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Humo y Cenizas (Ragna)

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

"¡Pafff...!"

Crucé mirada con ella un segundo antes de que aquel bastardo, cubierto por el medio muro alrededor de la escalera, le disparara.

— Vicka... —susurré, perdiendo el aliento, ahogándome en la impotencia de verla caer a no más de diez metros de mí—. ¡¡¡Hijo de perra!!! —bramé y con mi grito me abalancé contra él.

No podía dejarlo vivo, no a él.

Le habían dado a Vicka.

Lo vi... había visto su rostro, el fogonazo, el rifle ¡Todo! ¡Lo había visto todo!

¡No podía dejarlo vivir!

Arranqué el cemento del suelo con mis botas, gritando todo lo que tenía adentro: una fuente infinita de ira y desesperación.

Atravesé el techo en cuestión de segundos. Pateé los cadáveres a mi paso, pisé la sangre de todos, levantándola en hilos negruzcos incapaces de diluirse con la lluvia.

Levanté la bayoneta de la escopeta y con el mayor grito que pude soltar en mi vida, lo ensarté por la mandíbula, viendo sus ojos cafés parpadear y su boca abrirse y cerrarse de forma errática.

La bayoneta lo atravesó de lado a lado, la punta sobresaliendo de su cráneo como una aguja sanguinolenta de metal deforme.

— ¡Tienes suerte que de no te la arranque y la tire por el acantilado! —exclamé, moviendo la hoja de metal en su cabeza, revolviendo sus sesos; disfrutando al verlo convulsionar frente a mis ojos.

Nada había acabado ahí.

Con la bayoneta aprisionando su cabeza, rindiendo su cuerpo hacia mí, no lo pensé dos veces y sin vacilar, jalé el gatillo.

"¡Pafff!" Un estallido rápido, cárnico, seguido por el demencial culatazo al aire que casi me hizo soltar el arma.

La escalera fue envuelta en una densa nube roja donde el hedor a carne quemada y los fragmentos de hueso se hacían uno con el aire.

Mi cuerpo se llenó de sangre y pedazos blancos. Escupí de inmediato, no quería tragarme a ese bastardo...

Su cuerpo cayó de espaldas, comenzando a supurar líquidos cual canilla abierta.

"¡Chick-Chack!" El cartucho quemado escapó de la recamara, rebotando en el suelo mojado hasta perderse. No aparté la mirada del cuerpo hasta pasados unos segundos, disfrutando con toda la culpa del mundo, de ver el aquel hijo de perra cobarde perder la cabeza por mí.

— Por Vicka... —susurré, alejándome hacia la escalera, rodeándola, apuntando en todas direcciones, no quería más sorpresas.

El techo de la muralla estaba lleno de cuerpo y escombros. Los acorazados habían barrido con un tercio del suelo bajo mis pies. Cada paso era un crujido rocoso y una grieta que se hacía más grande. Las pocas posiciones fortificadas, inexistentes luego de que ser barridas y sus cañones colapsar hacia el interior de la fortaleza.

Respiré hondo, intentando interiorizar lo que había sucedido, pero me fue imposible no atragantarme con la realidad.

No me permití cerrar los ojos al llegar a la esquina de la escalera y voltear hacia ellos...

Linus, empapado, con su cuerpo medio arqueado sobre ella, intentaba, con una mezcla de desesperación y cuidado, arreglar las pestañas de Vicka. Sus dedos huesudos y peludos recorrían las finas hebras negras, intentando levantarlas, aunque el peso de una única gota era capaz de deshacer todo su esfuerzo.

Él no decía nada, solo miraba fijamente a Vicka reposar torpemente sobre sus piernas.

Intenté, quise decir algo, pero mi voz, así como mis manos se congelaron.

Quizas fue el viento salobre que oxidó mis articulaciones, o el frio que venía desde el mar el que no me dejó balbucear nada.

El combate no se detuvo, la guerra seguía a nuestro alrededor, pero ninguno de los dos le prestó atención.

Ninguna explosión o silbato iba a traerla de vuelta.

Una bala y dejé de sonreír...

Segundos pasaron... luego minutos y quién sabe si no horas enteras contemplándola descansar.

Linus le cerró su precioso ojo en un momento y luego de ofrecerle un último abrazo, la tomó en brazos y comenzó a subir con mucha dificultad los escalones restantes.

Lo dejé pasar y él siguió caminando con su espalda erguida y su cola muerta, colgando como una esponja mojada desde su espalda baja. Apenas alcanzó un pequeño murito, se agachó para dejar a Vicka en el suelo. Su cuerpo no ofreció resistencia y quedó allí cual estatua, una enorme mancha de sangre pintaba su pecho...

— No hay más órdenes... —murmuró Linus, levantándose, mirándome apenas por encima de su hombro—. Al final era suerte sí. Tenías razón... —afirmó, su voz atravesada por el llanto, apretando las manos, en una de ellas un revolver.

— Fue rápido, Linus. No sufrió —afirmé, dirigiendo mis ojos a Vicka.

El viento mecía su ropa, la tela blanca se volvía translucida y las vendas —ahora ensangrentadas— con las que se cubría los pechos se hacían visibles.

Linus no ignoró aquel hecho y con un movimiento casi inconsciente, se quitó su chaqueta embarrada, cubriendo a Vicka con ella. Luego se volvió hacia mí, su rostro caído y su hocico temblando, incapaz de controlarse ya.

— Fue un instante, ella me pidió subir. No lo pensé demasiado... ella llevaba el revólver... —relató como si la culpa fuera suya—. Ludvig también murió, seguí corriendo, tirado por Vicka... solo Eira se quedó atrás y yo... yo...

— Tarde o temprano les iba a tocar, así es y será siempre —dije, incapaz de consolarlo cómo él merecía. Me acerqué al cuerpo de Vicka y me arrodillé junto a ella, intentando ofrecerle una sonrisa, aunque fuera forzada.

No me respondió y ese fue mi mayor consuelo. Vicka ya no estaba en este lugar lleno de mierda y cuerpos, estaba más allá, en el paraíso lejano, el único lugar en el que realmente merecía estar.

— Si la Diosa es benevolente... —me atreví a preguntar, aunque fuera una falta de respeto—. ¿Por qué no hace vivir esto? ¿Por qué a ella...? ¿Por qué nos abandonó?

¿Por qué me dejó a la deriva hace tantos años? ¿Por qué me permitió creerme que esto era normal?

— Lo mismo he llegado a preguntarme desde que me alisté; por qué —respondió, metiendo su mano dentro de su maltratada camisa, sacando la bandera desteñida del batallón, dejándola colgar en su mano—. Dicen que la Diosa, la mismísima Diosa del Frio, nos prueba a todos... Pero no sé qué tanto de ello es verdad...

— ¿Estás perdiendo la fe? —No quería que él la perdiera, su fe y convicción son su esencia.

Mi espejo roto, aquel que, con solo estar y mirarme, me había hecho sentir llena.

Y si él también se rompía... ¿Qué iba a quedar de mí?

— No... —movió su cabeza, arrugando la tela en su mano, viéndola como si en ella, en sus colores desteñidos y leyendas borradas, hubiera alguna certeza—. No lo sé realmente. Pero si nos está probando, me pregunto cual será nuestra recompensa...

— Si es que la hay... —agregué, chasqueando la lengua para luego resoplar—. Vicka no era creyente, pero estoy segura de que tras todo esto... hubiera deseado poder cocinarles a todos. Allí donde esté, espero que pueda seguir sonriendo... porque yo ya no puedo... —confesé y mis ojos se llenaron de lágrimas.

No pude controlarlo más.

Simplemente fluyó.

Tomé la mano fría de Vicka y la apreté, intentando sentir, aunque fuera un poco de su consuelo. Pero no hubo nada, no hubo respuesta, solo el viento salobre irritando mis ojos y el eterno silencio de Vicka ante mis lágrimas...

Una serie de aullidos lejanos provenientes del mar dio aviso que los titanes habían dado por finalizada su cacería.

Sus colosales siluetas de metal aguardaban en el firmamento, resguardando que su presa fuera carcomida por miles de hormigas que, hambrientas, recorrían sus decadentes venas entre gritos, disparos y explosiones.

La batalla por la Fortaleza de Azga parecía estar llegando a su ocaso... pero no todos podrían ver el nuevo amanecer...

Aguardé junto a Linus, esperando que esto terminara de una maldita vez, que la tormenta por fin pasara y que el sol, aunque oculto entre las nubes, nos abrazara con su luz, aunque fuera solo una mentira.

— ¿Crees que hay vida después de la muerte...? —la pregunta me sacó de lugar, y de inmediato volteé la cabeza para verlo—. ¿No sería ese un hermoso consuelo para nosotros...? —prosiguió con la mirada perdida en el horizonte lejano.

Mi cerebro se bloqueó por un instante y no pude responderle, no de inmediato.

Asintió y bajó el hocico, buscando sentarse a mi lado. Apoyó sus peludas manos primero y luego se dejó caer con todo el cansancio del mundo.

Olía raro, ambos olíamos fatal, pero ninguno levantó la voz para mencionarlo.

— Si hubiera vida después de la muerte... —intenté responder con el tono más lucido posible—. Me gustaría creer que, en esta vida, estoy gastando toda la mala suerte de la siguiente. Esa sería la única razón para pensar así. No me voy a tirar la bandera encima, todos aquí en algún punto tuvimos una vida de mierda.

— La única razón para terminar en el 602º... —bromeó él, permitiéndose relamerse la nariz.

Observé su gesto con cierta fascinación. Su lengua larga, capaz de rodear su hocico de lado a lado, y yo siquiera podía tocarme la nariz...

— Ragna... no —murmuró con tono cortante, levantando una ceja a modo de reproche.

— Yo solo pensaba que esa lengua tuya es muy larga... nada más... —me defendí, encogiéndome de hombros—. Una vez estuve con un lupino, era bueno, algo impulsivo, quizás dominante. No conecté con él, no hubo chispa.

— ¿Tienes a Vicka muerta a tu lado y te pones hablar de sexo...? ¿En serio? —Su acusación sonó seria, pero no pareció darle demasiada importancia—. Lo que hace el 602º a las personas... —bufó, extendiendo disimuladamente su mano hacia mi pierna.

Dejé su mano allí, inmóvil sobre mi muslo. Intuía que no se atrevería a moverla al interior de mi pierna.

— ¿Quieres seguir lo que dejamos a medias ayer en la mañana? —levanté ambas cejas, volteando mi cabeza hacia él con un tono juguetón.

De repente apretó mi pierna, sus garras atravesando la tela húmeda de mi pantalón a la vez que sus orejas se erguían de golpe.

Miró en todas direcciones, agitado, a punto de levantarse de un salto.

— ¡¿Qué sucede?! —No tardé en ponerme a su lado, tomando la escopeta ya sin balas, dando con ella un tajo amplio para limpiar la bayoneta.

— Están volviendo... —susurró y sin mediar palabra, se volvió hacia el acantilado, donde el mar embarbecido golpeaba los cascos medio hundidos de varios destructores.

Las llamas prevalecían sobre el acero aun cuando el agua salada las cubría sin clemencia.

La tormenta pareció querer amainar lo justo para evidenciar los primeros tonos amarillentos del amanecer bajo el cielo ennegrecido.

El horizonte se partía en tres: el mar, el amanecer como división y las nubes de tormenta... y en el medio, columnas negras que lejos de desaparecer, parecían acercarse.

Esta vez no hubo bocinas ni advertencia... La Flota de Ymir volvía por algún motivo y podía jurarle a quien fuera que sus colosales cañones abrirían fuego en cualquier momento.

— ¡Tomamos la fortaleza! ¡¿Por qué están volviendo?! —grité, y de inmediato miré hacia atrás, donde las trincheras parecían volver a dormitar y la artillería había dejado de caer.

No traen refuerzos. No traen ayuda. Entonces... ¿qué traen?

— ¡No sé! —exclamó él, comenzando a morderse el labio, rascándose la cabeza con demasiada fuerza—. Algo habrá salido mal, una negociación, una rendición fallida ¡Algo que dio la orden para que tuvieran que volver!

— ¡No puedo apuñalar a un acorazado con mi bayoneta! —exclamé, apretando hasta hacer crujir el cuerpo de madera de la escopeta— Tomaré a Vicka y saldremos de aquí. No esperaré con las piernas abiertas que un cañón así intente darme.

— ¡No podemos dejar que sigan destruyendo la fortaleza! —replicó él, tomándome del brazo, torciendo su cabeza—. ¡Vicka murió por esta fortaleza! Ludvig también, aunque fuera un bastardo violento, incluso Eira sino es que está con los pechos al aire lloriqueando por atención...

No era momento de ser un héroe. Si ellos murieron, lo hicieron porque algún condenado con buen comer nos mandó aquí; Vicka al menos no lo hizo porque se levantó con ganas de recibir un disparo al pecho.

— Linus, no hay forma de pararlos —expliqué con apuro, intentando zafarme de su agarre sin lastimarlo—. Son nuestros, no les vas a disparar con un cañón costero ¡¿Acaso sabes disparar un cañón de 140mm?!

— ¡Me niego a que esas muertes sean en vano! —gritó desde la garganta, soltándome, pero al mismo tiempo rogándome con la mirada que no me alejara.

¿Cómo uno podía responder a eso? Era la cosa más estúpida y delirante que había odio en mi vida... sin embargo era honesta y pura hasta la medula.

Volteé por un instante hacia Vicka.

Su cuerpo rígido, inmóvil como los escombros de alrededor... Sería arriesgarnos y ellos quizás ni supieran qué estábamos haciendo. Tampoco me planteé qué diría ella en estas situaciones; Ludvig haría lo que le mandaran desde arriba, Eira si estuviera aquí diría que me encamara con Linus o con ella sino había otra opción...

— Hondearé la bandera del batallón hasta que se me caigan los brazos —afirmó él, comenzando a caminar hacia la escalera donde desapareció por unos instantes, volviendo con el rifle embarrado de Vicka.

Ató la bandera al cañón y luego la extendió como una espada, escurriendo toda el agua de la tela frente a mis ojos.

— ¡Estás loco, Linus! —Intenté tomarlo del hombro y tirarlo hacia mí—. ¿Vas a quedar ondeando ese pedazo de tela para detener a la flota? Antes me tiro al mar y dejo que la marina me use de boya, antes de dejar que te vean haciendo eso... ¡Yo valgo más contigo vivo que esta maldita fortaleza con mil muertos!

— Entonces quédate conmigo —dijo, bajando su tono hasta volverlo casi confesional.

Sacudió la bandera por última vez, mirándome en todo momento.

Sus palabras resonaron en mi cabeza lo suficiente como para sacarme un gruñido ahogado.

La flota se seguía acercando, maniobrando lentamente, mostrándonos su cinturón lleno de cañones. Linus no le dio importancia o más bien, prefirió ignorarlo. Veía sus orejas moverse con el viento, atentas al horizonte como si con ellas pudiera percibir los más sutiles sonidos de la centenaria maquinaria a vapor.

Me quedé mirándolo, sin atreverme a moverse.

Todo en mí gritaba que era absurdo.

Todo... menos mi corazón.

Levantó la bandera y sin vergüenza alguna, comenzó a ondearla con todas sus fuerzas hacia el horizonte. Los rayos del sol atravesaron el mar, iluminando el flacucho cuerpo de Linus, otorgándole un aura de divinidad que me impidió pensar más allá de él.

Sabía que corría más peligro quedándome que atravesando la fortaleza con Vicka en brazos; igualmente me quedé...

— Nos tienen que ver... deben vernos... —susurraba él, moviendo sus brazos de un lado al otro como miembros flácidos y húmedos—. ¡Tiene que vernos! ¡Véanme, hijos de perra! ¡VÉANME!

No se detuvo incluso cuando sus brazos parecieron comenzar a fallar y comenzó a ondear de forma errática la bandera.

Gritaba al acantilado cual fantástico ciego antes de un sacrificio ancestral.

Algo en mi quería creer que lo estaban viendo, que su voz, agitada y rasposa, alcanzaba a los vigías en las altas torres de mando.

Destellos de luz provenían de los cascos de los navíos mientras surcaban las aguas, dividiéndolas cual mesías profanos en camino a un milagro.

Los cañones comenzaron a girar, los aullidos de la maquinaria rebotando en ecos a través de los kilómetros. El humo negro de sus chimeneas se volvió cada vez más denso, elevándose al cielo, uniéndose con las nubes negras que aun hacían de techo al amanecer.

— ¡Vamos, que no me están viendo, ciegos! —exclamó, levantando más alto la bandera. Sus brazos temblando igual que su voz—. ¡No me digan que ahora son ciegos! ¡Cómo mierda le atinan a un barco a decena de kilómetros y no me ven a mí!

— ¡Arrrghhhhhh, Linus, te juro que te...! ¡Arrrghhhhhh! —Él era el hombre más idiota que había conocido en toda mi vida y, aun así, no podía dejarlo morir—. ¡Mas te vale agarrar esa bandera como te la agarras bajo el pantalón!

Me acerqué por su espalda, propinándole un abrazo, envolviéndolo por el pecho, comenzando a levantarlo, arqueando mi cuerpo hacia atrás.

Él muy idiota alcanzó a gritar como una niña cuando se vio separado del suelo, pero no tardó en entender mi gesto y, lanzándome un mudo "gracias", volvió a ondear la bandera con aún más fuerza.

Aleteó como una arpía aprendiendo a volar. La tela se meció de lado a lado, cubriéndonos por segundos.

Vicka yacía atrás, ajena al gesto, pero quería creer que, de haberlo visto, habría sonreído bobamente, animándonos a seguir...

Mi espalda baja comenzó a doler tras sostenerlo apenas unos segundos y mis brazos, acalambrados por todo el combate cuerpo a cuerpo que sostuve durante la madrugada, amenazaron con dejar caer a Linus. El dolor se canalizaba alrededor de mis caderas, ardiendo como un fuego controlado, extendiéndose lentamente por mi columna hasta por algún motivo, llegar a mis pulmones, comenzando a asfixiarme.

Si este era el último esfuerzo que haría en mi vida, al menos que fuera por el idiota más terco y valiente que conocí jamás...

— ¡Linus, vamos a morir! —insistí con mi voz ahogada y mis dientes apretados—. Lo sabes ¿No?

— ¡Lo supe desde que me metieron aquí! —aclaró él, luchando por realizar algún movimiento prolijo con la tela—. ¡No quiero morir... pero...! ¡Mierda, Ragna, te quiero, lo siento por meterte en esto...!

— ¡Idiota, no digas eso! —espeté, mi corazón latiendo cada vez más fuerte, desbordada de ansiedad—. ¡Me quedé porque también te quiero...! ¡No quiero que mueras solo...!

Yo no quería morir sola... Era egoísta, lo sabía, pero morir junto a quien me permitió verme y quererme de otra forma... era quizás lo más cercano a un funeral digno que tendría...

"¡¡¡BRUUUUUUUUUNNMMMMM...!!!" Por fin pude oír claramente las guturales bocinas de los barcos.

Los restos de la fortaleza junto al acantilado parecieron temblar, reverenciando nuevamente la presencia de la flota.

Aunque fueran remanentes, su presencia era imponente y la cercanía de no más de ocho o diez kilómetros, los hacía ver más atemorizantes. Aun así, Linus siguió gritando y yo... yo solo quería dejarme caer sobre el suelo fragmentado...

"¡¡¡BRUUUUUUUUUNNMMMMM...!!!" La flota volvió a aullar, sus cañones principales levantados y nosotros allí. Dos fantasmas de un batallón camino al olvido y una bandera que nunca supimos apreciar, pero que él, el nuevo chico abanderado, aquel al que me fue encomendado proteger... ahora levantaba entre el humo y ceniza de la batalla, haciendo de faro y testigo para los que una vez... fuimos olvidados por el mundo... 

 

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