El humo que escapaba de mis húmedos labios se mezclaba con el humo de la destrucción que me rodeaba y el hedor de la muerte, tras cada bocanada que le daba a aquel cigarro. Ya no lo sentía igual después de tanto tiempo en el 602º.
Le di una última calada y lo dejé caer en el barro. Las brasas chisporrotearon un segundo antes de apagarse, como estrellas muriendo en un cielo sin dioses.
Y entonces, el cielo mismo se desgarró con una bengala blanca, iluminando un mundo que ya no valía la pena ver. Aquel campo desolado, lleno de cadáveres y cráteres inundados de agua sucia y cuerpos a medio enterrar, se extendía ante mí. De vez en cuando, una explosión lejana hacía temblar el suelo, como si la tierra aún sufriera con cada impacto.
Resoplé ante aquel desolador y tan familiar panorama. El mundo entero parecía estar en su último aliento... y yo solo era otro testigo más.
Dejé mi posición sobre la trinchera, tomando mi escopeta mientras veía de reojo a Karl, el felínido desaliñado de orejas cortadas y cola peluda maltratada que aún no se había subido del todo el pantalón. Aquel bastardo aún sonreía mientras me veía irme.
— Un placer hacer negocios contigo, Karl... —afirmé con un sutil tono de sarcasmo, guiñándole un ojo.
— Ya sabes dónde encontrarme, "rojita" —dijo con orgullo, lanzándome un atrevido beso antes de voltearse hacia la trinchera y recostar su rifle una vez más, en guardia.
Simplemente lo ignoré, ya no tenía negocios con él. Aunque el cigarro no me supiera a nada, un poco de "movimiento" no me venía mal.
Con la escopeta al hombro, atravesé aquel hueco entre la tierra y la madera, esquivando a los desafortunados como yo que terminaban aquí. La trinchera era amplia por suerte. No quería que los demás tocaran mi cuerpo más de lo necesario. "La mercancía no se toca si no se va a comprar", esa era mi política. Y me aseguraba de que todos la respetaran.
Entre el barro, las ratas y los constantes ataques de los imperiales, ya había perdido la noción del tiempo. Sabía la fecha en la que vivía únicamente cuando venía aquel oficial de aspecto pulcro y sereno a decirnos cuándo sería el siguiente intento de ofensiva o cuándo se estipulaba que el Imperio se lanzaría contra nosotros.
De milagro, habíamos mantenido la línea en pie las últimas semanas. Sin embargo, las bajas en el último ataque habían acabado con muchos, y los "sacrificios" aún no llegaban. Tampoco teníamos luz eléctrica gracias a que los generadores alimentados por vapor, volaron por los aires tras al ultimo bombardeo imperial...
Me dejé caer en el primer espacio libre de la trinchera, hundiendo la cabeza en mi almohada de casquillos quemados. No era cómoda, pero al menos no apestaba a lodo podrido, sangre y sepa la Diosa qué más, como todo en este agujero.
Dormité lo que pude, entreabriendo un ojo cada vez que un ruido o un movimiento me advertía que alguien podía estar demasiado cerca. En este sitio, dormir con los dos ojos cerrados era una sentencia de muerte... o algo peor. No todos respetaban "mi política de mercado".
Cuando los rugidos de la artillería rompieron el silencio tras días de inactividad, me desperté con el corazón acelerado. Miré hacia el cielo y, por un instante, creí ver los obuses rasgando las nubes grises en dirección a las líneas imperiales... Recé en silencio para que la respuesta de ellos tardara más que unos minutos...
— ¡Rag! —El grito enfurecido de un hombre joven atravesó los pasillos de madera, despertando y poniendo en guardia a más de uno—. ¡Rag, ven de una maldita vez!
Desde mi espalda y haciendo crujir cada tablón de madera, nuestro comandante se acercaba con los ojos fijos en mí.
— ¡Señor! —Me erguí, sacando pecho y cerrándome un poco más el escote con una mano mientras saludaba con la otra—. ¿Qué puedo ofrecerle en esta "armoniosa mañana"?
El Comandante Ludvig, un hombre joven, apenas unos años mayor que yo, pero de cuerpo más pequeño y de buen comer.
Dentro del 602º era respetado por muchos, aunque no fuese del todo un reo. Dicen que era un noble de baja cuna del Principado y que únicamente fue asignado aquí tras ser encontrado durmiendo en la cama con la noble incorrecta... En lo personal, le tenía estima. Acabar acaramelado con una noble... daría uno de mis cuernos por la posibilidad.
Sin embargo, esta vez me jugó en contra. Con un rápido movimiento de su brazo, Ludvig me tomó de uno de mis cuernos y me arrastró trinchera adentro hasta alcanzar la entrada a estas.
— ¡Ludvig! —grité de inmediato, sin ofrecer demasiada resistencia. Él era mi superior, y ambos entendíamos que un ogro como yo tenía más fuerza que un humano—. ¡Sabes cómo funciona esto! ¡No hay diversión sin pago previo!
— ¡Cierra tu sucia boca, Lichter, y deja de pavonearte con tus pechos por ahí! —espetó furioso, empujándome contra la pared de madera con un fuerte tirón de mi cuerno. La madera podrida crujió en mi espalda, pero no me quejé—. Te dije hace dos días que hoy llegarían los nuevos y que te necesitaría...
— Lo siento, Ludvig, no pensé que... —Intenté defenderme, agachando la cabeza, pero su juicio hacia mí siempre era implacable.
— El día que dejes de ahogar la garganta con algo... o que tu maldito pantalón no parezca un pozo público... puede que ya te haya abandonado a los Imperiales... Y créeme, ellos no te darán ni un cigarro a cambio —bramó, agarrándome de la mandíbula, clavando sus verduzcos ojos sobre mí.
Instintivamente, tragué saliva, sintiendo sus descuidadas uñas clavarse en mi piel como navajas sin afilar, y su aliento amargo en mi nariz. Tras degradarme con la mirada a una sucia ramera, me soltó y comenzó a avanzar hasta el final de la trinchera.
Un largo camino de tierra compactada y madera atravesaba nuestras líneas hasta perderse en los bosques cercanos.
Me masajeé la boca, dolorida, temiendo que me la hubiera dislocado. Lo seguí varios pasos por detrás hasta llegar al exterior de la trinchera. Allí, un joven lupino, casi tan alto como yo, con orejas pequeñas y un hocico achatado, nos miraba con los ojos muy abiertos.
Se quedó quieto, su cola tensa, las manos apretadas en los costados. Parecía un recluta sacado de una historia de guerra heroica, de esas que la Federación contaba a los niños para hacerlos alistarse con orgullo. Pero aquí no había orgullo. Aquí solo había condenados a muerte con cita próxima.
— Lichter... —gruñó Ludvig, ocultando su malhumor tras un tono seco—. Te presento al soldado raso Linus Falkner, nuestro nuevo "chico abanderado" y a quien tendrás que proteger a partir de ahora... hasta que reciba la dicha de un disparo al cuerpo, como el anterior chico que cargó el estandarte del batallón.
— ¡Señor! —saludó instantáneamente Linus a Ludvig, inflando el pecho en un saludo tan tosco como deplorable—. ¡Será un honor luchar con ustedes...!
— Honor... —sonreí, ocultando mi sonrisa con una mano y desviando la mirada hacia la pila de cadáveres a nuestro lado—. Creo recordar que ellos hablaban bien de él...
Las orejas de Linus apenas reaccionaron a mi comentario, pero pude ver cómo tragaba algo más que su "honor" a través de su peluda garganta...
Aquel joven, Linus, parecía curtido, pero no lo suficiente como para correr con una diana de más de dos metros ondeando en el fragor de la batalla.
El bastardo mal hecho de Ludvig me había encasquetado un problema cuanto menos abrumador... y para colmo, Linus no parecía ser de los que fumaban...
