Cielos, eso fue lo más romántico que me has dicho Glorfindel, y tienes razón. Tomemos las cosas con calma mientras dure el viaje. ya hablaremos de nuestra relación después.

Timothy regresó jadeando y tirando a Genwil de la mano para regresarlo a la vereda.

—No van a hacer que cuide del elfo, ¿o sí?

Las miradas del resto del grupo, Genwil incluido, le dieron su respuesta.

—¡Qué incordio! ¡Qué incordio! ¡Vámonos ya!

La tropecía, con su nueva miembro… ¿miembra?, ¿o debí escribir nuevo miembro? Lo que sea. El punto es que siguieron su camino hasta el túnel que llevaba a Glemton por dentro de la montaña. El mago fue en verdad todo un problema para el pobre Timothy. No dejaba de tropezarse, se quedaba atrás con frecuencia e insistía en encender una luz mágica que nadie quería. Por lo menos decía cosas más divertidas que cuando estaba sobrio.

Tendrían que subir por varias rampas y escaleras. Tomaría algunos días llegar a Glemton al ritmo que les permitía avanzar arrastrando un elfo ebrio e incapaz de ver en la oscuridad.

Poco a poco el grupo comenzó a hacerse notar en las aldeas de trasgos que fueron atravesando en su camino. Tanto así que la terrible odisea de Timothy como cuidador de Genwil terminó creando la expresión “arrastrar el elfo”, que quiere decir: “hacerse difícil la vida por propia voluntad”. Por ejemplo: “hijo, ponte a estudiar, no estés arrastrando el elfo” o “el matrimonio es esencialmente arrastrar el elfo por amor”, o “ese pobre Gregkelpunkin, se la pasa arrastrando el elfo por su mal carácter”.

Supongo que podíamos decir que los escritores independientes, arrastramos el elfo.

Nuestra querida tropecía, pues, siguió arrastrando su elfo hasta llegar la aduana del túnel que los llevaría a Glemton. Apenas a unos metros de la aldea de trasgos donde se tomaron un breve descanso para que Genwil descansara las rodillas, al parecer los magos no son buenos en los ascensos largos, o los cortos, o para viajar en general. Me hace pensar en que los magos ancianos de las historias tienen que resolver este problema de alguna manera.

La aduana no era sino una enorme piedra colocada a la entrada del túnel frente a la cual, esperaba un trasgo con cara de aburrido. Llevaba una de esas tablas con papeles que llevan los burócratas para tomar notas. Eso sí, siendo la mayor parte de los trasgos, totalmente analfabetos, cabe suponer que la lleva solo para marcar el número de personas que pasan, número de personas que pasan, hacer lindos dibujos de las rocas cercanas, o más probablemente, porque es un requisito de la asociación de aduanas subterráneas, una decisión tomada en una junta con todos los ejecutivos, que pensaron que así se veían más profesionales.

La roca en sí no evitaba la entrada, es decir, podría hacerlo si alguien la empujara un poco a la izquierda, pero en donde estaba dejaba un hueco enorme por el que cualquiera podía pasar.

El trasgo aduanero se puso en pie tan pronto los vio.

—¡Alto ahí! ¿Quienes son y a dónde van?

Timothy se adelantó a los demás:

—¡Eh! Que yo no voy a ningún lado, Glemton es mi casa, así que en todo caso vengo.

—Pero Glemton no es aquí, es un poco más allá, así que van.

—No se puede ir al lugar donde se empieza un viaje, se viene de regreso.

—También se puede ir de vuelta.

—Eso es cuando uno va a otro lugar varias veces.

—Pero si uno ha estado en un lugar más de una vez…

—¡Glorf! —la paciencia del troll se estaba agotando.

—Bien, bien —dijo el aduanero sacándose la cerilla de la oreja y lamiendo el resultado como quien no está seguro si el vino que ha probado es un merlot o un cabernet, y no, yo tampoco sé la diferencia —, supongo que al final da lo mismo. ¿A donde vienen?

—Ya te dije, a Glemton.

—No, usted me dijo eso cuando le pregunté a dónde iba, no a dónde venía.

Al final, el argumento más convincente y expedito de Glorf, siempre será su garrote de piedra. Ahora Timothy tiene un diente extra por si pierde el suyo, para ocasiones formales.

Glorf, fuerte y amable como es, movió la piedra para cerrar el túnel cuando hubieron pasado. Sin saber que la razón de dejarla abierta era simplemente que nadie era capaz de volver a abrirla. No que mucha gente use el túnel pero nadie podrá hacerlo hasta que el troll en jefe de aduanas pase a hacer su inspección mensual.

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