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Un Mundo, Dos Realidades, Parte 3

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Nadie respondió... Sin embargo, oculto en el silencio de mi mente, un murmullo constante, molesto como un alfiler enredado en el pelo, hizo que abriera bien grandes los ojos, atenta, incapaz de ignorarlo.

Miré al cielo, pero el sólido techo de nubes grises negó mis temores de inmediato. Bajé la mirada mientras avanzaba sin rumbo dentro del patio, frente a la enorme casa.

Todos a mi alrededor me ignoraban. Seguían en lo suyo, distraídos con sus labores y placeres. No pensaba molestarlos. Instintivamente enterré la mano en el bolsillo de la chaqueta, olvidando por un instante que era nueva, sin embargo...

— ¿Un cigarro? —pregunté en voz baja, reconociendo la forma tubular alargada, fina. No lo suficiente para ser un lápiz, pero con un contorno suave.

Lo saqué, sosteniéndolo frente a mí, analizándolo en silencio, deseosa de prenderlo. Un regusto amargo me invadió. Inhalé su olor, esperando que, aunque fuera efímero, calmara mi mente.

Me llevé el cigarro a los labios, besando el filtro con suavidad mientras revisaba mis otros bolsillos en busca de un encendedor. No tuve suerte. Rebusqué hasta que la ansiedad me pudo y terminé por encenderlo con el fuego de uno de los braseros.

Apenas quemé la punta —quizás demasiado— pero el calor que ahora me abrazaba fue suficiente para no dar por perdido el cigarro.

Di una calada rápida y profunda, sosteniendo el humo en mi interior, dejándolo llenar mi cuerpo, permitiéndole alcanzar los puntos más recónditos. Por unos instantes su sabor acre me pareció soportable, saciaba mi adicción, pero en un parpadeo, todo cambió. Lo que para mí era un acto normal, casi mecánico, desenterró un sabor vomitivo.

Vomité aquel humo blanco cual máquina vieja. Sentí mi estómago contraerse y, antes de poder reaccionar, algo llenó mi garganta. Me arqueé por instinto y cerré los ojos.

Un mejunje blanco, grumoso, con trozos deformes de pan negruzco, manchó el piso. También mis labios. Esa calidez pegajosa me era familiar, cercana. Intenté sonreír. Era la primera vez que vomitaba así, ni siquiera cuando sujetaban mis cuernos intentando llegar más lejos...

— Sabe a mierda... —alcancé a decir antes de que otra arcada me hiciera soltar el cigarro.

Apenas pude contenerlo todo dentro.

Tras unos eternos segundos de tortura, todo dejó de salir. Un largo hilo de saliva colgaba de mi labio mientras observaba el desastre que había hecho.

— ¡Thduu! —escupí, limpiándome la boca con la manga de la chaqueta—. Hasta el escroto de Linus ha de saber mejor que esto.

Por instinto lo busqué a mi alrededor, pero nada. Solo alcancé a ver dos pares de huellas girando la esquina, en dirección al granero.

Revisé mis bolsillos y encontré más cigarros, iguales al que luchaba por no apagarse junto a mi bota. No lo pensé: los arrojé al bracero. No quería pasar por esa experiencia de nuevo.

Aunque hubo algo que no abandonó mi mente: ¿por qué tenía cigarros conmigo? ¿Por qué sabían tan... diferente?

Permití flotar esas ideas en mi mente, observando el fuego con una extraña fascinación. Permanecí quieta por unos instantes, hasta que un sutil pinchazo de un dedo contra mi brazo me hizo sobresaltar, encogiendo el corazón y los pulmones como pocas veces antes...

— ¿Estás bien, Ragna? —la voz llegó con dulzura e inocencia.

La desconocí por un instante más del que hubiera deseado. De inmediato giré la cabeza y la vi.

— ¡Vicka! —exclamé con una media sonrisa, aún débil.

En estas dos semanas no había cambiado en nada... seguía con sus largas y cuidadas pestañas, su pupila contraída, reflejando las llamas con una claridad asombrosa. Su uniforme apenas había cambiado, solo unas prendas de abrigo más pesado y unas manoplas de lana vieja, llenas de quemaduras.

Quise reírme al ver ese pequeño detalle. Una mueca se me escapó sin querer, y vi cómo Vicka se alteraba de inmediato.

— ¡¿De qué te ríes, Ragna?! —su voz aguda chirrió en mi mente, aunque no me molestó.

— Te olvidaste de quitarte los guantes —señalé—. Ahora resulta que no parpadeas frente al fuego, sino que también manejas fuego con guantes de lana.

— Sabes que soy sensible al frío... —murmuró, abrazándose a sí misma y pateando una diminuta montaña de nieve con su bota, tapando parte de mi vómito—. Por cierto, ¿estás bien? No recuerdo haberle puesto veneno emético a tu comida... ¿O tal vez sí? —arqueó la ceja, dudosa. Sin embargo, no temí.

— Dudo que quieras envenenarme —afirmé, levantando las cejas y resoplando. Necesitaba aire urgentemente.

Vicka se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta, rebuscando mientras cerraba un ojo, hasta sacar un caramelito anaranjado. Tenía rastros de polvo y pelos sueltos. Lo extendió hacia mí con un gesto tímido.

— Me lo regaló Linus —dijo, moviéndolo apenas sobre la palma, como si quisiera tentarme cual animal—. Cómelo. Lo iba a usar para cocinar, pero tú lo necesitas más que yo.

— ¿Te han dicho que eres un amor, Vicka? —sonreí con ternura, extendiendo la mano hacia el caramelo.

— No lo suficiente —murmuró con una sonrisa boba, inflando los cachetes con orgullo.

¿Quizás debería halagarla más? Puede que no lo haya hecho lo suficiente.

Al igual que aquel misterioso cigarro, lo sostuve con mis dedos, observándolo, buscando la fuerza para no volver a vomitar. Aunque su color era apagado, como los ojos de muchos aquí, poseía un aroma a miel muy sutil, diametralmente opuesto al hedor acre del cigarro, lo cual me invitó a llevármelo a la boca.

Lo saboreé, moviéndolo con la lengua, sintiendo cómo mi saliva lentamente se impregnaba con la miel del caramelo. Intenté no masticarlo, asegurándome de mantenerlo intacto el mayor tiempo posible.

— Está... —moví el caramelo contra una de mis mejillas—, muy bueno... ¿Dices que te lo dio Linus?

— Sí —asintió ella de inmediato, pestañeando rápidamente—. Me lo dio hace un rato, cuando fue a la cocina a buscar comida para ti. No sé de dónde los saca, pero no es el primero que me da. Antes de ayer me dio uno, y hace unos días, otro.

— Allá él y sus extraños caramelos —murmuré, moviendo el caramelo hacia mi otra mejilla—. Son ricos... —dije por fin, buscándolo con la mirada una vez más.

Solo vi el rastro de huellas en la nieve, en dirección al granero. Si él tenía más caramelos, quería pedirle algunos.

Esperaba que me los diera... El problema es que no sabría qué darle a cambio.

— ¿Qué le diste a cambio a Linus? —volteé hacia Vicka, encontrándola embobada por la llama del brasero. Quise reírme, pero me aguanté.

Un chisporroteo súbito del fuego fue lo que la hizo parpadear nuevamente. Su ojo enrojecido lentamente recuperó su color, y tras unos segundos de dudas, me miró, escudriñando su ojo hacia mí.

Pareció no entender mi pregunta, o al menos no al principio.

— Creo que nada... —confesó, pensativa, cruzándose de brazos—. A lo largo de estas dos semanas, él se ha acercado a mí por ayuda para higienizarte. Parecía bastante vergonzoso... Me pareció tierno, incluso.

— Es raro... —comenté por encima, recordando sus palabras—. Quizás el más raro de todos nosotros.

— O el más ingenuo —agregó de repente una voz regia, con un deje de molestia constante y poca feminidad.

Vicka y yo volteamos de inmediato, bajando apenas nuestros ojos hasta la malhumorada minotauro que se acercaba desde el camino de piedra junto a la carpa.

Las gruesas capas de tela apenas ocultaban su pecho. Me parecía impresionante cómo, tras dejar de producir leche, seguían siendo grandes.

— Sigues viva, Eira... —apreté los labios, marcando mi mentón con sorpresa.

— Me sorprende que tú lo estés, ninfómana empedernida —respondió ella con su usual tono molesto—. Te di por muerta tras el bombardeo imperial. Ese lobo tuyo alcanzó a cubrirte, sin embargo, no despertaste... No había tiempo...

— No te disculpes, es la costumbre. Ya lo sé... —asentí y luego chasqueé la lengua, observando nuestro alrededor—. No todos tienen mi suerte.

— Quizás demasiada —siseó, resoplando ruidosamente vaho desde su robusto hocico—. No vayas a matar a alguien así.

Ojalá sea ella, así no tendría que soportar sus reproches... Aunque extrañaría sus pechos; son ligeramente más suaves que los míos.

— ¡No digas eso, Eira! —exclamó desde mi lado Vicka, dando un paso al frente—. Ragna no tiene la culpa de matar a nadie. En todo caso, tú deberías preocuparte por matar a alguien; casi me vuelan la cabeza por tus descuidos al disparar como una loca.

— ¿Desde cuándo estás en la línea del frente? —pregunté con una ceja levantada, apoyando la mano sobre su hombro.

Vicka me miró de inmediato, su ojo nublado, guardando cierta vergüenza al contarme. Eira la observó, confundida, arrugando la nariz y golpeando el suelo de piedra con sus pezuñas.

— Fue durante la retirada —explicó Vicka tras unos segundos de incertidumbre—. La situación era desesperada y tuve que soltar el cucharón para tomar un rifle. Disparé junto a los demás... nada de lo que alarmarse.

¿Qué tan mal estaba la situación para que hasta Vicka, con su poca experiencia, tomara un arma...?

Al menos está viva. Quizás de no haberlo hecho, no lo estaría. Al final del día, ella también formaba parte del 602º...

Asentí en silencio, hundiendo los dedos en la tela de su hombro. Ella intentó sonreír, abriendo su ojo, reflejando mi deplorable imagen. No pude evitar verla. Otro nudo aprisionaba mi estómago mientras el tiempo pasaba y aquella horrible imagen no desaparecía.

Tenía el pelo revuelto, enredado en mis cuernos. Mi piel aún permanecía pálida, un tono apenas rojizo manchaba mi cuerpo, oculto tras las capas de tela y lana que me protegían del traicionero clima.

Me sentí pequeña por algún motivo. Aquel reflejo permanecía distante, ajeno a mí...

— No es una niña, Ragna... —bufó Eira, pisoteando la poca nieve en el camino, golpeando ruidosamente su pezuña contra la piedra—. Preocúpate por ti. Ve a bañarte, deja que te la meta el niño abanderado. En unos días nos tocará movernos y tú aún tienes el comodín de poder usar el granero para descansar...

— Me encargaré de guardarte un poco más de comida... —agregó Vicka, sosteniendo mi mano y apretándola con su áspero guante—. En la tarde puedo ayudarte a higienizarte. No te esfuerces aún. Descansa.

— Ya se corre el rumor de la siguiente operación... —intervino sin demasiada emoción Eira, antes de darse la vuelta. Comenzó a caminar con su pesadez habitual hacia el campamento, a las afueras de la granja.

Vicka tampoco se quedó demasiado tiempo. Apenas la robusta figura de Eira desapareció tras un grupo de guardias que patrullaban el perímetro, se despidió. No sin antes acercarse con una sonrisa pícara a mi oído:

— Por cierto, una rasurada no te vendría mal... —susurró, pestañeando su ojo, alejándose rápidamente mientras sonreía, mostrando todos sus dientes.

Le devolví la sonrisa, levantando apenas la mano, con los dedos rígidos, temblando. La vi alejarse.

Suspiré, procesando sus palabras... incluso las de Eira y Ludvig.

La Fortaleza de Azga sería nuestro siguiente destino. No había escapatoria para nosotros. Los rumores ya corrían y el ambiente —incluso entre los guardias que nos vigilaban— parecía tenso. Sus miradas eran rápidas, cortantes, letales hacia nosotros... y hacia ellos mismos. Quizás hasta ellos tendrían que luchar...

El cielo, pintado con una composición heterogénea de nubes —algunas más blancas, algo dispersas... y otras, quizás la mayoría, parecían ennegrecerse— se unía para formar un techo donde apenas algunas tejas parecían bañadas en luz.

— Quizás esta guerra... —susurré, bajando la mirada a la tierra, observando las ahora no tan lejanas montañas—, ya la hayamos perdido.

Mi cuerpo se estremeció ante la idea. Apreté las manos bajo las mangas, incapaz de sentir del todo el dolor. Solo aquel extraño frío, ajeno a mí, besando mi nuca con violencia. Demasiada. Dolía. Dolía demasiado...

Me alejé de aquel brasero. No quería quedarme más tiempo cerca de los restos de mi vómito, menos donde aquel hedor a tabaco impregnaba el aire. No necesitaba volver a regurgitar todo.

Aunque... si con eso podía pedirle a Linus un caramelo de miel... quizás no estaba tan mal meterme algo en la garganta hasta vomitar.

Avancé, rodeando la fachada de la casa de piedra, tanteando su contorno áspero con los dedos hasta girar en la esquina. El granero, endeble y maltratado, se levantaba. Su madera crujía ante los mínimos vientos provenientes de las montañas. Apenas había árboles que detuvieran las brisas. Solo campos quemados...

Solo campos quemados

 

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