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Callejón Oscuro

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Los días pasaron y Linus se alejó de mí.

Ya no me hablaba. Y si lo hacía, eran apenas unas palabras lanzadas al vuelo, condenadas a morir en el aire. Luego, todo volvía al silencio. Uno espeso, incómodo, como el aire pútrido del campamento, que se colaba entre los dientes y los huesos.

Nuestros ojos se cruzaban solo de paso, en miradas fugaces que buscaban confirmar si el otro aún respiraba.

En los últimos días, antes de que la operación para retomar la Fortaleza de Azga se convirtiera en el único tema en boca de todos, Vicka me comentó que Linus se había vuelto un visitante habitual del mástil del batallón. Yo misma lo comprobé la última tarde, justo antes de que Ludvig ordenara la movilización total.

Iba por las mañanas y se sentaba allí, en silencio, observando la bandera. Aunque a estas alturas, no era más que otro cadáver: un trapo viejo colgando de los cables como un ahorcado.

Un destino que muchos conocieron últimamente...

— ¿Quién se quedó con sus pertenencias? —pregunté, sin despegar los ojos de Ingrid. Colgaba a pocos metros de nosotras, balanceándose en su cuerda gastada como un espantapájaros marchito.

— Eira las repartió entre los nuevos —suspiró Vicka, terminando de perfilarse la ceja con los dedos.

Había aprendido demasiado de Karl en ese aspecto. No le temblaba la mano para tomar lo ajeno, incluso de quienes compartieron techo con ella. Pero al menos era honesta: lo regalaba. Aunque lo hiciera entre insultos y frases llenas de espinas.

— Al final... —Vicka chasqueó la lengua, torciendo los labios—. ¿Será mejor morir ahorcado o fusilado que pudrirse en las trincheras?

— Prefiero seguir sin averiguarlo —dije, estirando una mano para revolverle el cabello con ternura—. Aunque aquí se viene a morir, yo no quiero comprobarlo. Ya con el último combate... casi no salgo. Y fue... —sacudí la cabeza, soltando un suspiro— no lo sé.

Luché para no morir. Corrí, disparé, mentí. Y sobreviví. Como siempre.

No quiero pensarlo más. Estoy viva por suerte. Karl... Linus...

Linus me salvó. Karl solo...

Pensar en él me revuelve el estómago y la entrepierna. Es un dolor fantasma. Sutil como una aguja en la piel, constante como las miradas ajenas sobre mi cuerpo.

Me levanté para estirar las piernas y despegarme el uniforme de entre las nalgas. Me apretaba en zonas sensibles, y el roce entre mis muslos ya no era ni placentero ni cálido, solo molesto.

— Vas a tener que aguantarte, Ragna —se burló Vicka con un dejo de envidia. Me escaneó de arriba abajo con su ojo cristalino y frunció la ceja—. Falta poco para partir. Dudo que te den otro uniforme. El de Ingrid no te va a quedar.

— A la pobre le faltaba carne —solté una risa seca, tomándome los pechos con ambas manos—. Espero que al menos haya podido divertirse un poco.

No hablé mucho con ella. Apenas unas palabras sueltas. Pero era amable.

Y eso, aquí, es decir demasiado.

Respiré hondo y volví la vista al mástil, justo en medio del campamento. Allí seguía Linus, clavado frente a la bandera deshilachada, rodeado de barro, carpas húmedas y restos de lo que fue nuestro hogar lejos del frente por unos días.

No entendía su obsesión. Aun así, seguía siendo el abanderado del batallón. No lo vi cargarla en combate, salvo aquella que colgaba de su mochila, junto al rifle.

Sentí un cosquilleo en el estómago. Y en la garganta también. Un nudo raro. Parecido al que me dejó Karl, pero sin el mismo dolor. Era distinto. Más suave... Una incomodidad que no sabía cómo nombrar.

— Creo que necesito un caramelo... —murmuré. Ese dulzor era lo único que calmaba el hambre. Sobre todo, cuando pensaba en él.

— Ya veo que me toca volver a la cocina —comentó Vicka a mis espaldas. Parecía haber terminado de arreglarse. Parpadeaba como una ametralladora. Dulce y letal.

— No envenenes a nadie, Vicka —le guiñé un ojo y emprendí la búsqueda de dulces.

Vicka se encogió de hombros. No prometía nada, pero eso me tranquilizaba. Se alejó trotando sobre las tablas ennegrecidas, salpicando barro y agua estancada como si jugara en la lluvia.
Yo tomé el camino contrario. Hacia Linus. Hacia la maldita bandera.

Avancé por la orilla de las barracas, donde el barro se aferraba a mis botas con hilos espesos y putrefactos. Me costaba caminar, como si el suelo quisiera retenerme, obligarme a no avanzar. Y entonces, me detuve.

Él seguía ahí. Quieto. Absorto. Mirando la bandera muerta, ajeno al caos de un campamento que se caía a pedazos. Una máquina vieja, oxidada, esperando que la desmonten para usar lo que aún funcione.

Dudé. No sabía cómo acercarme.

No quería herirlo de nuevo. Y, sobre todo, no entendía por qué me importaba.

Jamás me importó que me miraran.

Que me usaran.

Que me la metieran mientras se aferraban a mí como si fuera un tronco hueco.

Que se atragantaran conmigo.

O que yo regalara mi lengua para pintar los cuerpos de otras.

— ¿Por qué me...? —Bajé la cabeza. Me observé. Mis cuernos, pesados, me anclaban como si no pudiera levantar la vista—. ¿Por qué me importas ahora? ¿Por qué te pedí que te quedaras?

¿Por qué lo lastimé...?

Por más que lo pensara, que lo gritara por dentro, el mundo no respondía. Y el silencio de ese lupino religioso de hocico chato dolía más que toda una vida de orgasmos sin sentido.

Intenté dar un paso. Pero no pude. Mis piernas no se movieron. Las botas estaban hundidas. El barro me sujetaba. O quizás era yo.

Levanté la vista. Miré el cielo. Me mordí el labio. No tenía sentido seguir. Había estirado demasiado la cuerda.

Me di la vuelta... Me alejé.

Caminé sin rumbo, siguiendo los tablones medio podridos en el suelo. Faltaban unas pocas horas para que el próximo grupo de condenados volviera al frente. Otra vez al fango... Otra vez a esa soporífera red de pasillos hediondos y oscuros entre cadáveres...

Ni siquiera había tenido tiempo de disfrutar la paz de Holvik... ni en un maldito retrato.

Extrañamente, tras caminar por quién sabe cuántos minutos entre los barracones con hedor a orina y los ocasionales recovecos oscuros donde más de uno se divertía entre fluidos y unos pocos...

— ¿Karl...? —susurré, confusa, creyendo oír su voz tras la siguiente esquina oscura.

Tenía mis dudas, pero reconocí su asqueroso tono borracho a unos metros. Parecía sisear todavía por el golpe que Linus le dio en el hocico.

No era raro que él se codeara con muchos en los callejones de las trincheras; tampoco me era ajeno. Eran lugares con cierta privacidad, donde la oscuridad cubría mis encuentros. Si esas paredes hablaran, escribirían novelas sobre mí...

Solo esperaba que allí me describieran más limpia... Las infecciones eran un riesgo que sorteé de milagro. Las tabletas de bicarbonato eran maravillosas, aunque ardían como una maldita hoguera.

— ¿Qué tienes para ofrecer...? —No perdía la soberbia, aunque le suplicaras de rodillas—. Estos "caramelos" son... costosos...

— Vamos, Karl... —rogó la... ¿chica? Parecía una chica.

¿O era uno de esos elfos raros que nunca me prestaban atención?

— ¡Las necesito, vamos, por favor! ¡Haré lo que sea! —exclamó. De inmediato, un cierre fue abierto y algo cayó con un golpe sordo sobre las tablas.

Mi corazón se detuvo por un instante, estrujado por mi propia mano a través de la tela.

Quise reaccionar, pero de nuevo mi cuerpo se congeló. Mis oídos... se negaron a oír nada. Así había sido siempre. Nunca le presté atención. Pero ahora, si venía de Karl, no podía fiarme.

Linus... él, él... Casi lo matan por mi culpa. Por intentar defenderme ante ese despojo de hombre, Ludvig casi lo ejecuta. No puedo. No quiero...

— ¡Aaaaghhhh! ¡Cómo te odio, Linus! —exclamé, atragantada de palabras, saliendo de mi cobertura, doblando la esquina—. ¡¡¡KARL!!!

No miré su sombra, ni a la persona frente a él, ni las tablas rotas que casi me hicieron trastabillar al girar.

Grité de nuevo y, entre mi cólera, logré distinguir su silueta torcida hacia delante, recostada sobre alguien mientras la poca luz encandilaba la escena.

Reaccionó tarde, soltando un estúpido "¡¿Qué?!" antes de que lo enganchara con mi mano por debajo del maxilar, separándolo de su fuente de placer húmeda para, con un golpe contundente, estrellarlo contra una de las paredes de madera del callejón.

Su espalda casi atravesó la madera vieja, resistiendo solo porque no quise matarlo. Aunque, en el fondo, deseaba meterle la escopeta por donde ni su pelaje veía el sol.
Lo levanté del suelo, apretando sus huesos con mi mano.

— ¡Si querías... unirte! —jadeó el condenado, contorsionándose en el aire, clavando sus pútridos ojos en mi cara—. Lo... ¡Hubieras dicho! —gritó, y luego soltó sus manos con una sonrisa.

Como un cañón cargado y con la mecha quemada, disparó su cuerpo contra el mío.

No fue sangre, ni herida. Solo un disparo vil, sucio, de su asqueroso cuerpo contra el mío, impregnando la tela con su ser.

El aire se estancó de repente, asemejándose a una cloaca. El regusto de aquel mejunje sin color me empapó la boca y la nariz, encendiendo partes de mi cuerpo que no quería sentir.

Tragar sin saborear... así era más fácil conseguir cigarros.

— Eres un cerdo... —afirmé con los dientes apretados, resistiendo el impulso de aplastarle la tráquea.

— Y tú una zorra... ¡Thduu! —escupió en mi mejilla—. Sabes cómo es esto, Rojita... tú y yo lo hemos hecho... Cigarros. ¿Quieres o no?

— ¿Cigarros...? —repetí con la voz agrietada, apretándolo un poco más, haciendo que se retorciera como un pez fuera del agua—. ¡No quiero más cigarros! ¡Solo quiero...!

"¡Pafff...!" 

Un estruendo repentino a pocos metros me hizo retroceder por instinto, soltando a Karl, que, tosiendo, cayó con los pantalones bajos al barro.

— ¡¡¡Es que no aprendes, Rag!!! —La voz de Ludvig atravesó el eco del disparo, haciendo temblar el suelo mientras se acercaba dando grandes pisotones—. ¿Es que tengo que meterte la pistola hasta los ovarios para que dejes de crear problemas?

No me dio descanso. Apareció desde mi punto ciego y, antes de que pudiera excusarme, me abofeteó con la palma rígida, deformando mi mejilla como si terraformara un campo árido.
Mi cerebro no se desconectó, pero el mundo se deformó a mi alrededor. El ardor me hizo lagrimear.

Nada acabó ahí...

Desatado, Ludvig se dirigió hacia Karl, soltándole a traición una patada ascendente bajo el hocico que lo durmió antes de que su cabeza tocara el suelo.

El barro inseminado lo abrazó como una madre perversa, mientras su espinoso miembro palpitaba unos segundos, alardeando por última vez, hasta desinflarse como un globo de caucho rojo.

—¡Levántate, Rag...! —me exigió Ludvig, tirándose hacia atrás el cabello con una mano y levantando su pistola con la otra—. La Fortaleza de Azga te espera, y no tiene paciencia con ninfómanas como tú. ¡Así que levántate, lame tu chaqueta y sígueme...! Partimos en veinte minutos...

! Partimos en veinte minutos

 

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