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Caramelos y Trincheras, Parte 2

Humo y Cenizas: El Estandarte de los Muertos en Vida · por Tália The Crimson Wolf · 06 de septiembre de 2026

Retrocedí a ciegas, el aliento agrio de otros chocando con mi nuca, las ropas rozándome como caricias vacías. Sin pedir disculpas, me di la vuelta y me abrí paso para salir de allí.

No tenía nada más que hacer, más allá de escuchar cómo sería el posible libreto de nuestras muertes. Nadie notó mi huida, y yo solo me alejé.

Me adentré en los pasillos, buscando un poco de silencio, aunque el eco de la artillería y las condenadas olas penetraba mi mente sin permiso. Caminé con la respiración agitada, tambaleándome entre los pasillos de barro y madera, presionando mi pecho con la ilusión de así dejar de sentir mi corazón unos instantes.

La densa bruma salada cubrió mi avance hasta que di con la línea del frente, aquella donde el escalón de tiro se extendía, listo para sostener a cientos de soldados maltrechos disparando desesperadamente contra hordas... y, al parecer, tanques.

Pocos hacían guardia, y ninguno me prestó atención cuando pasé detrás de ellos. Estaban tan enfocados en buscar signos de vida entre la bruma que tranquilamente podrían ser apuñalados por la espalda. Pero más allá de ellos, a mitad de la trinchera, un mástil reposaba inclinado frente al escalón de tiro, y junto a él...

— Linus... —volví a nombrarlo, una vez más, con la esperanza de que no siguiera desapareciendo.

Esta vez no me oyó llegar. Parecía perdido en la nada, sentado con los brazos cruzados junto a la bandera. Sus orejas caídas, su hocico apuntando hacia el suelo con la punta de su lengua asomando entre sus peludos labios grises.

Con un dejo de ilusión y una diminuta sonrisa, me senté a su lado, esperando que reaccionara, aunque fuera con un simple "no". Con eso me daba por satisfecha. Ya no pedía más.

— ¿Cómo estás, Linus...? —le pregunté de inmediato, mirándolo, apoyando mi mejilla sobre mi hombro.

Linus apenas reaccionó, moviendo sus orejas, como si el aire que acompañó mis palabras le molestara. Respiró profundo, inflando su escuálido pecho bajo la tela maltrecha de su uniforme. Luego de unos segundos de silencio, se atrevió a mirarme, igual que hice yo con Eira.

Comenzó por mis ojos, deteniéndose apenas lo justo para devolverme la mirada. Siguió por mi boca, donde entrecerró los ojos, como si buscara algo allí... quizás una prueba de dobles intenciones. Pero no pareció encontrar nada. Bajó lentamente por mi cuello hasta llegar a mis pechos, donde la tela los escondía. Los analizó por un instante, asintiendo con una mezcla de conformidad y desilusión al solo ver una pizca de mi piel roja y, quizás, un pezón erecto.

— ¿Estás bien, Linus? —Me resultaba extraño que me mirara así. Sin placer ni deseo, pero con algo de curiosidad.

Aquello me movilizó un poco, lo justo como para comenzar a sentir sutiles cosquilleos en varias partes de mi cuerpo. Sin embargo, Linus, sin parecer del todo conforme pero con señales claras de agrado bajo la tela que ni se preocupó en esconder, siguió bajando por mi estómago y vientre hasta llegar a mi entrepierna, donde se detuvo.

Le devolví la mirada, movida por un extraño sentimiento... no era deseo, era algo más animal, más frágil. Como si nuestros cuerpos supieran algo que nosotros aún no podíamos decir. No mostré vergüenza al dirigir mis ojos a su entrepierna, así como él hacia conmigo.

Allí, su otro corazón, acallado durante años sin saber por qué, latía, respirando torpemente como un animal herido.

— Sigues deseando... —murmuré, sin intención de burlarme.

Sonreí, extrañamente feliz y, movida por quién sabe qué, apoyé mi mano sobre su pierna, respetando esta vez su distancia. No avancé. No tomé. Solo estuve allí.

Linus pareció alarmarse por un instante; sus ojos casi saltaron, pero cuando mi mano cayó sobre su pierna, respiró tranquilo. Incluso me devolvió el gesto, pero con una timidez y vergüenza que me hizo querer darle un beso... aunque fuera en su desarreglada frente.

— ¿Por qué, Ragna? —preguntó casi en un susurro, despegando sus ojos de mi cuerpo, volviéndolos al suyo.

— No lo sé... —confesé, intentando expresar toda mi sinceridad, aunque fuera apretando un poco su pierna—. Llevo días incómoda... pensando en ti...

Las orejas de Linus se levantaron de golpe, rígidas ahora, apuntando en mi dirección. Apenas giró su hocico hacia mí, pero sentí su mirada quemar mi mejilla.

— Ludvig dice que vamos a morir... —agregué, para luego resoplar, irónica. No era la primera vez que lo oía decir eso, pero ahora, aquellas palabras tenían un peso diferente.

— Y yo iré primero —afirmó Linus con un tono nasal.

De inmediato, se relamió la nariz, humedeciéndola para que, en cuestión de segundos, la bruma salina la resecara hasta volverla un campo árido lleno de grietas.

— Desde el principio me dijeron que te protegiera... —afirmé, algo distante, observando el mástil cerca de la pierna de Linus.

Aquellas palabras tenían un peso demasiado grande, un peso que no supe soportar con mis hombros.

— Te lastimé... abusé de tu bondad sincera... —Linus estaba vivo, pero no era el Linus optimista, aquel que, pese a todo, expresó el honor de luchar con nosotros—. Sé que estás enojado conmigo... o me tienes miedo... lo entiendo. No tengo excusa. Para mí era un juego: abro las piernas, me divierto un rato mientras me sacan la tierra... y luego, si tenían suerte, ofrecía mi boca.

— La buena vida, dicen... —intentó bromear Linus, encogiéndose de hombros, ladeando la cabeza hacia un lado sin mirarme—. No eres la primera que conozco que hacía eso, que pensaba así.

— ¿Hubo otra Ragna? —inquirí, sorprendida, entrecerrando los ojos, incrédula.

Hubo otra yo en su pasado... la envidia crecía en mi pecho y Linus logró olfatearlo sin siquiera mirarme.

Un lobo astuto. Raro, pero astuto...

— Iskra, mi hermana —explicó por encima, volviendo a mirarme, distante esta vez, como si la bruma entre nosotros le permitiera recordar mejor—. A diferencia de mí, ella es una rebelde, incluso entre los menos tradicionales en mi familia... Casi queda embarazada tras su primer celo.

— Perdiste la oportunidad de ser tío. Qué desgracia —solté una pequeña risa.

Mi hermana aún es pequeña para todo este mundo... La fe que no me tuvo Padre, la depositó toda en ella. No lo culpo; descarrilé hacia los callejones desde muy joven. En cambio, ella ha permanecido firme, y no podría estar más orgullosa.

El mundo en el que entré... es demasiado oscuro y violento para ella...

— Ya soy tío —dijo de la nada Linus, rompiendo mi trance con su tono orgulloso—. Ocho sobrinos, tres familias... Iskra nunca fue buena para elegir pareja permanente, pero es feliz. Disfruta de revolcarse entre las sábanas de noche y amamantar de día.

— Muy diferente a su hermano... —bromeé, y de paso, me acerqué un poco más a él, dejando caer mi cabeza sobre su embarrado hombro.

— Yo solo espero que llegue mi momento —murmuró. Y tras unos instantes de incómodo silencio, al verlo morderse el labio, sentí algo rodearme el hombro: me estaba abrazando.

— Estoy dispuesta a esperar, entonces... —susurré, subiendo mi mano por su pierna hasta llegar donde mis dedos sintieron un calor abrasador.

Me detuve allí, en silencio, apreciando cómo Linus respiraba con una mezcla de agitación y estoicismo forzado. Su cuerpo seguía rígido, aunque su abrazo era suave y cálido, llenando mis pulmones con su hedor a pelaje húmedo y, ciertamente, seminal. No pude ignorarlo, y él, ocultarlo.

No era embriagador, mucho menos floral, pero me sentía cómoda con él. Yo tampoco desprendía mis mejores fragancias, ni mucho menos. Tampoco le importó.

Llevó su mano al bolsillo de su pantalón y, sin rebuscar demasiado, sacó un caramelo envuelto en un delgado trozo de papel. Lo abrió frente a mis ojos, mostrándomelo, para, justo cuando estiré la mano para tomarlo, arrebatármelo y metérselo en el hocico, ofreciéndome solo una mirada y una sonrisa.

Como respuesta proporcional, apreté su pierna a través de la tela, devolviéndole una sonrisa molesta... Apenas se inmutó. En cambio, movió apenas su torso, torciéndolo hacia mí, dejándome caer para, en un instante, tomarme de la nuca y sostenerme.

Lo vi dudar y, entre la leve bruma, pareció luchar por no arrepentirse.

No lo hizo. Respiró hondo y se acercó a mí con un ojo cerrado, como si al hacerlo la mitad de su cerebro pudiera apagarse; me lo apagó a mí cuando su hocico chocó torpemente con mi nariz y luego su lengua —aquella con la que se lamía la nariz y seguramente el cuerpo— rozó mis labios entreabiertos.

Tragué saliva y mi cuerpo reaccionó, moviendo mi mano, acariciando su pierna, mientras que, con la otra, bajaba para calmarme.

— Tú... —susurré, tímida, como la niña que jamás pudo hablar.

Linus cerró los ojos, y yo igual.

Recibí sus labios primero, conectándome a él con una sinceridad que me hizo estremecer. Le devolví el gesto y aprisioné los suyos, dejando que su lengua luchara unos instantes por abrir los míos, hasta que lo logró. Mi lengua, herida, recibió la suya, degustando la miel en su saliva. 

Linus movía su lengua con calma, recorriendo tímidamente la mía.

Por momentos se separaba para respirar, pensar, dudar incluso, pero yo no se lo permití, y él me entendió.

Volvió hacia mí, y en un gesto tonto, chocó su frente con la mía, frotándola para luego volver a separarse, esta vez dispuesto a regresar.

— Gracias... Linus... —volví a susurrar, esta vez cerca de su oreja.

Tímido aún, sonrió solamente, e intentando tomar una última iniciativa, volvió a acercarse, esta vez desde un ángulo un poco más bajo, subiendo como si hubiera terminado de beber de mi fuente.

Lo dejé tomarme de la nuca. No tiró de mí, sino que me permitió acercarme, despacio, analizando cada milímetro de distancia hasta que, por fin, volvimos a conectar, esta vez sin jugueteo. Nos dejamos ser y disfrutamos del instante. Intenté avanzar por instinto, continuar el curso de esto. Lo quería en mí, aunque fuera para estar más cerca suyo.

No me dejó. Tomó mis manos, entrelazó nuestros dedos. Y en un último movimiento, me introdujo el caramelo en la boca, aquel del que antes me había privado.

Un retorcido juego de deseo que me tomó por sorpresa...

Nuevamente se separó, aún sin soltar mis manos.

— Si salimos de aquí con vida... —murmuró él, mirándome con sus ojos aguados—. ¿Me permitirías ir más a fondo?

— Eso no se pregunta, idiota... —respondí con picardía, dándole un rápido beso en la nariz—. Me aseguraré de estar presentable.

— Yo igual... —dijo, con la voz menos temblorosa, mientras se levantaba con torpeza, como si temiera romperse, aun cuando sus acciones decían lo contrario.

Tomó el mástil de la bandera con una mano y, con un gesto torpe, quizás intencional, se acomodó el pantalón frente a mí, marcándose lo evidente.

Sonreí, incapaz de creer bien lo que había pasado.

Le lancé un beso al aire, provocativo, suficiente para hacerlo voltear con pudor, aunque su cola confesara lo que su boca aún no podía.

Mástil en mano, Linus se alejó de nuevo. Un espectro tímido perdiéndose en la densa bruma de la trinchera. Vi su peluda cola moverse alegre.

Sonreí, dejando que mis oídos se embotaran con el latido desbocado de mi corazón retumbando en mi pecho, deseando entre latido y latido poder seguir junto a Linus un poco más.

Ludvig me dijo que lo protegiera desde un comienzo... Sin embargo, él ha estado haciéndolo por mí todo este tiempo...

Debía devolverle el gesto, aunque fuera cubriéndolo. Linus no aceptaría otra cosa de momento, y eso, extrañamente, me gustaba de él.

Que se haya atrevido a darme un beso, incluso a pedir avanzar un poco más si sobrevivíamos, debió de ser un enorme paso.

Aun así, esa chispa lupina... El caramelo de miel mezclado con su saliva...

Si utilizaba miel para... endulzar allí abajo... ¿Él, con su lengua...?

— ¡Por el amor a la Diosa, ¿qué estoy pensando?! —Mi mente se nubló por un instante, como si la bruma se colara en mi cerebro—. Linus no es de esos brutos...

Me puse de pie de golpe, tomando mi escopeta, mirando de reojo el pasillo por donde él se desvaneció, como si pudiera alcanzarlo solo con la mirada.

Quise seguirlo. Di varios pasos, temblando, con el cuerpo ardiendo en deseo. Apenas reconocía lo que sentía, pero sabía que era sincero, y por eso me detuve ante el primer crujido de las tablas húmedas bajo mis botas

No iba a forzarlo.

Di la vuelta sobre mi talón, pisé fuerte las maderas hasta casi romperlas, y emprendí camino en la otra dirección.

Di la vuelta sobre mi talón, pisé fuerte las maderas hasta casi romperlas, y emprendí camino en la otra dirección

 

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