El metal frígido de las esposas y las cadenas quemaba mi rojiza piel, volviéndola extrañamente rosada alrededor de las muñecas.
Vicka roncaba a mi lado, también esposada, unida a mí por una cadena robusta. Su cabeza se mecía tiernamente con los traqueteos cada vez más violentos del tren.
Afuera, tras el cristal sucio donde apenas me veía reflejada, el Mar de Ymir se extendía hasta alcanzar la negrura infinita. Un abismo negro donde las vías desgastadas eran solo hilos de metal que nos sostenían para no caer más hondo... Eso a mí no me servía, no si era incapaz de quitarme esta incomodidad que me aplastaba el pecho como una bota de hormigón.
Intenté dormir durante todo el viaje, pero los recuerdos de aquel callejón, de cómo vomité mientras Ludvig me arrastraba de los cuernos, me impedían cerrar los ojos por demasiado tiempo. Y cuando lo hacía, me angustiaba más.
Me negaba a llorar. Solo a Vicka estaba dispuesta a mostrarle mis lágrimas y, quizás... a él. No me juzgaría, lo sabía, y cada kilómetro que avanzábamos dentro de este maltrecho vagón sin clase, lo interiorizaba más.
No había vuelto a fumar desde aquel día frente a la granja. El simple olor al tabaco ahora me daba náuseas y un dolor abdominal que ni en mis peores ciclos... Estos habían desaparecido; no recordaba cuándo.
Milagros de la Diosa para no quedar embarazada...
Ya no sabía bien qué quería. Pero incluso eso estaba fuera de mi control. Mi vida había dejado de ser mía desde hacía muchos, muchos años.
Dejé caer mi cabeza sobre la de Vicka, apoyándome en ella para no caer, esperando el final de lo que tal vez fuera mi última operación con vida...
El tren se detuvo entre chirridos y repiqueteos metálicos a las pocas horas. El chirrido nos arrancó del letargo. Yo apenas había logrado engañar a mi cuerpo con unos segundos de falsa paz, lo justo para soñar que dormía.
— ¡602º, afuera, rápido! —ordenó Ludvig con las mejillas abultadas, soplando su silbato como en un bombardeo—. ¡Formen líneas frente a los vagones y prepárense para marchar!
No hizo falta asomar la cabeza fuera del vagón para que el frío y la falta de luz me abofetearan, escurriéndose por los pliegues del uniforme hasta rozar mi piel.
Formamos líneas en la oscuridad de la noche y, poco después, guardias armados nos privaron del metal en las muñecas, empujándonos con las culatas de sus armas para que camináramos bajo la tenue luz de la luna, en dirección al matadero.
— ¡¿Qué le pasa?! —chilló Vicka a mi lado cuando intentaron separarla de mí—. ¡Suéltenme, no hice nada malo!
De inmediato intenté interceder, interponiéndome entre la desgraciada que había tomado a Vicka del brazo, pero un chiflido estridente atravesó nuestros oídos como artillería antes de impactar.
— ¡Déjala! —rugió Ludvig, sus ojos verdes bien abiertos, amenazando a la guardia.
Apenas vio que soltaron a Vicka, se volvió hacia el resto de los convictos, degradándonos sin palabras.
— ¡Marcharemos diez kilómetros hasta la primera trinchera, luego trescientos metros hasta la del frente! ¡No quiero quejas ni lloros! ¿¡Entendido!?
Nadie estaba para responder.
Interiorizamos su orden y, escoltados, comenzamos a caminar en fila, atravesando los campos nevados en medio de la noche.
La caminata no fue amena. El frío en pleno descampado calaba los huesos, mermando nuestras energías incluso cuando los disparos y las explosiones del frente aún parecían susurros en el viento.
La tierra bajo nuestros pies estaba revuelta, entremezclada con pedregullo para no embarrarse del todo y con lo que parecía ser aserrín para absorber la humedad. Los campos pelados a ambos lados del camino yacían en silencio, sirviendo de hogar a ratas y aves carroñeras que, incluso en la oscuridad, podía oírlas moverse y graznar sobre nuestro inminente destino.
Vicka parecía no tenerles miedo, pero cada tanto se sobresaltaba cuando creía pisar o tropezar con algo.
— Un cadáver... —dijo como si enumerara la lista de la cena.
— Camina, Vicka, no te detengas... —la insté, tomándola de la mano, dejando que el infeliz que viniera atrás tropezara con aquel cuerpo quemado.
Caminamos cerca de una hora cuando, cientos de metros más adelante, bengalas fueron disparadas al cielo, estallando en microsoles que iluminaban lo que parecía ser la tierra de nadie. Aunque esta vez, la tierra no parecía haber sido arrasada por la artillería... sino por los tanques.
Corazas de varios metros yacían esparcidas, casi todas convertidas en chatarra por los explosivos y los cañones. La mejor conservada yacía atrapada en una fosa aún humeante. Tenía su blindaje lateral perforado y las orugas hechas añicos.
No sabía si aquel tanque había sido nuestro o imperial. En este punto, el metal deforme olía igual sin importar su pintura.
Decenas de cadáveres en terribles condiciones adornaban la fosa y sus alrededores...
— Ritual macabro —creí oír a Eira, varios convictos por delante de nosotros.
Aunque sonaba agotada y malhumorada, parecía más lista para la guerra que muchos aquí. La mayoría arrastraba los pies, rozando el límite de paciencia de los guardias que, con cada paso que daban, parecían pedir permiso a Ludvig para impartir calma con sus culatas
La primera trinchera nos recibió con los brazos abiertos, y el ejército regular... tenía sus narices metidas en cosas más importantes que prestarle atención a la carne de cañón que les allanaría el camino.
Nuestros uniformes eran similares, salvo por la insignia principal. La nuestra: tres cráneos de lobo mal cosidos en los hombros; la de ellos, tres cabezas de lobo con una montaña detrás: la insignia del ERENOR
Mientras nosotros nos adentrábamos en su casa, ellos se dedicaban a limpiar los cadáveres tras la última ofensiva.
— Carne entra, carne sale... —bromeó con sus tropas el oficial a cargo de la sección, un enano mal cuidado que bien podría pasar por mujer en una noche de borracheras.
— Bienvenidos a su nuevo hogar —saludó una lupina de pelaje revuelto y barro en el hocico.
— A mano derecha tienen el formulario de ataúdes —agregó alguien unos pasos más adelante. No me molesté en verlo.
Lo poco que logré ver de la línea de trinchera antes de que nos adentrásemos en un túnel sin reforzar me hizo plantearme hasta qué punto íbamos a tener que arrastrarnos para retomar la fortaleza. La oscuridad de la noche y la capa de nieve que lo cubría todo permitían esconder muchas cosas, entre ellas, la fortaleza misma
Aun cuando las bengalas alumbraron la tierra de nadie, no hubo rastro alguno de ella.
Seguíamos lejos
Atravesamos el túnel en cuestión de minutos y, cuando salimos, el aire salino del mar me hizo arrugar la cara. Vicka comenzó a parpadear con más frecuencia y el resto simplemente respiró hondo.
— Hogar, dulce hogar... —afirmó extasiada Eira, deteniéndose para mirarme, jugando con sus frondosas cejas.
— Si este es tu hogar, no me imagino cómo será tu cuarto —respondí, hastiada.
— ¡¡¡No se detengan, señoritas!!! —Ludvig seguía impaciente.
Nos detuvimos en lo que parecía ser un cráter de artillería pesada reacondicionado como la unión de varios pasillos. Allí, varias mesas y cajas de madera daban descanso a cientos de armas y municiones.
— ¡Tomen un arma, municiones y manténganse a la espera en el escalón de tiro! —Las órdenes de Ludvig ya me taladraban la cabeza. No le presté mucha atención
Tomé la primera escopeta de bombeo que vi. La pesé con una mano. No era mi vieja compañera, pero hablaba el mismo idioma: 12.5x55 mm, suficiente para detener enanos y barrer pasillos.
Venía con una bayoneta sin filo.
— Suficiente para rasurarme... —chasqueé la lengua y dejé la fila.
Las armas se repartieron como comida en un orfanato y pronto el 602º se esparció por la trinchera. Nos apropiamos de ella en cuestión de minutos. Incluso Vicka había sido rápida y, con la ayuda de Eira, construyó su pequeño lugar de cocina, oculto entre las ruinas de una sección colapsada. El fuego no se veía y el humo se perdía en la noche estrellada
Crucé miradas con Eira —un desliz cuando intenté mirar a Vicka preparar la madera húmeda para secar—; levantó su grueso hocico y clavó sus ojos en mí, insultándome entre el vaho que escapaba en cada exhalación. Hizo un gesto brusco con la cabeza. La seguí, temerosa, y mis ojos, como piedras sueltas, resbalaron hasta hundirse en la inmundicia de la trinchera.
Ludvig le entregaba la bandera del batallón doblada a Linus, ofreciéndosela con un gesto forzado pero solemne. Este último asintió con la mirada caída, y cuando Ludvig se alejó en dirección al túnel resguardado por los guardias armados, Linus por fin resopló
Extendió la tela frente a él, cubriendo su peluda mano...
Di un paso para acercarme a él, pero como un lobo atento, su cuerpo se tensó y sus orejas se alzaron, volteando en mi dirección, tomándome completamente desprevenida.
— Linus —lo llamé, luchando por mirarlo a la cara.
— Ragna —me devolvió el saludo con una sonrisa incómoda, para luego darse la vuelta y alejarse hacia la oscuridad de uno de los pasillos sin derrumbar.
No supe si reír o llorar. El aire no corría, y la esencia pútrida de nuestro nuevo hogar penetró mi nariz, asfixiándome, relegándome a ver solo las huellas de él en el suelo, alejándose de mí.
— No te la metió y ya estás perdida por él... —bromeó Eira a mi espalda, su tono cargado de una ironía capaz de apuñalarme, aunque me resistiera—. Había para elegir y te quedaste con el lobo reprimido y virgen... ¿Dónde quedó la Ragna con la que compartí trinchera? Aquella...
— No le digas así —le pedí con la voz firme pero agrietada. Sostuve la escopeta con ambas manos y me volví hacia Eira.
La miré, delineando su silueta a la luz de la luna, observándola desde los ojos, siguiendo por su hocico, bajando hasta sus envidiables pechos apenas cubiertos por la tela. Me detuve en su entrepierna, procesando mis vagos recuerdos, perdiéndome en ellos, hasta que simplemente volví a mirarla a los ojos.
— Me dijiste que una de las chicas se movía mejor —había sido antes de que llegara Linus.
No le presté atención en su momento. Eira no siempre podía darme algo a cambio, salvo falsas caricias por las que yo le daba
Al final, ella conseguía cosas con Karl, como todos
Fui amable, pero no pensé que ella...
— Murió en el ataque a la trinchera... —Eira se encogió de hombros, desinteresada, apenas bajando la mirada—. Así es todo. Intercambios.
— Intercambios... —repetí con una leve sonrisa culposa—. No sé bien qué sucedió, Eira, pero... necesito descansar...
— Sí... sí —asintió ella, soltando un último suspiro antes de darse la vuelta—. Todos necesitamos descansar en algún momento.
Marchó con paso fúnebre, alejándose también.
Se perdió entre las tablas roídas de la trinchera, escurriéndose como una más entre el resto de los convictos, sonriéndoles, ocultando todo tras bufidos y el vaho de su hocico
Quizás fueron buenos tiempos. Quizás me sostuvieron cuando más lo necesité. Pero ahora, ya no alcanzaba... ya no podía seguir así.
Miré alrededor, desconociendo todo, perdiendo mis ojos en lo que la pálida luz de la luna fuera capaz de alumbrar, buscando algún lugar para guarecerme. Cerca del mar, el viento se volvía un amante bravo, más aún con la caída de las temperaturas y las tímidas nevadas que buscaban teñir todo de blanco.
Sin buscar demasiado, encontré un hueco en la pared de la trinchera, no muy alejado del centro. No era mucho más que un agujero horizontal. Poco más de un brazo de profundidad, y contaba con un puente de madera sobre el pasillo que me cubriría de la nieve.
Me enterré voluntariamente, dejando que la tierra y la madera protegieran mi cuerpo como un ataúd frente a las inclemencias de la noche.
No era cómodo. Con mis cuernos, menos aún. Mi cuerpo ya no cabía en ningún lugar, ni siquiera en la tierra que parecía querer tragarme. Cerré los ojos, abrazando a mi nueva compañera de metal, buscando, de forma egoísta, un calor que me permitiera sentirme abrazada, aunque fuera en este nido de ratas en medio de la nada...
La artillería rugió durante gran parte de la noche. Apenas distinguí quiénes estaban disparando, si el Imperio —cada vez que sentía la tierra temblar a mi derecha— o la Federación a mi izquierda. No tuve respuesta clara, salvo la lluvia de tierra que caía sobre mi cara como arenilla fina tras cada estruendo.
Pasé la noche tosiendo, llenando mi boca de tierra antes del desayuno, hasta que, por fin, minutos antes de que los primeros rayos del sol atravesaran la bruma del amanecer, los bombardeos se detuvieron.
— La mejor noche de mi vida... —gruñí con la cara apretada, escurriéndome como un gusano en la tierra hasta poder salir de mi agujero.
La trinchera seguía igual de muerta, solo que ahora, con la bruma costera y el sol diluido en cada metro que avanzaba.
Aunque levantara la mirada, la Fortaleza de Azga seguía sin distinguirse en el horizonte, más allá de la trinchera. Sin embargo, creía oír las olas romper con violencia en algún sitio, impregnando el aire con su salado sabor, entremezclado con el hedor de una fosa común descubierta.
Avancé un poco a ciegas, y otro tanto siguiendo el eco de mis pasos nocturnos, como si el barro los hubiera memorizado por mí.
Varios ya se habían levantado y estaban igual que yo, perdidos, tanteando con las manos las paredes. Algunos incluso encendieron lámparas de aceite para marcar los pasillos hasta llegar al centro de la trinchera.
Allí, la inconfundible voz de Ludvig se elevaba por encima del murmullo de todos y el eco de la artillería. Un fantasma enfurecido con la vida maldecía a todos con sus ojos esmeralda.
— ¡¡¡Presten atención, panda de inútiles!!! —gritó con saña, aporreando la mesa con escuetos mapas frente a él—. ¡Aquí no se viene a descansar, así que sáquense la mierda de las orejas y agradezcan el tiempo en Holvik que el Alto Mando les concedió...! Porque habrá sido el último para muchos aquí...
El cráter reacondicionado estaba repleto de convictos. No éramos ni la mitad del batallón, quizás ni un tercio, pero éramos tantos que, cuando me soplaron el oído o me manosearon al intentar atravesar la turba, siquiera supe a quién culpar.
— ¡El Alto Mando nos ha concedido el prestigioso honor de encabezar la ofensiva a la Fortaleza de Azga! —exclamó Ludvig, arrasándonos con la mirada para luego volverse hacia los guardias y el mapa—. No se sientan afortunados, ni mucho menos. Morirán, muchos de ustedes. Pero una cosa está clara: ¡me estoy jugando la redención y no permitiré que animales como ustedes me la impidan!
¿Redención?
El sueño húmedo de muchos aquí. Una vil mentira por la que me entregué a muchos. Un trozo de papel firmado que jamás llegó.
Me intrigaba saber con quién se había tenido que arrodillar para lograr siquiera la posibilidad... si es que realmente existía.
A nadie aquí le importaba lo que tuviera que decir Ludvig. Aunque muchos lo respetáramos o lo apreciáramos de las formas más bizarras posibles, la redención era como un cuento de niños para la mayoría. Podías repetírselo a alguien infinidad de veces, pero solo los niños se ilusionarían al oírla una y otra vez.
— ¡Se espera que en la tarde-noche de hoy una tormenta cubra nuestro avance! —explicó él. No podía importarnos menos.
Con o sin tormenta, nos iban a lanzar a la tierra de nadie.
No teníamos energías para replicar; solo oír cómo nuestras vidas nuevamente pendían de una suerte que, en un parpadeo, se escurría entre nuestros dedos.
— ¡No hay plan para ustedes, salvo correr...! —Ludvig se detuvo de golpe, cortando en seco cualquier aura heroica que pudiera haber sembrado hasta el momento.
Levantó la mirada y resopló, sin dejar de observar de reojo uno de los malogrados mapas frente a él.
— La fortaleza está a medio kilómetro. Los últimos bombardeos intentaron acabar con cualquier defensa intermedia... —Bombardeo de ablandamiento, una suerte de regalo de despedida de los Altos Mandos para nosotros—. Ustedes tendrán que averiguar si funcionó...
Ludvig esperó unos instantes en silencio, dedicando una minúscula mirada a todos.
No vi remordimiento en sus ojos. Tampoco culpa; nunca parecía mostrarla, mucho menos en estos momentos.
Igual era apreciable. No quería desangrarme recordando sus sentimentalismos falsos.
Aunque la idea de morir...
No quería morir. No así. No aún. No con barro en la boca y... simplemente cerrar los ojos por última vez me aterraba más que hacía años, cuando hacerlo implicaba revivir todo aquello...
Quizás era ilusa y muy estúpida, pero quería volver a casa.
Disfrutar de la calidez de mi familia, aunque no fuera más que una extraña ya.
Aquí no tenía a casi nadie, salvo a Vicka y...
Lo busqué con la mirada, intentando levantar la cabeza por encima de la muchedumbre maloliente.
De no ser por mis cuernos, Linus era casi tan alto como yo, o al menos así lo parecía.
Pese a eso, los dedos de mis pies ardían tanto que la búsqueda se volvió castigo.
Bajé la cabeza. No lo vi.
No lo encontré.
Quizás él no estaba aquí...
A fin de cuentas, el abanderado no necesita escuchar cómo se planea la carga. Solo debe correr al frente y...
— Morir primero —susurré, tragando saliva, apretándome el pecho, comenzando a sentir un dolor agudo que pronto se expandió al resto de mi cuerpo.