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Una Cuestión de Suerte (Linus)

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Las ametralladoras rugían desde lo alto de las murallas. Las balas surcaban el aire, disparadas sobre nuestras cabezas, agujereando el barro, plantando plomo como semillas en un cultivo regado con sangre.

No podía ver prácticamente nada. La tierra volaba a mi alrededor, acompañada por la metralla de los cañones que arrasaban las trincheras.

— ¡¡¡MANTENGAN LA LÍNEA!!! —gritaba a todo pulmón Ludvig, soplando su silbato con fuerza. El chillido estridente me hacía querer arrancarme las orejas—. ¡¡¡AGACHEN LA CABEZA!!!

— ¡No se van a quedar sin balas, Ludvig! —espetó Eira, recostada contra la pared de la trinchera, atándose a toda prisa una tela en el muslo.

Fue un milagro de la Diosa encontrarlos a ellos y a una fracción del 602º sosteniendo la punta de lanza frente a la fortaleza.

Vicka casi saltó de alegría al ver a Eira viva, mientras quemaba cintas de munición. Al mismo tiempo, Ludvig intentaba dirigir la masacre con su silbato y esos gritos ocasionales y violentos que tanto lo caracterizaban.

Como nosotros, nadie en el 602º estaba ileso. El hedor a sangre era abrumador, y mi nariz pronto dejó de distinguirlo del resto de olores. Cadáveres —nuestros y suyos— alfombraban el suelo, tapando los desagües y dejando que el agua se estancara, como en las trincheras intermedias.

Estaba hastiado del agua, pero entre ella y las infinitas balas, prefería agarrarme hongos en la entrepierna antes que sucumbir como un colador.

— ¡Necesitamos a los regulares! —intervino Vicka con su tono agudo, abrazando su rifle a mi lado. Temblaba, su mejilla enrojecida por las quemaduras—. ¡Necesitamos artillería, no hay forma de avanzar más!

Ludvig no apartó la mirada. Lo sabía mejor que todos nosotros; aun así, no mostró debilidad.
Tomó su reloj de bolsillo y se acercó a la única lámpara de aceite que, con valentía, había sobrevivido al combate de trincheras. Intentó limpiar con el pulgar las gotas de lluvia que caían sobre el cristal, y le dirigió una mirada amenazante, como si, de alguna forma, lo que fuera que tuviera que mostrarle ese manojo de engranajes, pudiera obedecerlo.

— Faltan dos minutos... —dijo entre dientes, girando apenas la cabeza y el hombro hacia atrás—. Y ellos van medio minuto atrasados...

"¡BOOM... BOOM... BOOM!"

Una rápida seguidilla de explosiones levantó densas columnas de tierra a nuestro alrededor. La trinchera colapsó un poco más; uno de los muros simplemente se rindió y, con un último crujido, se despidió, dejando entrar más barro y escombros.

Ni siquiera le prestamos atención. En esos instantes, cuando la tierra espesaba el aire, todo parecía volverse más cálido... Un abrazo macabro que estaba dispuesto a aceptar, incluso si sabía que, en él, bien podría haber restos de algún desgraciado.

— ¡¿Se puede saber qué estamos esperando?! —me atreví a cuestionar, dirigiéndole una mirada cansada.

Incluso con su respuesta, dudaba que algo fuera a cambiar.

— ¡A la artillería! —exclamó con un deje claro de orgullo, levantando la mirada al cielo—. ¡El Alto Mando no nos quiere, pero eso no implica que no vayan a ayudarnos!

— ¿¡El Alto Mando!? —inquirí, con las orejas bien erguidas y los ojos abiertos—. ¡Solo la Diosa puede sacarnos de aquí...! —exclamé, para de repente bajar el tono—. No estoy orgulloso de las cosas que hice en las últimas semanas...

Peleé, insulté, herí... me dejé usar.

No existía rezo que me diera expiación ante la Diosa. Aunque, estando al borde del precipicio, a punto de enfrentarla, podría decirle —con todo el respeto que merece— que no me arrepentía... No del todo...

— Todo culpa de Ragna... —resoplé, con una sonrisa cansada y la lengua reseca, aunque mi cuerpo soportaba un diluvio.

No... Con o sin Ragna, acabé en el 602º por mis errores, y no me arrepiento de ellos.

Si he de morir, lo haré por la bandera que tanto me ha costado proteger.

Sostuve el revólver frente a mí, liberando el tambor para, de inmediato, tirar los cartuchos quemados.

Uno a uno, saqué las pocas balas que robé de los cadáveres, introduciéndolas en el tambor con delicadeza.

Vicka me miró. Su ojo agrietado y enrojecido —no sabía si por la lluvia o por llorar a escondidas— me observó un instante. Asintió, copiando mis gestos.

Abrió con un movimiento tosco el cerrojo de su rifle embarrado, sacando el que podría ser su último peine de munición. Lo empujó con el pulgar dentro de la recámara y tiró el peine guía hacia un lado...

"¡VHRRROUUM... VHRRROUUM...!"

El gruñido de los cañones atravesó las trincheras, opacando los truenos durante más segundos de los que debería.

Los oí lejanos. Incluso parecían provenir desde más allá de la fortaleza.

De inmediato miré a Ludvig. Todos lo hicimos.

Volvió a mirar su reloj. Su mirada se perdió en el cristal empañado por su respiración.
No asintió, no rio... no nos miró.

Levantó la vista. El parapeto maltrecho lo recibió, y más allá de este, hubo algo que lo hizo suspirar.

"¡¡¡Fiiuuuuuuu...!!!"

El último silbido atravesó el cielo, desgarrando el tiempo, deteniéndolo a la vez que cerraba mis ojos...

— Que la Diosa nos bendiga... —recé en voz baja, aferrando mi otra mano al pecho—. Madre... Padre... lo siento tanto...

"¡¡¡BOOOOOOOM...!!!"

La tierra retumbó. Mis disculpas fueron cortadas mientras el primer estruendo ensordecía el mundo.

Abrí los ojos y vi la nube de humo negro elevarse al cielo, seguida por rápidas llamaradas que crecían junto al grito de todos al trepar la última trinchera.

Nos separaban menos de cien metros... pero la resistencia fue inmediata.

Desde ambos lados de la muralla, los pocos imperiales aún en pie abrieron fuego


Los fogonazos derribaron a los primeros, cuyos cuerpos sirvieron de puente para los demás.
Pisé los cadáveres de mis compañeros, salvándome de hundirme en el barro por menos de un segundo.

Mis zancadas largas, el corazón a punto de explotar mientras gritaba junto a todos en nuestro último coro.

Levanté el revólver y, sin detenerme, intenté apuntar a las murallas.

"¡Pafff–Pafff... Pafff...!"

Disparé sin saber si le había dado a alguien. Apenas veía algo: el polvo denso, los escombros del portón acorazado nos cegaban.

La lluvia no ayudaba; humedecía el aire, volviéndolo demasiado espeso para respirar.
Y los relámpagos... esos malditos relámpagos cegadores me espantaban, haciéndome temer que la luz de la Diosa me tomaba de repente.

— ¡¡¡CORRAN, CORRAN!!! —Ludvig corría a nuestro lado, silbato en mano—. ¡NO SE DETENGAN! ¡CORR...!

"¡Pafff...!"

Un parpadeo, un segundo... y el silbato cayó junto a su boca abierta.

No hubo nadie para tomarlo.

Un relámpago iluminó su metal ennegrecido antes de que el barro lo tragara por completo.

— ¡¡¡Ludvig!!! —Eira se detuvo en seco, cayendo al barro, deslizándose unos metros entre el fuego cruzado para de inmediato volverse hacia él—. ¡¡¡Mierda, Ludvig, levántate, imbécil!!!

Nadie se detuvo a ayudarlo. Las balas llovían desde todas direcciones.

Unos pocos intentaron abrir fuego directo contra la muralla, mientras que el resto simplemente se adentraba entre los escombros del portón.

Destellos amarillentos lograban atravesar el humo, revelando un panorama escabroso en el interior de la fortaleza.

— ¡No te detengas! —gritó Vicka a mi lado, tomándome del brazo de nuevo, tirando de mí hacia el humo.

Vi por encima del hombro a Eira tomar su ametralladora.

Comenzó a disparar hacia la muralla sin dejar de soltar insultos tras cada salva.
El retroceso del arma fue evidente.

En cuestión de segundos, no pudo resistirlo más y, antes de que la perdiera de vista, creí oír un llanto ahogándose tras un silbido tenue...

El humo nos envolvió y los escombros comenzaron a aparecer en nuestro camino como rocas deformes, con huesos de metal punzantes sobresaliendo.

Vicka me soltó a los pocos metros, dejándome correr a su lado.

Ingresamos a la fortaleza a través de la enorme sección colapsada donde una vez estuvo el portón acorazado.

Rastros gruesos de metal y roca fragmentada yacían esparcidos en todas direcciones.

El suelo interior, de cemento liso, se adornaba con los primeros cadáveres y las marcas negras de los explosivos primitivos que algunos de los nuestros arrojaron antes de caer...

El eco de los disparos y explosiones recorría los pasillos maltrechos de la fortaleza.

Sombras cubiertas por la pólvora cruzaban como espectros las paredes, dejando un rastro de muertos y heridos imposibles de salvar.

Sus gritos eran ensordecedores, y Vicka, ausente de sí misma por momentos, simplemente los ignoraba.

"¡Pafff–Chick–Chack!"

Cada disparo suyo era seguido de un murmullo, y cada murmullo, de una lágrima que se evaporaba con el calor de la batalla.

— ¡Vicka! —grité, señalando el siguiente pasillo a la derecha—. ¡Intentemos rodear los barracones!

— ¿¡Para qué!? —espetó, pisando aún el pecho del pálido imperial que había intentado apuñalarla por la espalda.

— ¡Quiero encontrar a Ragna! —exclamé, apuntando mi arma hacia ella.

"¡Pafff...!"

El cobarde a su espalda cayó con los ojos aún abiertos y el cuchillo en las manos.

Vicka no se inmutó. Simplemente me miró de arriba abajo, apretando su rifle y mordiéndose el labio.

Ella también quería encontrarla. Al final del día, ambas eran como hermanas. No la abandonaría.

— Nos van a matar, Linus... —afirmó con voz áspera y seca, observando el estado de los pasillos—. No sabemos dónde está... siquiera si sigue viva.

— Ludvig dijo que no había más órdenes —respondí con el hocico entrecerrado, mientras distinguía el eco de los disparos atravesando el cemento de la fortaleza—. Ragna dijo que esto se trata de suerte, y ella tiene un trébol con hedor a almeja que la salva... Tú la conoces más que yo.

Chasqueó la lengua, meciendo la cabeza con fuerza, refregándose su ojo enrojecido, ya vacío de lágrimas.

— ¡Bien! —exclamó por fin, sin morderse la lengua—. Intentemos alcanzar los pisos superiores... A la muy sinvergüenza le encantaba que la vieran; debe de estar ahí.

No gasté palabras de más y, de inmediato, di el primer paso a lo largo del pasillo.

Vicka me siguió. Por unos instantes, intentó volver a arreglarse las pestañas; pero la humedad y el calor constante de los corredores le hicieron la tarea imposible.

A medida que nos movíamos, los pasillos se volvían más estrechos, y las pocas puertas acorazadas que dividían las secciones estaban envueltas en pequeñas carnicerías, donde los cadáveres y el sabor ferroso en el aire eran los únicos testimonios de lo sucedido.

Si alguna vez tuve contacto con alguno de los hombres o mujeres que yacían en el suelo, ahora solo podía devolverles la mirada... y dedicarles una última bendición.

El hedor y el calor se hicieron insoportables al cruzar uno de los comedores.

Allí, las llamas crepitaban, llenando la estancia y los pasillos con un humo negro que nos impidió avanzar con normalidad.

— Incluso quemándose, ese comedor era más acogedor que todos en los que serví en el 602º —murmuró Vicka de pasada, sin detenerse salvo para apreciar cómo unos pocos imperiales se arrastraban, entre lamentos, lejos del fuego.

— Me pregunto qué podrías cocinarnos con tales instalaciones —sonreí por lo bajo, cubriéndome el hocico con el brazo mientras buscaba un pasillo libre.

A este punto, sentía que nos habíamos perdido en el laberinto de pasillos y cadáveres.

De no ser por los milagrosos carteles en la Lengua del Norte, quizás habríamos terminado en algún corredor sin salida.

Recorrimos las salas bajo la presión de las sombras y los gritos.

Más de una vez, un grupo de imperiales —o de los nuestros— aparecía por una esquina, y en ambas situaciones intentábamos escondernos.

La confusión y la histeria nos consumían a todos, y un disparo al aire o una granada mal dirigida podía desembocar en otra carnicería sin sentido...

— Una escalera... —afirmé, volviendo la cabeza hacia Vicka, al notar su mirada fija en la nada—. ¡Vicka, estate atenta! —exclamé, escudriñando los alrededores en busca de señales de movimiento.

— No me quedan balas —dijo de repente, saliendo de su ensimismamiento, su ojo destellando antes de volver a parpadear.

Un rifle sin balas es un palo pesado capaz de golpear.

Vicka tenía fuerza: los cíclopes eran una raza conocida por ello, como los ogros.
Sin embargo, ella era más baja que el promedio...

— Toma el revólver —le ofrecí con apuro, volviendo a revisar los alrededores. Sombras parecían acercarse, y los gritos, antes confusos, comenzaban a destilarse en voces individuales—. No me mires así y tómalo, no es momento para estas cosas.

Apenas lo dudó. Extendió su mano y tomó el arma, asintiendo con firmeza hacia mí. A cambio, yo me quedé con su rifle sin balas.

No era el mejor intercambio de mi vida, pero estaba conforme.

Avanzamos unos metros más, alcanzando la escalera en una intersección de pasillos.

De nuevo, los gritos inundaron la fortaleza, esta vez con más fuerza y energía.

Y sin poner un pie en el primer escalón, creí oír nuevos estruendos, similares a los que atravesaron la trinchera antes de la carga...

Pasaron unos segundos de aparente silencio, y en un instante, sentimos al menos tres explosiones seguidas de un fuerte temblor que recorrió los cimientos de la fortaleza, elevando aún más el caos que la consumía.

Las titilantes luces amarillentas se apagaron de golpe, dejando todo en la más absoluta oscuridad.

Tras unos instantes, esporádicos focos de luz aún más pálida comenzaron a prenderse, alumbrando pobremente el pasillo y el entrepiso de la escalera.

— Subamos rápido —dije, tomando a Vicka del hombro y señalándole con la cabeza que me siguiera.

— Eso no fue artillería... —temió ella, tragando saliva, comenzando a subir con las piernas temblorosas.

Alcanzamos la planta superior sin dificultad.

Allí, un pasillo a medio colapsar se extendía frente a la escalera.

El techo de cemento caído, los refuerzos expuestos y la tormenta entrando e inundando todo.
Unos pocos imperiales luchaban por liberar a un soldado atrapado bajo los escombros.

Al mismo tiempo, dos de ellos intercambiaban fuego con las sombras al otro lado del pasillo.

Vicka, ansiosa y con el cuerpo aún recuperándose del bombardeo, levantó el revólver hacia el grupo, lista para abrir fuego.

— ¡No! —La detuve con un rápido manotazo—. Si disparas, nos matan. Baja el arma y sigamos moviéndonos.
Los regulares ya deben de estar entrando.

— Que ellos se encarguen de limpiar, entonces —asintió, tragando saliva de inmediato.
La notaba demasiado agitada.

La siguiente planta parecía desierta, poblada únicamente por las gotas de lluvia que se colaban a través del techo colapsado y descendían como una cascada hasta la planta inferior.

Los fogonazos y los gritos persistían, mientras el estallido de cañones y ametralladoras invadía nuestros sentidos a medida que comenzábamos a avanzar.

Pequeñas habitaciones se alineaban a ambos lados del pasillo, protegidas por puertas de metal delgado.

Algunas tenían troneras derrumbadas, otras directamente estaban selladas, como si no hubieran tenido tiempo de ser reparadas. Y con razón: había rastros visibles de combates anteriores.

— Una lucha encarnizada... —murmuré sin detenerme, vigilando cada puerta como si se tratara de madrigueras de ratas—. No bajes la guardia, Vicka...

— Tranquilo, lo tengo todo controlado... —respondió, tirando del martillo del revólver con su pulgar.

Intenté sonreír ante su gesto, pero ya no me quedaban fuerzas ni siquiera para una mueca.

Sostuve el rifle con ambas manos y lo mantuve por encima de la cintura, el brillo apagado de la frágil bayoneta marcando el camino.

El suelo temblaba bajo nuestros pies. Decenas de soldados debían de seguir corriendo en las plantas inferiores.

Estallidos, disparos y demasiados alaridos —en nuestra lengua y en la del Imperio— nos acompañaron hasta llegar al final del pasillo.

Este seguía a mano izquierda, extendiéndose por otro centenar de metros, lleno de luces de emergencia y sombras que huían de la claridad.

A la derecha, otra escalera. Esta vez protegida por una gruesa puerta acorazada.

Sus peldaños húmedos brillaban mientras el agua caía a través de ellos como una serie de diminutas cataratas.

Observé el agua descender, purgando de sangre todo, adentrándose en la fortaleza a través del marco de acero.

Vicka me pidió subir primero mientras yo cerraba la puerta a nuestras espaldas.

No me negué. Ante cualquier eventualidad, el revólver era mejor que una bayoneta en una escalera...

O eso creí...

— ¡Vamos, Linus, muévete, no te detengas! —me animó ella, subiendo los escalones de dos en dos, sus botas sucias chapoteando mientras me miraba por encima del hombro.

— ¡Voy...! —rugí con esfuerzo, empujando con el cuerpo la pesada puerta, ansioso de que nadie nos estuviera siguiendo—. ¡Esta cosa pesa... demasiado...!

"¡Plash–Plash–Plash...!"

Vicka no se detuvo. Siguió subiendo.

Con un último chirrido, la puerta terminó de cerrarse, emitiendo un golpe sordo antes de que el mecanismo interno se bloqueara.

No hizo falta girar ninguna manivela.

Me di vuelta por fin, tomando el rifle, levantando la mirada hacia Vicka.

Su silueta tierna se alejaba escalones arriba.

La oscuridad aún cubría el cielo, y los relámpagos lo rasgaban, delatando el rostro incauto de Vicka a pocos pasos de alcanzar el último peldaño.

Comencé a subir también. No podía quedarme quieto; mi cuerpo no me lo permitía. Había algo en mi pecho, una incomodidad severa que se extendía incluso hasta el recto.

Una presión visceral, intolerable, como si algo —algo importante— estuviera por ocurrir.

Quise detenerme. Quise pedirle a Vicka que lo hiciera.

Pero ella siguió subiendo.

Por fin salió al techo de la fortaleza.

La vi sonreír.

Parecía observar el horizonte o algo que hizo que sus mejillas se arrugaran dulcemente.

Se dio vuelta hacia mí, el revólver firme en su mano derecha, y la izquierda extendida hacia algo más allá de la escalera...

Su cristalino ojo se abrió de golpe y su pecho se infló, como si fuera a correr.

"¡Pafff...!"

Un destello de luz iluminó la escalera desde un ángulo imposible.

Yo apenas había alcanzado la mitad.

— ¿Vicka...? —pregunté, apurando el paso, comenzando a saltar los escalones, sin saber por qué.

Vicka me miró y yo a ella.

Nuestros ojos se cruzaron por no más de un segundo...

Y al siguiente, se desplomó frente a mí.

Cayó hacia adelante, su cuerpo flexionado, y su cabeza actuó como una plomada en este mar de oscuridad.

— ¡Vicka! —Me lancé hacia ella sin pensarlo—. ¡Mierda, Vicka!

No hubo lucha más difícil que verla caer frente a mí.

Su ojo aún abierto, su boca entreabierta en una expresión de sorpresa genuina.

No había miedo en ella...

Solo un instante de felicidad que le fue arrebatado.

Cayó y su cuerpo comenzó a rodar violentamente escaleras abajo, golpeándose contra todo. Casi me arrastró con ella, de no ser porque logré detenerla a costa de perder el equilibrio.

Caí también.

Sin embargo, conseguí aferrarme a la pared con mis garras antes de que fuera demasiado tarde...

Me reincorporé a los manotazos, empujándome hacia Vicka, tomándole la cabeza en plena escalera.

Su sangre carmesí corría escalones abajo en un finísimo hilo que, en cuestión de segundos, se encharcó frente a la puerta acorazada.

—¡¡¡VICKA... VICKA!!! —grité, intentando llamarla.

Mecí su cabeza, corrí los pelos pegados a su delicado rostro, descubriéndolo, rompiéndome lágrima a lágrima mientras veía su ojo reflejarme como un espejo vacío.

Tomé el revólver de su mano aún cálida.

Me esforcé por sentir ese calor, aunque se desvanecía lentamente entre mi pelaje empapado.

Lo miré... y luego a ella.

No pudo llegar a defenderse...

Seis balas en el tambor.

Me mordí la lengua, conteniéndome para no romper en gritos.

El llanto era lo de menos.

Mis lágrimas se perdían con la lluvia eterna.

Pero mi voz... mi voz se atragantaba en la garganta como una bola de remordimientos y miedo.

Levanté el revólver, esperando que el muy hijo de perra apareciera para comprobar su muerte...

El cañón temblaba.

La mira de hierro se volvía difusa entre el agua y la oscuridad.

Mis brazos dolían, el frío se colaba por los huesos, pero no bajé el arma.

Mi mente solo deseaba terminar con todo esto rápido.

Correr escaleras arriba, encontrarlo, meterle plomo hasta que entendiera —hasta que sintiera— aunque fuera una hebra del dolor que ella había sentido... y que ahora... ya no sentía.

— Vicka... —susurré una vez más, cerrando los ojos, tragándome el resto—.

No puedes... no así... ¿Por qué...? ¿¡Por qué!?

Sus pestañas aún parecían conservar una fracción de vida. Resaltaban ahora, cuando ella ya no podía arreglarse más. Cuando ni siquiera podía protestar si le quedaban mal.

Intenté arreglárselas.

Torpe como era.

No quería arrancarle ninguna.

Solo... perfilarlas un poco

Que se viera linda.

Como le gustaba.

Como ella querría.

— Ragna dijo... —murmuré, apenas un hilo de voz en medio del estruendo lejano— Dijo que si moría, tendría que hacerlo arreglado... Me contó que tú hacías lo mismo. Que no querías irte fea... No dejaré que estés desarreglada, Vicka... No lo haré...

Afuera, la tormenta seguía.

Las luces de emergencia parpadeaban, como si el mundo también vacilara, como si la fortaleza entera se negara a registrar lo que acababa de pasar.

El cuerpo de Vicka, aún cálido, descansaba en mis brazos.

Y el mundo...

El mundo no se detuvo.

No lo hizo.

Pero yo sí.

Pero yo sí

 

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