Mi conciencia volvió, atravesando y despejando la bruma negra de mi mente como la luz de un faro en la noche.
Sentía mi cuerpo pesado, adolorido, cálido. No podía distinguirlo bien, pero todo confluía en un placentero dolor que, para nada me disgustaba.
Seguía viva... o tal vez solo era una pesadilla. Necesitaba un cigarro...
Abrí los ojos y, al instante, mis oídos, acostumbrados aún al constante estallido de la artillería y al soporífero caos de la batalla, alcanzaron a oír una respiración tenue, tranquila, libre de toda angustia.
Entre el dolor residual en mi cuello y la molestia en mi abdomen, apenas me flexioné y logré recostarme contra el respaldo de metal de la cama. Una roñosa manta cubría mis piernas, proveyéndome de un calor mínimo y sutil, suficiente para protegerme del traicionero frío que entraba desde la puerta de madera a pocos metros de mí.
A mi alrededor, delgadas paredes interiores de madera vieja, resquebrajadas como los pocos cuerpos que descansaban sobre las camas de madera y paja. Sangre seca manchaba los pisos de tierra compactada, salpicados por hebras de paja mohosa...
La luz parecía ser un lujo que no podíamos permitirnos. No del todo: unas pocas lámparas de aceite colgaban como cadáveres de metal desde las vigas del techo. Su chirrido agudo, cada vez que se movían, era tan molesto como el escozor en mi abdomen.
— Peor que una resaca... —murmuré, adolorida, revisando lentamente bajo la manta—. Al menos tengo los pantalones puestos... ¿Dónde...?
Levanté la mirada, sintiendo ahora con más claridad aquella leve respiración a mi lado.
Linus estaba sentado allí, en una silla endeble, carcomida por las termitas y el paso del tiempo. Su mirada fija en la nada mientras yacía cruzado de brazos, meciéndose levemente. Tenía las orejas caídas y la punta de su larga lengua fuera, apretada por su mandíbula chata.
No se percató de mí; solamente permaneció en silencio, pensativo y distante, como si la sangre y el abrasivo olor a cloro y alcohol no fueran más que una simple distracción para su negruzca nariz seca.
Pasé unos segundos observándolo en silencio, delineando su figura con mis ojos: cada mancha de barro en su ropa, una leve herida en el hocico, el movimiento inquieto con ambas piernas, apretando su entrepierna...
Por fin, tras un diminuto sobresalto de su parte, producto del golpe de una persiana contra la pared, sus ojos saltaron hacia mí. Sin demostrar apenas emoción, los abrió un poco más; un tenue brillo decoró sus iris.
— Despertaste... —murmuró con una leve sonrisa, levantando sus peludas orejas.
— Necesito un cigarro, eso es todo —afirmé con desinterés, buscando en su uniforme algún rastro de tabaco—. De casualidad no fumas, ¿verdad?
— Ya te había dicho que no —bufó, negando con la cabeza y levantándose.
Se dirigió a la puerta con un paso lleno de letargo, desapareciendo en el exterior. La luz que entraba a través de la puerta era fría e insípida; apenas podía distinguir algo más allá del cegador brillo. No pasó mucho tiempo hasta que volvió. En una mano traía un pedazo de pan de centeno y en la otra, un cazo de metal ennegrecido por el contacto con las brasas.
— Ten... te lo envía Vicka —dijo con modales, entregándome todo para luego volver a sentarse.
Extrañamente, sonreí hacia él, llevándome a la boca aquel pan viejo, duro como una piedra. Lo humedecí con la leche caliente del cazo y, de nuevo, le di otra mordida.
Me costó más masticarlo que tragarlo; lo último no era tan difícil, más allá de su extraño sabor y textura. Sentí que fue un milagro cuando mi cuerpo se calentó levemente. Al menos mis entrañas estaban cálidas...
— ¿Cuánto te debo, Linus? —pregunté con picardía, guiñándole un ojo a la vez que relamía la comisura de mis labios.
Su respuesta fue un suspiro ahogado, sus ojos en blanco mientras parecía rezar algo al cielo. Una vez más sonreí, volviendo a mirar mis alrededores, esta vez a una vieja ventana, empañada y sucia. El cristal era de mala calidad, pero no lo suficiente como para ocultar el hecho más evidente.
— ¿Nieve...? —dije, y al instante miré a Linus—. ¿Dónde estamos?
— Según tengo entendido, en una explanada cerca de un pueblo... —Por un instante arrugó el hocico, concentrándose, luego me miró—. ¿Holvik? —murmuró con una mueca, encogiéndose de hombros—. No soy demasiado bueno con los nombres...
¿Holvik...? Eso quería decir que habíamos retrocedido hasta casi llegar a la cadena montañosa que divide la Región de Ymir con el Principado de Eichernberg...
Seguramente mi pueblo había caído ya. Mi único consuelo era que mi familia hubiera podido huir antes de que todo colapsara en esta maldita guerra.
Hacía un tiempo que no hablaba con ellos... ¿Quizás un año? Le dejaría hacerme lo que fuera a Karl por una oportunidad de hablar con mi hermana, por lo menos...
— Llevas fuera un tiempo, Ragna —explicó sin dramatismos, observándome de reojo—. La línea de trincheras que defendíamos colapsó, aparecieron esos "tanques". Fue una masacre. A duras penas el ejército pudo pararlos.
— ¿Cuánto tiempo? —Realmente no importaba; descanso era descanso.
— Dos semanas... —afirmó entre suspiros, señalando mi abdomen—. Cuando estábamos a punto de retirarnos hubo un instante de silencio. Logré oír un disparo y luego otro. Eira quiso ignorarlo, pero Karl, extrañamente, intuyó que podías ser tú.
Qué idiota... Seguramente corrió con una pierna más dura que las otras. Lo que sea por probarme de nuevo o quizás buscando una artimaña para que le debiera un favor... Un día de estos voy a tener una noche larga; no sé cómo le hace, qué demonios come, pero no hay forma de derribarlo.
Su revólver tiene demasiadas balas en el tambor. Demasiada energía y agresividad, pero cumple. No puedo negárselo.
— Estabas rosada, el barro rojo, medio pecho descubierto... —describió con los ojos bien abiertos, relamiéndose la nariz. Pobre... la primera vez que ve un pezón—. No supe si agradecerle a la Diosa que estuvieras viva o simplemente pensar que fue suerte la tuya.
— No me tocó, no era mi momento —resumí con una mirada desinteresada—. Te lo dije antes, es cuestión de suerte... En fin...
Resoplé, bajando la mirada a mi abdomen y levantando una porción de mi uniforme.
Allí, bajo la capa gruesa de tela y lana, una cicatriz apenas en proceso de curación me recorría desde la cintura hasta poco antes de uno de mis pechos. El gélido aire besaba mi piel con la sutileza de un amante silencioso. El dolor era, por momentos, agudo, sacándome una visible mueca; pero había instantes donde solo era una molestia, como la de todos los meses...
Linus me miraba, nervioso. Sus ojos recorrían mi piel pálida con un leve deseo; mantenía sus piernas apretadas, bien juntitas para no delatar nada. Su cuerpo lo traicionaba, aunque su hocico permanecía cerrado. Ni una gota de saliva, como un buen y respetuoso lobito.
— Si consigues hacerte con un cigarro, esta porción de piel será lo mínimo que podrás probar —Quería jugar con él un poco, me resultaba adorable por algún motivo—. Nunca he probado la lengua de un lupino en mis labios... —dije con malicia, sacando la lengua, aún con rastros de pan y leche.
¡Jajaja! El pobre no sabía qué hacer. Cerró los ojos y se mordió el labio. Su cuerpo rígido, como una estatua, mientras luchaba de forma infantil para levantarse sin caer en vergüenza.
— Eres un huesito duro de roer... —me burlé, volviendo a mostrar una cara más relajada, aunque me abrí un poco el escote. Extrañamente sentía calor—. No te avergüences, Linus. Hay varias chicas en el escuadrón, además de mí...
— ¿Y eso qué tiene que ver? —siseó, molesto, corriendo la cara hacia un lado.
— Me refiero... —intenté explicarme mientras me destapaba, dispuesta a levantarme una vez más—. No te reprimas, Linus, por lo que sea. Ya viste de primera mano cómo funciona el 602º... Dentro de nuestras cadenas, somos bastante libres. A Ludvig no le molestará que te des una escapada con alguien.
— ¿Estás intentando consolarme? ¿En serio? —Me miró incrédulo, alejando por fin las manos de su pantalón—. Intento ser amable contigo, no estoy detrás de tu cuerpo... no como los demás, al menos.
Curiosa respuesta. No esperaba oírla de nadie... bueno, de él al menos. Es joven, más o menos atlético. Depende a quién le preguntes, dirá que los lupinos tienen bastante libido.
— ¿De casualidad te gustan los hombres? —pregunté con una ceja levantada, girándome dolorosamente sobre la cama y colocando mis pies descalzos sobre la tierra del suelo.
— ¿¡Cómo!? —reaccionó alarmado, sus orejas en alto y su fino pelaje erizado mientras se levantaba de golpe.
— No te alarmes, no te juzgo —afirmé con desinterés—. Creo que hay varios chicos que van por ese lado. No recuerdo si hay algún lupino, pero los elfos manejan muy bien los rifles y las granadas.
No hay vergüenza en eso. Placer es placer, da igual lo que te guste. Al final del día, cuando mueras, nadie se va a fijar en eso. Solo tus chapas, quizás el motivo de la muerte y luego, si tienes mala suerte, vas a una fosa común; si no, un ataúd individual... A nadie le importa ahora mismo lo que hagas con tus agujeros.
— ¡No me gustan los hombres! —me espetó de repente, su voz cargada de frustración. Se llevó una mano a la frente peluda y la otra a la cintura—. Para mí el sexo es más sagrado. No es algo que se regala por un cigarro.
— Así que eres religioso y virgen... —concluí de inmediato.
— ¡Tampoco es eso! —gritó, con un tono más grave y molesto.
Por un segundo pareció querer reventar. Apretaba las manos; sus articulaciones tronaban mientras se mantenía en una extraña lucha interior.
Dio un paso adelante, cerca de la puerta, y se detuvo. Su cola cayó sin vida, así como su repentina energía. Oí un suspiro, de resignación, seguramente, y luego se volvió hacia mí. Como parecía costumbre en él, se relamió el hocico hasta la nariz y luego volvió a sentarse en la silla de antes.
Asumí que quería decirme algo por la forma ansiosa en que me miraba.
Esperó unos segundos en silencio, mirándome a la cara, forzándose a hacerlo. Me cerré el escote, pareciendo ser esa la señal para que hablara.
— Vengo de una familia de inmigrantes, de las Islas Eienyū, o del Sur, como quieras decirles —aclaró, cansado, recostándose sobre el respaldo de la silla—. Mis padres, a su vez, descienden de inmigrantes de las Regiones del Norte. No quiero marearte. El punto es que antaño, mis abuelos formaron parte de un antiguo pueblo...
— No des tantas vueltas, Linus... —le pedí con una media sonrisa, apretando la cicatriz en mi abdomen, tanteando de forma casi masoquista qué tanto podía llegar a doler.
— Bien... —murmuró en respuesta. Parecía que realmente quería contarme la historia de su familia.
Lo siento, pero no. No me interesa. De momento, por lo menos. No siempre es bueno conocer la historia de los demás. Yo apenas le he contado la mía a nadie, quizás un poco a Vicka, pero nada demasiado profundo.
— Me criaron con valores fuertes, entre ellos lo relacionado al sexo... Ampliando lo que te dije hace un tiempo en el comedor: no te voy a juzgar en base a mis valores. Lo único que te pido es que no te me insinúes. Apenas te conozco.
El lobito es puritano... Jajaja... de lo que se pierde el pobre. Sin embargo, eso lo hace todo más divertido.
— ¿Y no quieres conocerme, Linus? —Le guiñé coquetamente, adornando el gesto con una voz dulce.
— ¡Ragna...! —Frunció el ceño, pareciendo molestarse en serio.
— Bueno... está bien... —desistí, levantando apenas las manos—. Pero ayúdame a levantarme, ¿sí? Ya lo hiciste antes, no hay excusa religiosa que te lo impida.
Esta vez ladeó la cabeza, resignado al parecer. Se levantó y me extendió su peluda mano, tirando de mí hasta que pude levantarme.
El frío enfermizo de la tierra bajo mis pies me permitió desviar un poco la atención. La arañé con los dedos, disfrutando el hecho de que no estaba pisando más barro. Ahora era tierra seca y, por suerte, nos rodeaban paredes y un techo... Dentro de todo, la situación parecía haber mejorado.
— ¿Dónde...? —por un instante me perdí; mis ojos recorrieron una vez más el interior del aparente granero—. ¿Mi escopeta...? Necesito un arma, Linus.
No hizo falta mirarlo demasiado para darme cuenta. Su hocico se movió de izquierda a derecha.
Suspiré, resignada... ahora sí que necesitaba un cigarro.
Con la atenta ayuda de Linus, logré calzarme las medias y las botas. El uniforme parecía nuevo. Era nuevo. No lo había visto antes... pero como todo en el 602º, venía con un recuerdo que muchos preferían ignorar.
— Ivanor Pukov... —murmuré al ver el nombre cosido en el cuello de la nueva chaqueta.
— ¿Conocido tuyo? —Linus levantó las orejas. Estaba de espaldas a mí, recto como una tabla.
Apenas me quité la vieja chaqueta y la camisa de lana deshilachada, Linus esquivó mi cuerpo... ¡¿Acaso no se da cuenta de que me está denigrando?! ¡Mis pechos son bonitos, trabajo con ellos...!
Extrañamente, me parecía que le atraían los de Eira... ¡Pero tampoco la conoce! Menos excusa tiene.
— Si me acosté con él, no me acuerdo —me sinceré, frustrada por la actitud de Linus—. Recordaría a alguien con una espalda tan grande como la mía.
— Pobre desgraciado —resumió.
Pareció asentir mientras permanecía de espaldas a mí. Extrañamente, lo imaginé relamiéndose el hocico...
Me vestí como pude. Linus permanecía firme en no mirarme hasta que, por lo menos, me cubriera con la camisa "nueva". Por fin, tras contornearme entre la tela, evitando tirar demasiado de la herida en el abdomen, logré colocarme la camisa y luego, con ayuda de Linus, las pocas capas de abrigo y la chaqueta.
Él se arregló mínimamente el uniforme, tomó su mochila con su infantil banderita aún colgando del cañón del rifle y esperó a que yo hiciera lo mismo.
Finalmente, salimos por la puerta...