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Lo que la Carne Oculta

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Una amarillenta luz, tenue y moribunda, pintaba mi sombra en la pared de madera. La noche había caído. La mayoría dormía entre ronquidos entrecortados y plácidas respiraciones, apenas opacadas por el rápido susurro de la hoja oxidada sobre mi piel.

La sostenía con delicadeza, pasándola al ras con movimientos lentos, cuidando de no cortarme ni manchar con sangre la frazada que cubría la cama. Mancharla con más sangre tampoco importaría, sin embargo, implicaría que junto a la sangre vendría un dolor peor que el de mi primera vez.

Intentaba respirar con calma. El aire que escapaba de mi boca me hacía cosquillas mientras observaba que el vello cortado no se adhiriera a mis pliegues y labios.

Levanté apenas la hoja. Olía feo. El regusto salado parecía salpicar mi boca a medida que limpiaba el vello contra mi pantalón.

— Debí haberme bañado... —chasqueé la lengua, irritada, frustrada por mi apuro.

Estiré la mano hacia el asa del balde de metal, lleno de agua, a centímetros de la cama. Mojé mi mano y la pasé rápidamente por la zona recién rasurada. El tacto frío y húmedo mientras delineaba los contornos me hizo detenerme apenas alcancé mi zona más sensible.

Por un instante, mis dedos se movieron solos, buscando entregarme algo de paz...

Cerré los ojos y dejé que todo fluyera.

Intenté concentrarme y, al mismo tiempo, simplemente capturar las notas desesperadas de mi aliento, que comenzaba a escaparse.

Me recosté, despojándome de la hoja oxidada, buscando olvidar su tacto viejo, reemplazando el recuerdo con la calidez de mis dedos sobre mi rugosa piel. Aún había marcas de juventud en mí, y lo sentía en las yemas, en mi pelvis... en cada oleada rápida y fugaz que me ahogaba la mente.

Me giré sobre la frazada, mi cabeza hundida en la apestosa almohada. Enterré las manos en mi pantalón. Necesitaba encontrarlo, quería, pero no podía. Mi garganta se anudó, el aire pútrido dejó de pasar y mi mente, perdida y desesperada, se hundió en recuerdos tan fugaces, tan llenos de... nada...

Intenté ser más superficial, abogando por caricias rápidas y sin cuidado. La humedad que antes había cubierto mi mano se evaporó con el calor seco y árido que escapaba de mí. No había nada. Apenas sentía un cosquilleo que llenaba mi estómago, provocándome un hambre voraz que me hizo morder la almohada. Inhalé mi propio aliento, mis jadeos desesperados atrapados entre la tela y la saliva.

Subí apenas mis dedos, alcanzando otro punto poco explorado. Me costó. Mi desesperación, mi angustia... ¡lo necesitaba! Intenté con todas mis fuerzas. No me importó nada. Apreté las piernas, enterré mis ojos en mi mente, buscando un fragmento que me permitiera seguir.

Escarbé en mi interior, pero ya no lo encontraba...

Me detuve entre jadeos, llantos silenciosos que solo la tela entre mis dientes podría oír jamás.

— ¿Por qué...? —me pregunté a mí misma, al techo, a la llama moribunda de la vela que había sido mi único testigo. Mi voz quebrada, impotente, mientras sentía mi cuerpo vacío. Solo el eco mío... y el de tantos... en un pozo sin fondo.

No hubo respuesta... Una vez más me habían dejado... Estaba sola. Sin nadie...

Mis pezones, endurecidos, intentaban atravesar la tela que los aprisionaba. Los miré y, en un arrebato desesperado, arranqué la tela, dejando que el frío fuera el único capaz de besarlos como nadie había hecho antes.

Quise sonreír. Lo intenté una vez más. Rocé partes de mí que ni siquiera conocía. Por momentos me pareció ver ese rayo de esperanza, eso que había perdido. Mi cuerpo reaccionó, me arqueé y me concentré. ¡Lo intenté, mierda, lo intenté... pero nada!

Me fue arrebatado como mi primer beso...

Caí rendida. Fría como un cadáver e impotente como un ciego ante un atardecer hermoso.

Fui incapaz de mirarme de nuevo. Me quedé allí, muerta. La llama de la vela se consumía lentamente y las sombras parecían querer danzar frente a mí, como un último espectáculo antes de cerrar la feria.

Me froté en silencio, sintiendo la suavidad de mi piel y la frondosa resistencia en el resto de mi ingle. No tenía energía para más. Me había rendido. Por mí, como si entraba un imperial a terminar el trabajo. Lo dejaría. Quizás así sentiría algo entre los gritos de dolor...

La llama de la vela huyó poco después, quizás por el olor a desinfectante que embadurnaba el granero o el hedor de mi cuerpo y fluidos.

— Quizás todo sea mejor así —murmuré, mirando hacia la oscuridad—. Una noche fría como las demás... Sí...

Entre todo el silencio y los ronquidos, el crujir de una puerta se oyó a pocos metros de mí. El viento entró cual polizón desbocado, arremetiendo contra las largas telas que dividían algunas camas en habitaciones.

Mi piel se erizó. Intenté cubrirme... ¿pero para qué?

Un portazo hizo temblar las paredes, moviendo las lámparas apagadas en el techo.

Alguien se adentró en silencio, con pasos ligeros y bien cuidados, como si no quisiera ser descubierto. No vi nada, salvo la negrura y una sombra que acechaba el pasillo.

Adormecida por el frío, tanteé con la mano el suelo, mi cuerpo flexionado dolorosamente, mi ropa rota y desarreglada.

Intenté apurarme, encontrar la hoja oxidada. Sin mi escopeta o un arma, aquella hoja era ahora mi mejor defensa. Arañé el suelo de tierra, escarbando con más violencia que la usada conmigo misma. La tierra se metió bajo mis uñas, mi abdomen ardió y la piel se estiró como si fuera a romperse, pero por fin, tras sentir el delgado filo con la punta de uno de mis dedos, la encontré.

Desesperada, volví a recostarme, abrazando entre mis pechos aquel trozo de metal, esperando ver qué hacía aquella sombra.

Caminó por unos instantes a lo largo del granero, empujando cosas y arrastrando algo. Si el suelo hubiera sido de madera, podría haber distinguido con claridad la distancia. Pero cuando mi mente logró atinar que era una silla, la tela frente a mi cama fue corrida y alguien se adentró.

Mi nariz no distinguió ningún olor distinto, pero la suya, aparentemente más sensible, reaccionó:

— ¡Achuuu! —Un estornudo violento, seguido de un inmediato y ruidoso intento de subirse los mocos— Por el amor a la Diosa... —rezó la voz, masculina, llena de irritación—. Esto huele peor que el cuarto de mi hermana en celo...

Apreté las piernas, extrañamente incómoda mientras sentía un extraño pelaje rozar mi brazo. Fue un cosquilleo sutil, como un toque desinteresado, mientras él intentaba encontrar algo en la oscuridad.

Unos segundos pasaron y la incomodidad en mi cuerpo creció. Sentí que me humedecía y mi frente se cubría de sudor, hasta que la luz de la vela se encendió tras dos chasquidos de un mechero, revelando la más que desalineada figura de Linus. Aún no se había girado: buscaba algo en el bolsillo de su pantalón.

Por un instante dudé qué hacer. Cuando me armé de valor para intentar llamarlo, él sacó un puñado de algo, dejándolo frente al portavelas. Varios caramelos anaranjados rodaron sobre la bandeja de metal mientras, aún de espaldas a mí, se sacaba la mochila.

La sostuvo con una mano mientras que la otra parecía desabotonar el cuello de su chaqueta. Se volteó distraído hacia mí, su cola pendía rígida mientras arrugaba con desagrado su hocico chato.

— Linus... —susurré, observándolo a los ojos, arreglándome apenas el pelo revuelto.

Al instante, su mochila se le escapó de las manos, golpeando con un ruido sordo el suelo de tierra.

Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo. Como todos, recorrió mi cuerpo desprotegido, sucio, sudado. Su hocico entreabierto parecía formular una pregunta muda.

Me escaneó de pies a cabeza. Apenas parpadeó. Como era evidente incluso para él, su mirada se detuvo en mis pechos descubiertos y en mi entrepierna revuelta. La tela manchada por fluidos, vello cortado, quizás sudor... quizás orina.

— Yo... —quiso decir él, pero su hocico se cerró de repente, apartando la mirada. Apretó el cuerpo y se dio la vuelta—. ¡Lo siento, no sabía...! —agregó asustado, queriendo huir con la cola entre las patas.

— ¡Linus, no! —alcancé a agarrarlo del brazo, deteniéndolo, aunque él fuera incapaz de mirarme en mi estado.

— ¡Lo siento, Ragna! —exclamó como si se sintiera culpable—. Pensé que estarías durmiendo... ¡Solo quería traerte caramelos! —explicó desesperado, intentando zafarse de mi agarre.

Tiró de mí, alejando la cabeza, su pelaje erizado, las orejas caídas, como si pudiera cerrarse también al sonido. Solté la hoja y me levanté a pesar del dolor: tenía que detenerlo.

Mi cuerpo gritaba mientras mi mente me impulsaba a tomarlo del brazo. Aquella desesperación no me era del todo ajena, sin embargo, no la rechacé. Extendí la otra mano y lo tomé del hombro, sujetándolo para que no se escapara...

— No te vayas... —rogué. No sabía por qué lo hacía. Aun así, no me permití cuestionarlo—. No te vayas, Linus, por favor, no...

— ¡Rag... estás...! —me espetó con voz grave, llena de urgencia, apenas mostrándome su rostro de perfil—. Estás desnuda... Yo... yo no puedo... —exclamó, y de inmediato volvió a tirar para soltarse.

Mordía su delgado labio. Su hocico se alejaba tanto de mí que me hizo pensar que realmente olía horrible. Lo sabía, pero todos aquí olíamos horrible, él incluido.

Por un instante me planteé dejarlo ir. No era quien para pedirle que se quedara. Sin embargo, lo necesitaba. Algo en mi interior pedía a gritos sus ojos, su mirada santa, aquella que, según él, no me observaba con ganas de empotrarme con lujuria.

— Por favor, Linus —volví a rogarle con la voz rota, aferrándome a él como a mi último clavo ardiendo—, no me dejes sola...

— Rag... —susurró, dolido. La desesperación consumía su garganta en silencio. Sus manos apretadas, sin garras a la vista, pero rígidas como sus músculos.

Volteó hacia mí, abriendo los ojos, mirándome a la cara, forzándose a no bajar la mirada a mis pechos, mucho menos debajo del ombligo.

— ¿Por qué? —preguntó, tragando tanta saliva que ahora parecería realmente incapaz de babear por mí.

— Porque quiero que tú me mires... —confesé en voz baja, tirando apenas de él, observando cómo algo en su pantalón se movía inquieto, desesperado, lleno de miedo—. Dijiste que apenas me conocías. Quiero que me conozcas entonces. Siéntate en la silla y mírame, solo eso te pido... nada más...

Lo dudó un instante. Su conciencia perdida en una lucha frenética contra algo que yo no entendía.

Sus pupilas se dilataron y contrajeron a una velocidad absurda. Resopló, y la tenue corriente de aire —suya o proveniente de algún agujero en el granero— amenazó una vez más con llevarse la luz de la vela.

Lentamente lo solté, retrocediendo unos pasos, mirando a mi alrededor, sentándome en la cama bajo su distante mirada...

En silencio, él tomó asiento frente a mí. La silla crujió ante el peso de aquella voluntad que soñaba tener. Apretó las piernas, tiró sus hombros hacia atrás y levantó su chato hocico con una templanza sin igual. Aun así, no podía evitar temblar; su mandíbula y ojos lo hacían en secreto.

No se tiró para atrás. Yo tampoco lo haría.

Tomé la hoja oxidada y luego lo miré, confirmando que sus ojos acuosos pudieran ver hasta mi último resquicio de intimidad.

Me acomodé en la cama, enfrentándolo, abriéndome ante él.

Su mirada permaneció rígida, más que distante; aun así, me brindó calidez, suficiente para sacarme una mueca y por fin comenzar a cortar el resto de mi enmarañado vello.

Pasé la hoja con delicadeza, repitiendo los movimientos, variándolos mientras estiraba y movía mi húmeda piel rojiza bajo sus ojos. Mojé la mano y me limpié. Mi olor era ácido, sulfúrico, como un huevo podrido. Linus arrugó la nariz, siguiendo tímidamente el roce de mis dedos.

Limpié mi mano con agua y volví a pasarla. Esta vez el roce gélido arañó mis labios, sacándome un suspiro cargado que Linus no pudo evitar oír.

Se movió sobre la silla, sujetándose el cuello desabotonado de su chaqueta y camisa. El aire parecía atrapado, impregnado en cada objeto, incluso en la tenue luz que hacía brillar las diminutas gotas de sudor que caían por mi cuerpo.

— Antes... frente al Coronel Otto... —murmuré, mis ojos fijos en la hoja, repasando un área rugosa, demasiado sensible, bajando mientras humedecía la zona con mi otra mano—. Dijiste que era atractiva...

Linus alejó la mirada de mis manos, subiéndola con una mezcla de apuro y concentración por mi torso y pecho, hasta llegar a mi cara. Le sostuve la mirada un segundo. Ambos teníamos los ojos húmedos.

— Eso... —proseguí, ofreciéndole una tímida sonrisa—. Gracias. En serio...

Asintió, cambiando de posición sus piernas, tapándose ahora incluso con sus peludas manos, volviendo sus ojos a mi todo.

Entre toda su vergüenza, parecía querer descifrar algo. ¿Una maldición quizás? ¿Algo que explicara sus reacciones físicas hacia mí? Yo lo entendía. ¿Por qué él no? ¿Acaso era difícil aceptar que era natural, nada más?

Levanté una pierna, apoyándola sobre la cama, exponiéndome aún más. Ya casi terminaba.

Sentí su garganta abrirse y cerrarse, tragando saliva, tomándose un instante de respiro mientras yo limpiaba la hoja en el balde. El agua en su interior aún permanecía cristalina.

Saqué la hoja y volví a pasarla.

— ¿Por qué...? —sus palabras eran un susurro tenue, cargado de miedo. Me miró a los ojos, entrecerrando los suyos—. Tienes a otras personas...

— Yo... —me detuve, sintiendo un leve ardor, viendo un diminuto hilo de sangre recorrer el contorno de mi muslo, manchando la frazada—. Quisiera saberlo, el porqué... por qué me siento así. Sin embargo —levanté la mirada—, creo que contigo puedo sentirme a gusto.

— Pero yo no, no así —respondió, su tono bajo, cargado de tristeza. Intentó mirar mi herida, pero rápidamente desvió la vista. La zona ya era demasiado íntima para él—. Te llevo cuidando dos semanas, observándote en silencio, intentando entenderte, pero ahora... estás mal, muy mal.

—Igual que todo aquí... —murmuré, asintiendo, dando una última pasada antes de dejar la hoja a un lado—. Pero no te has ido, pudiste dejarme sola... ¿Te gusta lo que ves?

Ni siquiera sabía por qué lo preguntaba, ni por qué había hecho todo esto. Nadie se había quejado, solo mi cuerpo y mi conciencia.

Estaba descubierta. El aire frío me acariciaba con un placer sutil. Quise volver a intentarlo. Mis manos se movieron y mis dedos, listos, esperaron ansiosos la orden...

Nunca llegó.

— Lo siento, Linus... No hay más espectáculo. Dudo que quieras quedarte a limpiar.

Una vez más, no respondió. Simplemente se permitió mirarme en silencio, tal y como se lo había pedido.

Estiró la mano y alcanzó uno de los caramelos de antes, tomándolo en su peluda palma, observándolo como si fuera un fragmento de algo. Quizás un recuerdo del cual se aferraba... o simplemente algo que no fuera verme.

Cerró la mano y se relamió el hocico. Su gesto me hizo sonreír.

Se levantó con una clara incomodidad, su pantalón manchado y la mirada avergonzada. Abrió la mano: el caramelo de miel estaba allí, extendido hacia mí como un extraño regalo.

— Vicka dijo que te gustaron estos caramelos... —murmuró, haciendo un gesto similar al de ella, horas antes.

— Gracias... —tomé el caramelo, sintiendo su extraña calidez.

Apenas tuve aquella pegajosa bolita en la mano, él se sacó la chaqueta, cubriéndome con ella. Dándose por fin la vuelta, se fue.

El viento y la nieve de la noche entraron como una despedida fría cuando la puerta se abrió y cerró, marcando el final de mi noche en vela.

Miré el caramelo en la mano, su olor a miel mezclado con un sutil aroma familiar.

— Al final del día lo logré... —sonreí, sacando la lengua como si él aún siguiera conmigo.

Solté el caramelo en mi boca, comenzando a salivarlo mientras me protegía con el hedor a sudor y vergüenza que emanaba la chaqueta.

Apagué la vela y me dejé caer sobre la cama, degustando el sabor de Linus en la oscuridad hasta que el sueño me tomó por fin...

Apagué la vela y me dejé caer sobre la cama, degustando el sabor de Linus en la oscuridad hasta que el sueño me tomó por fin

 

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