El cielo, antes gris y pesado, se abría en llamas. Estrellas fugaces lo desgarraban, cada una silbando su propio canto de muerte. La tierra temblaba con cada explosión. El aire, antes helado, se convirtió en una masa sofocante de cenizas y pólvora, capaz de quemar los pulmones de los más débiles.
Hordas de soldados imperiales corrían hacia nosotros como perros rabiosos, sedientos de sangre. Sus uniformes grises se teñían de negro conforme avanzaban con las bayonetas en alto, su brillo apagado, reflejando el fuego.
Su artillería los cubría, alentándolos a correr como una manada de lobos hambrientos, con la rabia de quienes se creen inmortales. Sus fusiles escupían plomo sin piedad. Y sus gritos... sus gritos eran plegarias distorsionadas, como si la guerra misma los hubiera convertido en profetas de su propia destrucción.
Sabían que iban a morir; pero no les importaba, siempre y cuando nos llevaran con ellos.
— ¡¿Dónde mierda está la maldita ametralladora?! —exclamé, girando la cabeza con desesperación. La trinchera era un lodazal de cuerpos, escombros y metralla.
Nada, solo un par de desgraciados corriendo con explosivos y rifles viejos. Si ese maldito pedazo de metal y vapor no aparecía antes de la próxima carga de bayoneta imperial, me vería partiendo cráneos a culatazos... si es que no retrocedíamos antes...
— ¡Refuercen la línea, no los dejen avanzar! —ordenó Ludvig con un estridente y repentino grito, apareciendo desde uno de los pasillos a mi derecha. Su voz resonó por la trinchera mientras se bañaba con la tierra quemada de las explosiones.
El bastardo apareció cuando más lo necesitábamos, como un demonio que sabe cuándo su presa está herida y acorralada.
Su uniforme blanco de oficial estaba manchado con la misma ceniza que cubría nuestra piel, pero su pistola brillaba impecable: su orgullo personal, su amante de acero. Se decía que la había ganado en una apuesta y que con ella había cometido barbaridades con la hija de un noble...
No era el mejor comandante del mundo. Pero era el nuestro. Y cuando las balas zumbaban y la muerte nos llamaba a la puerta, él siempre estaba ahí, junto a nosotros.
— ¡Hasta que por fin te dignas a mover tu pomposo culo! —reí, observándolo con una extasiada sonrisa, bañándome, como todos, con las primeras cenizas de la batalla.
— ¡¿No te has muerto aún, Lichter?! —respondió él con una sádica sonrisa, levantando su pistola, dispuesto a participar en la masacre—. ¡A ver cuándo te mueres y dejas de mostrar tus pechos a todos...! —dijo con falso cansancio, sacando un silbato de su bolsillo y soplándolo para llamar la atención de todos.
Mientras él jugaba a liderar, silbando órdenes sencillas y marcando el ritmo de la batalla, los Imperiales caían sobre nosotros como una avalancha sin fin, resguardándose tras su cortina de fuego para bloquear nuestra visión.
La tierra entraba en mis ojos, irritándome dolorosamente, pero eso solo avivaba el incendio en mi interior.
Levanté la escopeta y la apoyé contra mi hombro antes de apuntar sobre el parapeto. No pensé, no dudé. Solo apreté el gatillo.
"¡Pafff... Chick-Chack...!" Un niño cayó. No vi su rostro, solo su pecho abriéndose en una flor de carne y sangre. Sus compañeros lo pisotearon sin mirarlo.
Tal vez estaba vivo. Tal vez sentía cómo lo ignoraban. Pero no tenía tiempo de averiguarlo.
"¡Pafff... Chick-Chack...!" Otro cayó. La carne se desgarró. El barro se tragó su cuerpo.
No había gritos, no había voces. Solo el eco de las balas y el rugido de los cañones a mi espalda... Nuestra artillería finalmente despertaba...
— ¡Bastante se habían tardado ya, hijos de...! —Me contuve, apretando los dientes, dirigiendo mi frustración a la escopeta.
Moví el cañón hacia un lado y jalé el gatillo.
Con una violenta sacudida, la culata entumeció mi hombro y otro Imperial cayó. Le di en el abdomen. Cayó doblado sobre sí mismo, su cara se enterró en el suelo, inmóvil.
Bombeé la escopeta y el cartucho quemado salió disparado, girando en el aire antes de perderse en el fango. El olor a pólvora invadió mis pulmones, relajándome tanto como el humo de un cigarro tras una noche de guardia.
— ¡Rag, ayuda a montar la ametralladora! —bramó Ludvig a mi espalda, coordinando a todos con una habilidad sin igual.
Sus manos danzaban, señalando todo. El silbato en sus agrietados labios chirriaba agudamente, apenas superando el estruendo de la artillería que, impacto a impacto, se iba acercando a nosotros.
"¡Pafff... Chick-Chack...! ¡Pafff... Chick-Chack!" Disparé una, dos, tres veces... perdí la cuenta tras el cuarto disparo.
La carne de los Imperiales volaba, largos arcos de sangre manchaban la tierra y, aun así, sus gritos no dejaban de llegar.
— ¡Por el Imperio! —exclamaban los más jóvenes, aún con la ilusión en los ojos.
— ¡Por la Reina! —gritaban con voces más desgastadas los veteranos, refugiándose en la figura de aquella zorra aristócrata.
Balas zumbaban sobre nuestras cabezas en aquel interminable fuego cruzado. El barro se teñía de rojo y los alaridos de dolor, suyos y nuestros, atemorizaban las mentes de todos como fantasmas en una noche cerrada...
Apenas razoné la orden de Ludvig cuando algo reventó a mi lado y un líquido hirviendo salpicó mi cara. Entró a mi boca sin avisar; si fuera de Karl, ya lo habría golpeado.
Lo diferencié de inmediato: sangre caliente, menos viscosa que otros fluidos. Sabía a carne quemada y hierro. El regusto de la muerte se filtraba entre mis dientes y mi lengua. Tosí por instinto, escupí sin pensarlo, pero aquel regusto no desaparecía.
A mi lado, un joven caía, su ojo atravesado, su cabeza abierta como un melón aplastado.
Lo vi caer y, por un instante, sentí que el suelo me arrastraba con él.
Al mismo tiempo que dejé el escalón de tiro, su cuerpo impactó contra el suelo con un chasquido húmedo. La trinchera comenzaba a consumirlo y las cenizas en el aire hacían de aquel mejunje sangriento una masa gelatinosa.
Eira apareció corriendo desde el humo, exhalando vapor blanco de su hocico, inconfundible frente a la negrura que nos rodeaba. Cargaba la pesada ametralladora al hombro como si fuera un rifle de entrenamiento. Detrás de ella, Linus corría, cargando una caja metálica de munición. Su bandera colgaba de una tabla a medio quemar que sobresalía de su mochila, ondeando con violencia, resistiendo los constantes cambios en la dirección del viento tras cada explosión.
— ¡Ragna, montemos la ametralladora en el parapeto! —gritó eufórica Eira, compartiendo una blanca sonrisa conmigo, golpeándome el brazo con su mano mientras avanzaba hacia el escalón de tiro.
— ¡¿Y yo qué hago?! —intervino Linus, expectante, agachándose instintivamente milésimas antes de que una explosión hiciera llover tierra y escombros sobre nosotros.
Mierda... No era a mí a quien tenía que preguntarle eso... ¡Pero el bastardo de Ludvig parecía demasiado ocupado gritando y silbando como un niño chico durante las festividades!
— ¡Agacha la cabeza y ayuda a Eira con la cinta de munición! —señalé, incapaz de imaginar qué utilidad tendría él en este momento.
Su bandera no servía de nada, los Imperiales seguían tomando la ofensiva. Salir de la trinchera era un suicidio. Lo matarían apenas asomara la cabeza más de lo necesario...
Eira lo recibió sin rechistar, le arrebató la caja de munición, la abrió y le entregó bruscamente la cinta, como si dijera que se encargaría de todo.
Me acerqué a ellos y, como pude, ayudé a colocar la plancha de metal sobre el cañón de la ametralladora. En cuestión de segundos, el arma estaba lista, y Eira no tardó en tomar el mando. Linus le entregó casi de forma ceremonial la cinta de munición y ella la colocó con precisión, tirando con fuerza de la recamara.
— ¡No te quedes quieto y haz algo, niño abanderado! —espetó Eira de inmediato, tomando las asas de la ametralladora, presionando ambos gatillos—. ¡Hondea esa puta bandera y haz algo útil!
El cañón de la ametralladora escupió una llamarada roja, y la cinta de munición comenzó a consumirse mientras Eira apretaba en ráfagas los gatillos. Cada disparo iluminaba nuestros rostros... y, al mismo tiempo, apagaba para siempre la luz en los ojos de un Imperial
Lo que comenzó como ráfagas cortas hacia grupos aislados de soldados se convirtió en una carnicería cuando Eira dejó de soltar los gatillos, devorando la cinta de munición a un ritmo alarmante.
El cañón refrigerado por agua escupía fuego mientras la recámara, jadeante por el vapor, vomitaba casquillos sin tregua. Y junto a ellas, la capacidad de razonamiento de Linus. El pobre apenas parecía conciliar idea alguna.
Solo pude mirarlo de reojo mientras llevaba mis manos a los bolsillos, sacando un puñado de cartuchos para saciar el hambre de mi escopeta.
Temblorosa, introduje los cartuchos, metiendo violentamente mis dedos en la recámara, sin temor a que fueran atrapados... como sí solía suceder cuando intercambiaba jabón con las chicas.
Un segundo... dos... Un cartucho se me resbaló. Extendí la mano para atraparlo, pero el grito de Ludvig desgarró el aire. Mi mano vaciló. El cartucho se perdió en el barro...
— ¡Granada!
Su grito me llegó como un balde de agua fría en verano.
Levanté la mirada al cielo y la vi: un palo con un pequeño bloque redondeado en el extremo volaba por el aire, directo hacia la trinchera.
— ¡Mierda, Eira...! —Intenté agarrarla, pero no llegaría. No pude soltar mi escopeta; mis manos se aferraban a ella como si estuviera fundida dolorosamente en mi piel.
La granada sobrevoló nuestras cabezas y cayó junto al escalón, en el corazón de la trinchera...
Tragué saliva, cerré los ojos y apreté los dientes. Quería hacerme un ovillo; así dolería menos, estaba segura. La oscuridad me envolvió y, con ella, esperé mi final...
— ¡¡¡AAAAAHHHHHhhhh...!!!
Un grito agónico colmó el campo de batalla, seguido de un par de pasos ahogados en el barro, atravesando la trinchera.
"¡BOOM!"
La tierra se estremeció con la explosión y una nube de humo y polvo llenó el aire.
Sentí cómo se metía en mi garganta, impidiéndome respirar. Tosí desesperada, agarrándome el pecho al borde del colapso hasta que alguien me tomó de la mano y tiró de mí, obligándome a despertar, aunque mis piernas hubieran perdido la fuerza y mis oídos pitaran como si me hubiera parado al lado de un tren.
— ¡No te vayas a morir ahora, idiota! —bramó aquel chico de hocico chato y orejas peludas, sosteniéndome con fuerza, clavando sus garras en mi brazo para hacerme despertar.
— ¡¿Linus?! —pregunté, aturdida, parpadeando, resistiendo la sensación de ahogamiento tras respirar todo este aire quemado.
— ¡Levanta y haz algo, no tengo un arma! —me espetó él, empujándome contra la pared de la trinchera, esperando que así pudiera reaccionar.
Pero por algún motivo, aquello me provocó una enorme excitación.
Sonreí, y se sintió tan bien...
Incluso Linus sonreía como un animal salvaje: su hocico abierto, babeando saliva con barro.
El hedor a comida de Vicka y el salobre regusto de su hocico inundaban su aliento como un pesticida barato, encendiendo mi mecha.
— ¡Deja de chupársela, Rag, ponte en el escalón, ya! —bramó Ludvig, disparando su pistola a los pocos infelices que lograban alcanzar la trinchera—. ¡Y tú, abanderado, súbete los pantalones y deja de babear por el cuerpo de Rag...! ¡Hondea esa puta bandera para que te usen de tiro al blanco!
La ametralladora de Eira seguía vomitando plomo frente a nosotros. Una lluvia de casquillos dorados caía sobre sus pezuñas, el vapor de la recamara y el cerrojo la envolvía.
Los muchachos alrededor disparaban y recargaban sus rifles. Otros corrían cargando cajas de munición y unos pocos yacían muertos, decorando con su sangre las paredes de la trinchera.
— ¡Muévete, zorra ninfómana! —me exigió Eira con una voz gutural, cargada de una rabia que descargaba sobre las decenas de Imperiales que corrían hacia nosotros.
El silbido terminal de la artillería aceleraba mi corazón.. Cada gota de sangre sucia que manchaba mi rostro me despertaba del letargo.
Miré a Linus una vez más y, sin pensarlo demasiado, di un fuerte pisotón, rompiendo una de las tablas a mis pies.
El muy ingenuo miró la madera astillarse y, cuando levantó la cabeza, lo tomé del cuello del uniforme, levantándolo apenas del suelo. Y en un arrebato de excitación ciega, le di un beso en su negra nariz antes de empujarlo lejos, antes de que se ilusionara conmigo.
— Un regalito por salvarme la vida, lobito... —afirmé con una sonrisa, guiñándole coquetamente un ojo. Luego tomé mi escopeta y bombeé el cañón—. Aquí nadie se mete en mi trinchera... hasta que yo lo diga.
"¡Chick-Chack...!"
Un cartucho salió disparado de la recámara, cayendo cerca de los restos del chico con el cráneo explotado.
Tomé posición una vez más en el escalón de tiro. A mi lado, la ametralladora de Eira no dejaba de cantar aquella mortal sinfonía automática, disparando notas rojizas que atravesaban el humo de los bombardeos, rasgándolo e impactando contra los cuerpos de los Imperiales.
Sin que siquiera hubiera vuelto a disparar, los cuerpos ya se estaban amontonando a un centenar de metros. Aun así, los bastardos no dejaban de llegar.
— ¡Dispara, maldita! —me abofeteó Eira con su rugosa mano, casi enterrando mi cara en la tierra frente a mí—. ¡Abre fuego antes de que nos maten! ¡Matemos a cuantos sean posibles antes de retroceder!
No lo dudé.
Levanté la escopeta y disparé al primer infeliz que se detuvo, vacilante, en busca de órdenes.
"¡Pafff... Chick-Chack!"
La culata mordió mi hombro, y el cuello de aquel elfo se desgarró. Cayó arrodillado con las manos en la garganta, desesperado por detener la hemorragia. Pero apenas pudo. Se dejó morir desangrado al ver el río de sangre que se escurría entre sus dedos.
Atrás de él, un grupo de Imperiales que lo seguían se refugiaron tras un montículo de tierra, comenzando a disparar hacia nuestra posición. Intenté apuntarles, pero cuando fui a disparar, una mano me agarró del pantalón del uniforme, tirándome hacia atrás y un segundo después, lo oí... El sonido de un motor... el repiqueteo de unas orugas a la distancia.
Nubes de vapor blanco cubrían la lejanía.
Pero algo más se acercaba... el canto final de una lluvia de estrellas. Mi piel se estremeció y mi corazón se detuvo...
"¡¡¡Fiiiiiiiiuuuuuuuu...!!!"
En un parpadeo, observé la trinchera mientras caía al barro...
Ludvig miraba al cielo con una mezcla de terror y resignación, soplando su estridente silbato en pitidos cortos y repetitivos. Los demás en la trinchera lo miraron.
No hubo tiempo de reaccionar, ni siquiera Eira, que hasta el último instante siguió disparando con locura su ametralladora, quemando la cinta de munición hasta que simplemente se esfumó como migajas de metal entre sus pezuñas.
Apenas intuí que ella distinguió el silbato de Ludvig, fue demasiado tarde.
Cerré los ojos de nuevo, sintiendo mi cuerpo golpear las tablas mohosas del pasillo, hasta que un peso cayó sobre mí.
Sentí su pelaje sucio rozar mis labios. Su aliento caliente, su respiración entrecortada.
"¡¡¡Fiiiuuu...!!!"
El mundo contuvo el aliento.
"¡¡¡BOOOOOM!!!"