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Epilogo: El Estandarte de los Muertos en Vida

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

— ¡¿Disolverlo?! —exclamé, confusa, a punto de arrojarle el manojo de papeles en mis manos al hombre de orejas puntiagudas frente a mí—. ¡¿Van a disolver al 602º?!

— Señorita Ragna, le pido que se calme —me pidió él, arrastrando sus ojos por la sala, mirándome con todo el cansancio que un hombre de su calibre podría mostrar.

El Capitán Niklas A. Arnsvik, capitán del Princesa Tatiana, uno de los acorazados que conformaban la flota que nos apoyó desde el mar durante el asalto.

Un hombre demasiado viejo como para poder sostenerse en pie sin tambalear en tierra firme. Su chaquetón marino le quedaba ajustado y se notaba que le pesaba demasiado, aún con su complexión robusta.

Nos miraba de reojo cada tanto, sus brazos cruzados mientras mecía su cabeza como si más allá de la ventana de la celda, hubiera un turbulento mar azotando el mundo.

— Ragna, déjalo hablar... —masculló Linus, agotado, sentado al pie de la cama oxidada—. ¿Qué trae... a un capitán de acorazados aquí?

— No sé a qué vino, pero si es para que me acueste con usted, ahórrese la molestia —afirmé, arrojándole una mirada llena de asco.

— ¡¡¡Ragna!!! —la voz de Linus retumbó en las paredes con más fuerza de la que debería. Arenilla cayó desde el techo.

El Capitán Arnsvik resopló, retrocediendo unos pasos, apoyando su espalda contra la maltrecha pared, a centímetros de la puerta de barrotes.

— Como les dije al presentarme —prosiguió él, su tono un poco más grave y profundo, como los mismos mares qué seguramente navegó—, el ERENOR considera la toma de la fortaleza como un éxito parcial. Una moneda de cambio demasiado roñosa como para valer mucho en las negociaciones de paz...

— ¿Paz? —repliqué, dejando de lado los perfectos papeles con fotos degradadas y números, demasiados números—. La Región Ymir cayó casi en su totalidad, ciudades y pueblos incluidos...

— La Diosa abandonó a demasiados —agregó Linus, relamiéndose con demasiado énfasis su nariz, mientras que, lejos de la vista de Arnsvik, apretaba un rosario con forma de copo de nieve.

Tras aquel extraño incidente con la Flota de Ymir, luego de la caída de la fortaleza, Linus cayó inconsciente en mis brazos. Su mente pareció apagarse en el instante en el que los acorazados se detuvieron...

Cuando despertó —ya en esta celda junto a mí— pareció más apagado.

La muerte de Vicka lo afectó tanto como a mí... Según pude oír, ambos entablaron una amistad, quizás no la más grande, pero me aliviaba pensar que Vicka había encontrado algo parecido a un amigo.

— El 602º fue diezmando —afirmó Arnsvik con sus ojos entrecerrados, mirando los tenues rayos de luz entrar a través de la ventana. La luz tocaba apenas sus lustradas botas—. No hay personal suficiente como para rellenar los huecos. Además, piensan usarlos de propaganda. "Pagaron su condena con sangre y sobrevivieron lo suficiente para volver a filas".

— Eso no explica por qué está aquí, Capitán... —Linus cada vez hablaba más bajo, su voz perdiéndose entre la brisa del pasillo más allá de la puerta.

— Sencillo —Su tono cambió levemente, unas notas más agudo. Sus cejas encanadas se arquearon de inmediato—: les doy la oportunidad de venir conmigo al Princesa Tatiana. La flota aún intenta recuperarse desde la caída de Ymir, y los buenos soldados no son demasiados hoy en día.

— ¿Buenos soldados...? —cuestioné, escudriñándolo, incapaz de creerme sus palabras.

Linus era el buen soldado, yo no... yo simplemente soy... Mi vida jamás giró en torno a ser buena, solo a sobrevivir para seguir luchando un día más. En cambio, ahora, sentía que sin Linus creyendo en algo, lo que fuera, yo quedaría a la deriva...

A pesar de mi cuestionamiento, él, con sus orejas levantadas y una pierna cruzada, me miró, sus ojos profundos penetrando mi alma, o tal vez... eran solo imaginaciones mías. Le devolví la mirada, y él asintió sin que yo dijera nada.

Apretó con fuerza el rosario, su pelaje envolvió la madera por completo, comenzando a respirar hondo.

Lo oía llenarse de aire estando casi en la otra punta de la cama.

— Estarán lejos del barro y las trincheras —explicó con calma, Arnsvik, pasándose la mano por el hombro, quitándose la arenilla del techo—, tendrán comidas calientes dos veces por día, camas compartidas pero cálidas... Al menos hasta que acabe esta condenada guerra...

De nuevo su propuesta no era mala. Era la mejor para ambos. Aun así, no me sentía lista. Algo en mi interior me incomodaba, y no era mi orgullo, ese lo vendí por cigarros hace mucho tiempo; era algo más, pero no podía descifrarlo.

Eso me daba miedo... mucho miedo...

— Quisiera, Capitán... —murmuró Linus, metiendo su mano en el bolsillo, sacando un puñado de caramelitos de miel mal envueltos. Al mismo tiempo tomó su rosario con la otra mano, observando a ambos—. ¿Puede usted...? No, no, disculpe...

Verlo romperse frente a mí era horrible, quería extenderle mi mano, pero no era el momento.

— Hasta donde sé, los cuerpos recuperados fueron enterrados o llevados más allá de la Columna de Þrymvarr, hacia Eichernberg —dijo Arnsvik sin dar vueltas.

Resopló y luego bajó la mirada, pateando apenas el suelo de tierra compactada.

De nuevo miró a Linus y luego a mí.

— En cambio, a los del 602º... —bufó, esta vez mordiéndose el labio, sacudiendo su cabeza en un intento de despejarse—. Fueron enterrados en fosas comunes... No fue digno, lo sé; en el mar tenemos la tradición de colocar los cuerpos en cajones con nombre y enterrarlos en el mar, en lo posible se intenta respetar el juicio del muerto...

Linus asintió de inmediato, y en un acto que me salió del alma, me acerqué a él por la espalda, abrazándolo, ofreciéndole consuelo con mi cuerpo... aunque fuera un consuelo distinto al que solía ofrecer...

— Lo siento... —Lo oí sollozar en silencio, su cuerpo rígido, frágil como una rama a punto de romperse—. Yo no... ¡Mierda! ¡Por qué...! Por qué... por... qué...

— La Flota los vio —comentó de repente Arnsvik, acomodándose su gorra de oficial—. Entre el caos, las órdenes cruzadas y la inexistente comunicación durante los minutos posteriores a la confirmación de captura, varios de los observadores vieron la bandera... los vieron...

Aquellas palabras, aunque alentadoras, no podían deshacer los hechos. No borraban el dolor ni la tristeza del hecho. Por más hijos de perra que hubieran sido muchos en el 602º, había quienes merecían algo más que un cráter de artillería, una pizca de cal y tierra encima.

Éramos convictos, pero no por eso menos personas...

— Miren, no estoy libre de mal —confesó Arnsvik con sus ojos fijos en nosotros, en nuestras lágrimas—. Tal vez no entienda lo que fue ser destinado al 602º, pero tengo la certeza de que los quiero en mi barco. ¿Por qué? Porque parecen íntegros y valientes, cosa que muchos hoy en día no demuestran...

No es integridad ni valentía, simplemente no podíamos quedarnos sentados... resistir contra lo imposible era nuestra forma de vida en ese batallón.

— No diré mentiras —prosiguió con su tono más centrado y firme—, apenas he leído la hoja de servicio de cada uno, pero con ese acto de resistencia; eso que el Alto Mando toma como "acciones individuales no autorizadas con impacto táctico positivo", me convencieron.

— ¿Acaso debíamos lograrlo? —sonreí con sorna, volviendo mis ojos a Linus, intentando apretarlo un poco más, detener sus lágrimas, aunque fuera a la fuerza.

— No lo sé —respondió, ladeando su cabeza, agitándola hasta que pareció marearse—. El mar a veces expulsa a sus habitantes hacia las costas cuando siente que necesitan ayuda... Quizas la Diosa interfirió en las comunicaciones y los orilló a eso. Quien sabe.

Linus se removió ante la mención de la Diosa, levantando tras unos segundos su cabeza, refregando su frente contra mi mejilla.

Miró al Capitán, analizando sus palabras...

No tardó demasiado en detener su llanto, subiéndose los mocos cual niño chico, comenzando así a respirar con lo que sentí, parecía ser tranquilidad sincera.

Su corazón latía a cuentagotas. Podía sentirlo a través de la tela.

— Me uniré... —exclamó con un hilo de voz, reincorporándose lentamente, limpiándose los ojos con las mangas sucias—. Diosa o no ¿Qué otra opción tenemos?

— Pegarnos un tiro... —intenté bromear, pero Arnsvik torció la mirada de inmediato, moviendo sus puntiagudas orejas como si aún sintiera el eco de mis palabras—. Si tú vas, yo también voy... Ludvig me ordenó protegerte y no pienso desobedecer su orden aun estando él muerto.

— ¿Entonces en un sí? —preguntó Arnsvik, ya de espaldas, con los dedos sobre la puerta, como si temiera oír el silencio.

— ¡Sí señor! —gritamos al unísono, nuestras voces aun fragmentadas, signo de que seguíamos aquí.

Se rio por la nariz, chasqueando su lengua.

Parecía viejo, estaba demasiado viejo. Los años parecían pesarle.

La puerta de barrotes fue abierta desde el exterior, un chirrido demasiado agudo llenó la celda. El Capitán atravesó la puerta, tambaleándose, maldiciendo la tierra firme en silencio.

Guardó sus manos en los bolsillos de su chaquetón y con una sonrisa que intentaba ser cordial, nos dirigió la mirada.

— Me gustaría poder acompañarlos hasta el puerto, pero tengo papeleo en tierra, ya saben, tengo dos nuevos marineros —dijo, usando toda la energía que le quedaba en sus huesos—. El Princesa Tatiana fondea en la bahía. Les concederé el permiso para descansar dos días en tierra. Pasada la fecha, los quiero arreglados en mi puente de mando...

— Sí señor —asintió Linus y yo le copié el gesto.

— La puerta queda abierta, niños, son libres. Aprovechen el tiempo como quieran... —Sin decir nada más, nos ofreció un gesto con su gorra de oficial y se retiró.

La celda quedó vacía, el guardia que custodiaba la puerta al otro lado de los barrotes también se retiró. Solo el viento y el recuerdo aún fresco de lo que fue mi familia durante más tiempo del que debería.

Linus se levantó, acercándose hacia una de las esquinas, donde aquel trozo de tela que tanto intentó proteger ahora yacía enrollado alrededor del rifle de Vicka...

Lo tomó en sus manos, desatando la tela, observándola para luego atarla en su mochila.

A pesar de todo, no podíamos deshacernos de la bandera.

En ella estábamos nosotros, Vicka, Eira, Ludvig... todos... incluso el hijo de perra de Karl... rata escurridiza...

— ¿Nos vamos? —preguntó, colgándose la mochila al hombro.

— ¿Y qué quieres hacer, lobito? —Me levanté, mis vertebras tronando mientras me estiraba.

— ¿Qué tal si me la chupas? —insinuó de repente.

— ¡Qué! —Pegué un salto hacia atrás, mis ojos abiertos como lupas—. ¡Linus! ¡¿Cómo me vas a decir eso?!

— Yo solo di una idea... —se encogió de hombros sin darle importancia y se acercó a la puerta—. Seguimos vivos, voy a ir más a fondo —afirmó, guiñándome un ojo.

Así como dijo tales palabras, se retiró, atravesando la puerta, moviendo de un lado al otro su cola.

Lo seguí de inmediato. No podía dejarlo tomar la delantera en esto.

¡Yo mandaba en esto, no él...!

Atravesé el umbral de la celda, corriendo detrás de él sin un arma, pero con la certeza de que aquella tela negra ondeando en la esquelética espalda de Linus, era nuestra testigo y estandarte a partir de hoy...

Entre el humo y cenizas, el estandarte de los muertos en vida ondea... el recuerdo de todos vivirá en nuestras memorias y en aquella tela que parecía guardar la risa de todos los que una vez nos acompañaron y que ahora, descansan más allá de nuestro alcance... 

 

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