— ¡¿Cómo que intentaste robarle una granada del cinturón a un imperial?! —inquirí al muy imbécil.
— ¡¿Querías granadas, no es así?! ¡Pues iba a robar granadas! —se defendió mientras cambiaba el cargador del arma.
El suelo a nuestro alrededor estaba lleno de casquillos y cartuchos quemados.
Luego del penoso intento de robo por parte del felinido lujurioso, y mi rescate a medias, tuvimos que retroceder ladera abajo, cubriéndonos con las grandes rocas que sobresalían de la tierra.
Los imperiales no habían dejado de venir, intentando rodearnos, lanzando incluso granadas.
Nos estaban orillando contra el acantilado y nosotros apenas podíamos hacer algo, salvo devolver el fuego y, con suerte, cegar la vida de algún idiota que asomara demasiado la cabeza.
— Me queda un cargador... —comentó Karl, golpeando el último en su cinturón con el vacío.
— Pero tenemos granadas —respondí, bombeando mi escopeta y revisando el cartucho que sobresalía de la recámara—. ¿Cuántas robaste?
— Cinco —señaló con los dedos, esbozando aquella sonrisa sucia y confiada que tanto asco me llegaba a causar.
Cinco granadas más la que ya teníamos...
Volar aquella puerta acorazada iba a requerir la mayoría de ellas, por no decir todas.
Usarlas ahora no era opción; incluso si lográramos robar algunas más de los cadáveres...
"¡BOOM!" Fragmentos de roca volaron sobre nuestras cabezas, llenando el aire salobre con el hedor característico de la tierra y el pedregullo quemado.
Karl apenas se inmutó, moviendo sus maltratadas orejas como si la explosión hubiera traído moscas a las cuales ahuyentar. Mientras que yo, simplemente me maldecía en silencio por haber salvado al desplumado felino que tantos males me había causado.
— ¿Algún plan, rojita? —se atrevió a preguntar el muy inútil, rascándose descaradamente la entrepierna.
¡¿Hasta en combate se excitaba el desgraciado?!
— Estaba pensando en dejarte aquí para morir... —confesé, intentando asomar la cabeza por sobre la roca que aún nos cubría.
"¡Pafff...!" Un fogonazo, seguido de un chispazo a menos de un metro de mi nariz, me hizo retroceder.
— Pero te necesito vivo... —agregué tras chasquear la lengua.
Ni siquiera sonrió. Simplemente movió las orejas, como si mis palabras fueran de su agrado. Se recostó contra la piedra, llevándose el arma al pecho, respirando profundo el salitroso humo que escapaba del cañón.
— Correré en diagonal, en dirección a la entrada a las trincheras —dijo, volviendo su cabeza hacia mí. Sus ojos bien abiertos y sus pupilas contraídas—. Los distraeré. Tú mueve ese obsceno culo y rodea el acantilado.
— ¿Vas a arriesgarte? ¿En serio? —Aunque se bañara y se arreglara el pelaje, no lo iba a dejar tenerme—. Dame las granadas, entonces. Volaré esa puerta. ¿Qué vas a hacer luego?
— Sobrevivir —afirmó con una sonrisa escalofriante, entregándome las granadas con un gesto bruto. Luego se volvió hacia la esquina de la roca—. Si muero, quiero que sepas que lo hice con el recuerdo de mi hocico entre tus nalgas.
¡Qué asco! ¡Menudo idiota! ¡¿Por qué demonios lo dejé hacer eso en su momento...?!
Cigarros... ¡Malditos cigarros y su placer acre...!
— ¡Échate a correr de una vez, idiota! —bramé, preparada para darle una patada con la suela en su desnutrido culo—. Aguantaré la puerta, pero no pienses que te esperaré.
— Esas palabras... —murmuró, ya agazapado, sosteniendo su arma con ambas manos, listo para correr—. ¡Me ponen durísimo! —exclamó con toda su alma, saltando al pedregullo como un animal salvaje.
"¡Prrartatata...!" Su rostro se iluminó tras los primeros fogonazos, comenzando a correr hacia las primeras rocas capaces de cubrirlo, unos pocos metros más adelante.
De inmediato, toda la atención de los imperiales pareció concentrarse en el felinido de tres piernas y arma automática, atravesando la campiña de Azga al son de la pólvora quemada y los relámpagos.
Se movió cual fantasma entre ruinas, desapareciendo apenas la tormenta reafirmó su presencia, mostrando truenos y relámpagos que parecían romper tierra y mar en un parpadeo.
Apenas la ceguera pasó, giré la cabeza hacia el acantilado, sintiendo con más claridad las olas romper contra él... y mi cuerpo caer presa de su infinita oscuridad. Mi estómago se retorció y las náuseas casi me hicieron devolver comida que no recordaba haber tragado.
Enormes siluetas rompían el firmamento oscuro... Colosos de acero, viejos, titanes de una era pasada.
Sus chimeneas altas y cascos robustos, visibles por unos instantes tras cada destello en el cielo.
La tormenta acalló y el susurro de las bocinas, graves y guturales como el llanto de un leviatán marino, atravesó mis oídos... y los de todos, con total seguridad.
Se acercaban lento. Depredadores del mar, confiados frente a sus presas indefensas.
— El remanente de la Flota de Ymir... —logré susurrar, secándome los ojos con mi brazo embarrado.
La Flota de Ymir había llegado, y con ella... sus cañones.
"¡VHRRROOUUM... VHRRROOUUM...!" Dos destellos de luz delataron la figura alargada del primer buque, seguido de una segunda andanada desde la torreta de popa.
Navíos más pequeños debían escoltar a sus hermanos mayores; sin embargo, la distancia era tal que ninguna de sus armas tenía alcance.
Esperé... esperé el impacto, los estruendos colosales que tales armas debían poder propinar a una fortaleza como Azga.
Nunca llegaron.
La Fortaleza de Azga entró en alarma. Sirenas comenzaron a sonar, los cañones a lo largo de la muralla costera abrieron fuego; incluso la infantería, antes envalentonada para darnos caza, pareció retroceder.
Creí ver a Karl correr ladera arriba, cubriéndose de roca en roca, maldiciendo a los imperiales que, pese a todo, parecían mantener su concentración en él.
En pocos segundos, la mitad de los reflectores que alumbraban la planicie rocosa se apagaron, y con ellos, el fuego sobre mí cesó.
La oscuridad me cubría de nuevo...
Agarré la escopeta, bombeándola otra vez, convenciéndome de que el cartucho que sobresalía de la recámara no era una ilusión, y me levanté, con las piernas temblando igual que mi mandíbula.
Sentí el frío calar mis huesos, erizándome la piel a la vez que la lluvia parecía escarchar mi ropa.
Comencé a moverme. Levanté el cañón, apunté a las sombras, las evalué.
¿Era Karl? ¿Vicka? ¿Linus siquiera?
No... eran perros rabiosos que, al menor signo de debilidad, se abalanzarían sobre mí para arrancarme la ropa.
Disparé. El primero cayó, sosteniendo su antebrazo.
Bombeé y salté sobre un pequeño saliente entre las rocas.
Vi las entrañas del acantilado por un instante. Las olas lo azotaban, volviéndose una espuma blanca, densa como el mejunje de fluidos que más de una vez escapó entre mis labios resecos...
Seguí avanzando. La silueta negra de la muralla aún me parecía colosal.
Los años no habían pasado para ella.
Seguía siendo pequeña, incluso para los soldados que, exaltados, corrían sobre ella, gritando y recibiendo órdenes sin dejar de apretar el gatillo.
"¡Pafff–Chick–Chack...!" Apenas sentí la culata morder mi hombro.
Mi cuerpo se movía solo y mi voz, apresada por toneladas de tierra y pólvora quemada, se volvió el primer grito que destruiría la Fortaleza de Azga entera.
— ¡No me toques, zorra! —escupí, y de un culatazo en la mejilla derribé a alguien para, acto seguido, ensartarle la bayoneta en el pectoral.
Luché para metérsela tan fuerte que mis gritos y los suyos se mezclaron en uno solo, convirtiéndose, tras una exasperante lucha, en un vago recuerdo que recorrió mi piel como las gotas en mi uniforme.
Arranqué la bayoneta con un simple movimiento de palanca, y la sangre se diluyó con la lluvia, limpiando la hoja de acero hasta dejarla pulcra...
No me detuve a apreciar el cuerpo espasmódico.
Seguí moviéndome, esta vez con un poco más de lucidez, la justa para distinguir la silueta de Karl disparando a pocos metros de la entrada a las trincheras.
No distinguía si estaba herido, pero sabía que estaba insultando como Eira... o peor.
Sonreí, y tras avanzar una decena de metros, un puesto de guardia me recibió: una caseta de piedra y madera, donde un reflector roto apuntaba hacia la nada.
Cristales aún yacían esparcidos entre el pedregullo.
— ¡Órdenes! —exclamó con acento cerrado el imperial de guardia, saliendo como una sombra de su escondite.
Tenía la mirada dividida entre la muralla y el acantilado.
Señalaba con frenesí el horizonte, donde la flota, imperturbable incluso en tormenta, intercambiaba salvas con lo que parecía ser una flotilla de destructores imperiales.
—¡Eric, necesito or...! ¡OOHGGggg...! —El filo de mi bayoneta recorrió su piel desde la clavícula hasta el maxilar, disparando un chorro de sangre.
Un orgasmo de sangre...
Cayó de rodillas, ahogándose en su propia desesperación, apretándose con ambas manos, soltando arcadas llenas de sangre y saliva.
Su cuerpo se apagó, cayendo en un sueño eterno tras sus retorcidos espasmos.
El cielo se iluminó por un instante, delatando mi presencia frente a la muralla.
Los imperiales me vieron, sus ojos como cascadas de agua.
Su compañero yacía a mis pies, su sangre alejándose en un fino hilo que recorría las hendiduras de las rocas.
— ¡¡¡No se queden viendo, inútiles!!! —clamó un oficial de larga melena blanca, apuntando su pistola hacia mí—. ¡Abran fuego!
Corrí. Corrí todo lo rápido que pude, intentando pegarme a la muralla como si esta pudiera proveerme cobijo ante las decenas de balas.
"¡Pafff–Chick–Chack...!" Disparé mi escopeta, impactando a uno de los imperiales que permanecía de espaldas a mí, suprimiendo la posición de Karl con su ametralladora de aspecto tosco.
Su compañero, aún con la mente aturdida por sostener la cinta de munición, levantó la cabeza y, sin parpadear, desenfundó un revólver.
"¡Pafff–Pafff–Pafff!" Tres disparos desesperados; ninguno me hizo sucumbir.
Otro imperial apareció desde uno de mis puntos ciegos: un autómata de metal, casi de mi altura.
Cada paso suyo parecía dejar un rastro de óxido proveniente del pasillo donde aguardaba la puerta acorazada.
Aquel hombre sostenía una pequeña escopeta de dos cañones en una mano y una maza de metal en la otra.
El niñato que sostenía el revólver palideció ante él.
Tomó a su compañero moribundo y lo arrastró lejos.
"¡Pafff... FSSHHH—ZING!"
Una bala zumbó junto a mi oreja, impactando a centímetros de mis pies.
Parte de la muralla me daba caza, y el autómata frente a mí parecía babear por mi cuerpo debajo de su máscara de metal.
— ¿¡Tanto metal para tan poca carne!? —pregunté, lanzándome hacia él. No podía olvidar mi propósito.
— Me he tirado a zorras más grandes que tú... —respondió, su voz grave atenuada por el metal.
Ambos levantamos nuestras armas, dispuestos a dejarnos la piel en esto.
Él apuntó desde la cadera, adelantando el brazo con la escopeta mientras parecía resguardar su maza para rematarme.
Su armadura brilló como el filo de mi bayoneta cuando la bajé hacia su abdomen.
Agaché la cabeza, presumiendo mis cuernos, lista para golpearlo desde abajo, fuera con la hoja o con mi propio cuerpo.
Vi su dedo moverse a través del guante de cuero.
"¡¡¡Pafff!!!"
Parpadeamos. El estruendo recorrió el suelo cuando ambos gatillos fueron jalados.
Exhalé, aceptando lo que fuera a venir.
Pedregullo voló a mis pies, perdigones entremezclados con la tierra.
— ¡¡¡AAAaaaahhhhhggg!!! —rugí, dejando que la adrenalina fluyera con cada paso.
No hubo dolor inmediato, pero la suerte y la esperanza no eran hermanas. Ambos lo sabíamos.
Él retrocedió primero, girando su cuerpo hacia un lado, flexionando el otro brazo como si fuera un resorte.
Soltó la escopeta y yo lancé una estocada con la mía.
Nuestras miradas se cruzaron, el aire se volvió denso, mi corazón se detuvo un segundo, y de repente lo sentí...
El frígido metal sobre mi espalda, el hombro ardiendo, y mis manos entumecidas empujando la escopeta con una fuerza que no concebí posible.
Había atravesado el abdomen del autómata, la hoja deslizada entre las placas mal solapadas de su armadura.
Nada acabó ahí...
Aproveché el momento —ese instante de adrenalina pura— para tomar las granadas atadas a mi cinturón.
Solté la escopeta por un segundo, instante que el autómata, aún jadeante, intentó utilizar para retroceder, lanzando un nuevo golpe con su maza.
Erró. No pudo flexionarse lo suficiente como para atinarme al pecho.
Arranqué el seguro de varias granadas y tiré de la diminuta cuerda.
Tomé la escopeta por la culata con una mano y, con la otra, le regalé el paquete explosivo.
El imbécil lo sostuvo, aturdido por el dolor extremo y la pérdida de sangre.
— Apenas lo sentí... ¡Idiota! —bramé, y de inmediato le pegué una patada en el pecho.
Sentí crujir la suela sobre el metal y tiré hacia mí con todas mis fuerzas, arrancando la bayoneta mientras su armadura chirriaba como una tumba oxidada.
Trastabilló tras dar unos pocos pasos dentro del túnel, cayendo de espaldas a centímetros de la puerta.
Me cubrí con la muralla, y en cuestión de instantes:
"¡BOOM!"
El suelo se sacudió junto a la muralla misma.
Humo gris escapó desde el túnel, fundiéndose con el agua de la lluvia, diluyéndose como el recuerdo oxidado de aquel autómata de metal.
El combate pareció detenerse justo cuando el humo comenzaba a desvanecerse y mis oídos, embotados por la explosión, me permitieron recuperar el equilibrio.
Decenas de imperiales voltearon sus cabezas hacia mí, cada uno más aterrado y confundido mientras más alejados de la fortaleza estaban...
Tragué saliva como gesto de sorpresa y, rompiendo el mutismo, me lancé entre insultos hacia el túnel calcinado.
La puerta acorazada se había doblado hacia adentro, sus bisagras destruidas, y parte de la pared de alrededor agrietada entre tinturas negras.
Había una tronera en el techo, reventada también, su metal ennegrecido y doblado por la sobrepresión.
Si había alguien detrás de ella al momento de la explosión... ya no lo estaba.
Puse pies en la fortaleza, permitiéndome descansar unos segundos, lanzando erráticas miradas hacia la puerta y al pasillo que, metros más adelante, parecía volverse una escalera donde sombras se movían como ecos de un pasado oscuro.
Las vi deformarse en los techos y paredes grises, llenas de marcas de disparos y explosiones...
Rastros de combates pasados, cicatrices que las gruesas capas de pintura no podían ocultar.
— ¡Muevan las municiones al ascensor! —El eco de un grito atravesó el pasillo, seguido de otros que solo delataban más el frenetismo que consumía a la fortaleza.
— ¡Sargento, el generador tres ha dejado de funcionar! —informó con voz reseca un joven, resoplando como seguramente lo hacía su querido generador—. ¡El vapor se filtró al sistema de refrigeración, tenemos que desarmarlo!
— ¡Hans! —clamó otra voz instantes antes de que comenzara a moverme por el pasillo—. ¡Hans, hay acorazados a quince kilómetros y tres de nuestros destructores están atascados en las esclusas inferiores!
Al parecer, la Fortaleza de Azga, casi impenetrable desde el exterior, caía ladrillo a ladrillo desde adentro.
Antes de avanzar, revisé que no tuviera los pechos al aire y que la sangre que corría desde uno de mis muslos fuera el milagro indoloro de un nuevo período... y no un perdigón, recuerdo del autómata de metal.
A varios metros a mi espalda, sus restos: un revoltijo de metal fundido con la carne de quien una vez le dio vida.
Crucé el pasillo lo más rápido que pude, bajando los escalones de piedra desgastada, cuidándome de no tropezar o ser tomada por sorpresa.
Nadie pareció seguirme desde el exterior.
Karl debía seguir con vida...
Mi corazón se contrajo cuando pensé en ello, pero mi cuerpo, recordando aún sus caricias sucias, se estremeció, alentándome a seguir bajando.
Una sala extensa me recibió tras dejar las escaleras.
Cajas y paredes de madera dividían el espacio en secciones más pequeñas.
Pasillos amplios se extendían en dirección al corazón de la fortaleza, y soldados agotados corrían de un lado a otro mientras las luces amarillentas titilaban tras cada descarga de artillería.
No dudé en guardar silencio.
Disparar sería mi sentencia, y no era tan estúpida como para hacerlo.
Tenía una promesa con Linus...
— Más te vale seguir vivo... lobito —susurré casi sin voz, agazapada, oculta tras unas cajas.
Confiaba en él. Linus no era un novato: había demostrado lucidez y valentía en nuestro primer combate, aunque los recuerdos de verlo exigiendo órdenes mientras montábamos la ametralladora me acariciaron el corazón.
Noté apenas un ligero calor recorrer mi cuerpo, y mi boca se hizo agua cuando percibí que mi lengua rememoraba los caramelos de miel que él tanto se había esforzado en darme.
El 602º definitivamente no era su lugar...
Aunque tampoco podía confiar en que el ejército regular lo fuera.
Intenté seguir escurriéndome entre las paredes endebles, cuidando que mi sombra robusta y mis grandes cuernos no me delataran incluso a través de las maderas.
Esperé a la siguiente descarga de artillería... apenas sentí que todo comenzó a temblar, y que el techo mismo exhaló polvo, ingresé a uno de los pasillos.
Una serie de carteles sencillos, escritos en la Lengua del Norte, me sirvieron de guía durante la infiltración.
Avancé todo lo que pude, escondiéndome donde fuera posible para no ser vista.
Si no habían informado ya de la brecha en las defensas que significaba la puerta acorazada destruida, pronto lo harían.
No podía quedarme en la zona...
— Vamos, vamos... —me decía a mí misma cada vez que sentía que me iba a perder—. ¡Portón Principal... sí! —vitoreé en silencio al llegar a una intersección en T, donde unas letras rojas en la Lengua del Imperio, junto a una flecha tosca, marcaban mi camino.
Seguí los carteles y las flechas, esquivando a los desesperados imperiales que, entre gritos y el caos vaporoso que engullía la fortaleza, parecían estar cada vez más perdidos...
Choqué con unos pocos, sueltos como animales sudorosos descarriados.
No fueron problema para mi bayoneta y mis puños.
— ¡Aagggghhh! —El imperial se resistió, arañándome las muñecas, intentando clavar sus uñas en mi piel, produciéndome un cosquilleo insignificante mientras lo sofocaba con ambas manos.
Apreté. Hundí los dedos en su tráquea, sintiendo la adrenalina del momento.
Sus ojos querían saltar de sus cuencas ojerosas mientras, segundo a segundo, sucumbía ante la falta de aire.
"¡Crack!" Su cuello se dobló, dejando de luchar de repente.
Lo solté, dejándolo caer al suelo como una alfombra vieja.
Me volví hacia el cadáver de su compañera: una elfa de vestimentas rojizas extrañas y cetro artesanal, voluptuosa como pocas, con la mirada vacía clavada entre sus propias piernas.
Tomé la culata de mi escopeta y, sin decoro alguno, arranqué la hoja de acero de su vientre, dejando que la herida supurara líquido carmesí.
— Eras preciosa, linda —confesé con una media sonrisa, volviéndome hacia una puerta acorazada entreabierta, la misma por la cual ambos habían intentado ingresar segundos antes—. Pero con rezos no se llega a ningún sitio...
Abandoné ambos cuerpos en medio del pasillo.
Ya no importaba esconderlos.
El rastro de sangre se extendía a mi espalda.
Decenas de cuerpos decoraban los pasillos como migas de pan en un bosque de cemento neblinoso.
Las luces comenzaron a parpadear a medida que atravesaba el pasillo.
Apenas me quedaban cartuchos y la bayoneta parecía doblarse más con cada penetración...
No duraría demasiado tiempo.
Asentí para mis adentros y de inmediato extendí el brazo hacia la puerta acorazada, empujándola con un chirrido oxidado.
Levanté la mirada. Una escalera de mano, oscura y angosta, me recibió.
Gritos provenían de mi espalda.
Alarmas sonaban, y cada vez más soldados aparecían desde las esquinas, cargando armas pesadas y materiales para barricadas...
Miré de reojo el pasillo.
Este, aunque angosto donde estaba yo —menos de tres metros de ancho—, se abría como un embudo frente al Portón Principal, creando un patio techado incluso más grande que el de la prisión donde estuve una vez.
— El 602º no tiene poder de fuego para siquiera mellar el portón... —No había suficientes granadas entre todos para intentarlo siquiera.
¿Los regulares, tal vez...?
Eso ya no me importaba.
Iba a hacer mi trabajo...
Crucé la puerta acorazada y, sin enfrentar aún la oscuridad de la escalera, la sellé.
Las bisagras oxidadas chirriaron conforme empujé la hoja hasta cerrarla.
A través de la rendija de tiro, logré ver a los imperiales atravesar el pasillo, angustiados al ver los cadáveres, informando de inmediato a sus superiores.
Di la vuelta sobre mi talón y, de inmediato, comencé a subir la escalera.
Ya no necesitaba revisar nada.
Tenía la escopeta cargada, el uniforme no tan desgarrado, y la mente en lo que tenía que hacer.
La lluvia volvió a mojarme apenas alcancé la cima.
Las nubes negras, el viento arrancándome el miedo a la muerte, mientras los truenos y la artillería azotaban el campo de batalla en todas direcciones.
Pequeñas almenas de cemento decoraban casi toda la muralla.
Ametralladoras, reflectores y cañones barrían las trincheras.
Imperiales dirigían el ritmo de la orquesta, mientras casquillos de todos los calibres golpeaban el suelo, inundando el aire con su hedor a pólvora quemada.
Oía los gritos de ambos bandos, las balas volando en todas direcciones, impactando en las almenas y la muralla.
Parecía que ya estábamos a las puertas.
Lo confirmé incluso sin asomarme: cada relámpago que rompía el cielo revelaba una oleada de soldados desde la trinchera madre, a medio kilómetro.
— Ahí viene la caballería —susurré con una sonrisa mordaz—. Ladrones de gloria...
"¡VHRRROOUUM... VHRRROOUUM...!"
Y los titanes del mar dieron sentencia.
Me di la vuelta, el viento golpeando mi cara, purgándome de toda suciedad antes del juicio final.
"¡VHRRROOUUM... VHRRROOUUM... VHRRROOUUM...!"
Incluso sin distinguirlos en el horizonte negro, creía ver sus colosales siluetas alargadas aparecer en el firmamento...
— Con lo que me costó llegar hasta aquí... y ustedes —resoplé, mordiéndome el labio mientras el cielo se dividía en franjas desde el horizonte—. Simplemente me robaron el momento...