Saltar al contenido
Explorar novelas

Capitulo Extra: Un Mar de Libertad

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Velgrun estaba llegando y la tierra, árida ya por tanta sangre derramada, parecía agradecer las primeras lluvias.

No había comparación alguna. La lluvia, antes solo un castigo más del mundo para los que vivíamos en las trincheras, ahora parecía... diferente. Había algo en esas pequeñas gotas que caían por el cristal empañado que me hacía sentir reconfortada.

Apenas había pasado un día de los dos de permiso que nos dio el Capitán Arnsvik para descansar. Fue toda una locura caminar por las angostas calles de Mosver. El olor a pescado y las bocinas de los barcos entrando y saliendo de la bahía eran un placer que no sabía que podría llegar a disfrutar luego de tanto tiempo...

Linus se las había arreglado para negociar una habitación en una posada alejada del centro de la ciudad. Teníamos que limpiar y ayudar en todo lo que pudiéramos hasta bien entrada la noche, momento en el que el personal del lugar nos ofrecía una diminuta habitación donde poder dormir.

Luego de tanto tiempo entre el barro y la mierda; la habitación, con su olor rancio y su cama sencilla ocupando la mitad del espacio, era un lujo que podía desperdiciar.

Al igual que esta última noche antes de embarcarnos...

Me sentía demasiado ansiosa y no sabía cómo detener el cosquillo en mi estómago, ni los escalofríos que me hacían estremecer con cada prenda sudada que arrojaba al suelo.

"¡Snifff-Snifff!" No tuve que levantar demasiado mi brazo para sentir mi acidez, y eso que había intentado cortarme el vello en la mañana...

— Te va a gustar, Linus... —murmuré para mí misma, tomando el balde con agua tibia, mojando mi mano para limpiarme—. Y si no te gusta, hubieras elegido a una más sana...

Pasé mi mano mojada por mi cuerpo, dejando que aquel cálido liquido me quitara todas las impurezas posibles. Recorrí mi abdomen con mis dedos, bajo mis pechos con la palma... y mi entrepierna con las yemas.

Vapor escapaba de mi piel a medida que el agua humedecía mis cicatrices.

Me miré en el pequeño espejo, empañado por la humedad de la habitación y el calor que despendía la diminuta estufa oxidada.

— Nada de juegos, Ragna, vamos a hacerlo como se debe —susurré, convenciendo a mi difuso reflejo de ello.

Intenté darme un último vistazo, comprobando que todo estuviera en su lugar y que mis esfuerzos para rasurarme las zonas clave, lograra desviar la atención de los lunares debajo de mi ombligo y los pequeños tatuajes que aún ensuciaban mi piel.

Malas elecciones de vida, marcas de una propiedad sin valor.

Dudaba que Linus se atreviera a preguntar, aunque quizás era lo suficientemente bruto como para intentar borrarlos con su lengua...

El idiota aún no volvía... había salido a buscar comida. Deseaba que trajera miel, la miel era dulce, perfecta para enmascarar malos olores.

Agarré mi chaqueta del suelo y la extendí sobre la cama para luego sentarme. Lentamente sentía que perdía la fuerza, y los temblores, así como las dudas surgían a medida que más humedad secretaba. Siquiera me miré, el creciente calor en mis piernas decía demasiado.

Apreté mi pecho y me dejé caer sobre la cama. Si Linus entraba, que me encontrara lista, no podía permitirle dudar.

Ecos se escucharon al otro lado de la puerta, seguido de pasos firmes y el crujido de las tablas húmedas. Vi ansiosa el pomo de la puerta girar lentamente, las bisagras chirriando a medida que la puerta era empujada y un instante después, el portazo suave seguido del pasador de la puerta.

Cubrí mi rostro con mis manos, fingiendo desaparecer mientras al mismo tiempo, sentía el paso silencioso de alguien recorriendo la habitación, dejando cosas por todos lados.

— Linus —intenté llamarlo, mi voz frágil, mitigada por mis manos.

— ¿Sí? —respondió sin vacilar, deteniéndose frente a mí.

— Quítate los pantalones... —le exigí, descubriendo tímidamente mi rostro—. No quiero excusas... ¿entendido?

Linus estaba parado frente a mí, sus ojos entrecerrados, su negra nariz arrugada mientras movía tímidamente sus orejitas.

Tragó saliva, yo igual. Ambos nos quedamos en silencio, incapaces al parecer de tomar el siguiente paso. Él estaba rígido, observándome en silencio, incapaz de ocultar su excitación, y al mismo tiempo, negándose a tomarme como ya lo habrían hecho todos. En cambio, yo, en mi estado de mayor vulnerabilidad, no sabía si llamarle cobarde o simplemente levantarme para tomar su hocico y meterlo entre mis piernas.

Sus ojos se detuvieron en mi cuerpo al punto de hacerme desesperar, pero cuando estuve a punto de decirle algo, se llevó las manos a la chaqueta, quitándosela para luego seguir con la camisa húmeda.

Cada prenda caía a los pies de la cama, formando una pequeña montaña que alcanzó la cima apenas el pantalón de Linus la cubrió, rebelándome por fin su bandera.

Retrocedí por vergüenza, el colchón abrazándome como preámbulo tardío de la llegada de Linus.

— Y... —Linus resopló, mirándome, sonriendo con una timidez y vergüenza que me incentivó a acercarme—. Yo no... es mi... bueno, creo que lo entiendes... —susurró, cabizbajo, corriendo su hocico hacia un lado.

A pesar del gesto de vergüenza, no se cubrió. Así como yo le mostré mi cuerpo una vez y lo volvía hacer ahora, él se quedó allí, muerto del miedo, mostrándose. Dos cuerpos fuera del barro, eso éramos...

— Tranquilo... no esperaba menos —respondí casi en un susurro, apoyándome en la cama para intentar levantarme—. Eres adorable incluso sin ropa, aunque el señorito de abajo me está mirando demasiado...

Su cabeza intentó retroceder, alejarse unos centímetros de mí, pero su cuerpo demacrado en cambio permaneció frente a mí. Dispuesto a tocar y ser tocado.

Dentro de toda su timidez, intentó tomarme por la cintura, apretando mi piel, amasándola con sus dedos fríos. Una serie de pequeños escalofríos recorrieron mi piel a medida que le veía acercarse con sus pupilas dilatadas y su respiración levemente agitada.

— No te apures, Linus... —le susurré, rompiendo la distancia, tomándolo de la cintura, guiándolo hacia la cama—. Ve despacio, permítete conocerme. No te voy a reprender... Por primera vez en mucho tiempo, no habrá reglas ni límites.

— ¿Estas... bien con eso? —preguntó, moviendo su cabeza, observándome a los ojos.

Su hocico estaba demasiado cerca de mis labios. Con cada palabra, parecía acercarse un centímetro, y cuando mis piernas tocaron la cama, su lengua por fin tocó mi mejilla, bajando tímidamente hasta mi cuello. Se quedó allí unos segundos, respirando mi piel, cosquilleándome con su pelaje y pequeños bigotes mal afeitados.

Dejé mis manos recorrer su espalda, distinguiendo cada vertebra a través del calor de su pelaje gris. Lo abracé, y mi cuerpo, cegado segundo a segundo por la necesidad de sentirlo, lo recibió, resbalando entre mis muslos, acariciándome con ternura y cuidado. Cada movimiento, suyo o mío, era guiado y consentido por el otro...

Me dejé caer sobre la cama, los resortes chillando con cada movimiento minúsculo. Linus me enfrentó desde un lado de la cama, observando el pequeño enchastre que me envolvía.

Se relamió en silencio, esperando el momento en que yo me acomodara para luego, subirse sobre mí. Lo tuve a la vista, palpitando dolorosamente. Cada mueca suya me lo confesaba, pero no quería que bajara de momento.

— Aún no... —le dije, inhalando su hedor, estremeciéndome ante mis fantasías más extrañas.

La desilusión en sus ojos fue más que evidente, pero lejos de dejarse caer, extendió sus manos hacia mí. Con la derecha tomó mi pecho por debajo, sacándome un pequeño suspiro, y con la izquierda me apretó el otro, observando así cada una de mis reacciones por minúsculas que fueran.

— ¿Todo esto por un cigarro...? —se atrevió a preguntar, acercándose a mi piel, lamiéndome en trazos cortos, humedeciendo aún más mi piel.

— Offf... —solté un suspiro corto, lleno de confusión—. Por dos más... me entregaba sin demasiadas restricciones.

Tragó saliva, deteniéndose para mirarme una vez más. Luego me soltó, irguiéndose sobre mi cintura, inflando su pecho como si hiciera falta en este punto.

— No quiero que te entregues a nadie más —afirmó, aunque su voz, lejos de sonar firme y segura, pareció la petición de una hormiga, una hormiga avariciosa y valiente—. Tu cuerpo será mío, y el mío tuyo; jamás compartido... A cambio, te daré caramelos de miel...

— ¡Pffff, jajaja! —No pude hacer otra cosa que romper a reír.

— ¡¿De qué te ríes?! —se quejó, exaltado, cruzándose de brazos.

— Eres un tonto —afirmé, poniendo mis ojos en blanco, extendiendo mis manos hacia su peluda cintura, tirando de él—. Ya que juegas a ser un hombre grandecito, agárratela, te voy a mostrar lo que hacía por un cigarro y medio.

Entrecerró sus ojos, acomodándose sobre mi estómago, siguiendo mis indicaciones con un poco más de entusiasmo... Definitivamente era un idiota; uno tierno, bastante inocente, pero, sobre todo, tonto.

— Entiendo el concepto... —murmuró, terminando de acomodar las rígidas almohadas atrás de mi cabeza—. Pero no es más fácil... ya sabes, que te la meta... para que sea mutuo... el placer...

— Lo dices como si supieras mucho —respondí, fingiendo molestia.

Ninguno de las personas con las que estuve antes, se preocupó por mi placer. Realmente se sentía bien tener alguien cómo él a mi lado, preocupándose por esas tonterías.

Con movimientos torpes, Linus tomó su pulsante miembro, colocándolo entre mis pechos, como esas salchichas servidas con orgullo en los desfiles imperiales, aunque esta al menos venía con buenas intenciones

— Estoy nervioso... —confesó, mirándome a los ojos, intentando sonreír a la vez que se estremecía como si tuviera frio—. Después de esto, me tienes que dejar por lo menos lamerte...

— Intenta no perder la cabeza —bromeé, atrapándolo con mis pechos, sintiendo su calor húmedo quemando mi piel.

Él asintió, relamiéndose hasta las mejillas. Se acomodó sobre mí, y lentamente comenzó a mover las caderas, deslizándose. Comenzó despacio, soltando algunos gruñidos mezclados con gemidos, pero lentamente pareció encontrar su ritmo y con él, comenzó a mover su cola sobre mis piernas, rozándome con sutileza, arrancándome pequeños suspiros que se mezclaban con los suyos.

Intenté moverme acomodarme sobre la crujiente cama, quería alcanzarme, facilitarle un poco los siguientes pasos a Linus. La saliva era buena, pero si lograba embadurnarme con la mía, todo sería más fácil.

Tomó mis pechos, apretándolos, pareciendo jugar a juntar mis pezones a la vez que todo se volvía pegajoso.

Lentamente comencé a sentir el aire espesarse, la lluvia comenzar a golpear con fuerza los cristales y al mismo tiempo, comencé a sentir algo en mi interior. Un cosquilleó sutil, acompañado de un ardor que lejos de molestar, se volvía adictivo, como el olor que secretaba Linus cada vez que empujaba y yo intentaba no besarlo. Debía aguantar el momento, concederle la oportunidad de aprender, no arrebatarle nada.

Ahí quizás estaba la magia de esto, del sexo, del amor...

Convenciéndome de eso, detuve a Linus.

Se quejó y con todo el derecho, sin embargo, no elevó la voz, solo murmuró algo con tristeza. Lo estaba disfrutando, al final, reprimirse todo este tiempo lo había vuelto más sensible...

— Ragna... —lloriqueó, temblando, su pelaje erizado mientras intentaba no tocarse.

Hasta la más ligera brisa parecía dejarlo al borde.

— Dáte la vuelta y acuéstate sobre mí... —le pedí, acercándome a él, chocando levemente mi frente con la suya—. Vamos a ir más a fondo y... quiero que me trates bien.

Linus arqueó una ceja, perdido en este mundo nuevo que se abría ante él.

No podía darle un mapa, pero sí seguir guiándolo.

A regañadientes me hizo caso.

La cama crujió con cada movimiento sutil y el suelo pareció querer ceder ante nuestro peso.

Era la primera vez que hacía esto con alguien, y Linus pareció notarlo e, igual que yo, improvisó. Su cabeza se escurrió entre mis piernas, aferrándose a mis nalgas mientras yo intentaba acomodarme debajo de él.

Un péndulo a centímetros de mí, su olor fuerte y apelmazado.

No era mi primera vez ni mucho menos, pero me sentí insegura por un segundo más del necesario. Porque no estaba actuando. No era un papel. No era por sobrevivir. Esta vez era yo, de verdad, con todo lo que eso implicaba, y desearlo me daba miedo...

¿Estaba bien eso...?

— ¡Giiii! —No pude evitar soltar un chillido cuando sentí su lengua recorrerme de repente—. ¡Eso se avisa, idiota! —exclamé, fingiendo de nuevo enojo, pero muriéndome de la vergüenza en mi interior.

— ¡Lo siento, yo pensé que! —se excusó y de repente lo movió a centímetros de mis labios.

— Cállate y sigue... —bufé, acercándome a él, apoyando mis labios, cerrando mis ojos para luego comenzar a recorrerlo con ayuda de mi mano.

Intenté no racionalizar nada y solo concentrarme en ese ardiente cosquilleó que cegaba mi mente.

En un principio Linus pareció tantear con su lengua, buscando mi reacción, cuál era mejor, cuál me hacía elevar el tono, temblar o simplemente, complacerlo.

Tomó mis piernas, abriéndolas un poco más. Excavó con la lengua, y yo, jadeando, me aparté un instante. Hundió su nariz, buscando más, y sin que dijera palabra, sus dedos comenzaron a tantear más abajo. Rascaba con torpeza, como si quisiera entrar sin avisar

Intenté detenerlo, pero mi mente, endulzada por sus caricias, solo pudo pensar en una cosa... Así como él se atrevió a más, yo hice lo mismo comenzando a jugar. Lo besé, lo acaricié. Atrapé sus bolsas con la palma, mientras él jadeaba.

No sabíamos quién gemía más fuerte.

Por momentos parecía reñido. Él jugaba con sus dedos, acariciándome en círculos, succionado mi alma, descubriendo cada rincón de mi cuerpo como yo jamás habría podido nunca. En cambio, yo, aterrada por las nuevas sensaciones, intentaba seguir el ritmo, logrando apenas que se detuviera cuando lo introducía en mi boca.

No había asfixia, nada, lo lamía a mi ritmo, degustando su sabor salado, sintiendo cómo se estremecía con cada trazo, gimiendo contra mi lengua

— ¡Rag...! —gruñó con un grito ahogado, el pelaje de su cola erizándose a medida que me daba el atrevimiento de intentar tragarlo—. ¡Rag, eso...! Voy a... ¡Ragna!

Sonreí. Había ganado...

Me detuve, alejándome unos centímetros, dejándolo jadear en solitario.

Su cuerpo rígido, cada hebra de pelaje en punta mientras lo veía apretar sus dientes, dirigiendo una mano a su entrepierna, apretándose la base tras los prominentes bultos como sí se negará a perder.

Sin embargo, yo no estaba mejor...

Lo miré, él también me miraba. Estábamos sudando, temblando, agotados. Pero ninguno quería que acabara ahí. No porque faltara algo, sino porque por primera vez, sentíamos algo, una necesitad, una oportunidad de entendernos más allá de las palabras.

— Eres... —parpadeé, apretando y cruzando mis piernas, intentando retener todo, resistiendo incluso tocarme para no terminar haciendo un desastre—. El primero en... —me arrastré sobre las frazadas húmedas, recostando mi espalda contra el respaldo congelado—. Ten, un regalo.

Cerré los ojos, y me abrí para él. Linus era un buen chico y yo... una idiota por haber jugado con él...

Soltó todo el aire de su cuerpo, revolviéndose sobre la cama, haciéndola gemir lo que yo no había podido en toda mi vida. No preguntó, no balbuceó... no lo dudó. Sentí sus manos cálidas tomarme las rodillas y luego el crujir de la cama cuando se arrastró de rodillas, llegando a tocarme el vientre, manchando mi piel más de lo que ya estaba.

— Ragna, yo... —intentó decir, pero la angustia en su voz fue evidente.

Asentí, aún con los ojos cerrados, imaginándolo, recordando todas las idioteces que le había hecho, intentando alejarlas, pidiéndole disculpas en silencio por mi egoísmo hasta que finalmente, lo sentí.

— Te quiero... —susurró y tomando la delantera, me abrazó, robándome el aliento cuando me lamió los labios y en un instante, me arrancó el miedo.

Entró con un movimiento brusco y torpe, doloroso. Una lagrima o quizás miles escaparon de mis cuencas con cada movimiento que hacía, rasgándome mientras me lamía, desesperado, percibiendo mis contradicciones.

Siguió moviéndose, soltando pequeños gimoteos, resoplando mientras yo intentaba contener mis caderas.

Mi cuerpo se negaba a moverse, mis músculos dormidos; siempre había sido así. Mi mente intentó reaccionar, asimilar el momento. Ahora era diferente, Linus me abrazaba, lamiéndome, cubriéndome con sus brazos como si intentara darme el calor de una vida que no tuve.

Se sentía bien, el calor, los abrazos... las emociones que, tras un perpetuo letargo, ahora comenzaban a llenar mi mente.

Solté mi voz, despacio, en pequeños susurros, luego me permití elevar mi tono, acercándome a Linus, correspondiendo su abrazo, aferrándome a él como a una cuerda en el abismo.

Enterré mis dedos en su espalda, aferrándome a sus pelos, apoyando mi cabeza en su hombro, dejándolo moverse, acompañándolo apenas con discretos movimientos...

Linus intentó aguantar, pero sus jadeos se volvieron quejas, cada susurro un ruego, y cada pequeña embestida, un permiso para dejarse vencer por fin.

No fui egoísta, no quería serlo más. Lo abracé, apretándolo contra mí, impidiéndole arrepentirse.

— Está bien, Linus... —sollocé en su oído, mordiéndole el hombro para anclarlo a mí.

Dio un último empujón, esta vez más fuerte, logrando apenas levantarme de la cama, anclándome a él para de repente, separar mi cuerpo de mi alma...

Pulsó una... dos veces... arqueándose más sobre mí, dejándome sentir su calor hasta que quedó quieto, nuestros corazones latiendo acelerados, como si las trincheras volvieran a nosotros.

Recuerdos oscuros, difusos, asquerosos y fríos nublaron mi cabeza.

Lloré, lloré en silencio, cada lagrima mía perdiéndose en el hombro de Linus mientras me tomaba por la nunca, sujetándome, aunque no fuera necesario, refregándose, nutriéndome de calor.

— Gracias... —logré balbucear, correspondiendo sus gestos con pequeñas caricias—. Gracias por estar conmigo... por soportarme... gracias por no abandonarme...

— Fui un idiota... —respondió él, separándose lo justo para poder verme a la cara—. Negué esto demasiados años de mi vida... Pensé que estaba bien, quizás ahora no lo esté, no lo sé... —intentó sonreír, pero la incomodidad que nos unía parecía dolerle más a él que a mí.

Asentí, aun con lágrimas recorriendo mis mejillas, acercando mi cara a la suya, plantándole un beso en su negruzca nariz. Él me lo devolvió de inmediato, acercándose a mi frente, chocando torpemente con ella.

— Creo que ya no importa... —Ya lo habíamos hecho, no podía arrepentirse tras volvernos uno, aunque fuera por menos de una noche.

— Sí, ya no importa —resopló, esbozando una larga sonrisa, recostándose sobre mí, empujándome sin demasiado disimulo a caer sobre la maloliente cama.

Ambos nos dejamos caer, permitiéndonos oír el chapoteo de la lluvia fuera de la ventana, acomodándonos uno enfrente del otro, compartiendo las pesadas frazadas.

Linus se arrimó un poco más, acomodándose a milímetros de mis pechos, ofreciéndome sus brazos para sostener mi espalda al mismo tiempo que él cerraba lentamente sus ojos. Su respiración lentamente se volvió más lenta, y con el pasar de los minutos comenzó a roncar.

Estaba todo doblado el pobre, era una maraña de pelos grises todo huesudo.

Era lindo, muy lindo...

— Mi fiel guardián... —murmuré, acariciando su cabeza, recorriendo su nuca hasta la espalda.

Ya no estábamos en las trincheras... y aunque la habitación oliera horrible, era nuestro olor. Nuestro lugar seguro lejos de la intemperie y la guerra...

Aunque no podríamos escapar de esta por mucho tiempo.

El Princesa Tatiana nos esperaba, y con ella, el Capitán Arnsvik.

No entendía bien qué había visto ese viejo en nosotros, sin embargo, le agradecía la oportunidad que nos estaba dando.

Solo nos quedaba dormir y esperar zarpar al día siguiente... no me cabía dudas de que sería un buen día. Ya no habría más tormentas para enfermarnos, solo el mar abierto y ver la tierra calcinarse con una guerra en su ocaso...

— Cuando todo esto acabé, muchachos... —intenté mirar hacia la ventana, forzando una sonrisa—. Les llevaré unas flores...

Les llevaré unas flores

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Tália The Crimson Wolf en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Rotos por nosotros · The Hi-Hats · Ira por la Injusticia