Mis oídos pitaban. Era un zumbido agudo, como si las balas que no me habían matado antes siguieran en algún lado, persiguiéndome dentro de mi cabeza.
El barro, cálido y podrido, me abrazaba con su hedor agrio. Me quemaba la garganta con cada bocanada de aire, como si el muy maldito quisiera tragarme.
Intenté abrir los ojos. Un parpadeo... luego otro. Sombras y humo. Figuras corrían. ¿Federación? ¿Imperiales? No importaba. Sentía cómo pisaban mi cuerpo. Mi espalda crujía bajo el peso, mi boca se llenaba de tierra y sangre, y mi pecho ardía como si me atravesaran con varillas de metal. Pero podía sentirlo... Mis pies. Aún estaban allí. Aún podía raspar el interior de las botas con los dedos...
Levanté la vista. La ametralladora de Eira... ya no estaba. Había desaparecido, al igual que sus partituras y su directora de ópera.
Parpadeé con fuerza una vez más y mi visión se aclaró lo justo: la trinchera hecha pedazos, el parapeto colapsado, la madera rota como los huesos de un enorme animal moribundo. La tierra entraba a la trinchera como si de una rampa se tratase.
Intenté respirar, llenar mis pulmones de aire, pero por más que me esforzara, no entraba del todo... Mi garganta sabía a sangre y tierra. Me costaba respirar, me esforzaba, quería, pero mi pecho ardía, tanto como para hacerme creer que tenía alguna costilla rota...
— ¡Cargueeeeeen! —De pronto, un ensordecedor grito destapó mi oído, rompiendo la burbuja de tierra que me ensordecía.
No distinguía quién era, pero oía un silbato, pitidos repetitivos, similares a los de Ludvig, pero más agresivos e impacientes.
Miré en todas direcciones, pero lo único que veía era a esos cerdos imperiales adentrándose en nuestra trinchera, corriendo y pisoteando nuestros cuerpos, rematando a los pocos que aún parecían moverse y sollozar.
¡Perros de mierda...! Quería levantarme y matarlos, arrancarles la cabeza a golpes para luego lanzarlas a sus compañeros con una granada en la boca, pero mis pies, mi cuerpo... ¡apenas podía moverme!
Disparos, explosiones. Mi cerebro lentamente los identificaba, más cerca, más lejos. La batalla seguía.
Un imperial pasó corriendo frente a mí. Un humano, joven, de piel blanca y pelo rubio, cargando un rifle. Me ignoró completamente, siguió de largo, girando hacia un pasillo a mi derecha. Más disparos se oyeron desde ese lado, rápidos, certeros y, de repente... silencio...
— Ojalá... —Apreté los dientes, aguantando el soporífero dolor que recorría mi pecho y espalda, llorando en silencio mientras luchaba por recostarme—. Te hayan volado la cabeza, infeliz.
No me dejé vencer por el dolor y me recosté contra la pared de madera a mi espalda. Apenas lo hice y pude percibir mis alrededores, me di cuenta de por qué me habían ignorado: tenía varios cadáveres encima, cada uno en peor condición que yo. Tenía mi uniforme completamente manchado con la sangre de ellos... Aunque el ligero dolor que crecía cerca de mi cintura no me daba certeza de que esa sangre no fuera en realidad mía.
Me llevé la mano a la herida. Una punzada de dolor agudo recorrió mi cuerpo apenas toqué la zona. Sangre oscura, casi negra, manchaba mi mano... ¿El hígado? No... ¿Los riñones? Puede ser...
Cerré los ojos y me mentalicé. Estaba herida, pero seguía respirando... Aún podía llevarme algunos por delante.
Volví a abrir los ojos y busqué mi escopeta. Sin ella y herida, no podría hacer demasiado. Pese a mi situación, las crudas palabras de Ludvig, momentos antes de conocer a Linus, vinieron a mi mente: "Y créeme, ellos no te darán ni un cigarro a cambio". No saldría de ésta con mis "habilidades" ni con mi cuerpo.
— Linus... Eira... —Sus nombres y caras eran lo único que venían a mi mente mientras rebuscaba entre los escombros a mi alrededor—. Si yo no morí, ellos no están muertos... No pueden morir...
Eran ilusiones vacías. Aquí todos podíamos morir. Los cuerpos a mi alrededor eran testigos de ello.
Las expresiones de los cadáveres eran un lujo; la mayoría descansaba con los ojos abiertos, rojos por las hemorragias internas y sucios por la tierra que nos bañaba a todos.
Debajo de uno de ellos, encontré mi escopeta. Estaba caliente, como si el cuerpo que la ocultaba no estuviera del todo muerto. Me acerqué por instinto, atenta a que nadie me viera moverme. Algunos imperiales saltaban por encima de la trinchera, revisándolas desde arriba en busca de víctimas. No quería ser una de ellas.
Revisé el cuerpo entre quejidos. Cada movimiento que hacía, fuera con mis brazos o con mi torso, me hacía gimotear y detenerme. La adrenalina aún no pasaba, pero pronto lo haría.
Aquel cuerpo frente a mí parecía el de un joven fénneck de orejas a medio cercenar. No lo reconocía, pero distinguía entre la sangre en su brazo y el difuso color blanco de su uniforme el bordado de las tres calaveras de lobo.
Los labios del chico, faltos de color, aún se movían, pero su voz no salía. Sin embargo, parecía luchar por respirar, por mantenerse con vida.
Nuestras miradas se cruzaron, pero ya era muy tarde. Apenas me distraje, esquivando la mirada de sabueso de un enano asquerosamente barbón que barría la trinchera, apuntando su arma a toda sombra, los ojos del joven, verdes como un bosque de pinos, se habían clavado en mí, inamovibles, perdidos en un abismo en el que aún no quería caer.
Cerré sus ojos, aunque no acostumbraba a hacerlo. Él me había cubierto mientras estuve inconsciente. No tenía otra forma de retribuírselo.
Tomé mi escopeta con ambas manos y la bombeé dolorosamente. El tirón de la herida hizo que me atragantara. El dolor se condensó en una bola dentro de mi garganta. No lo dejé salir. Si lo hacía, me matarían. Me lo tragué, como siempre solía hacerlo. Estaba acostumbrada y tampoco le encontraba disgusto.
Apoyé la culata de la escopeta en el piso y la utilicé para apoyarme. Me levanté gruñendo, deseando que el dolor desapareciera apenas matara a alguien.
El bombardeo había cesado, quedando solo el eco de los cañones perdiéndose en la lejanía. Los disparos también cesaron, pero no del todo. Órdenes eran gritadas; las voces venían de todos lados y ninguna era en mi lengua materna. Eran gritos en una lengua burda, compleja hasta para ellos y cargada de un fuerte estigma intelectual.
Escupí sangre y seguí avanzando.
Atravesé el primer pasillo, dejando atrás la primera línea, adentrándome en aquel laberinto destruido.
Las paredes de madera aún resistían, la tierra alrededor aún no había colapsado, y algunas lámparas de aceite permanecían encendidas. Su luz era como un camino de migajas de pan para mí. El cielo se había ennegrecido, el humo consumía el sol y un extraño resplandor lejano teñía todo de un cálido color anaranjado-rojizo que solo me hacía desesperar más.
— Mierda... mierda... ¡Mierda...! —Repetía incansable, mordiéndome la lengua con cada paso que daba. No era la primera vez que me herían, sin embargo, había algo en el ambiente, en aquel humo que se comía el sol, que no me dejaba tranquila.
El eco de mis botas se perdía en los pasillos, junto a los cuerpos de todos los que decoraban el lodo, cuya sangre corría lentamente por los toscos desagües debajo de la madera en el suelo.
Giré en otra esquina y otro cadáver me recibió. Tenía varios impactos de bala en todo el cuerpo. Su rifle, caído cerca de sus manos, apuntaba recto, como una señal, pero ¿señal de qué? No lo sabía, pero distinguía gritos, disparos, gemidos y sollozos. Lentamente me consumían, me carcomían la mente.
— ¡Encontré a una! —El grito repentino de un soldado a mi espalda me hizo estremecer. Me di la vuelta, levanté la escopeta y no lo pensé.
"¡Pafff...!" Antes de que pudiera hacerme algo, atravesé su pecho con perdigones. Me di la vuelta y seguí alejándome.
El eco de mi disparo debía haber avisado de mi presencia. No tardarían en caer sobre mí... Avancé varios metros y giré, dirigiéndome hacia el comedor. Esperaba que allí estuviera Vicka. Ella apenas disparaba un arma; las pocas veces que lo hizo fue conmigo, y de milagro no se quedó paralizada al concentrarse en la mira de hierro.
A duras penas alcancé el comedor, adentrándome con la escopeta por delante, barriendo el lugar con la mirada. El fuego bajo la olla donde Vicka cocinaba su "veneno" crepitaba moribundo, las brasas se apagaban lentamente. Ella no estaba aquí...
— ¡Síganle el rastro! —Aquellos gritos endemoniados se acercaban, dispuestos a darme caza—. ¡Búsquenla desde arriba! ¡Debemos encontrarla y a esos sucios condenados que están con ella!
No podía quedarme quieta.
Revisé por última vez el comedor, aceptando el peligro de acercarme a donde Vicka cocinaba. Tomé una cantimplora de agua para humedecer y limpiar mi garganta. El agua fría apenas me revitalizó, pero fue suficiente para darme algo más de lucidez, ayudándome a ignorar el dolor de mis heridas.
Me até la cantimplora a la cintura y abandoné el comedor. Debía alejarme lo más posible de los gritos imperiales. Cada metro que me alejara era un minuto más de vida.
Recorrí la trinchera como una cucaracha, ocultándome entre los cadáveres, usando cualquier escondrijo o cráter a mi favor. Los imperiales pasaban por encima de mí, saltando el espacio entre trincheras, mancillando los cuerpos de los muertos con más disparos.
Alcancé la armería, el único lugar en toda la maldita fosa común a la que nos dignábamos a considerar trinchera con una puerta de metal y cemento en las paredes y techo. Habían volado la puerta con dinamita. El detonador yacía roto a pocos metros, junto al cadáver mutilado del imperial idiota que no sabía que la metralla de la explosión recorre más de cinco metros.
Apenas asomé la cabeza, lo vi: el interior había sido saqueado. No habían dejado ni los malditos casquillos.
— Hay que estar hambriento para comerse el pan quemado... —chasqueé la lengua, resoplando, resignada. No me quedaban demasiados cartuchos.
Respiré profundamente, imaginándome dónde podría estar el resto del 602º y, lentamente, recargué mi escopeta.
Aún percibía disparos en la lejanía, distorsionados. Venían desde el otro extremo de la red de trincheras... Podían ser ellos. Ludvig era tan listo como impulsivo; debía haber hecho retroceder a todos, incluso discutir con el mando de artillería para recibir apoyo. Aunque estuviera aquí, seguía teniendo influencias en ciertos sitios.
No quería morirme aquí, sola, a manos de esos pedazos de mierda religiosos...
"¡Chick-Chack...!" Revisé una última vez la recámara de la escopeta y, antes de que los imperiales me alcanzaran, abandoné la armería en dirección al conflicto. No iba a dejarlos divertirse solos; todos necesitaban "apoyo moral y físico".
Atravesé la trinchera corriendo, saltando sobre los cadáveres y los escombros de madera y tierra quemada en mi camino. Giré en cada esquina, esforzándome en recordar el mapa que una vez Ludvig nos obligó a memorizar. Nunca creí que me sería tan útil como ahora, pero agradecía que, entre tantos insultos, se haya preocupado en que supiera los mejores recovecos oscuros para hacer mis transacciones.
Intenté no detenerme para esconderme. Me estaba aburriendo de hacerlo y, además, mi cuerpo, pese a todo, decía a gritos que quería acción. Mis manos se entumecían sobre la escopeta, mis piernas temblaban y mi corazón retumbaba como un motor a vapor.
"¡Pafff... FSSHHH—ZING!" Al cruzar una intersección entre pasillos, un disparo zumbó en mi oído, haciéndome caer al suelo, aturdida. Intenté amortiguar la caída rodando, pero mi cuerpo me traicionó y apenas logré caer de espaldas sin soltar la escopeta.
— Miren lo que tenemos aquí... —se burló un joven elfo de larga cabellera rubia, no muy diferente de aquel guardia con el que negocié en mi estadía en prisión. Pero a este chico le faltaba... cuerpo. Sostenía su pistolita con demasiado orgullo.
Los celestes ojos de aquel chico me miraban, desnudándome seguramente en su mente. Sonreía de forma asquerosa; sus dientes pulcros distaban demasiado de la suciedad en su uniforme y de los vomitivos movimientos que hacía con su lengua.
El animal en su pantalón saludaba feliz, levantando la carpa, invitándome a jugar con él.
— Estás demasiado animado, niño... —Lo miré, empezando por su pantalón y subiendo hasta su rostro—. ¿Acaso te gusta lo que ves? ¿Quieres jugar conmigo un poco? —sugerí, abriendo lentamente mi escote, dejándole ver un poco de mi carne roja.
Aquellos ojitos celestes se iluminaron, clavándose en mi piel, devorándome aún más conforme yo delineaba el contorno visible de mi pecho. Aquel animalito también saltaba de alegría, moviéndose inquieto como si tuviera vida propia. Me causaba más gracia que asco; incluso me hacía feliz ver al enemigo babear por mi cuerpo.
Quizás aquellas palabras de Ludvig sobre que no me darían ni un cigarro eran mentira...
— Sabes que puedo llamar a mis compañeros, ¿verdad? Y divertirnos entre todos... —dijo con una voz que luchaba por sonar coqueta, pero que pecaba de una desbordante libido que se acentuaba en sus ojos.
— ¿Y por qué no mejor disfrutamos tú y yo...? —sugerí, intentando levantarme lentamente, esforzándome también en distraerlo con mi pecho descubierto. Pocas veces me había fallado esto con los chicos y muchachas del batallón. No creía que un niño se resistiera—. Sé egoísta y disfruta, no sabes cuándo podría ser la última vez.
Mis palabras capturaron la mente del elfo. Sonrió feliz, ilusionado tal vez con la oportunidad. Sin embargo, pecó de distraído: se acercó a mí, dispuesto a usarme. Me empujó al suelo e intentó liberar a aquel hambriento animal de su jaula de tela, pero se distrajo con la hebilla del cinturón y, en una fracción de segundo...
"¡Pafff...!"
El cuerpo del elfo detuvo todos los perdigones con su abdomen, cayendo instantáneamente sobre mí, manchando mi cuerpo y piel con su espesa sangre. Dejé descansar su cabeza sobre mi pecho desnudo. Al fin y al cabo, eso quería él, ¿no?
Sus últimas bocanadas en busca de aire hicieron cosquillas en mi pezón, haciéndome estremecer y fantasear por un segundo con que no tenía un cadáver sobre mí, y que este no parecía querer jugar conmigo aun estando muerto.
Me permití descansar un segundo, acariciando la cabeza del elfo, jugando a enredar mis dedos en su largo cabello rubio...
Finalmente, tras unos segundos de merecido descanso, empujé el cadáver hacia un lado y me volví a levantar. Aún creía sentir el peso de su cuerpo sobre mí, pero allí estaba él, tirado sobre el barro, con los ojos abiertos en una expresión ansiosa y desesperada.
Quise saquear su cuerpo. Confiaba en mi escopeta, pero los cartuchos escaseaban, y utilizar las armas enemigas me daba acceso a su munición. Mientras los siguiera matando, la munición seguiría llegando.
Tomé su pistolita y revisé su cuerpo. Apenas saqué dos cargadores y un pedazo de salchicha que no dudé en llevarme a la boca. Él no tenía nada más que ofrecerme, así que lo dejé ahí.
Había perdido demasiado tiempo jugando con aquel niño...
