Relámpagos centelleaban en el cielo oscuro, mientras los rayos lo recorrían como venas blancas sobre un mar indómito, perdiéndose más allá de la trinchera.
El suelo temblaba tras cada estruendo, como si el cielo azotara la tierra queriendo romperla más de lo que ya estaba. Las trincheras se extendían como heridas abiertas, supurando barro y sangre en pequeños arroyos a través de los pasillos.
Parecía un milagro que aún fuera capaz de sentir algo de calor en mi cuerpo.
— Así que no se la chupaste... —concluyó Eira con claro reproche—. Pudiste haberle metido la mano en el pantalón, por lo menos... eso hubiera hecho yo...
— ¡Eira, deja a Ragna en paz! —exclamó Vicka a mi lado, cansada del lloriqueo perpetuo de la minotauro—. ¡Si tan caliente estás, métete los dedos en el culo y haz silencio! Ragna hizo lo que creyó correcto...
— ¡Tranquila, Vicka! —intervine de inmediato, poniendo mi mano entre ambas.
Una Vicka enojada era peligrosa... sobre todo cuando se encarga de tu comida.
Estábamos ansiosas, de eso no había dudas, aunque Vicka lo parecía más. Llevaba rato luchando por levantar sus pestañas, combatiendo contra la naturaleza misma con el solo objetivo —según ella— de verse más bonita.
— ¿Pero él te besó a vos, entonces? —No le hacía falta bufar ni torcer el hocico para notar lo evidente—. ¡Sexo antes de un combate! ¡Lo hubieras hecho! ¡Lo hacías antes... lo hacíamos!
— ¡Eira! —cortó Vicka, con el ojo entrecerrado y el puño apretado.
— Yo solo digo... —resopló ella en respuesta, cruzándose de brazos por debajo de los pechos, levantándolos frente a nosotras.
La actitud de Eira era desesperante, pero entendible. No podía reprochársela. Como todos, ella había encontrado una salida dentro de nuestra miseria.
Aunque se guardaba cosas para sí...
Había demasiadas emociones condensadas en sus burlas y ruegos encubiertos... demasiadas como para ignorarlas por mucho tiempo.
No me atrevía a preguntarle. Vicka tampoco. Dudábamos que se abriera. Sin embargo, sentía que esos silencios no le impedían seguir moviéndose, aunque fuera arrastrándose.
Apenas la miré, lo justo para que mis ojos no se perdieran en sus enormes pechos...
Ofuscada, me devolvió la mirada sin interés.
Vi su dolor. Su tristeza encapsulada en cada mueca, en cada mirada distante. Su ametralladora, sobre las piernas, como un cadáver infantil...
No me importó. No ahora. No con la tormenta encima.
Me dispuse a levantarme, exponiéndome a la tormenta que, según comentó Ludvig de forma pasajera, salvaría más vidas que la artillería misma.
Hundí mis pies en el barro, escarbando la tierra con los dedos, dejando que la humedad y el frío trataran mis resecos talones para, luego de unos segundos de placer, vendarme los pies y calzarme las botas. El chasquido húmedo de estas sobre el barro me erizó la piel, reviviendo la comezón mental que me había estado incomodando desde la mañana
Todos nos preparábamos para lo inminente
Ludvig no se había hecho presente, pero el eco de sus palabras resonaba en nuestras mentes como una profecía maldita.
Nos jugábamos la vida por su supuesta redención, y por una posibilidad estratégica de contener al Imperio, aunque fuera por unas semanas.
— Señoritas, tomen sus armas... —murmuré hacia ambas, estirando el brazo hacia la escopeta al costado de Vicka—. No sé cuáles son las órdenes para ustedes dos... aun así, espero poder volver a verlas.
— Quién viera a la zorra deseando buena suerte... —Eira, como siempre, respondiendo con todo el amor del mundo—. Ya saben cómo es esto, si mi cuerpo sigue caliente, aprovéchenme...
— Ni que fueras una de mis sopas, Eira —dijo tajante Vicka, tomando el rifle a su espalda—. Aun así, no descarto usarte en mi siguiente estofado —remató con una tierna sonrisa.
Eira y yo quedamos heladas por un instante, mirándonos, incapaces de conciliar a la Vicka frente a nosotras.
Ella nos miró entre pestañeos coquetos, revisando el cerrojo del rifle, insensible frente a lo que había dicho.
— ¡Qué! —chilló, escudriñándonos con su ojo—. Las mujeres no son lo mío...
— Sí... lo sabemos... —respondí, prefiriendo no romper la imagen de la Vicka tierna en mi cabeza.
"¡Plash-plash-plash-plash...!" Un chapoteo enérgico atravesó la serenata de la tormenta, robando mi atención por un instante.
Miré por encima del hombro y vi pasar a un grupo de convictos como nosotras, atravesando la trinchera con los ojos sin vida, remolcando un aura de desesperanza que me encogió el corazón.
Relamí mis labios, tragando el agua de lluvia impregnada en mi piel, y me volví hacia Vicka y Eira.
— Marchemos... —resolví sin ganas, dando el primer paso hacia la trinchera del frente.
Vicka fue la primera en chapotear a mi espalda. Sostenía el rifle con ambas manos, acariciándolo cual cucharón. Torcí la cabeza cuando pareció lamerlo
La ansiedad hacía que muchos actuaran... así
Eira, por su parte, se cargó la ametralladora al hombro y nos siguió, imponiendo con solo el crujir de las tablas y sus interminables bufidos una presencia tal que parecía evaporar la lluvia sobre su hocico.
Juntas, recorrimos la trinchera desde el hueco en la tierra que había utilizado antes para dormir, hasta el centro. Allí, la mayoría intentaba mantenerse en pie, luchando por no dejarse vencer por la torrencial lluvia y la certeza de que, más allá de los truenos y relámpagos... un manto negro aguardaba para cubrirnos cuando cayéramos, uno por uno, sin gloria, sin nombre.
— Con la dicha de un disparo al cuerpo... —susurré con los dientes apretados y el mentón en alto—, como al anterior chico que cargó la bandera del Batallón.
Linus terminaba de asegurar la bandera al mástil, apoyado contra unas cajas en una esquina y con el hocico metido entre los pliegues de tela empapada. Movía los dedos temblorosos entre cada agujero, pasando la fina cuerda, para, tras un poco de esfuerzo, dejarla asegurada
Lo observé por unos instantes, viéndolo respirar, perdido en la tela, pasándole la mano para extenderla al aire.
El agua escurría en largos hilos, y Linus pareció encontrar diversión en ellos. Movía levemente su cola, y eso me agitó el corazón, lo justo para acercarme.
Vicka y Eira quedaron atrás por un instante, esperando que Ludvig hiciera presencia.
— Veo que estás listo —señalé con la cabeza, sonriendo a medias.
— Tengo mi bandera... —respondió, arrugando su negra nariz, mostrándome apenas los dientes—. Se puede decir que estoy completo.
— Completo vas a desear estar cuando la artillería te haga tropezar y la metralla vuele a tu alrededor —me encogí de hombros en un gesto despreocupado, extendiendo las manos para arreglarle el uniforme—. Haz como Vicka; si vas a morir, hazlo arreglado. Que nadie tenga nada que envidiarte.
Ajusté el pliegue del cuello, un detalle mínimo, invisible incluso, pero que lo hacía ver mejor.
Con un gesto lento, él tiró un poco de mi chaqueta, despegando la húmeda tela de mi piel.
Apenas sirvió de algo. No tuvo que soltarla para que volviera a adherirse a mi cuerpo, como mi ropa interior a mis muslos luego de nuestro beso.
Apenas notó el detalle de la tela sobre mi piel.
De igual forma sonrió, y yo también.
— Intentaré apoyarte, lobito —le guiñé un ojo y le planté un rápido beso en la nariz—. Acuérdate de correr varios metros por detrás de la cortina de fuego, y si las balas comienzan a volar —que lo harán—, tírate al piso y levanta la bandera. Así sabré dónde estás... Así sabré que aún respiras.
— Sí, señora —asintió él, con las pupilas dilatadas, relamiéndose el hocico como solía hacer.
Volví a sonreír, recordando cómo hacía unas horas estaba junto a él, desnudándome como jamás hice.
Frente a él, un idiota santito, religioso, incapaz de aprovecharse hasta de una cucaracha, y, aun así, se atrevió a besarme. A mí, una idiota que solo supo lastimarlo y que, pese a todo, recurrió a él...
— Linus... —estiré mi mano, tomando su huesuda mejilla, acariciándola con mi pulgar embarrado, intentando... algo. Transmitirle lo que sentía—. Gracias, en serio. Gracias por... no aprovecharte y mantenerte firme.
— Al final te besé... —dijo, apoyando su mano sobre la mía, devolviéndome el gesto con el pulgar—. Estoy mal, lo sé. Tengo miedo. Miedo de mí, miedo de lo que hice y de lo que no. Pero no quiero...
Bajó la mirada, apenado, resoplando, arrugando la misma bandera que él mismo había alisado y tratado con cuidado.
Asintió despacio, como un péndulo sin fuerza.
Alrededor nuestro, varios nos miraron de reojo. Ninguno sostuvo la mirada por demasiado tiempo, pero sentí cada una arañar mi espalda. Un escalofrío sutil recorrió mi cuerpo. No distinguí si fueron las decenas de gotas que me recorrían... o algo más.
Tragué saliva y volví los ojos a Linus.
Un relámpago recorrió el cielo, iluminándolo como una cámara de fotos, y cuando parpadeé, Linus ya me estaba mirando.
— Si voy a morir —continuó, su tono solemne, demasiado forzado—, quiero hacerlo sin el peso de haber abusado de nadie. No temo hacerlo con sangre en las manos.
Quiero que sepas que eres linda, muy hermosa y agraciada. Y que te perdono si te sentiste culpable por lo que sucedió estas últimas semanas.
— Si te hubiera conocido de joven, te aseguro que nos hubiéramos divertido...
Ojalá haberlo conocido en otro momento
Ojalá haber tenido su convicción de no caer como yo lo hice...
Quise besarlo de nuevo, compartir con él un último instante, pero entendía la situación. Lo entendía a él, me entendía a mí misma. Un beso, en estos momentos, podía romperlo todo.
Me despedí de él con un pequeño gesto y unas palabras mínimas:
— Sobrevive, Linus. Tienes que hacerlo —afirmé, tomándolo de la cabeza, obligándolo por última vez a verme—. No mereces estar acá, así que si ves la oportunidad, corre. ¿Entendido?
— Sí —respondió, y yo, por fin, lo solté.
Me alejé de inmediato. No podía quedarme más junto a él
Si lo hacía, distinguiría mis lágrimas entre la lluvia...
La tormenta redobló su fuerza; cada gota pareció una piedra, golpeando todo a nuestro alrededor. Los desagües desbordaban. El hedor de la trinchera se desvanecía entre el cada vez más fuerte olor a barro y sal.
Avancé junto a Eira y Vicka hacia la primera línea de trincheras
Ninguna preguntó nada. Les agradecí en silencio.
— ¡¡¡BATALLÓN!!! —La voz de Ludvig atravesó la tierra con la fuerza de mil truenos, haciendo temblar el mundo mientras su figura pálida se enmarcaba con cada relámpago.
El escalón de tiro estaba a centímetros de mí. La endeble escalera al alcance de mi mano. Casi podía tocarla si estiraba los dedos.
Eira avanzó junto a unos pocos desgraciados más. Subió al escalón como el primer sacrificio bajo el diluvio y armó su ametralladora.
Nadie la ayudó.
Ludvig nos vigilaba con la vista de una arpía y la presencia de un dios entre mortales.
Cada segundo pasó como una eternidad...
Las ametralladoras se montaron, Eira estaba en posición de tiro, sus dedos sobre los gatillos, tanteándolos tanto como yo la corredera de mi escopeta.
No podía dejar de golpear el suelo con mi bota.
Vicka miraba en todas direcciones, ya con las pestañas húmedas, carentes de encanto alguno.
Ludvig miraba su reloj cada pocos segundos, verificándolo con cara de frustración mientras sostenía el silbato entre los dedos.
No dio órdenes. No las había. Apenas recordaba algo de cuando visité la fortaleza de niña. Seguramente todo había cambiado. Sería una locura recurrir a mis recuerdos infantiles...
Comencé a agitarme cuando, entre los incesantes truenos y el chapoteo eterno de la lluvia, estruendos secos y distantes, capaces de atravesar kilómetros en segundos, nos privaron del aire...
Por fin, tras mantener su semblante rígido, Ludvig cerró los ojos un instante, relamiéndose los labios, como si la lluvia no fuera suficiente. Movió apenas los hombros, liberando tensión mientras el cielo era rasgado por extrañas estrellas fugaces silbantes.
"¡Fiiiiiiuuu..." Fueron susurros en la tormenta, perdidos entre los ecos de los truenos y los destellos cegadores...
— ¡Batallón! —gritó por fin Ludvig, sacando por enésima vez su reloj—. ¡Son casi las diecinueve en punto! ¡Tras el primer impacto, haré sonar el silbato y ustedes van a asomar la cabeza y correr!
Siempre ha sido así. Siempre el silbato, a veces sin artillería. Pero cuando este rompe el silencio... o corremos hacia adelante para morir... o nos ejecutan en el acto.
"¡Fiiiiuuu..." El silbido, lejos de desaparecer como una pesadilla, se convirtió en el gemido de la muerte, mientras el cielo negro se llenaba de estrellas que lentamente perdían su brillo.
Todos nos aferramos a nuestras armas, revisando al resto, decidiendo entre miradas rápidas y susurros casi mudos quién sería el primero en subir por las escaleras...
Me miraron... los muy hijos de perra lo hicieron... Incluso Ludvig, que besaba el silbato, me dirigió una última mirada.
Iba a cumplir su promesa: me iba a mandar primero...
"¡Fiiuuu..." Con el pulso de un cirujano, el silbido desapareció y yo me abalancé contra la escalera, tomando el primer peldaño mohoso, resbalándome antes de que el mundo perdiera por completo su color:
"¡¡¡BOOOM!!!" La tierra tembló, el barro se evaporó y la primera columna de humo se levantó al cielo como una cortina polvorienta, seguida por otra en la misma línea, y de inmediato otra.
Todos comenzaron a gritar. Yo también. No pude contenerme.
Trepé de dos en dos los peldaños y, al momento, Eira abrió fuego con su ametralladora, escupiendo insultos afilados, desquitándose mientras, a su espalda, todos —habiendo aceptado nuestro destino— se abalanzaban hacia el resto de las escaleras.
— ¡¡¡602º, carguen!!! —aulló Ludvig, comenzando a pitar como loco, apuntando su pistola al cielo, disparando para romper los ecos de la artillería.
Alcancé el final de la escalera en menos de un segundo y al instante, levanté la mirada.
La Fortaleza de Azga se erguía imponente a medio kilómetro de nosotros, su silueta colosal remarcada por los relámpagos y los fogonazos de su propia artillería. El acantilado se perdía en el horizonte. Nuestra artillería abría socavones en la tierra, avanzando metro a metro como si la tormenta ahora vomitara pólvora imbuida en acero fundido, invitándonos a avanzar.
Me lancé hacia el barro, rodando unos metros, mordiéndolo, acostumbrándome a él antes de siquiera levantarme y comenzar a correr por delante.
Corrí... corrí hacia mi muerte, acompañada de la peor basura que la Federación había podido regurgitar.
— ¡¡¡CORRAN, HIJOS DE PERRA!!! ¡¡¡CORRAN!!! —clamó Ludvig desde la trinchera, y de inmediato, decenas de bengalas rojas fueron disparadas al cielo, tiñendo de rojo nuestro futuro.
Así sería más fácil ignorar la sangre y el dolor por venir...