"¡Plafff!"
El eco sordo de la cachetada atravesó el campamento como una descarga eléctrica, atrayendo la atención de todos mientras mi mano permanecía aún en el aire, temblando, caliente, marcada por el golpe.
— Eres un idiota, Linus... ¿Quién te crees que eres para hacer eso? —Él se palpó la mejilla, relamiéndose una vez más el hocico con su larga lengua. No le importaba, pero tampoco dijo nada.
El reproche verbal y físico era el único recurso para que no lo ejecutaran en el acto.
Ludvig aguardaba a mi espalda, a pocos metros. Una mano hecha puño, mientras que con la otra sostenía su pistola. Sentí sus ojos atravesar mi nuca como un daño colateral y, sin poder evitarlo, lo miré por encima del hombro.
Su postura era firme y recta, con los ojos entrecerrados, interrogando a Linus en silencio. Había aparecido como un fantasma entre el humo del combate. Lo entendí de inmediato: no fui la única a la que Vicka fue a buscar...
Ella estaba tras él, con sus manos cerradas y cubiertas por guantes quemados. Noté que uno de sus pies estaba adelantado. Nos miraba con su ojo aguado y sus pestañas desprolijas. Me negué rotundamente a que interviniera; ya había hecho bastante, y estaba muy agradecida con ella.
Eira no estaba por ningún lado, ni falta hacía; también había hecho su parte. Tenía entendido que había confrontado a Linus antes de que llegara al comedor...
Volteé hacia él, notando un hilo seco de sangre en la base de su cuello, ya marrón. Su pelaje estaba despeinado, los nudillos rojos, la espalda algo encorvada. No necesitaba verlo entero para saber la historia completa.
Extrañamente, me dolió tener que pegarle. No quería... pero el muy idiota...
Tragué saliva, intentando olvidar la idiotez que gritó antes. Todos alrededor lo habíamos oído. Me conmovió. Sentí mi corazón estrujarse; me sentía feliz, no podía negarlo... pero eso no le quitaba lo idiota a Linus.
— Fuiste demasiado estúpido... —le dije, mellando un instante mi coraza, incapaz de mirarlo del todo a la cara. Él tampoco lo hacía conmigo.
— Tenía que hacerlo... —se excusó con la cola entre las piernas.
Me miraba desde abajo, incapaz de levantar la cabeza. Mi cachetada parecía haberle roto el cuello; su cabeza seguía quieta, y su cuerpo, rígido, más que cuando le pedí que me viera... Hacía días que no me miraba a la cara... ni siquiera me veía. Se negaba a hacerlo.
No me lo dijo directamente, pero lo intuí, y Vicka mencionó que él había estado actuando extraño, demasiado distante, incluso con ella.
Y bueno, luego estaba Eira... Ella lo había seguido por iniciativa propia. Parecía que la sangre se le había ido a los pechos en los últimos días.
Una minotauro siguiendo a un lupino desde las sombras... una ironía total.
— Tú cargas una bandera, no disparas... —Lo tomé del brazo, apretándolo para que no intentara huir.
— ¡¿Y qué querías que hiciera?! —exclamó con un grito desesperado, liberándose de mí con un fuerte tirón, señalándome mientras me enfrentaba cara a cara luego de días—. Ese pedazo de mierda... —Apretó los dientes, presionando su larga lengua mientras comenzaba a temblar.
Ludvig avanzó, su pistola en alto, mientras empujaba a Vicka para que no se acercara demasiado. Sus ojos esmeralda me fulminaron.
Aunque no dijo nada, supe que, en su mente, ya me había reducido a nada más que una zorra cualquiera. Lo sabía. Sabía que, en el fondo, era verdad... pero él mismo me pidió que me encargara de Linus desde un principio.
Me interpuse entre él y Linus, abrumándolo con mi altura y mi cuerpo.
— ¡Quita tus pechos de mi camino! —gritó con voz brava, levantando una ceja, martillando su pistola frente a mí—. No me hagas castigarte por insubordinación, Rag...
— Ludvig... —le rogué, rebajando mi tono lo suficiente, bajando incluso mi cabeza—. Es un novato... Además, sabes que alguien iba a darle escarmiento a Karl.
— ¡Ese hijo de...! —intentó gritar Linus a mi espalda.
Su grito se elevó al cielo y, de inmediato, me di la vuelta, agarrándolo del hocico, apretándolo sin importar el daño. ¡Tenía que mantenerse callado!
Linus intentó escaparse, agitándose, arañándome con sus garras. Resistí; debía hacerlo. Así como él lo hizo por mí frente a la luz de las velas, yo podía aguantar el dolor de sus garras atravesando mi piel.
— Cállate, Linus... —me esforcé en decir entre dientes, volviéndome hacia Ludvig a la espera del castigo—. Él ya tiene bastante con la bandera... Me has perdonado peores antes. Hazme lo que quieras a cambio.
— Te dije que solucionaras el problema, no que lo empeoraras —dijo con los labios rígidos, su dedo firme en el gatillo.
Lo entendía y, a la vez, no. Tampoco me importaba. Linus la había embarrado, pero nada que escapara del margen... En cambio, yo lo obligué a observarme, lo manipulé para que siguiera viendo, y en vez de pegarme o insultarme... me dio un caramelo.
— Haré lo que quieras... incluso dejar que todos en el batallón me usen hasta cansarse... —Tenía que rebajarme todo lo posible. No encontraba otra forma, sino.
A mi espalda, sentí cómo el pelaje de Linus se erizaba de golpe. Algo rozó mi espalda, como el último suspiro de un muerto, desvaneciéndose en el aire.
La atención de muchos cayó sobre mí como avispas sobre un panal lleno de miel, esperando la hora de abalanzarse sobre él. Sonrisas provocativas, gestos de disgusto, miradas perdidas...
Y yo allí, como una idiota desesperada por salvar a alguien a quien lastimé.
Pese a eso, mostré una sonrisa confiada, aferrándome a la poca calidez y calma que sentía al ser objeto de atención.
Pero algo en mi pecho —en la forma en que los ojos de Ludvig me observaban con desprecio, incluso en los intentos vanos de Vicka por acercarse, extendiendo su mano al aire— me hizo sentir como lo que era: un pedazo de carne ante un sinfín de bestias.
Pareció un milagro cuando Ludvig titubeó, alejando su dedo del gatillo, enjuiciándonos a Linus y a mí, guardándose el veredicto cual juez corrupto.
Todos alrededor —jóvenes y mayores, mujeres y hombres, incluso los guardias armados— esperaron la sentencia.
Murmullos llenaban el aire, manos sucias se frotaban con ansias, y otros pocos simplemente se aburrían, continuando sus rutinas en el campamento.
— Rag... —murmuró Ludvig, mirándome de arriba abajo, perdiéndose en su mente a la vez que enfundaba su pistola con un movimiento brusco—. Ven, acércate un momento... —me pidió con un gesto de su mano.
Me acerqué a él sin dudarlo. Relajé mi cuerpo lo más que pude, aunque en el fondo supiera que me estaba forzando a desconectarme de él.
Ludvig me miró, y luego miró al resto que aún nos rodeaba. Parecían un cerro nevado, sucio, falto de motivación. Linus seguía atrás, en silencio. Oí sus botas desgarrar el barro.
Una queja silenciosa, tal vez...
En un instante, Ludvig cerró la distancia entre nosotros con un paso rápido y firme. El barro a nuestros pies no se atrevió a desafiarlo: se congeló bajo sus botas.
Le mostré las manos y cerré los ojos, sintiendo el creciente murmullo crecer hasta romperse en un súbito silencio. Y al instante lo sentí.
Un golpe al estómago, rápido y certero, como solo él era capaz de propinar.
Abrí los ojos en un acto reflejo, alcanzando a ver el puño de Ludvig hundido en mi abdomen; mi ropa y músculos no fueron rival para él.
Caí al barro entre incontrolables lágrimas. No podía respirar. Mi cuerpo se negaba a recibir nada, salvo la mirada y el repudio de todos.
Luché con todas mis fuerzas para meter aire en mis pulmones. Esta vez nada tapaba mi garganta, pero sentí la asfixia consumirlo todo. Y cuando de verdad quise llorar, un puntapié al hombro me dio vuelta.
Mi cuerpo se desparramó sobre el suelo, inmóvil, mirando al cielo.
Cada hebra de mi cuerpo gritó desesperada; apenas lograba respirar entre jadeos moribundos. El sabor del barro en mi boca me devolvió a la vida como solo ésta sabía hacerlo.
Las nubes negruzcas me recibieron mientras la multitud se dispersaba ante los rabiosos gritos de Ludvig.
Entre parpadeos húmedos y gemidos rotos, me quedé allí, quieta, sin saber si había logrado algo más allá de solo caer en vergüenza frente a todos.
No sabía qué hacer, no tenía respuestas, salvo los gritos y llantos de mi cuerpo pidiéndome un instante de paz.
Esa paz nunca llegaría, lo sabía... al menos no para mí, ni para nadie aquí dentro.
Una vez que todos se retiraron y la zona aledaña al comedor volvió a la normalidad —con todos ignorándose en la lucha continua de seguir viviendo—, Ludvig volvió a acercarse.
— Ni pienses que ofreciendo tu cuerpo te vas a librar de todos los problemas... —afirmó con su voz endurecida, agachándose a mi lado para luego tomarme de los cuernos, clavando sus ojos en los míos—. Cuando volvamos a las trincheras, tú serás la primera en poner tu cuerpo entre nuestras líneas y Azga. ¿Entendiste, o tengo que meterte la pistola hasta adentro?
Asentí, y de inmediato él soltó mis cuernos, dejando caer una vez más mi cabeza al barro.
Desapareció luego de eso, perdiéndose entre las paredes de madera mohosa y las carpas que parecían enormes desde el suelo.
Ludvig se fue como vino: como la sombra demoníaca que hacía acto de presencia cuando se lo necesitaba y se desvanecía en el aire cuando ya no se lo requería.
Solo el eco de sus palabras permaneció conmigo, repitiéndose como la única verdad aquí.
Vicka se acercó corriendo una vez que el perímetro pareció seguro. Se arrodilló en el barro a mi lado, tendiéndome una mano para revisar mi cuerpo.
Sin guantes, levantó mi ropa en busca de heridas, repitiéndome que me quedara tranquila, que ella estaba conmigo.
— No me estoy muriendo... Vicka... —intenté extender mi mano hacia ella, acariciándole su pálida mejilla, quitándole las manchas de barro con mis dedos—. Gracias... en serio...
— ¡Por mí como si te estuvieras muriendo! —exclamó, desbordante de energía. Se levantó y salió corriendo hacia el interior del comedero—. ¡Traeré agua caliente! —dijo antes de que la endeble puerta se cerrara a su espalda.
Sonreí entre muecas de dolor, cerrando momentáneamente los ojos, esperando que así el dolor en mi estómago y hombro desapareciera, aunque fuera un poco.
Por suerte, la herida en el costado de mi abdomen se había curado lo suficiente como para quedar solo una sutil comezón y una molestia que, extrañamente, el barro frío y apestoso hizo casi desaparecer.
Vicka tardó unos tres o cuatro minutos en volver. Mientras tanto, recosté mi cabeza sobre el lodazal.
Mi cabello desparramado como mi cuerpo, manchado y sucio, como siempre tenía que ser...
Estar limpia no era lo mío. No, señor...
Tiré los ojos hacia atrás, cruzando la mirada con Linus. Él seguía allí, quieto, rígido como una estatua
Me miraba de arriba abajo, sin detenerse, recorriéndome una y otra vez. Parecía incrédulo, distante... incluso triste.
Intenté sonreírle, como hacía con Vicka, pero eso solo lo hizo desviar la mirada. Tragó saliva, observando su peludo cuerpo magullado, relamiéndose con la punta de su larga lengua la sangre seca del hocico.
Intenté hablarle, decirle algo, pero el chirrido agudo de las bisagras de la puerta y el golpe contundente contra el marco silenciaron mi murmullo.
Vicka apareció como un ángel, ollita de agua caliente en mano y unos manteles de tela vieja al hombro.
Se acercó chapoteando en el barro, volviendo a arrodillarse para ayudarme. Extrañamente, Linus se quedó allí, quieto, observando cómo Vicka mojaba un trozo de mantel y lo pasaba con delicadeza sobre mi piel.
Mi cuerpo estaba con Vicka, pero mi mente enfocada en Linus, a la espera de algo... algo que nunca llegó.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un caramelo de miel, sosteniéndolo con su pulgar e índice. Lo observó con detenimiento para luego, tras dar un veredicto silencioso para sí mismo, lanzármelo y comenzar a alejarse, con su peluda cola moviéndose con el vaivén del viento.
— Es buen chico, Ragna... —afirmó Vicka, su tono más calmado y, ciertamente, feliz.
— Sí... —asentí, mientras me mordía el labio, observando el caramelo tal como él lo hizo. Para mí no había nada extraño, pero su olor dulce era embriagador, aunque algo agrio cuando me lo llevé a la boca.
No importaba. Preferí disfrutarlo en silencio, degustándolo mientras lo movía por toda mi boca.
Linus desapareció en la distancia, y yo me quedé allí, junto a Vicka, sonriendo por nada... y por todo a la vez.