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En la Mente del Lobo, Parte 2 (Linus)

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Mi cuerpo se sintió más ligero tras verlo allí, en el suelo, con la mirada perdida, como si intentara identificar su nuevo estado. Aunque el golpe pareció mellar su imagen, solo duró unos instantes antes de que volviera en sí. El dolor pareció despertarlo, y sus ojos se clavaron en mí como dagas envenenadas.

— ¡¿Quién... te crees que eres?! —gritó, e intentó lanzarse hacia mí desde el suelo. Cayó patéticamente frente a mí, pero no se rindió. Él no era de los que se rendían.

— ¡Linus, tranquilo! —intentó interceder Vicka, poniéndose entre nosotros con los brazos extendidos.

¿Ella lo quería defender? Tras haberla intentado... ¿Ella...? No, no podía ser...

— Vicka, tú lo viste, viste sus ojos... —Señalé, sintiendo la desesperación tomar mi cuerpo desde mi pecho agitado—. ¡No lo defiendas! ¡No seas tonta!

— ¡Jeje... jeje...! —oí la risa provenir de detrás de Vicka. La sombra de Karl se levantaba, refugiándose tras su endeble cuerpo—. Eres un héroe... juegas a ser un héroe cuando no lo eres...

Vicka se dio la vuelta, asustada. Estaba entremedio de nosotros. Era valiente, o quizás demasiado estúpida. La tomé del hombro, brindándole un mínimo de delicadeza mientras le pedía en silencio que se fuera.

Intentó refutarme; su ojo cristalino me miró a mí y a él, debatiéndose entre una retorcida lealtad y mi desesperada petición. Apretó sus manos, se mordió el labio, nos miró de nuevo, pero esta vez pareció entenderlo. Aunque no hubo lágrimas, se alejó a trompicones. No sería bueno que viera esto. Ella era la protegida de Ragna, su solecito entre tanta tormenta.

El portazo de su retirada hizo eco en mis oídos, irritando mi interior como un avispero.

Karl luchó por levantarse, aferrándose a la madera vieja del banco y sentándose. Sus piernas temblaban, pero su sonrisa no desaparecía. Era peor que un imperial: esos bastardos permanecían en el barro luego de ser golpeados, pero el pedazo de mierda frente a mí no.

Su hombro sangraba, pero no lo suficiente para saciarme. Quiso levantarse, pero lo golpeé en la cara. Mi nudillo ardió y su rostro se hundió. Ambos parpadeamos, y fue ahí cuando reaccionó.

Una patada rápida a mi pierna me hizo tambalear. El dolor recorrió mi cuerpo hasta los dedos, desatando un poco más la cadena sagrada en mi mente.

— ¡No eres nadie! —clamó él, levantándose entre delirios de alcohol. Su cuerpo temblaba, y en su mano sostenía la botella de antes—. Solo tenías que quedarte al margen, callarte la boca, hacer silencio como el buen novato que eres, y quizás morir con la bandera enterrada en el culo... Pero no... —murmuró al final, adelantándose un paso.

Levantó la botella y —¡TSHRAK!— estrelló la base contra el borde de la mesa. El vidrio se cayó a pedazos, esparciéndose por el suelo como los casquillos de un arma.

Pese a que no me atacó de inmediato, el brillo apagado en el filo de la botella me hizo replantearme la situación. Retrocedí un paso, aplastando un pedazo de vidrio bajo mis botas; el crujido arenoso me erizó el pelaje, poniendo en alerta mis sentidos.

— Fuiste tú el que se acercó primero... —Tanteé la mesa a mi espalda, encontrando su ángulo y un poco más atrás el banco—. Estás enfermo, hasta para los estándares de un criminal.

— ¡Somos criminales! ¡Convictos! —exclamó con la fuerza de un profesor furioso—. ¡Tú, yo, Vicka, Eira; todos somos criminales! ¡Incluso la zorra de Ragna tiene un expediente lleno...! ¡Con un demonio, Linus, estamos destinados a morir!

No esperó. Simplemente se lanzó con su botella rota, su filo cortando el denso aire en un silbido agudo que solo yo parecí oír.

Vi el filo acercarse, su punta brillar hacia mi estómago, y en un suspiro lleno de pavor, alcancé a correrme a un lado, dejando que él avanzara hasta chocar con la mesa. Reaccionó como un animal salvaje, lanzando un corte ascendente que rozó mi pecho, casi cortándome el hocico.

De no ser por el banco que se interpuso para evitar el siguiente paso, estaría lleno de sangre.
Retrocedí más, acorralándome contra la pared. A mi costado derecho, la mesa con el bol; a la izquierda, otra mesa. Ninguna era baja.

Karl se acercó, respirando agitado, lanzando pequeños cortes al aire para intimidarme. Sus ojos, inyectados en sangre, se relamían junto con su hocico.

— Si te hubieras quedado callado... —murmuró con voz ahogada, y de inmediato lanzó un corte a mi ojo.

Retrocedí apenas. Un mechón de pelo cayó, y tras unos pasos, mi espalda tocó la pared.
Palpé la madera con los dedos de una mano, sintiendo su rugosa superficie, mientras mantenía la otra mano frente a mí.

Intenté encontrar una salida, pero Karl me la cortaba con rápidos y traicioneros tajos al aire...

En un instante lo tuve enfrente, su mano firme sobre la botella, ojos perdidos y un hedor insoportable, capaz de provocar más daño a mi nariz que el propio vidrio.

— Karl... —murmuré, levantando apenas la cabeza, mi respiración entrecortándose a medida que el filo de vidrio se movía errático sobre su mano.

— Esos caramelos tuyos representaron las mejores dos horas en semanas... —confesó con aires de superioridad, invirtiendo el agarre de la botella.

— ¿Dos qué...? —balbuceé, abriendo bien grandes mis ojos para, de repente, ver la botella cortar diagonalmente el aire, directo a mi pecho.

Por reflejo alcancé a levantar el brazo, lo suficiente como para bloquear la muñeca que sostenía la botella. El golpe me movió los huesos; mi pelaje apenas logró amortiguar nada del impacto, atravesando mi brazo como martillo.

La punta de vidrio apenas logró perforar mi chaqueta y abrigo, dejándome solo con el agudo dolor en mi pectoral y un hilo de sangre que manchaba mi ropa.

Karl intentó aplicar fuerza, empujando con todo su cuerpo, cegado por una rabia que tampoco terminaba de entender. Sin embargo, sus palabras habían despertado un miedo oculto en mi corazón: combustible para resistir unos segundos, dolorosos y angustiantes.

Vi el vidrio atravesar mi ropa y lentamente alcanzar mi piel.

— La trataré bien... —siseó él, empujando con su otra mano, orillándome a la desesperación de soltar un grito ahogado, incapaz de detener por mucho tiempo el cristal.

Mis brazos no resistían, la tensión en mis músculos era dolorosa y mi cerebro luchaba con la idea de cómo iba a morir.

Hacía unos meses me habían disparado; no recordaba el momento exacto, menos el dolor que me acompañó por semanas, pero aquel vidrio intentaba escarbar mi pecho, intentando sacar a flote demasiadas cosas.

— ¡No te atrevas...! —gruñí, acercando mi mandíbula a su rostro, devorando su aura a mordiscos—. ¡A TOCARLA!

Junté toda la fuerza que pude, mis piernas se debilitaron, mi visión sucumbió como un cristal borroso, pero mis brazos, imbuidos con mi alma entera, mantuvieron a raya a Karl.

Lo empujé e intenté pegarle una patada en las piernas, pero el cansancio privó a mi golpe de impacto alguno. Él sonrió, empujándome de vuelta, logrando perforar mi piel, arrancándome un grito que privó al comedor de silencio.

Luché por buscar algo que me ayudara, pero aunque quisiera, no podría agarrarlo; solo mirarlo a la espera de un milagro que nunca llegaría.

Ambos gritamos como perros en el barro, mis brazos cediendo, mi espalda sufriendo contra la madera de la pared. El crujido de esta era cada vez mayor, y el crepitar distante de la olla de Vicka inundaba mi mente, generándome un pavor indescriptible.

Miré a Karl a los ojos, vi las llamas oscuras quemando su interior. Estaba ciego de ira, sus movimientos eran pesados, más que mi vana resistencia.
Quizás tenía una oportunidad...

— ¡Te voy a abrir como lo hice con ella! —exclamó de repente, pegándome un rápido cabezazo que fui incapaz de detener.

Mi cabeza rebotó contra la pared, mi cerebro gritó, y cuando quise recobrar un mínimo de conciencia, distinguí la punta de la botella bajando a toda velocidad hacia mi pecho.

Lo pateé de nuevo, rezando en un suspiro que le hiciera algo, y luego me tiré hacia un costado, tropezando con el banco. Detrás de mí, Karl atravesó el aire con una saña animal que me hizo agradecer un poco más el seguir vivo...

Sus ojos reaccionaron primero que su cuerpo, mirándome con furia antes de girarse. Me volvió a enfrentar, pero yo estaba en mejor posición ahora.

Estiré mi mano hacia el bol y, con un movimiento desesperado, se lo arrojé, como si fuera aquella granada que amenazó a Ragna en la trinchera.

El líquido caliente embarró su cara, acompañado por el chasquido húmedo y vomitivo de la mierda. Karl soltó la botella y de inmediato intentó quitarse la comida de la cara entre gritos desesperados.

No tardó en descubrir sus ojos, pero ya era demasiado tarde...
Enterré mi puño en su cara, sin miedo a quemarme.

— ¡Para que aprendas a cerrar la boca! —grité con toda mi alma, disfrutando del momento de ira a pesar del ardor agudo que atravesó mi pelaje.

No lo dejé recuperarse. Utilizando todo mi cuerpo, lancé un revés hacia su otra mejilla.
Sentí sus huesos besar mis nudillos y, de inmediato, el dolor de mi mala técnica me hizo retroceder. El tirón en mi hombro fue instantáneo, pero me vi satisfecho.

Karl cayó al suelo, su nuca golpeando el banco de atrás con un satisfactorio golpe hueco.
Lo vi parpadear, mover sus degradados dedos como insectos sobre el suelo sucio.

Respiré por un segundo, amasando mis garras, luchando en mi mente para no pisotearlo en el suelo como a una cucaracha bajo mi bota.

¡Quise hacerlo! ¡Matarlo, acabar con él como lo hice con tantos imperiales antes...!

Se veía frágil, moviéndose como un pez fuera del agua, no parecía poder levantarse.

Sus piernas temblaban, su peludo pecho expuesto se llenaba y vaciaba con un ritmo que, por poco, me hizo mover un dedo para ayudarlo.

No lo iba a hacer, no lo iba a ayudar, no después de las atrocidades que había cometido.

— Ese es trabajo de la Diosa... —murmuré, limpiándome la sangre y saliva de los labios—. No el mío... —Escupí, un sabor pútrido y familiar pintó mi larga lengua, y al instante miré mis manos.

Sangre oscura, de un fuerte hedor ferroso, manchaba mis nudillos lastimados. Aquel líquido se mezclaba con los restos grumosos de comida, cayendo al suelo como la sangre de una herida abierta, incapaz de parar, pero al mismo tiempo, liberando la presión de mi cuerpo.

Murmuró algo, un susurro ahogado, lleno de dolor y rabia. Quizás me insultó a mí o a mi familia, quizás se lo dijo a sí mismo.

Sin embargo, no me importó. Con suerte, no volvería a acercarse a mí.

Saqué el pañuelo de tela con el que me limpié antes en el callejón. Una vez más me limpié las manos con él. Sangre, comida y sabrá la Diosa cuántas cosas más quedaron en aquel trozo de tela manchado.

Me sentí tan sucio como la tela misma. No pude evitar mirarlo de reojo por unos segundos, suficientes para despedirme de él antes de que el asco me pudiera.

— La tela era suave... —murmuré, aún con un deje de agitación en mi voz—. Te la regalo, va a juego contigo... —La escupí y luego se la lancé con delicadeza.

El pañuelo cubrió su hocico. Resoplé, cansado, oyendo el alboroto que se gestaba afuera del comedor.

Era imposible ignorarlo. Decenas de voces resonaban como un murmullo agitado; me volví hacia la puerta y el murmullo elevó su tono hasta convertirse en una conversación casi audible.
Distinguí la voz de Ludvig entre el caos. No lo conocía demasiado, pero su tono al gritar no era, ni por asomo, similar al de hace dos semanas en la trinchera: era más calmado y medido. Eso me impidió saber si debía estar tranquilo o no.

El regaño iba a llegar, la pregunta era ¿en qué tono lo iba a hacer?

A pesar de que me doliera todo, me acerqué a la puerta. El dolor no me iba a impedir avanzar.
Apoyé mi dolorida mano sobre la madera fría, deteniéndome un segundo para mentalizarme...

No fue suficiente. De igual forma, no había vuelta atrás. Tomé aire, negándome a mirar a Karl tirado en el suelo.

Asentí, orgulloso, y abrí la puerta...

Asentí, orgulloso, y abrí la puerta

 

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