Con el paso de los minutos, nuevos soldados hambrientos llegaron al comedor, intercambiándose con los que ya habían comido y descansado. Los uniformes rotos, sucios y con barro hasta el cuello eran nuestra insignia, además de aquel emblema cadavérico que Linus cargaba en su mochila.
Extrañamente, no se la había quitado.
¿Quizás pensaba que no se quedaría demasiado tiempo? ¿O que moriría dentro de poco...?
Esa incógnita me entretuvo durante toda la comida, hasta que finalmente vacié el casco. Me levanté y tomé también el casco vacío de Linus para devolvérselos a Vicka, quien seguía en el fogón, observando el fuego sin pestañear. Tenía el ojo rojo, pero en ningún momento rompía su concentración. Era mágico, pero no por eso iba a ignorarlo.
— ¡Vicka, pestañea! —le ordené, chasqueando mis rojizos dedos frente a ella. Mis manos se reflejaron en su enorme ojo, como en un cristal demasiado limpio, donde las llamas iluminaban su iris de colores vibrantes.
En un instante, como si su alma hubiera caído violentamente desde el cielo, Vicka se estremeció, recordando que tenía un cuerpo. Ladeó la cabeza con fuerza mientras parpadeaba. Por suerte, no pareció necesario que utilizara sus gotas. Su gran ojo volvía a la "normalidad".
— Vicka, te dejo los cascos. Voy a llevar al novato a dar una vuelta por los límites de la trinchera —le expliqué con una sonrisa, sin entrar demasiado en detalles—. Si de casualidad viene Ludvig y requiere de nosotros, dile dónde estamos.
— No hay problema, Ragna, lo tengo todo cubierto —afirmó, levantando su pulgar con confianza, mientras no dejaba de parpadear y hacer bailar sus hermosas pestañas...
Me reí para mis adentros, ofreciéndole una última sonrisa antes de darme la vuelta. Le hice un gesto brusco con la cabeza a Linus, indicándole que saldríamos a dar una vuelta. Él me miró y resopló, observando cómo la humedad escapaba en pequeños hilos de agua podrida desde las maderas a sus pies. Pisó fuerte el suelo y se levantó, caminando lentamente hacia mí con la cabeza en alto.
— Daremos una vuelta —le dije de inmediato, sin esperar respuesta alguna—. Iremos al límite de la trinchera a reemplazar a los dos pobres desgraciados que estén de guardia ahora.
— Sí, señora —asintió él, carente de emoción por la misión, pero sin mostrar rechazo. Seguía mis órdenes mansamente, como un perrito grande y silencioso.
Me sentía conforme con su actitud. No mostraba emoción por nada, pero tampoco rechazo alguno. Se movía a la deriva, como un náufrago en un mar de muerte y destrucción.
Ambos dejamos el comedor atrás, adentrándonos otra vez en aquellos túneles llenos de barro, madera vieja y agua estancada. La madera crujía bajo nuestras botas, mientras el cielo era rasgado por aquellas estrellas fugaces grises que atravesaban las nubes. El rugido de los cañones era distante y unilateral... no era buena señal, y mi cada vez más agitado corazón me lo gritaba a todo pulmón.
— Linus... ¿llevas arma? —Lo miré, buscando alguna en su uniforme o espalda.
— Ni siquiera me dieron una rama para colgar la bandera... —suspiró, encogiéndose de hombros—. Tengo la suficiente fuerza para cargar el estandarte con una mano, apoyado contra mi hombro, y disparar una pistola con la otra.
— Así que eres de cañón chico, entiendo... —asentí, pensativa, intentando recordar si en la armería teníamos alguna pistola.
La Federación a duras penas nos entregaba comida, pero armas... Tenemos armas para surtir a dos batallones penales, pero las pistolas son para oficiales. A nosotros nos dan rifles y escopetas, alguna ametralladora tal vez, pero pistolas no. Esas se ven eclipsadas por el resto del arsenal.
Conseguirle una pistola a Linus tampoco era un gran problema. Podía ir con Ludvig y "convencerlo" para que me diera una, o recurrir a Karl... pero no tenía ganas de tratar con este último.
Aún sentía un cosquilleo en mis nalgas cada vez que daba un paso... el muy bastardo me las iba a pagar.
— Veré qué te puedo conseguir... igualmente —levanté un dedo, señalándolo—. ¿No es más fácil atarte un palo a la espalda con la bandera?
— Podría, sí... —asintió, abriendo los ojos como si hubiera descubierto todo un mundo de posibilidades—. Sin embargo, no tendría el mismo efecto en los demás.
Me mordí el labio ante su ingenuidad con tintes patrióticos.
— ¿De verdad crees que a alguien aquí le inspira algo ver a un idiota corriendo como una gallina sin cabeza, cargando un palo de dos metros con la bandera del Batallón Penal? —inquirí con falsa irritación, resoplando mientras negaba sin cesar con la cabeza. Mis cuernos cortaban el aire, como si este mismo mostrara su negativa.
— Me condenaron a cargar la bandera y eso haré... —respondió con una mueca despreocupada.
Realmente parecía no importarle su vida en absoluto. O simplemente fingía demencia ante la realidad. No le iba a dar más vueltas al asunto. Yo no lo iba a entender y él tampoco a mí.
Preferí darme la vuelta y apurar el paso hacia los límites de la trinchera.
Terminamos de atravesar los pasillos de madera y barro hasta alcanzar una intersección en T. Frente a nosotros, una pared reforzada con madera y metal recorría la trinchera de izquierda a derecha, como una frontera pobremente fortificada. Un escalón daba lugar al parapeto y, más allá de este, la tierra de nadie...
Los soldados del Batallón, mujeres y hombres, mostraron sorpresa al verme. Me recibieron con guiños coquetos y sonrisas pícaras, llenas de ilusiones lascivas que me provocaban.
Todos parecían darme la bienvenida. Me sentía agasajada. Tenía que recompensarlos más tarde...
Pero cuando Linus apareció a mi espalda, con su fiel mochila y la bandera, el silencio cayó sobre la trinchera como una losa. El crepitar del único brasero que nos daba algo de calidez se ahogó. Los cañones cesaron su fuego. Y las caras de todos se oscurecieron.
Incluso el rostro de Eira, una minotauro de baja estatura y cuerpo bien maduro, perdió el color. Arrugó su robusto hocico, claramente incómoda con su presencia.
— Eira, vengo a reemplazarte... —comenté, rompiendo el silencio sin prestarle demasiada atención a la forma en que miraba a Linus—. Ve a descansar y comer, que ese cuerpito tuyo necesita comida.
Le guiñé pícaramente un ojo.
Eira se cruzó de brazos de inmediato, molesta quizás por mi comentario... o porque Linus tal vez le estaba mirando demasiado los pechos.
Eran grandes, como dos almohadas suaves donde dejar caer la cabeza. Cuando llegó aquí hace unos meses, su cuerpo todavía producía leche materna... Nadie se atrevió a preguntar, siquiera Ludvig, pero todos intuíamos la verdad.
— ¿Ese de ahí es el niño abanderado? —La pregunta de Eira no se hizo esperar.
Era directa y sin tapujos. Si no te insultaba, era buena señal. Además, era muy recelosa con que la observaran demasiado. Algo religioso, creo recordar.
— ¿Ludvig no le dio arma o es que ya tiene miedo? —insinuó molesta, analizando a Linus de pies a cabeza.
Sin dejar de mirarnos, se colgó su rifle al hombro y bajó, dando pesados pasos hacia nosotros antes de detenerse frente a mí. Me miró con una mezcla de rabia contenida y desprecio.
Eira era relativamente baja, pero tenía curvas atractivas. De no ser por su agresivo hocico y su expresión de pocos amigos, podría haber sido tomada por una madre benevolente con tendencia a tener muchos hijos... Ella me miró a la cara, desafiándome en silencio antes de chasquear la lengua y retirarse.
Al pasar junto a Linus, lo pechó de forma intencionada, dándose a la fuga sin apuro. Sus pezuñas hicieron crujir agudamente la madera húmeda mientras se alejaba en silencio.
— Ni que me la fuera a comer... —murmuró Linus, para mi sorpresa.
Sin embargo, se lamió el hocico, como si la comida de Vicka no lo hubiera llenado del todo.
— ¿Qué me miras...? —preguntó de inmediato, volviendo su larga lengua a su lugar, dentro de su hocico chato y ahora con la nariz húmeda.
— ¿No te han dicho que eres raro? —pregunté sin tapujo alguno, escudriñándolo con la mirada.
— Para mí, ella es la rara... —respondió, reservándose sus palabras.
Sin embargo, su mirada fría y el recuerdo de su larga lengua recorriendo su hocico me removieron el estómago por primera vez en mucho, mucho tiempo.
Tras eso, nadie dijo nada más. Los pocos que aún quedaban haciendo guardia se alejaron de nosotros. Como si no quisieran estar cerca de Linus... Los entendía. Él era demasiado extraño, pero no había hecho nada que me hiciera alejarme. Así que tampoco podía buscar una excusa para hacerlo sin ser agresiva o cortante.
Me quedé a su lado, observándolo de reojo mientras permanecíamos parados sobre el escalón de la trinchera.
Más allá de unos pocos metros, donde el alambre de espino y las estacas llenas de herrumbre no servirían de nada, un inmenso campo ennegrecido se extendía frente a nosotros. Los pocos árboles que seguían en pie yacían quemados o directamente muertos, ennegrecidos por el fuego y la sangre seca. Uno incluso tenía colgado un nuevo cadáver disecado en sus largas ramas.
No había rastro alguno de ataque.
La tenue luz del sol lo cubría todo, mientras las infinitas nubes grises acentuaban el viento cambiante que, en un vaivén infinito, movía inútilmente el hedor a muerte del campo de batalla.
El turno de guardia diurno tenía la ventaja de contar con estas lujosas vistas al abismo más frío, sucio, mortífero y hediondo al que la vida te podía arrojar. Aunque... era mucho mejor que estar encerrada en una celda, observando con impotencia cómo el mundo caía mientras aquel niño gritaba esperanzado que esos viejos del Alto Mando tenían una solución mágica para esto...
Estábamos perdidos. Y qué mejor que verlo en primera fila mientras un centenar de puntos grises a la distancia comenzaban a correr hacia nosotros.
— Señorita Ragna... —murmuró Linus, inexpresivo.
Sus peludas orejas se levantaron lentamente en señal de alerta.
— Esos puntos que vienen ahí... son cada vez más grandes.
Antes de que pudiera siquiera responder, un grupo distante de estallidos se hicieron eco en la lejanía, amplificándose en cada cráter inundado, en las viejas trincheras que habíamos abandonado hace tiempo, pero, sobre todo, en los oídos de cada uno de nosotros.
Aquellos ecos de destrucción nunca auguraban nada bueno. Menos cuando nuestros cañones habían pasado gran parte de la mañana disparando... Y ahora, guardaban silencio.
— Linus... —respondí, mirándolo a mi lado.
Estaba cerca. Muy cerca. No sabía cuándo se había acercado tanto.
— Consíguete un arma ya.
Los ojos de Linus recorrieron varias veces mi cara y la tierra de nadie frente a nosotros. No lucía confundido. En sus ojos se intuía que sabía exactamente lo que estaba sucediendo. Aun así, no se movió... Hasta que la tierra tembló a nuestro alrededor y una enorme columna de polvo y tierra quemada se elevó al cielo.
Su olor nos inundó. El calor momentáneo suplantó el frío que corrompía nuestros cuerpos.
— ¡Que te muevas, imbécil! —le grité, alterada, sintiendo mi cuerpo entumecerse con cada explosión lejana.
Por instinto, agarré el hocico de Linus sin cuidado, apretándolo hasta entrecortar su respiración. Lo empujé al interior de la trinchera de inmediato. Si no se movía ya, sería el primero en morir.
— ¡Ve por un arma, la que sea, y átate esa mierda de tela al primer palo que encuentres...! —Mi orden salió de mi boca como una voluntad absoluta—. ¡Se viene tu bautizo de fuego en el 602º y quiero que estés presentable, ¿me oíste?!
El cuerpo de Linus cayó como una piedra, sorprendido por mi repentino cambio de actitud. Parpadeó, como si el impacto lo hubiera desconectado de la realidad por un segundo. A su alrededor, todos preparaban sus armas, encendían sus últimos cigarros o murmuraban oraciones que nadie escucharía.
Su mirada recorrió el caos con una calma antinatural. Y entonces, sin una sola palabra, se levantó y echó a correr hacia la trinchera... Podía ver su insignificante bandera moviéndose en el laberinto de pasillos y túneles a medio derruir.
— Ojalá no te pierdas, Linus... —murmuré sarcásticamente, desabrochándome un poco el escote con una mano mientras que, con la otra, tomaba la escopeta de mi espalda.
Mi pecho subía y bajaba con fuerza, agitado.
Un disparo en la distancia. Luego otro... Podía sentirlo en los huesos. Me relamí los dientes, mordiéndome el labio, sintiendo el sabor metálico del aire llenando la trinchera.
— ¡Llegó la hora de la verdad, muchachos! —grité a todo pulmón, bombeando la escopeta con fuerza.
¡Chick-chack!
El metal de la corredera chirrió, alimentando la hambrienta recámara con un jugoso cartucho rojo como mi piel. Uno que pronto se quemaría hasta ser carmesí, como la sangre que mancharía la tierra...
Nunca me sentía del todo lista para esto. Pero ese miedo jamás me había detenido. Y menos lo haría ahora...
— ¡Pedazos de mierda...! —bramé, levantando la escopeta, sintiendo el tacto de la madera tratada contra mi mejilla—. Que empiece el verdadero juego...