Las trincheras eran un desastre. Aún no habíamos sacado todos los cadáveres atrapados entre los túneles colapsados y los inútiles búnkeres, aquellos que se suponía que nos protegerían de los bombardeos. Pero la guerra no tiene paciencia para los arquitectos. Apenas duraron algunas oleadas de artillería antes de ceder, enterrando a decenas.
El olor a carne descompuesta flotaba en el aire, mezclado con la pestilencia del barro y la pólvora. Sufrí más cavando con mis propias manos para rescatar a los heridos que por el bombardeo en sí... La tierra se tragó a muchos antes de que pudiéramos sacarlos.
Linus observaba todo aquello con los ojos bien abiertos mientras avanzábamos por la trinchera. Por momentos, su respiración se volvía más pesada, atragantándose con la nueva realidad que viviría de aquí en adelante.
A su espalda llevaba una mochila tosca con una bandera colgada de un viejo cañón de rifle. Sobre la tela, la insignia del 602º Batallón Penal: tres calaveras de lobo sobre un fondo negro. Bajo ellas, la única promesa que nos habían dado: "602º Batallón Penal."
La bandera colgaba sin vida sobre los hombros de un hombre cuyo destino era acabar igual...
— Bienvenido al fin del mundo... —dije sarcásticamente, extendiendo las manos como un extrovertido vendedor de casas—. Siento decirte que no tenemos camas disponibles y que el baño es una letrina a doscientos metros. Aun así, esta será tu casa. Y allá —señalé más allá del parapeto de la trinchera— será el lugar donde muy seguramente mueras. Reza para que sea de un disparo a la cabeza...
Mis palabras, lejos de alentarlo a seguir caminando, hicieron que se detuviera en pleno pasillo. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una chispa de vida aún. A pesar de ello, intuía que no era del todo ajeno a este panorama. Más allá del asombro o la angustia que puede sentir al saber dónde se encuentra, no vomitó ni rompió a llorar como sí lo hicieron varios al poner un pie en el barro.
Simplemente lo contempló todo, se arregló la mochila y la bandera, y siguió caminando.
— ¿No eres de los que habla, lobito? —Entrecerré los ojos, ladeando la cabeza en un gesto inquisitivo.
En respuesta, Linus se relamió su achatado hocico, permitiéndose degustar la putrefacción en el aire con un semblante serio. Finalmente, resopló y me miró una vez más, esta vez con un aire más relajado.
— No sé qué espera que diga, señorita Lichter... —dijo desganado, encogiéndose de hombros—. Sería mentirle si le dijera que no... "me duele", incluso desespera saber qué me deparará, pero entiendo que usted lleva un tiempo aquí. Eso me hace sentir un poco de esperanza...
— ¿Esperanza...? —murmuré con ironía, abriendo con falsa sorpresa los ojos—. ¿Acaso no ves dónde estás? La esperanza no sirve aquí. Una vez subas las escaleras y veas el negocio que se cuece ahí fuera... No te hablo de los muertos ni de los bombardeos, sino de la ley que rige todo. No es la esperanza, es la suerte.
— ¿Suerte de que no te maten? —preguntó con desinterés, levantando una de sus peludas cejas.
— Cada paso y zancada que des ahí fuera es una prueba de suerte, una moneda al aire, un cincuenta-cincuenta de no recibir una bala perdida de ellos... —Señalé con más fuerza hacia el exterior de la trinchera, agravando ligeramente la voz—, o de los nuestros...
Puedes esconderte en un agujero y aun así pueden volarte la cabeza con una bala perdida. Puedes lanzarte de frente y salir ileso mientras los de atrás caen uno por uno. La guerra, o al menos esta, no tiene lógica. Solo hay dos opciones: te toca o no te toca.
No planeaba debatir con él. Pese a todo, había demostrado ser un poco diferente a muchos. Aunque no concordara con él, tarde o temprano vería la realidad y, solo quizás, esa "esperanza" pasaría a ser algo más.
Me di la vuelta y seguí caminando, indiferente a lo que tuviera que decirme.
— Sígueme, Linus. Aún tengo que mostrarte la armería y el lugar donde podrás comer algo. La comida no es rica, pero te calentará el cuerpo —afirmé, levantando un dedo sin detenerme, girando en la primera esquina tras cruzar el cadáver de Sigrid. Hasta ayer, la más vieja del batallón.
Decía que había contrabandeado armas incluso frente a las puertas de la Fortaleza de Ymir. Ahora estaba tirada en el barro, con la boca abierta en un grito que nadie oyó o que todos ignoramos. No hubo funeral. No hubo discursos. Solo otro cadáver más entre la mierda y el barro.
Linus me siguió, forzándose a demostrar cierta indiferencia ante nuestro entorno. Sin embargo, no pudo evitar hacer una mueca y resoplar tras ver los restos de Sigrid. Por más que intentó no mirarla, sus ojos y el morbo lo traicionaron.
Aquel cuerpo arrugado aún no había comenzado a descomponerse, ni falta le hacía... Con ver las profundas laceraciones en todo el cuerpo y su pierna... ¿Hecha carne picada? Con solo ver esas cosas era suficiente para que el estómago de cualquiera devolviera la comida de hasta una semana.
— ¿No van a hacer nada con ella? —inquirió Linus, cubriéndose el hocico con la manga del uniforme.
— Si no está podrido y no molesta a nadie, se queda donde está —afirmé, mirándolo a él y al cadáver por encima del hombro—. Cuando son pocos los cuerpos, es sencillo sacarlos, pero hace unos días la sección oeste de la trinchera colapsó casi por completo tras un bombardeo imperial. Aún no hemos terminado de sacar los cuerpos...
Así era la vida aquí: comes, duermes, matas, y si tienes un cigarro, yo te ayudo a que sea más llevadero. Una vez tu "servicio activo" termina, decoras la trinchera con tu cuerpo y tu silencio.
Ojalá poder tener esa visión más onírica de Linus...
Por un lado, quería mostrarle y que entendiera todo rápido. Cuanto más rápido aceptara cómo funciona el 602º, menos trabajo tendría yo. Que Ludvig me tirara al novato encima no me hacía la menor gracia, aunque tampoco tenía demasiado que hacer. Cuidarlo hasta el próximo ataque podría no ser tan aburrido.
— ¿Fumas, Linus? —pregunté mientras avanzábamos por la sección más "decente" de la trinchera, la zona aledaña a donde solía merodear y dormir Ludvig.
— No... —respondió casi de inmediato, fingiendo buscar en sus bolsillos—. ¿Quieres un cigarro?
— Algo así... —Resoplé, deteniéndome por un segundo, volviéndome hacia él, mirándolo de arriba abajo.
Hocico chato, en forma... más peludo de lo que me gustaría. No parece cobarde, se para recto... Pantalón holgado, cinturón apretado. Postura de soldado, no de carne de cañón.
Linus no es presa fácil... Pero ¿Qué tendrá para ofrecerme?
Inconclusa, me di la vuelta y seguí caminando, esperando que él me siguiera, y así fue. Podía escuchar el crujido húmedo de sus botas sobre la madera, acompañándome mientras le iba presentando las trincheras.
Eran varias capas y niveles, un laberinto de ratas y muerte que, sin embargo, había demostrado ser útil. En el batallón no somos muchos, pero tampoco nos regimos por leyes de combate tradicionales. Si podemos utilizar cualquier trampa o artimaña para deshacernos de los Imperiales, la utilizamos. Y una de ellas era hacer que entraran en la trinchera.
Los dejamos avanzar. Los dejamos creer que han ganado. Y cuando están lo suficientemente adentro, los convertimos en un montón de cuerpos más para decorar la trinchera. Quizás la función de Linus como abanderado no tuviera el más mínimo sentido en esa estrategia, pero podríamos adaptarlo a nosotros, como todo a nuestro alrededor.
Como siempre, no supe cuánto tiempo pasé mostrándole su nuevo hogar a Linus. Sin embargo, intuí que no fue más de medio día. El sol parecía haber dejado su punto más alto en el cielo nublado. Su luz blanca atravesaba las nubes grises como si fueran infinitos brazos, acariciando la tierra quemada, mientras que los ligeros vientos fríos, cargados de un aroma salobre proveniente del cercano mar, secaban la carne de los muertos.
Terminamos el recorrido cerca del supuesto comedor, que no era más que un antiguo emplazamiento de artillería reducido a escombros tras la retirada del ejército y los constantes ataques del Imperio. Allí, una enorme tela agujereada, apenas camuflada con barro y hojas secas, protegía un fogón viejo junto a su leña y enormes bolsas de arpillera llenas de papas, zanahorias y garbanzos negros como el carbón.
Vicka, una joven cíclope de no más de veintipocos años, llevaba la cocina. Fue traída al 602º por intentar envenenar a un grupo de comerciantes en Melug tras una mala tajada en un trato con especias...
Ella revolvía con esfuerzo una enorme olla medio quemada. En su interior burbujeaba algo que solo ella y la Diosa sabrían qué era. Apenas nos adentramos en el comedor, nos observó con una sonrisa.
— ¿Con qué nos vas a envenenar hoy, Vicka? —Levanté las cejas, expectante ante la respuesta de la chica monocular de enormes pestañas negras.
El orgullo de Vicka eran sus pestañas, largas y suaves. Más de una vez tuve que "negociar" con Karl para conseguirle unas gotas contra la irritación ocular. La pobre parecía olvidarse de parpadear cada tanto y luego se la pasaba quejando de que le ardía el ojo.
— Lo mismo de ayer, Ragna, pero con dos manzanas y un poco de leche que consiguió Karl de unos refugiados —respondió ella con calma, esforzándose un poco más para hacer girar la barra de metal que usaba de cucharón dentro de la olla.
— Ya lo oíste, Linus. Hoy tendrás comida especial: "Veneno de Vicka con leche y manzanas" —bromeé mientras lo miraba adentrarse lentamente al comedor—. No seas tímido y toma asiento donde puedas, yo me encargaré de llevarte un plato o bol de comida.
— Gracias, Ragna... —Movió sus peludas orejas en un extraño gesto de agradecimiento y caminó hacia una esquina. Mientras tanto, fui donde Vicka.
Con diligencia, ella mantenía el fuego vivo, colocando algún leño seco, jugando con el atizador para romper la madera quemada y esparcir las brasas alrededor de la gruesa rejilla donde se apoyaba la olla. Apenas quitó su ojo de las llamas, noté que ya se le había secado.
— Ponte las gotitas, Vicka. Para algo me "sacrifico" por ti —comenté, incapaz de enojarme del todo con ella. Siempre se olvidaba de ponérselas.
— Agradezco que te preocupes... —asintió, resoplando dolorosamente mientras se levantaba, estirando su delgado brazo hacia un frasco de vidrio marrón en una estantería vieja a su espalda—. Pero no necesitas buscar una excusa para andar abriendo las piernas con los demás. Karl me cobra poco y dice que se conforma con comida.
— No quiero que se aproveche de ti. Sabes que él no es tan confiable —afirmé en mi defensa, observando de reojo cómo Karl se acercaba disimuladamente a Linus, sentado sobre el casquillo viejo de un obús de 203mm—. Además, Karl es feo y no se arregla demasiado. No quiero que te rebajes ante él así.
No quería decírselo tampoco, pero Vicka solo tenía un ojo para vigilarlo, y además se concentraba demasiado cuando cocinaba, perdiendo de vista sus alrededores.
La quería como si fuera mi hermana. No concebía verla mal, además sus comidas eran un lujo dentro de este matadero. Si bien el dicho de que, si se cocina con amor, la comida queda rica, es debatible, no quería arriesgarla a ella.
Tampoco me molestaba ofrecer mis servicios. De alguna forma, me seguía sintiendo viva dentro de toda esa "laguna de placer" en la que se envolvía mi cerebro cada vez que me quitaba el uniforme con otros. Para mí, era una transacción: ofrezco placer por cosas. Las chicas me dan productos de higiene más "refinados" o me cubren dentro de la trinchera, y los chicos me dan cigarros y me cubren en el combate. Las mentes de estos últimos eran un poco más simples, pero eran leales, no me cabía la menor duda...
Mi incógnita ahora era... ¿Linus caería ante mi cuerpo tarde o temprano?
Durante el recorrido por la trinchera apenas emitió palabra, salvo algún murmullo, más para sí mismo que para mí. Resoplaba y hacía muecas; a veces parecía ofrecer alguna oración a los muertos y, otras veces, los ignoraba, como a todo. Intuí que ya había estado en trincheras antes: Linus no es nuevo... Tiene algo de carrera militar detrás.
— Te entiendo, Ragna... —murmuró Vicka con un tono agudamente cariñoso, echando la cabeza hacia atrás mientras se abría su enorme ojo con la mano para colocarse las gotitas. A este punto, ella ni siquiera parecía parpadear por reflejo. Se colocó las gotas, parpadeó con fuerza y luego me miró con su precioso ojo y una sonrisa boba—. Pero déjame crecer un poco, ¿sí? Ya estoy grande.
— Está bien, Vicka... —Asentí con falso cansancio, revolviéndole el cabello con fuerza—. Sírveme dos platos de comida y a uno de ellos le pones menos, ¿sí? Ese será para el nuevo, para que sepa que el pan hay que ganárselo.
Vicka asintió de inmediato, dejando el frasco de gotas sobre el estante y sacando dos cascos de metal. Seguramente fueron de alguien alguna vez, pero estaban limpios. Demasiado limpios...
Con entusiasmo, levantó la barra de metal con la que revolvía la olla y vertió en los cascos aquel extraño mejunje negruzco por los garbanzos. El olor de aquella comida me destapó la nariz como un té de menta durante un resfriado. A pesar del hedor, si me esforzaba, podía sentir el efímero aroma dulce de las manzanas.
No pude decirle que no a Vicka y, cuando quise darme cuenta, ya caminaba hacia donde estaba Linus sentado. A su lado, Karl hablaba con él. Extrañamente, no parecía querer venderle algo, sino simplemente conversar, lo cual me hizo levantar una ceja.
— ¿Qué te trae con el novato, Karl? —pregunté de inmediato, entregándole el casco con comida a Linus. El pobre cerró los ojos y arrugó el hocico en cuanto vio el contenido del casco—. Linus, no mires tanto la comida de Vicka, cómela y no mastiques, así baja mejor.
— Qué buen truco, rojita. ¿Dónde lo aprendiste? A ver si lo aplicas conmigo —comentó Karl con sorna, sonriendo burlonamente, llevándose su peluda mano a la ingle—. Cuidado con los dientes, puedes lastimar a alguien...
Imbécil... Es todo lo que podía decir de él.
— El día que aprendas a lavarte bien y que mis cuernos no son para agarrarte y llegar más lejos... quizás, solo quizás, me esfuerce por no lastimarte con mis dientes. —Sonreí, ignorando su cara de molestia.
Linus nos miraba de reojo, esforzándose en comer sin inmiscuirse demasiado, aunque sus orejas lo delataban: escuchaba todo. Buena señal. Saber cuándo callar es la primera lección en el 602º.
— Te dejo los cigarros baratos, no te pongas exquisita, que tampoco ofreces algo que no pueda conseguir de las otras —espetó Karl con su habitual tono desagradable.
Rápidamente echó una mirada al comedor, deteniéndose en un grupo de jóvenes mestizas. Varias veces había intercambiado favores con ellas. Eran bastante rudas cuando querían, pero te trataban con delicadeza.
Regresé la vista a Karl, mostrándole una sonrisa falsa.
— La única diferencia es que yo no tengo problemas en que me lleves a un rincón. En cambio, ellas... —Lo miré de arriba abajo, deteniéndome en sus rasgos agresivos y su ropa raída, terriblemente arreglada—. Ellas tienen gustos más "refinados" y requieren tacto y sutileza para complacerlas. Lastimosamente, tú no ofreces eso.
Me relamí los labios de manera provocativa, solo para molestarlo.
Karl no respondió. Sonrió, devorándome con la mirada de forma demasiado obvia, sabiendo que, esta vez, una de sus más deliciosas presas resultaba inalcanzable.
Se levantó, fingiendo ocultar su horrenda cola peluda entre las piernas. Pasó a mi lado sin pena ni gloria, pero, como era propio de él, no se iría sin intentarlo una última vez... Con un movimiento amplio y contundente, me golpeó ambas nalgas. El sonido resonó con un latigazo en el comedor.
Para cuando el ardor llegó a mi cerebro, él ya había desaparecido. Solo pude chasquear la lengua, molesta, considerando seriamente morderlo cuando viniera a mí con cigarros...
— ¡Aghhh! —gruñí, masajeándome la garganta, arrastrando un catarro que finalmente escupí—. Ni que fueras la gran cosa para pavonearte así... Ojalá te maten cuando rebusques en aquellos coloso de vapor fuera de la trinchera...
— ¿Así la tratan siempre, señorita Lichter? —preguntó Linus de repente, mirándome con el ceño fruncido. Parecía curioso. Movía sus orejas con atención.
— Si te interesan mis servicios, no son baratos... —respondí, agotada, dejándome caer sobre el suelo de madera húmeda y barro—. Es una forma de vida. Además, ayudo a muchos, y muchos me ayudan a mí. Es un círculo que empieza y termina conmigo.
— Permítame decirle que siento cierto... morbo, pero no la juzgo —aclaró Linus, con un tono que fingía ser solemne, pero que denotaba cierta incomodidad—. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme cómo terminó así.
— Para ese tipo de cosas, hay que pagar —sonreí de forma diplomática, comenzando a comer el extraño mejunje de Vicka.
El gusto era el mismo e insípido desde hace semanas, pero calentaba el cuerpo, tal como le había dicho a Linus antes. Un buen plato o, en este caso, un casco lleno antes de dormir, y no necesitarías manta alguna. Ese era uno de los grandes aportes de Vicka al batallón.
Aunque no disparara un arma ni hablara demasiado, su comida llenaba y calentaba nuestros cuerpos, y eso era algo que no podía ignorar...