Seguí corriendo, atravesando la trinchera en la dirección en la que creía que estarían Ludvig y el resto del 602º.
Mientras avanzaba, apretaba mi herida con una mano y mordía un pedazo de tela vieja para aliviar el dolor. Entonces lo vi: por encima de la trinchera, aquel pedazo de tela sucia ondeaba desde un pequeño mástil improvisado de metal. Las calaveras de lobo se ennegrecían bajo el denso humo que cubría la trinchera.
Apenas logré distinguirla, pero cuando me di la vuelta y vi decenas de figuras difusas atravesando el humo y las llamas que consumían lentamente el exterior de las trincheras, supe que mi única oportunidad era llegar hasta la bandera.
— Más les vale seguir vivos... —recé al cielo más allá del humo negro—. Sería aburrido quedarme sola.
Con los Imperiales a mi espalda y la incertidumbre de la bandera del batallón ondeando a un centenar de metros, me esforcé en seguir avanzando.
Sentí mi pecho agitarse, mi corazón bombear sin descanso, mis piernas adormecerse y la planta de mis pies dolerme tanto que llegué a pensar que había estado corriendo en círculos en vez de avanzar.
Me forzaba a mantener los ojos abiertos a pesar de la incomodidad que me provocaban las cenizas en el aire y el ardor en los pulmones tras haber vivido en un ambiente tan hostil durante demasiado tiempo. Aun así, apreté los puños y respiré hondo apenas pude detenerme, ocultándome por unos valiosos instantes en un diminuto hueco entre los pasillos de madera.
Escuché los gritos de los Imperiales acercarse, sus botas chapotear en el fango, el sonido de sus armas siendo preparadas y los casquillos calientes siendo olvidados apenas tocaban el suelo.
Más adelante, un silbato, agudo y molesto, llamaba a reagruparse. Era un código sencillo, similar al de la retirada: dos pitidos largos y estridentes, capaces de opacar la artillería distante. Lo tenía grabado en la memoria. Tantas veces lo había oído y tantas veces lo había ignorado... Y ahora, me sentía tranquila al escucharlo.
— El bastardo de Ludvig sigue vivo... —Sonreí, asintiendo antes de asomar la cabeza hacia el pasillo y observar en ambas direcciones.
A mi derecha, la bandera del batallón y aquel soporífero silbido, como el canto de un ave en celo.
A la izquierda, decenas de Imperiales, esta vez más pulcros y mejor armados que la infantería promedio, avanzaban por la trinchera en dirección a la bandera. Caminaban con calma, sin apenas levantar barro con sus botas ni perder la compostura. Querían terminar la batalla rápido. Creían que ya la tenían ganada... y no estaban tan equivocados.
Nuestra red de trincheras estaba comprometida. Yo estaba separada de todos. Seguramente pensaban que estaba muerta.
Ludvig era rápido para este tipo de decisiones, y nadie lo cuestionaría. Si él decía que había que retirarse y hacía chillar su silbato con la misma desesperación de un hombre que gatillaba demasiado rápido, significaba que no había vuelta atrás. La batalla estaba perdida...
Salí de mi escondite lentamente, apuntando desde las sombras a los Imperiales, resguardando mi espalda con rápidos vistazos mientras retrocedía.
Aquellos soldados parecían tener la vista fija en la bandera. Un oficial humano, de aspecto lúcido y demasiado pulcro, daba órdenes a sus hombres, haciéndoles señas para que se dispersaran. Movía sus manos con movimientos refinados, como si trazara finos pincelazos en el aire y sus subordinados fueran gotas de pintura en el macabro lienzo que la guerra había puesto frente a él.
Centré mi mirada en él, sintiendo asco por su forma de ordenar la muerte de otros sin apenas una mancha de barro o pólvora en su lujoso uniforme gris.
El cañón de mi escopeta apuntaba a su pecho, y mi dedo acariciaba con lujuria el gatillo.
Sus órdenes me llegaban difusas: palabras complejas, más refinadas que las de sus soldados, con claras notas de superioridad que marcaban incluso a los infelices que lo acompañaban.
Choqué la espalda contra una pared de madera al final del pasillo. Un susurro bajo acompañó el crujido de la madera y, al instante, oí más disparos.
— ¡Encontré a varios más! —Un grito a mi derecha me hizo girar en dirección a la bandera.
Varios Imperiales corrían hacia ella, saltando sobre las trincheras, disparando sus rifles bajo las órdenes de aquel oficial que ahora también había entrado en la trinchera.
Tenía que apurarme.
Aunque mi instinto me empujara a querer lanzarme contra ese maldito oficial, estaba tardando demasiado en reagruparme con los demás. Un oficial muerto no cambiaría nada en este momento. En cambio, si aniquilaban al resto del 602º, quedaría completamente sola, a merced de esos fanáticos religiosos.
Observé rápidamente la posición de la bandera y me moví lo más rápido que pude en su dirección.
A medida que me acercaba, los disparos se volvían más frenéticos. Gritos desesperados, cerrojos de rifle accionándose, el distintivo canto de una ametralladora y el silbato de Ludvig se hacían cada vez más claros.
Apreté los dientes, ignoré el dolor de mis heridas y levanté la escopeta. Si iba a morir, lo haría con los demás...
Tras girar en una de las últimas esquinas antes de llegar a lo que quería recordar como la entrada a la red de trincheras, un grupo de Imperiales cruzó frente a mí. Corrían emocionados con sus armas en alto, bromeando sobre obtener fama y honor tras concretar la victoria. Los observé pasar, ignorándome, concentrados únicamente en correr hacia la batalla.
— Ingenuos... —Me reí para mis adentros, sintiendo un poco de ansiedad mientras apuntaba mi escopeta hacia la ancha espalda de uno de ellos.
Antes de que alguien pudiera sorprenderme, di un rápido vistazo a mi alrededor, cuidando mis puntos ciegos. Solo el humo y la ceniza me rodeaban en aquel decadente pasillo de madera y barro.
Levanté el cañón y, con un movimiento fluido, jalé el gatillo.
"¡Pafff... Chick-Chack!" El primero cayó de cara al suelo, sin vida. Sus compañeros apenas se dieron cuenta. Alcanzaron a detenerse, atónitos ante el cuerpo sin vida de su camarada. La espalda de su uniforme yacía perforada por decenas de perdigones, y la sangre comenzaba a salir a borbotones.
Al instante levantaron sus armas, disparando a ciegas mientras ambos se resguardaban tras las esquinas del pasillo más adelante.
Nos separaban quizás diez metros, a lo mucho quince. No había coberturas de por medio y no tenía granadas para hacerlos salir. Mi espalda daba a un pasillo largo, con demasiadas intersecciones. Estaba cansada, confundida, ya no quería recordar el mapa de la trinchera, pero era un hecho que alguna de esas intersecciones daba a las zonas tomadas por los Imperiales.
Si yo había llegado hasta aquí desde la primera trinchera, alguien más lo haría... Y no quedaba duda. Sería un Imperial.
Apenas asomé la cabeza fuera de la cobertura...
"¡Pafff... FSSHHH—ZING!" Un disparo. Al instante, la pared de madera a centímetros de mi oreja se astilló, cayendo algunos fragmentos al barro.
Por un segundo, no me atreví a moverme. Mi respiración se agitó, mi pecho subía y bajaba con fuerza, y mis dedos arañaban el armazón de madera de mi escopeta. Intenté despejarme, forzándome a respirar despacio. Cerré los ojos y me concentré en recordar la posición de ambos a lo largo del pasillo. Finalmente, exhalé lentamente.
Me agaché, ahogándome en un dolor agudo, pegando mi espalda a la pared mientras me mordía el labio. Resoplé y me asomé de nuevo, apuntando la escopeta hacia la esquina diagonal a mi posición.
El pobre infeliz apenas estaba asomado, el cañón de su rifle apuntaba por encima de mí, lo justo para que el cuerpo de madera del arma me cubriera en su punto ciego...
"¡Pafff... Chick-Chack!" Jalé el gatillo y recibí todo el retroceso en mi hombro, casi cayendo de espaldas. Un horrible tirón recorrió mi cuerpo desde el muslo hasta el cuello.
El cuerpo del Imperial cayó de lado. En un instante, la mitad de su rostro había desaparecido, tiñendo de rojo carmesí las paredes y el suelo, al igual que a su compañero, que en shock no supo reaccionar.
No iba a desperdiciar la oportunidad.
— ¡¡¡AAAAAAAGGGGHHhhhh...!!!
Abandoné la cobertura y me lancé con todo hacia su posición.
Mi grito, como el rugido de una bestia, atravesó el pasillo como una declaración férrea de mis intenciones.
El desesperado Imperial me vio correr hacia él. Intentó retroceder, tomando su rifle a las apuradas, levantándolo hacia mí mientras sus pupilas reflejaban mi figura demoníaca. Mis cuernos, negros como la oscuridad en la que crecí, fueron lo último que sus ojos enfocaron antes de que le pateara el cañón del rifle, estrellándolo contra la pared.
Sin detenerme, le desencajé la mandíbula de un culatazo. Su cabeza rebotó contra el suelo, su cerebro se desconectó y yo... Yo pude tomarme un segundo para respirar.
El descanso fue efímero...
Pude respirar, sí, pero cuando quise darme cuenta, mi cuerpo estuvo a punto de desmoronarse. Un grueso hilo de sangre caía desde la herida en mi torso, recorriendo mi pierna y manchando el suelo.
Me estaba exigiendo demasiado, pero aunque mi cuerpo gritara, mis piernas se rompieran y mis ojos se cerraran, no podía detenerme.
Estaba cerca.
La bandera del batallón estaba a una decena de metros. Apenas lograba distinguir los dientes en los cráneos de lobo.
Pese a que el silbato de Ludvig había dejado de sonar, el conflicto no había terminado. Ahora una ametralladora disparaba sin cesar. Debía ser Eira. Solo ella podía soportar el retroceso de su ametralladora mientras quemaba cintas de munición.
Algunas balas trazadoras surcaban el cielo como flechas rojas, desgarrando el humo y perdiéndose en menos de un segundo dentro del manto negro que consumía el aire.
— No... No... ¡No! ¡NO! —grité, apretando los puños y forzándome a dar un paso, luego otro.
Mis piernas querían ceder. Se dormían. No las sentía por momentos.
No podría usar la escopeta.
Un solo disparo con ella y caería al suelo.
Apoyé una mano en la pared, ignorando la sustancia viscosa que la cubría. Avancé lentamente, dejando los cadáveres atrás.
El pasillo frente a mí era largo, terminaba en una intersección en T para luego dar a un pasillo más corto... o eso quería recordar.
Tenía a los Imperiales encima.
No podía ocultarme. Apenas podía dar pelea.
Aún no me había resignado, pero la situación y mi cuerpo ya no me gritaban: me golpeaban con la realidad. Con cada paso, el dolor se volvía más soporífero y mi mente se negaba a reaccionar.
Me dolía la cabeza, mi cerebro palpitaba y mis oídos... apenas lograba oír.
Entonces, una sombra gris dio un salto largo frente a mí, cruzando la trinchera con facilidad.
Me vio.
El muy maldito me vio.
Pude sentir la sorpresa en su difusa silueta.
Intentó apuntarme.
Disparó.
"¡Pafff...!" Sentí una ráfaga de viento rozarme el brazo y, al instante, el ardor punzante de una herida.
Intentó tirar del cerrojo de su arma, pero, aunque yo no estaba lúcida del todo, logré levantar la pistola que había saqueado antes y disparar varias veces en su dirección.
"¡Pafff-Pafff... Pafff...!" Apenas distinguí los fogonazos entre la oscuridad de mi mente, pero no hubo respuesta. Solo un gruñido ahogado y el contundente golpe de un cuerpo cayendo en la trinchera. Fue la leve melodía que trajo una efímera paz a mi mente.
Seguí caminando. Pero antes de llegar a la intersección, no pude más.
Mis piernas colapsaron.
Caí de rodillas.
Mi visión se nubló por completo, fundiéndose lentamente a negro mientras hacía un último esfuerzo por, al menos, caer boca arriba.
Apenas sentí cómo mi cabeza golpeó el suelo.
Lo sentí a través de mis dientes, como si me golpearan en la mandíbula.
Intenté abrir los ojos, pero fue imposible...
— ¡Ragna...!
Un grito lejano, perdido en lo profundo de mi mente, me dio la mínima fuerza para abrir los ojos.
— ¡La encontré...!
— ¡Mierda! —exclamó alguien con voz firme, contundente, libre de dudas—. ¡Está casi muerta...!
Hice lo posible por verlos.
Los vi... pero a duras penas logré distinguir sus siluetas.
Una figura delgada, peluda... tenía un aliento horrible... ¿Linus...? ¿Karl? ¿Ese bastardo por fin se preocupó por mí?
Cerca de él, alguien disparaba.
Distinguí su postura. Erguido y firme, con un sobrante de orgullo que parecía hacer brillar los detalles dorados de su uniforme. Cada disparo, iluminaba la oscuridad que nos rodeaba. Su rostro pálido, firme hacia delante. Sostenía su arma con una mano, lanzando rápidas miradas hacia nosotros.
— ¡Tú y tú, sáquenla de aquí, ya...! —ordenó de forma contundente el que me forcé a intuir que era Ludvig, jugando el papel de líder preocupado.
No hubo dudas por parte de nadie.
En un parpadeo, me tomaron de los hombros del uniforme y comenzaron a arrastrarme a través de la trinchera.
Lentamente, me sacaron de aquel lúgubre pasillo.
Los disparos y los gritos se hicieron cada vez más distantes.
Mi mente se apagó poco a poco.
Mis párpados no aguantaron más y, tras ser levantada con esfuerzo, me colocaron sobre una superficie pajosa y áspera.
Di un último suspiro...
Y todo a mi alrededor desapareció...
