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Un Revolver Sin Bandera (Linus)

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Forcejeé con el imperial, cruzando mi brazo por encima de su pecho. Lo ahogué, empujando su cabeza en el río de agua estancada.

Pataleó, sacudiéndose entre mis piernas, luchando, arañándome los brazos, el pecho, el hocico. Alcanzó a tomarme por debajo de la mandíbula, sujetándome la tráquea a través de mi pelaje, comenzando a clavarme las uñas sin éxito.

Resistí, aunque sintiera ganas de vomitar y el aire me fuera arrebatado. Mordí el pútrido aire, arrancando pedazos de él, intentando tragar para, por lo menos, llenar mis pulmones...

La desesperación tomó prisionero mi cerebro apenas mi visión comenzó a nublarse, y la angustia de no poder siquiera exhalar se convirtió en el menor de mis problemas.

Junté todas mis fuerzas en la mano que sostenía el fragmento de madera y, antes de poder hacer otra cosa, rasgué el aire con un movimiento descendente.

Iba a apuñalarle el pecho o el abdomen.

— ¡¡¡Aggggggghhhhhh!!! —mi voz, ahogada, como si fuera yo el que estaba bajo el agua.

Apenas sentí que la punta de madera tocó el agua:

"¡BOOM!"

La trinchera colapsó sobre nosotros, salpicando agua y tierra en todas direcciones...

Caí hacia un lado, logrando arrastrarme entre la densa humareda dejada por la artillería y la ahora casi inexistente trinchera.

Me alejé apenas unos metros, respirando agitado, agradeciendo a la Diosa por esta nueva oportunidad de respirar.

Sin embargo, el imperial, aquel que intenté matar segundos atrás, sin haberse recuperado, apareció de entre los restos cargando su rifle.

Se abalanzó hacia mí con un grito desgarrador. Vomitó en el aire, apuntando la bayoneta de su rifle hacia mi pecho, cargando hacia mí con una furia más que justificada.

Apenas logré distinguirlo antes de arrancar un trozo de barro con mis garras, lanzándoselo en un acto desesperado, instantes antes de tirarme hacia delante, buscando esquivar la muerte.

— ¡¡¡Mis pestañas, pedazo de idiota!!! —exclamó el imperial con un tono chillón, desenterrando la bayoneta que había quedado incrustada en un montículo de escombros.

— ¿¡Pestañas!? —logré conjugar antes de que en mi cerebro hubiera un chispazo—. ¡¡¡Vicka!!! —jadeé, intentando levantarme, resbalándome por momentos.

— ¿¡Linus?! —reaccionó ella, arrancándose el barro de la cara, refregándose el ojo con el brazo—. ¡¡¡Casi me matas, animal!!!

— ¡Y tú a mí! —espeté, aún con el zumbido del disparo de hacía unos momentos en mi oído—. ¡Me disparaste por la espalda!

— ¡¿Yo qué iba a saber que eras tú?! —se defendió ella con otro grito estridente.

¿Qué cómo iba a saber que era yo?

— ¡Soy el único en esta condenada letrina que carga un mástil de dos metros con una bandera! —exclamé, ignorando por completo que la batalla seguía.

— ¡Soy una cíclope! ¿Acaso piensas que veo bien? —despotricó, señalando su enorme ojo, ahora sucio y enrojecido.

— ¿¡Y por qué llevas un rifle?! —inquirí, levantando mi dedo en un gesto acusatorio.

La había visto disparar antes... pero nunca presté atención a si le dio a alguien... ¿Ragna tal vez lo sabía...?

Casi mato a Vicka de igual forma, y ella casi me mata a mí...

— Después de meterte a correr hacia la trinchera, te perdí de vista... —expliqué, agotado, tomándome de la nuca y jalando mi pelaje.

De inmediato, comencé a buscar mi bandera. No podía haber acabado muy lejos. Al mismo tiempo, Vicka, aún agitada por todo, se dejó caer contra el montículo de escombros a su espalda. Tomó su rifle y, calmando lentamente su respiración, comenzó a apuntar hacia la tierra de nadie.

— Apenas caí en la trinchera, abrí fuego contra dos imperiales a pocos metros y retrocedí —respondió apenas unos segundos después, aún con su rifle apuntando hacia adelante—. Me perdí, en pocas palabras.

— Entonces no volvamos a separarnos... —afirmé, pescando a ciegas con mi mano la bandera.

Hundí mi mano en el pútrido río, lleno ahora de escombros, palpando, luego de unos instantes, lo que creía que era el mástil de la bandera. Tiré de él con todas mis fuerzas, el agua escurriéndose entre la madera, para, en cuestión de segundos, darme cuenta de que estaba roto como un palo de escoba.

— Y ahí va mi querida bandera... —murmuré con fastidio, volviéndome hacia Vicka con medio mástil y el milagro de tela sucia que recordaba como bandera.

La tierra de nadie seguía allí, frente a nosotros, atestada de cadáveres, nidos de ametralladora que abrían fuego desde las sombras, donde la lluvia parecía luchar contra la guerra misma, buscando limpiar, aunque fuera, la sangre de los caídos.

El foco de la carga suicida se alejaba apenas de nosotros, concentrándose en atacar las trincheras limítrofes, donde los combates parecían haberse reducido a los claustrofóbicos pasillos mal iluminados.

— Avancemos, Vicka —me agaché junto a ella, relamiéndome el hocico, incomodado por las fugaces imágenes de la Fortaleza de Azga sobre el fondo blanquecino de los relámpagos.

Vicka resopló ante mi propuesta, mirándome con su ojo descuidado, sus pestañas llenas de barro, algunas incluso quemadas. Asintió sin decir nada más y, con esfuerzo, se levantó, aferrándose a su rifle, esperando por mí.

Hice lo mismo, solo que aferrándome al mástil roto y la bandera que colgaba de este, muerta, incapaz de ondear.

Intentamos alejarnos lo más posible de la sección colapsada, atravesando los pasillos inundados, arrastrando la densidad del agua con nuestras piernas. Era difícil incluso levantar las rodillas. Nuestras botas parecían anclas; casi perdí una intentando levantar demasiado mi pie.

El agua me llegaba muy por encima de las rodillas, y a Vicka —que iba unos pasos por delante de mí— le cubría hasta la cintura, razón por la que marcaba el paso...

Los bombardeos parecieron reanudarse poco después de abandonar la posición. Apenas distinguía desde qué lado venían. Cuando sentía el silbido terminal y Vicka miraba al cielo negro, ya era demasiado tarde. El suelo temblaba, pareciendo querer partirse en dos, a la vez que restos de este volaban por los aires, cayendo sobre nuestras cabezas y la de los desafortunados que flotaban como peces muertos a nuestro alrededor.

Imperiales con sus uniformes grises, decorados con alguna tela dorada o pliegues ceñidos al cuerpo, flotaban de la misma forma que los nuestros, mucho más desarreglados y heterogéneos.

— Las balas y la metralla no distinguen uniformes... —comenté con asco, empujando el cuerpo de un humano que parecía rogar por una última mirada.

— Parecen bien comidos —agregó Vicka sin venir a cuento, pero con un tono de sorpresa demasiado sincero—. Me pregunto qué les darán de comer a ellos.

— A los imperiales, ni idea —respondí, mirando el pasillo por encima de mi hombro.

La oscuridad apenas era rota por las aleatorias lámparas de aceite o velas a punto de consumirse.

No quería más sorpresas por la espalda. Más allá de eso, lo hacía para mantener despejada mi mente. Volví mi mirada hacia Vicka al dejar de oírla avanzar sobre el agua.

Se había detenido frente a un cuerpo, apenas hinchado y falto de color. No percibí bien qué fue lo que hizo, pero pronto empujó el cadáver y siguió avanzando.

— Toma —estiró el brazo hacia atrás, sosteniendo lo que parecía ser un revólver—. No es mucho, pero son fiables aquí. Creo que se llama Eisenrad, o así le dicen los imperiales.

— ¿Cuánto te debo...? —pregunté antes de siquiera intentar tomarlo.

— Me basta con que cuides bien de Ragna —respondió sin vuelta alguna. Su tono era demasiado sincero—. Los rumores corren rápido en el 602º, y Ragna no siempre se queda callada conmigo y con Eira.

Tampoco intentaba ocultárselo a nadie. Aunque sentía extraño el pecho. Era molesto, incluso sofocante, como si mis pulmones se negaran a funcionar del todo. En cambio, mi corazón latía a ráfagas, deteniéndose cuando mi mente, rota, fantaseaba con las vergüenzas descuidadas de Ragna.

Solté un gruñido bajo antes de siquiera intentar tomar el revólver.

Vicka apenas reaccionó, aunque parecía dolerle sostener aquella pequeña pieza de ingeniería imperial.

La libré del peso y, de inmediato, ella volvió a tomar su rifle con ambas manos.

— No sé qué decir, la verdad... —confesé, intuyendo que Vicka buscaba alguna respuesta—. ¿Estoy mal por seguir confundido acerca de Ragna incluso ahora?

— Ragna es Ragna, no busques entenderla mucho —ella la conocía más que yo; dudar de su juicio sería una insensatez—. Ragna siempre fue, como le dice Eira, la zorra del 602º. Por un cigarro se abría de piernas o te la chupaba, daba igual qué; por un cigarro, ella te complacería.

— Disculpa mis palabras, pero estoy de esa historia hasta el nudo —afirmé, engrosando apenas mi voz, mientras intentaba contenerme revisando el revólver.

Mi respuesta, lejos de avivar la conversación, la ejecutó de un tiro en la nuca.

Pude sentirlo incluso aunque no viera la expresión de Vicka.

Continuamos avanzando, de nuevo en silencio. Solo el ruido de la tormenta azotando el cielo, las gotas golpeando nuestro cuerpo, alimentando el río estancado a nuestros pies...

Gritos provenían de múltiples lados. Apenas discernía de qué bando era cuál, pero me sentía ligeramente más tranquilo cuando lograba entender, aunque fuera el mínimo insulto, en la Lengua del Norte; la Lengua del Imperio jamás se me dio bien.

Mis padres siempre priorizaron la de las Islas del Sur... unas islas que estaban a más de cuatro mil kilómetros del punto más austral de las Regiones del Norte.

Incluso distinguir las ráfagas incesantes de las ametralladoras me parecía más sencillo que la Lengua del Imperio...

— Ragna siempre se definió así... —dijo Vicka, rompiendo la monotonía ambiental de la guerra—. Mal o bien, ella, antes de llegar aquí, se ofrecía a todos. El primer día que la vi, intentó "lamerme". Al segundo, se fue con un grupo dispar de hombres y volvió apestando a semen, pero con una sonrisa y chocolates viejos.

— Lo que yo vi cuando llegué... —intervine y, de inmediato, me detuve, levantando ambas orejas y el revólver.

Creía haber oído un chapoteo a nuestra espalda...

Tomé a Vicka del hombro y le indiqué que se agachara, manteniendo la espalda contra la pared del pasillo. El agua estancada la cubrió hasta el mentón, y yo hice lo mismo, esperando unos segundos a que el ruido se alejara.

Miré en todas direcciones, Vicka siguiendo mis ojos mientras permanecía lista para disparar...

"¡Plash-Plash-Plash-Plash...!"

El chapoteo era claro, marcado por un paso firme, pero sin delatar si era solo un soldado o varios.

Tragué saliva y presioné el revólver contra mi pecho, intentando no temblar demasiado.

El frío lentamente se colaba entre las hebras de mi pelaje, tocando mi piel sensible, incomodándome.

Vicka, por su parte, parecía más serena, esperando el momento para emerger desde el agua y matar a alguien.

— Vicka, pase lo que pase, corre —le pedí, moviendo mis orejas, intentando seguir el chapoteo en la oscuridad laberíntica de las trincheras—. Con suerte, Ragna o alguno más del batallón habrá logrado limpiar una trinchera. Búscalos.

— ¿Eres idiota? —me inquirió con su voz molesta—. No es momento de ser un héroe. Seguiremos juntos, no sea que esta vez sí nos matemos entre los dos.

— Como quieras, pero corre igual —respondí, mirándola de reojo, martillando el revólver.

"¡Plash-Plash-Plash-Plash...!" Las pocas fuentes de luz a lo largo del pasillo comenzaron a mecerse, y nosotros a retroceder, empujando el agua con nuestras espaldas. 

No veía una intersección de pasillos.

Seguramente nos habíamos adentrado en una trinchera de conexión...

El chapoteo se intensificó. La quietud del agua desapareció en un instante y, al siguiente, una silueta robusta —no demasiado alta—, seguida por al menos dos más, alcanzó una de las lámparas de aceite a no más de cincuenta metros. No nos habían notado, pero pronto lo harían.

Oí un grito firme provenir de ellos, luego otro con una tonalidad más arrogante, quizás respondiendo al primero.

Vicka reaccionó primero, sacando medio cuerpo del agua, con el rifle en ambas manos, apuntando hacia ellos. Hice lo mismo y apunté el revólver, señalándole a Vicka que se moviera de una vez.

— ¡Corre, Vicka! ¡Corre! —grité. Ya no importaba guardar silencio.

"¡Pafff–Pafff...!" Jalé dos veces del gatillo, sintiendo el inmediato retroceso acalambrando mi muñeca.

Me di la vuelta e intenté correr junto a Vicka.

Los disparos tardaron unos valiosos segundos en comenzar a volar de vuelta hacia nosotros.

Ganamos unos metros, mínimos, apenas lo suficiente para sentir que aún podíamos seguir viviendo.

— ¡Linus, tú corre! ¡Yo te cubro en la siguiente intersección! —ordenó ella, con su enorme ojo reflejando el brillo amarillento de las linternas a nuestro paso.

"¡Pafff... FSSHHH—ZING!"

"¡Pafff... FSSHHH—PLOP!

Las balas impactaron en la madera de las paredes, desprendiendo astillas y pequeños chispazos

El agua también fue acribillada, como si tener a varias personas pateándole las entrañas no fuera ya suficiente.

No intentamos detenernos. Ambos sabíamos que sería una lucha perdida.

Continuamos avanzando con el corazón en la boca, cerrando los ojos cuando, a nuestra espalda, un estruendo rompía nuestra angustia, salpicando agua en todas direcciones.

Vicka logró ganar unos metros, pareciendo sacar fuerzas durante los últimos instantes. Yo la seguí como pude, dando largas zancadas, levantando agua en largos hilos que, por poco, escapaban por encima del límite de la trinchera.

Mis piernas ardían tras cada paso; mis músculos, así como mis huesos, parecían entrar en huelga cada pocos segundos, amenazándome con dejarme caer sobre el agua putrefacta si no me detenía de una vez.

"¡Pafff... FSSHHH—FUGH!"

Una lámpara de aceite explotó varios metros por delante, rompiéndose en pedazos, cubriendo la pared y parte del pasillo con un denso aceite de mala calidad que pronto bloqueó mi paso.

— ¡Mierda, Vicka! —rugí, deteniéndome en seco, dándome la vuelta, levantando el revólver hacia mis perseguidores—. ¡Vicka, sigue avanzando, no te detengas...!

— ¡No te voy a dejar atrás, Linus! —replicó ella, soltando más improperios que las llamas sobre el agua, consumieron como combustible—. ¡Intenta trepar la trinchera! ¡Yo dispararé al fuego!

— ¿Trepar la trinchera? —murmuré, girando mi cabeza, observando los casi dos metros empinados de madera, tierra y metal—. ¡Lo intentaré!

Levanté la mirada, mi respiración cada vez más agitada con cada bala que zurcía el denso aire a mi alrededor.

Me pegué la bandera al pecho, metiéndola entre la tela rasgada de mi uniforme. La despojé del mástil sin apenas pensarlo. Luego, enfrenté la pared, viendo cómo esta parecía sudar a través de la madera negra y las chapas oxidadas.

El aceite se extendía lentamente hacia mí, consumiendo el agua estancada, nutriéndose de la carroña que flotaba en ella.

Agitado, tomé el primer saliente que encontré y apoyé mis pies contra la superficie rugosa del metal.

"¡Pafff... FSSHHH—ZING!"

La madera a centímetros de mis dedos desapareció, sacándome un susto, haciendo que por instinto me soltara, cayendo de espaldas y hundiéndome varios centímetros en aquel río nauseabundo.

Bajo el agua, sentí cómo los estruendos apenas atenuados atravesaban el aire por encima. Vicka parecía devolver el fuego, disparando diminutas agujas encendidas que cortaban el aire como saetas en llamas.

"¡Pafff... Pafff... Pafff...!"

Ella se estaba esforzando de sobremanera.

No iba a dejarla sola...

Reafirmé mi agarre sobre la empuñadura curva del revólver y, con los ojos aún cerrados, encontré un punto de apoyo en el cual sostenerme.

Asomé la cabeza por encima de la turbulenta superficie, recuperando apenas la claridad de lo que veía, dejando que la lluvia limpiara mis ojos.

Parecían ser cuatro imperiales, dispuestos a lo largo del pasillo. No tenían cobertura alguna, salvo la de su fuego de contención y la suerte de sus dioses malditos.

Un revólver no serviría de mucho, aunque la distancia no era grande y, con el fuego aleatorio de Vicka, algo podía intentar hacer...

Levanté el arma, colocándola en paralelo al nivel del agua, e intentando controlar mi pulso, apunté al pecho del primer imperial. Nos separaban menos de treinta metros.

Apenas lo veía como una mancha sucia en la mira de hierro. No había tiempo para corregir demasiado.

— ¡Linus, haz algo por el amor a la Diosa! —El tono de Vicka sonaba hastiado, demasiado.

Me di un segundo para relajar el pulso y luego:

"¡Pafff...!"

Con un retroceso leve, el cañón del revólver reverberó, y en un parpadeo, el primer imperial cayó, incapaz de salir a flote. No supe si murió al instante o simplemente se dejó vencer. Sus compañeros, en cambio, apenas notaron su ausencia.

Siguieron disparando, ciegos de mi presencia.

Volví a apuntar, mordí mi labio y tiré lentamente del gatillo, sintiendo el diminuto mecanismo percutor comenzar a moverse.

"¡Pafff...!"

Esta vez el retroceso me tomó por sorpresa, sacándome un suspiro cuando el cañón fogueó y el estruendo me ensordeció.

El siguiente imperial cayó, el hombro agrandado por el impacto, mientras gritaba desconsolado.

No pude mantenerme en la sombra del fuego por más tiempo. Los otros dos, sorprendidos y movidos por la pérdida de su primer compañero, volvieron sus armas hacia mí y abrieron fuego.

"¡Pafff... FSSHHH—PLOP!"

"¡Pafff... FSSHHH—PLOP!"

—¡Vicka! —grité antes de tirarme hacia atrás, volviendo a ser abrazado por el agua.

Me escurrí como una rata bajo la superficie, intentando aferrarme a lo que fuera para tomar impulso y retroceder.

"¡Pafff... FSSHHH—PLOP...!"

Sentí una bala romper el agua a centímetros de mis pies, rozando dolorosamente la tela del pantalón como una cuchilla

Luché por dar unas pocas braceadas, apreciando cómo, cerca de mi cabeza, el calor del fuego me alcanzaba incluso a través del agua y la noche fría.

No intenté sacar la cabeza.

Aún no me estaba asfixiando. Mis pulmones se exprimían a sí mismos para contener el aire, mientras mi corazón latía con el solo objetivo de permitirme sobrevivir un metro más.

Avancé todo lo que pude, hasta que mi cabeza chocó con algo: una pared, seguramente.
El calor se había desvanecido, más no las llamas, que incluso bajo el agua podía oír cómo consumían una porción de la trinchera.

— ¡¡¡OOOHhhhgg!!! —emergí, apoyándome en el suelo para sacar mi cuerpo del agua, saltando como un pez fuera de ella.

Logré abrir los ojos y, cuando lo hice, me sorprendí al sentir el brillo incandescente del fuego a mi espalda.

— ¡Linus! —oí la voz de Vicka a mi alrededor. Aún no lograba recuperar mis sentidos.

"¡Pafff–Chick–Chack!"

"¡Pafff–Chick–Chack!"

Cada estruendo de su rifle parecía sacar un litro más de agua estancada de mis orejas.

— ¡Levántate y muévete! —me gritó ella de repente, tomándome de los brazos para, seguramente, levantarme.

Mi mente apenas se había recuperado. La adrenalina se disipaba y mi cuerpo se resentía con cada segundo de su ausencia.

A duras penas logré ponerme de pie y seguir a Vicka, quien, sin perder un segundo, tiró de mí, cargándome hacia la primera intersección, y luego a la siguiente, a la derecha.

Creía ver aún el fuego iluminar aquella porción de trinchera si me daba la vuelta.

Vicka siguió tirando de mí hasta que, por fin, pude recuperarme lo suficiente como para ser consciente de mis alrededores.

Seguíamos en las trincheras, de eso no tenía dudas, pero los disparos y explosiones, antes distantes, ahora se intensificaban, mientras más visible se hacía la Fortaleza de Azga...
...y más se oscurecía nuestro futuro.

y más se oscurecía nuestro futuro

 

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