No sabía cuántas veces lo había hecho ya. Su cuerpo seguía allí, grabado en mis retinas como una cicatriz al rojo vivo. ¡No podía librarme de él! Era enfermizo, mis acciones eran enfermizas... No tenía cura.
Me dolía el abdomen, la espalda baja; sentía que quería ir al baño y no podía. Algo siempre me apretaba, empujándome a romperlo todo, orillándome a caer por alguien egoísta como ella.
—¿Por qué...? —me seguía preguntando en cada momento, incapaz de detenerme—. ¡¿Por qué me quedé!?
Fui una vergüenza, para mí y para ella, y aun así ahí seguían, sus vergüenzas frente a mí: cada centímetro maltratado, descuidado, violentado por quién sabe cuántas personas. Su olor impregnado en mi nariz. No importaba cuántas veces me relamiera, aquel desagradable olor seguía envenenándome.
Mi cuerpo, encendido como en un incendio, caía en la absurda carnalidad como en un ciclo.
Ragna había dicho que aquí, en el 602º, no importaba, y aunque algunas chicas me miraban, me sentía sucio solo de pensar en verme con ella.
Padre me había dicho que tuviera cuidado, y Madre que no temiera; sin embargo, no podía evitar el miedo. No quería ser uno de ellos. No quería ser como el imbécil ese de Karl... Él... él era un monstruo, siempre buscando la oportunidad de estar con alguien, ofreciendo aquel fétido alcohol que era obvio lo que contenía. Unos pocos lo consumían y luego iban con él.
Si lo mataba, me mandarían ejecutar. Ni siquiera podría cargar la bandera.
Frustrado con todo, solo pude escapar aumentando el ritmo. No quería pensar en ella, pero era todo lo que me quedaba.
Sintiendo que ya todo me desbordaba, me dejé vencer.
Mi cuerpo se estremeció de golpe, cada pelo se erizó y por poco casi caigo de rodillas. Quise vomitar, llorar desconsolado, pero mi cuerpo no me dejó...
Respiré pesadamente y me subí el pantalón, limpiándome rápidamente la mano con el pañuelo sucio que le había robado a un imperial.
La tela parecía buena, su tacto era suave y cordial, quizás un regalo de su pareja antes de alistarse y, ahora, un látigo que me flagelaba cada vez que necesitaba usarlo. Lo arrugué con la mano, intentando ocultarlo de mí mismo.
Me di la vuelta, dispuesto a dejar el callejón al que había huido, pero apenas me giré, la encontré a ella.
— ¿Qué haces tan solo, niño? —Sus palabras eran como ecos profundos en un océano. Levantó su robusta cara hacia mí, su hocico soltando vaho como un tren.
— Nada —respondí de inmediato, asqueado de mí mismo y del repudio en sus ojos—. ¿Qué haces tú aquí?
— Asegurándome de que la mascota de esa zorra no se pierda —escupió con soltura, observando los rastros de mi desastre—. ¿Por qué recurres a esto? ¿Eres tan idiota como para no pedirle que te la chupe, al menos...? ¿Acaso tienes vergüenza?
¿Vergüenza? Siento asco. Asco por mí, y por todos. No los entendía. Quería, al menos, quedarme al margen, verlos desde una distancia segura. Pero por actuar con decencia, yo mismo la había perdido y ahora me asemejaba más a ellos...
Repudié sus palabras en silencio, sintiendo aún el palpitar de mi corazón cegándome, y aquella mirada burlesca que engrosaba su aura de matona de poca monta.
Tenía mejores cosas que hacer que quedarme hablando de mi interés por Ragna.
Acomodé todo en mi pantalón y me dispuse a salir, evitando a Eira como si fuera solo un poco más de barro y mierda en mi camino.
— Tú quieres montarla y no puedes... —siseó ella mientras pasaba a su lado, torciendo su rostro en un gesto interrogante—. No eres diferente, solo un idiota al que la cabeza de arriba le falta sangre.
— Y aun así soy mejor que muchos aquí —dije, deteniéndome unos pasos por delante de ella, mirándola por encima del hombro.
— El único honor que guardas es cargar aquel trozo de tela con el que nos limpiamos la mierda —afirmó, enfrentándome, acercándose con un movimiento tosco sobre el barro, extendiendo su mano hacia mí.
La detuve de inmediato, tomándola de la muñeca con mi mano sucia, sosteniéndola con esfuerzo a centímetros de mi entrepierna.
No vi lujuria en su acto, solo un gesto que parecía acostumbrada a realizar con otros.
— Estás demasiado preocupada por mí... —afirmé entre dientes, lanzando su áspera mano lejos, tomando distancia—. ¿Quieres que... que te quite la leche de los pechos, o qué? —pregunté sin pudor, levantando un poco el labio, mostrándole mi dentadura.
— ¡Te falta hombría para tocarme siquiera el pezón! —escupió al pie de mi bota, su saliva espesa y sucia como lo que manchaba su muñeca—. ¡Eres incapaz de lidiar con la zorra del 602º! ¿Y piensas tocarme? ¡Por la Diosa, la tuviste servida y en vez de tomarla, le diste un caramelo!
— La hombría que dices que me falta palidece ante la dignidad que le muestro a Ragna. —Su aliento olía a sudor y quién sabe qué otros despropósitos más—. No como el imbécil al que se la chupaste antes de venir aquí.
No quería un reproche ni una charla motivacional; quería sentirme bien sin que la maldita entrepierna de Ragna o el sutil recuerdo de sus labios rozando mi nariz me orillaran a esto.
Eira intentó volver a tocarme; su mano se movió a través de mi punto ciego, alcanzando el interior de mi pierna. Sus dedos intentaron moverse, pero antes de permitir que mi cuerpo sintiera siquiera su tacto, la rechacé con un fuerte golpe, gruñéndole como amenaza.
— No me toques... —gruñí, mostrándole los colmillos mientras ponía distancia—. Hay una operación por delante. Ve a jugar con otros, o ve con Ragna, si tan celosa estás.
No esperé respuesta. Apenas vi su pecho inflarse, apretando los puños, me retiré con la lengua entre los dientes.
Resoplé antes de salir del callejón, purgándome del mal olor que se había impregnado en mi pelaje...
Caminé sin rumbo a través del campamento de prisioneros. El barro en el suelo, mezclado con el pedregullo entre las maderas llenas de moho, marcaba mi ruidoso camino hacia algún sitio alejado de todos.
Intenté concentrarme en la cantidad de pasos que daba, en el crujido húmedo que producían mis botas al pisar la madera... o simplemente en respirar aquel aire pesado, lleno de desesperación.
De alguna forma llegué al pequeño comedor del campamento, horas antes abarrotado por un centenar de convictos luchando por la comida, pero ahora vacío; salvo por Vicka y Karl. Este último descansaba sobre un banco, a mitad de la deprimente sala mal iluminada.
Vicka me recibió con una sonrisa, soltando por un instante su cuchillo tras terminar con una zanahoria, empujándola a la olla sobre el fuego. Karl, en cambio, me miró de reojo, su sonrisa soberbia, cargada de aquella enfermiza aura oscura que solo empeoraba con sus orejas y su cola llena de cortes. Hoy parecía más maltratado que de costumbre; pequeñas manchas de sangre teñían su cintura.
— ¡Linus! —gritó Vicka con su voz chirriante, sacándome de mí por un instante—. No te vi hoy al mediodía... —agregó con un tono funesto, manteniendo una tenue sonrisa.
— Nuestro nuevo lobo —intervino Karl, sus manos abiertas en un gesto vago de sorpresa—, pasó la noche con nuestra querida Ragna. ¿A que es... hermoso oírla cantar y rogar...!? ¿No te parece?
Sin necesidad de juntar saliva, escupí en su dirección. Reaccionó con soltura; mi saliva ni siquiera manchó el suelo a centímetros de su embarrada bota.
No se sorprendió, en cambio asintió, como si por fin se sintiera rechazado por alguien. Levantó sus podridos ojos hacia mí y chasqueó ruidosamente su áspera lengua.
¿Aquella lengua sucia había siquiera tocado la piel de Ragna...? ¿La había besado tras ofrecerle un cigarro...?
Lo evité con todo mi cuerpo; siquiera mi cola se acercó a él, la moví lejos, dejando claras mis intenciones. Al instante él se dio cuenta, al igual que Vicka, quien torció la mirada, escudriñándolo tras sus glamurosas pestañas.
Me acerqué a ella en silencio. Nos separaba una mesa vieja, llena de vajillas sucias e improvisadas, donde ella seguía cocinando.
— No le hagas caso —me dijo Vicka, cubriéndose la boca con su mano—, está orgulloso de haber tomado la primera vez de una novata. Se le pasará rápido...
— ¿Tú y él...? —quise preguntar, pero al instante me mordí la lengua. Tomé un bol del montón y una cuchara—. ¿Qué tenemos hoy?
Ella negó rotundamente con la cabeza, para luego tomar un cucharón de metal, hundiéndolo en la olla, sacándolo y volcando su contenido en el bol.
El calor de la comida me incomodó, pero su olor fuerte me abrió el estómago. No sabía que tenía hambre hasta tener el bol con comida frente a mí.
Parecía un estofado hecho con las sobras de días anteriores. Mi cuerpo quiso mostrar rechazo inmediato; mi estómago se revolvió al notar las burbujas y los grumos en el borde del bol.
Sonreí, incómodo, tomando la primera cucharada frente a Vicka, quien miraba con ansia mi veredicto.
Tragué sin masticar. El sabor era insípido, carente de color incluso para mi imaginación.
Miré a Vicka, con los ojos llorosos. Asentí en silencio y ella, como uno de los pocos rayos de luz del 602º, sonrió con orgullo, volviendo a sus labores en la cocina.
Tomé la comida y me volví hacia una mesa en medio del comedor.
De inmediato Karl se levantó, acercándose a mí con movimientos toscos y agresivos.
Tomó asiento a mi lado, sacando una botella de vidrio sucio; el contenido en su interior parecía espeso, demasiado incluso para un licor de frutas.
— ¿Quieres, lobito? —me ofreció como siempre hacía, moviendo la botella como un biberón frente a mí—. No me digas que te vas a acobardar. Sé hombre y bebe, por el amor a la Diosa, aunque sea un sorbo.
— No... —respondí. Intenté sonar firme; creí lograrlo, pero no pude decir demasiado—. Ya te dije antes: no bebo ni fumo, menos viniendo de alguien como tú.
Las infectas orejas de Karl se levantaron y el pelaje de sus mejillas se erizó. Su desplumada cola se movía errática. Alejó la botella y la sacudió cual copa de vino antes de inclinar el codo y salpicarse de alcohol.
Aquel olor era fuerte y abrasivo, capaz de quemarme los bigotes, y él lo bebía como si fuese agua.
Ojalá se muriera ahogado en su vómito tras una borrachera...
Tanteé con timidez mi comida. No sabía si comerla para hacer feliz a Vicka, para soportar lo que estaba por venir, o simplemente para sentir algo de calidez en mi cuerpo...
Inconcluso, tomé la cuchara y me llené el hocico con comida para luego tragarla. Por suerte la comida era bastante líquida.
— ¿Quieres que te consiga un chocolate...? —preguntó de repente Karl, observándome de reojo con una ceja levantada.
— No, gracias... —murmuré, lleno de fastidio, forzándome a abrir la boca para comer otra cucharada.
— Es de buena calidad —afirmó, fingiendo una sonrisa, para luego acercarse y susurrarme—; te lo cambio por uno de esos caramelos tuyos. ¿A que es un buen trato? No me digas que no, luego de lo que has hecho con ella...
Casi dejé pasar por alto su comentario. No era importante, mucho menos relevante.
Intenté seguir comiendo, pero sus palabras, en ese tono bajo y ronco... había algo que no pude dejar pasar.
Solté la cuchara y lo miré.
— Jejeje... —sonrió él, retirándose apenas, como si hubiera captado mi atención—. Te he visto huir del campamento por las noches. Me pareció extraño. Una vez te seguí. Intercambiaste balas con un anciano...
— Tú haces lo mismo frente a la nariz de Ludvig —afirmé, ladeando la cabeza, vigilando el discreto movimiento de sus manos sobre la mesa—. Dudo que quieras acusarme de algo.
— Caramelos de miel... —dijo con una leve sonrisa, asintiendo con pesadez. Su mirada se desvió hacia Vicka, relamiéndose la comisura de su hocico—. Bolitas preciadas, dulces como tus intenciones y maleables con calor. Dos horas, ida y vuelta. Las cronometré...
Mi cuerpo se estremeció y de inmediato tragué saliva. Algo atravesó mi garganta, confluyendo en un repentino malestar que me hizo alejarme apenas unos centímetros de él. Intenté decir algo, responder para no dejarle seguir; tomé aire, apreté mis manos y lo enfrenté una vez más, sin miedo a elevar la conversación si era necesario.
— ¿Qué quieres? —engrosé mi voz y alejé el bol, cruzando una pierna sobre el banco, quedando cara a cara con él.
De inmediato su sonrisa creció, coronando el gesto con otro sorbo de licor barato, dejándome en el aire un instante para, acto seguido, romper el silencio del comedor con un fuerte "¡TAC!". La base de la botella golpeó la mesa con la fuerza de un disparo, y el poco líquido en su interior intentó escapar, impregnando la mano de Karl con aquel abrasivo olor.
A este punto, parecía que aquel licor era alcohol médico cortado con agua. Arrugué la nariz de forma inconsciente, intentando que esta no se impregnara del hedor.
— Quería un caramelo —dijo entre parpadeos rápidos. Su cabeza se movía como un péndulo, incapaz de mantenerse quieto—. No estás dejando opción, lobito...
Se levantó tambaleante, con una mano apoyada en la mesa y la otra firme sobre la botella, envolviéndola con sus dedos llenos de sangre y barro.
Intentó dar otro sorbo frente a mí, como si alardear de su bebida fuera un hito.
Vicka apareció rodeando la mesa, su ojo fijo en Karl, acercándose con un semblante tenso en busca de mi bol.
Karl la miró, soltando los primeros botones de su uniforme, apoyando la botella sobre la mesa y volviéndose hacia ella con una mirada que ambos supimos reconocer. No inspiraba confianza alguna.
Se limpió el hocico con la manga del uniforme, pero gruesas gotas transparentes escaparon de sus labios.
Bordeó sus labios rotos con su áspera lengua...
Me paré de inmediato. Mi corazón se había detenido, pero mi cerebro no.
Vi el reflejo podrido de Karl en el enorme ojo de Vicka. Se acercó a ella, levantando su mano, y con la otra se apoyó para caminar.
Ella no pareció reaccionar, no con la suficiente velocidad.
Un chispazo en mi cabeza y las alarmas saltaron. En un parpadeo, yacía a su espalda, y al siguiente, todo se oscureció.
— ¡¡¡NO TE ATREVAS A TOCARLA!!! —bramé y, sin dar tiempo a respuesta, apuñalé su hombro con mis garras, dejando que el calor que crecía me hiciera tirarlo hacia atrás.
La reacción de Karl fue lenta y torpe; se balanceó en el aire, intentando aferrarse a él como si este quisiera salvarlo de su inevitable caída.
Cayó de cola contra el suelo, su espalda golpeó el borde del banco, perdiendo el aire en un eterno grito que no me permití escuchar...