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Un Mundo, Dos Realidades, Parte 2

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Cada paso que daba iba apoyado en el hombro de Linus. Si bien podía caminar, él se había empeñado en ofrecerme su apoyo al menos por un rato. Su excusa era que quería que me adaptara al dolor antes de soltarme, pero yo intuía que, después de todo, no podía negarse a tocarme, aunque fuera a través de la ropa.

Ciertamente, era un comportamiento extraño: no quería sucumbir ante mí, pero sí ayudarme. En mi mente tenía dos opciones: o Linus era demasiado sumiso, o... era un caballero de los que leí cuando era niña.

Aún recordaba con buenos ojos esas novelas, sobre todo las del Principado...

En compañía de mi caballero puritano, atravesamos el angosto pasaje pedregoso entre el granero donde estábamos y una enorme casa de aspecto sólido, construida en su mayoría de piedra. El cielo gris y nublado ofrecía un hermoso contraste al negruzco y rojizo que había visto antes de sucumbir en la trinchera.

Aquí nada olía a muerte, barro o mierda. El aire parecía puro, con una ligera esencia a naturaleza y olvido, fundidas en cada rincón de la granja en la que nos encontrábamos.

— ¿Parece que nunca has visto una montaña, Ragna? —comentó por encima Linus, al ver cómo mis ojos se perdían en las lejanas montañas del horizonte, más allá de la valla de piedra y los inmensos campos cubiertos de ceniza.

— Hace tiempo que no las veía con claridad... —murmuré, volviendo mi atención a nuestros alrededores.

Más adelante, tras llegar a la esquina de la casa, giramos para encontrar una gran tienda de campaña en medio del supuesto patio del recinto. Algunos muchachos del batallón descansaban apenas alrededor de unos braseros de metal y piedra. Recuerdos de una era feudal.

Un poco más adelante, asentado sobre las cenizas y la nieve de un pequeño campo de trigo, un campamento cercado por alambre de espino y guardias armados en torres de madera recluía a muchos con nuestro mismo uniforme.

— El Alto Mando no quiere que nos acerquemos a Holvik... —dijo Linus entre dientes, evitando la territorial mirada de una guardia felinida que, si me esforzaba, podría terminar ronroneando a mi lado.

Nos miró con desdén y siguió avanzando hacia el grupo de chicos que descansaban en los braseros. Pobre infeliz... bueno, que la disfruten.

Seguimos avanzando hasta dar con la entrada de la tienda de campaña. Allí nos detuvimos. Una punzada aguda recorrió mi cintura, obligándome a tragar saliva mientras intentaba mantener un semblante serio. Linus pareció ignorarme por un instante, enfocando su mirada en la guardia de antes: estaba reprendiendo a los chicos en el brasero.

Sus gritos, agudos y con un marcado siseo, nos alcanzaban, aunque intentáramos ignorarlos. Los demás guardias y convictos perdieron el interés apenas uno de los chicos extendió su mano hacia la felinida...

La respuesta fue inmediata y tajante: un fuerte golpe en el estómago del convicto con el cañón de su arma. Los demás que lo habían estado acompañando, viendo al chico con la boca en el suelo, se dispersaron.

Quise reírme, pero el solo hecho de inflar demasiado mis pulmones derivaba en una rápida llamarada de dolor agudo que lograba inmovilizarme.

Me tragué la risa como pude e ignoré todo.

Adentro de la carpa, Ludvig yacía sentado frente a una vieja mesa llena de papeles y mapas. Frente a él, un viejo lupino de pelaje canoso y físico escuálido. Era como ver a un Linus de setenta años...

— Es el Coronel Otto... —murmuró Linus a mi lado. Chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.

— Es la primera vez que oigo de él —afirmé, desconcertada.

Mi cerebro me decía que no le diera importancia, pero Linus no parecía pensar lo mismo. Su postura, aunque suelta y distante, guardaba ciertos patrones de alerta que no pude evitar notar: sus ojos miraban fijamente al tal Otto, tenía las manos apretadas y la cola rígida. Incluso percibía el ligero brillo de sus diminutas garras sobresaliendo del pelaje.

— Me sorprendería que te hayas acostado con él —dijo por lo bajo, esforzándose en que sus palabras se perdieran en la ligera brisa que mecía todo a nuestro alrededor.

— Estás demasiado tenso... —observé en voz alta, dirigiéndole una rápida mirada—. Ni conmigo te pusiste así...

— Tú eres atractiva. Él no... —murmuró para luego darse la vuelta, alejándose mientras movía su cola con el viento.

¿Un halago? ¿De él...? Sonreí, observando cómo se sentaba cerca de los braseros. La guardia extrañamente lo ignoró. Quizás por la banderita que colgaba de su mochila... o quizás le tenía pena. Linus seguía siendo el chico de la bandera; alguna ventaja debía tener.

Me levanté entre gruñidos, acercándome a la entrada de la tienda de campaña. El interior apenas estaba decorado; solo una gran bandera de la Federación resguardaba la espalda de Ludvig mientras este parecía discutir algunos puntos con el Coronel.

— ¿Cuál es nuestro margen de maniobra...? —oí preguntar a Ludvig, su voz consumida por el frío y quizás por los gritos de la retirada.

En su mano sostenía una pluma mecánica cuya punta golpeaba ansioso sobre un papel amarillento. No se percató de mi presencia, o si lo hizo, no me dio importancia. Simplemente levantó la mirada para ver la reacción del Coronel Otto, que aún permanecía de espaldas a mí.

— Contamos con la esperanza de una tormenta en los próximos días —respondió el Coronel con un tono libre de urgencia, extendiendo su brazo hacia el mapa que yacía desplegado frente a ambos—. El mar estará embravecido; podremos acercar una fracción de los barcos que lograron huir de la batalla en la Bahía de Ymir.

Aunque de apariencia vieja, las palabras de ese tal Otto salían con una fluidez y certeza que jamás cabría esperar de Ludvig. Movía su huesudo dedo sobre el mapa, transmitiendo rápidas anotaciones que solo torcían más la cara de Ludvig. Llegado un punto, ya sostenía su cabeza con los dedos y sus ojos luchaban por no huir de aquel mapa.

No quise interrumpir, así que simplemente me senté en una silla plegable cerca de la entrada. El acolchado era viejo y, sumado a mi peso, hizo que me hundiera; no lo suficiente para lastimarme ni generar demasiado dolor, pero sí para llamar la atención de ambos oficiales que, lejos de reprenderme, simplemente prefirieron terminar la reunión en ese momento.

— Comandante, ustedes no están en posición de negociar. Las órdenes vienen de arriba; incluso mi regimiento no está exento —aclaró Otto con un tono rígido, sin dar lugar a quejas—. Prepare a los suyos para movilizarse en los próximos días. Esta operación puede determinar condiciones a nuestro favor en la mesa de negociaciones.

— Sí, señor —asintió con cansancio Ludvig, levantándose para despedir al Coronel con una venia.

— Habremos perdido Ymir, pero no la guerra... no del todo. Recuérdelo, Comandante Ludvig —agregó antes de darse la vuelta en dirección a la entrada.

Ludvig no respondió; simplemente se mantuvo firme hasta que el Coronel pasó a mi lado, ignorándome por completo. Se perfiló su larga barba blanca como si yo jamás hubiera estado allí.

Viniendo de alguien como él, no le di importancia. La opinión de un viejo no iba a romper mi ego ni mi autoestima.

Me levanté apenas sentí que el golpeteo leve de sus botas desaparecía en la distancia.

— ¿A quién hiciste enojar, Ludvig? —pregunté, observando de reojo el exterior de la carpa.

Aún veía a Linus sentado cerca de los braseros. Su delgada figura, decorada por su mochila y banderita, era inconfundible... al igual que la desaliñada figura de Karl. El muy bastardo se había vuelto a acercar a Linus, ahora ofreciéndole una botella de vidrio marrón que no imaginaba de dónde podría haber robado.

Suspiré, cerrando los ojos por un instante, liberando parte de la incomodidad que me provocaba aquella desagradable escena.

Fuesen cuales fuesen las intenciones de Karl, no eran para nada santas. Sin embargo, confiaba en que los fuertes valores de Linus salieran a flote, rechazando cualquier absurda idea de ese felinido callejero.

— Lichter... —la voz cansada de Ludvig rompió mi trance, obligándome a volcar mi atención en él—. Es bueno verte levantada. Extrañaba poder gritarle a alguien por andar con los pechos al aire —dijo con una sonrisa irónica, volviendo a su actitud amargada de siempre.

Esta vez no se detuvo a evaluarme, simplemente resopló y se sentó, recostándose sobre el respaldo rígido de su silla. Sus ojos analíticos fijos en el mapa, desnudándolo con la mirada, así como nunca hacía conmigo...

— El Alto Mando quiere que seamos la punta de lanza en la siguiente operación especial —chasqueó la lengua para luego apretarse el tabique de la nariz—. Designaron al Coronel para organizar las tropas... Según interpreté, la situación es tan desesperada que nuestra mejor estrategia para detener el avance imperial es reconquistar la Fortaleza de Azga.

— ¿Azga? —repetí, atónita—. ¿La Fortaleza de Azga?

— Sí... sé lo que piensas: no hay forma... —murmuró, haciéndome un brusco gesto para que me acercara a la mesa—. Durante las dos semanas que estuviste fuera, el 3er Ejército ha estado luchando por crear un pasillo a lo largo de la costa del Mar de Ymir.

— No importa el pasillo. Esa fortaleza... la visité de niña...

Aunque hubiera sido pequeña en ese momento, la Fortaleza de Azga era un bastión centenario. No era la más indicada para hablar sobre ese tipo de cosas, pero tenía entendido que había defendido la costa norte desde finales de 1700, resistiendo las varias invasiones del Imperio a la Región de Ymir.

En cuanto a estructura, no entendía nada, pero había resistido bombardeos navales, infiltraciones desde uno de sus acantilados, asedios... Para ser vieja y estar hecha de piedra, tenía más experiencia que yo.

— La fortaleza no fue tan invulnerable al final —bufó Ludvig, arrastrando un conjunto de papeles sobre el mapa—. Hasta hace más o menos un mes, la fortaleza estaba bajo nuestro control, pero a algún idiota en una mesa se le ocurrió poner a un incompetente a cargo de la defensa.

— Luego de cien años, cayó por fin... —tomé los papeles, como si leerlos fuera importante para mí.

— Hay quienes dicen que era un traidor y otros que fue por culpa de la Flota Imperial —mordió su labio antes de seguir—. Al final cayó y nos retiramos... Defender la trinchera hasta el último segundo y una mierda.

— ¿Y por qué me cuentas esto a mí? —pregunté, dejando los papeles sobre la mesa.

Era la menos indicada para hablar de estrategia. Para eso él tenía a sus esbirros o, directamente, a los superiores para que le dijeran qué hacer. Extrañamente, los primeros no estaban por ningún sitio; la carpa estaba vacía de no ser por nosotros.

Lo miré por un instante y él simplemente levantó las cejas con molestia, delatando el hecho.

— Lo siento... —No podía decirle otra cosa. Tampoco parecía afectado.

— Y las rotaciones no llegan hasta dentro de dos días... —se quejó, volviendo su atención a mi cuerpo—. Los médicos dijeron que es un milagro que tus riñones funcionen. ¿Lo demás te sigue funcionando? —insinuó con una sonrisa mordaz.

— Podemos cerrar la carpa y probar... —respondí con un tono más agudo y suave, acortando la distancia.

— No —negó con una sonrisa, levantándose y rodeando la mesa por el otro lado—. No hace falta. Iré a Holvik en unas horas. Allí podré encontrar carne de mejor calidad. Además, Karl estaba ansioso hace un rato y el chico abanderado no se despegó demasiado de ti...

Karl... Su nombre y presencia parecían acosarme desde que me desperté.

Un nudo se formó en mi estómago. Me lo apreté, salivé y tragué, molesta. La incomodidad me podía. No entendía por qué... Por un instante me asusté. Miré a Ludvig y él respondió con un semblante serio, molesto; su frente arrugada, la comisura de su boca abierta, exhalando hilos de vaho.

— Encárgate de eso... —dijo. Su voz rozaba la amenaza, mientras que sus ojos, verdes como esmeraldas sucias, me juzgaban con severidad.

Aparté la mirada con un movimiento brusco, doloroso incluso para mí.

Ludvig se fue sin decir nada, el crujido de sus botas sobre la nieve alejándose mientras yo permanecía allí, inmóvil, incapaz de entender del todo qué sucedía.

Extendí la mano, presionando el costado de mi abdomen sobre la tela. Arqueé la cabeza, perdiendo mis ojos en el irregular relieve de la tela remendada entre mis dedos rojizos, buscando encontrar algo, quizás una certeza o simplemente comprender el origen de la incomodidad. Si apretaba, podía sentir una extraña rigidez, endulzada por un agudo y sutil eco de dolor.

Rápidamente entendí que no era la herida que me tuvo dos semanas en cama; esta estaba en mi costado, más cerca de la cintura.

Levanté la mirada, alejándome de mis pensamientos por un instante... observando el exterior como si allí hubiera algo que me llamara.

El reflejo tenue de la nieve parecía encandilarme, relegándome a una ceguera parcial.

Avancé, un paso a la vez, el eco de mis botas atontando mis sentidos. Sentía el aire gélido quemar mi piel. Me cubrí, cerré mi chaqueta hasta el cuello y finalmente escondí las manos en las mangas. El calor no fue inmediato, pero a medida que me acercaba al exterior, sentí el nudo en mi estómago desvanecerse sin desaparecer.

— Todo está bien, ¿verdad? —No pude evitar preguntar. Mi voz se escapó como tantas veces antes... y esta vez no fue diferente.

y esta vez no fue diferente

 

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