Vi a Ragna lanzarse hacia la tierra de nadie, gritando junto a todos, avanzando entre el lodo y los escombros metálicos de combates pasados. Saltaba los cráteres con una gracia sin igual, danzando entre ellos, mientras las balas, disparadas en todas direcciones, la evitaban como si de un demonio se tratase.
La artillería limpiaba su camino, purgando todo entre llamaradas y tierra quemada.
— Y ahí va —murmuró Ludvig a mi espalda, su tono cansado y roto por el frío, instantes antes de que yo subiera la escalera—, la perra más testaruda que conocí en años...
Sin que yo moviera la cabeza —siquiera lo mirara demasiado—, volteó hacia mí, sus ojos tan abiertos que las gotas de lluvia le caían de dos en dos. Apretó los dientes y levantó la pistola hacia mí.
Martilló el arma sin alejar el cañón de mi espalda.
— ¡¡¡Deja de mirarme y sube de una vez, abanderado!!! —bramó, torciendo su cabeza, apretando el silbato contra su pecho sin quitarme los ojos de encima.
No pude responderle. No me atreví. Volteé la cabeza, observé los últimos escalones y, sintiendo la bayoneta de alguien pinchándome, terminé de subir, sacando mi cuerpo de la trinchera para luego manotear la bandera y levantarme.
Ludvig sonrió y, de inmediato, me di la vuelta hacia la tierra de nadie.
Había perdido a Ragna de vista. Se había fundido como una gota más en la lluvia.
Avancé unos pasos, esforzándome por tomar ritmo entre el lodo. Pisé lo más fuerte que pude, sintiendo el miedo constante de resbalar sobre el barro o tropezar con un cadáver olvidado.
Comencé a correr a los pocos metros, viendo la artillería caer decenas de metros más adelante, llenando la tierra de nadie con gritos y aullidos mientras yo intentaba saber qué demonios estaba haciendo. Levanté la bandera y, como muchos, intenté gritar, esforzándome por servir de algo.
La bandera ondeaba con violencia sobre el mástil, respondiendo hasta a los más sutiles cambios de presión.
— ¡¡¡Avancen, avancen!!! —Creí oír a Ludvig a mi espalda, pero cuando me distraje mirando hacia atrás, la trinchera había quedado atrás.
Los fogonazos de las pocas ametralladoras eran la única señal que delataba su posición.
Sin darme cuenta, me había alejado más de cien metros y aún no habíamos encontrado la primera fortificación imperial.
Seguí corriendo. No podía hacer otra cosa.
El cielo y la tierra se cubrían de rojo, mientras las bengalas flotaban sobre nuestras cabezas como estrellas malditas.
Avancé más, grité, grité todo lo que pude. Tenía que envalentonarme, sentir algo más que miedo y angustia. Pero las balas zurcían el aire a mi alrededor. Podía imaginar a la imprudente de Eira disparar sin parar su ametralladora a mi espalda.
No veía nada salvo las sombras de todos avanzar a mi alrededor y las siluetas difusas de algunos árboles muertos que resistían los bombardeos...
En un instante, pisé mal, mi bota se hundió en un pozo estancado y tropecé. Cerré los ojos, pensando que me habían dado; el dolor de un disparo no se sentía sino hasta después de unos segundos. Rodé por el barro y cenizas húmedas, impregnándome en ellas hasta que, unos metros más adelante, golpeé brutalmente contra una barricada fantasma.
— ¡Linus! —me gritó alguien. Su voz, aguda, distante por momentos y cercana en otros—. ¡Linus!
"¡Pafff-Chick-Chack... Pafff-Chick-Chack...!" Fogonazos me encandilaban mientras intentaba quitarme la mugre de la cara. El olor a pólvora quemada inundaba mi nariz sensible.
La arrugué y relamí, escupiendo el barro que se adhería a mi lengua.
— ¡Linus, te van a dar, ven conmigo! —ordenó la voz, y por unos instantes, los fogonazos cesaron.
Aún aturdido, sentí que me agarraban del uniforme y jalaban de mí. No pasaron más de unos segundos hasta que recosté mi espalda contra un montículo de barro.
"¡Pafff-Chick-Chack... Pafff-Chick-Chack...!" Los fogonazos volvieron apenas me soltaron, y entre ellos y la lluvia que reflejaba la luz de las bengalas, creí ver una figura bajita y menuda, sosteniendo lo que parecía ser un rifle...
— ¿¡Vicka...?! —logré conciliar antes de que una lluvia de tierra, seguida de un atronador estruendo, nos cubriera.
No alcancé a cerrar el hocico. Lo siguiente que logré hacer fue llevarme la mano al pecho, soltando la bandera, comenzando a vomitar saliva y la Diosa sabrá qué inmundicia más.
Intenté detenerme. Apreté mi estómago, arañando mi pelaje a través de la ropa, intentando cortar el vómito, pero los segundos pasaban y seguía tosiendo y escupiendo mis entrañas.
Vicka intentó ayudarme, pero el rifle la llamaba con un ritmo fúnebre
Con cada disparo, el fogonazo se reflejaba en su ojo inundado, perdiendo su brillo.
La última estrella roja caía lentamente sobre nuestras cabezas, augurando la pronta oscuridad, donde solo los relámpagos y las balas cruzadas indicarían el camino. Sin asomar la cabeza, sabía que la fortaleza seguía lejos...
— ¡Vicka! ¡¿Dónde...?! —No tenía sentido preguntar, lo sabía, aun así, la miré, recargándome sobre la tierra, buscando algo a lo que aferrarme.
— ¡Hay una trinchera más adelante! —respondió, agachando la cabeza, abriendo con un fuerte tirón el cerrojo del arma—. ¡Están devolviendo fuego desde ella! ¡Quiero rodearla, pero no puedo sola!
— ¡¿Qué quieres que haga?! ¡No tengo armas! Solo este... —Tomé la bandera. Ya estaba embarrada y ni siquiera nos habíamos alejado demasiado de la trinchera—. ¡Le puedo meter el mástil en el culo a alguien!
Vicka sonrió, mordiéndose luego el labio. Sacó un peine de balas de su bolsillo y lo colocó en la recámara, presionándolo con su delicado pulgar.
— ¡Intenta levantar la bandera y yo corro en diagonal! —dijo, agitada, aún sin correr, tomando el rifle contra ella, esperando que le dijera que sí.
No tenía otra opción
Asentí, tomando con ambas manos el mástil, apretándolo para que no se resbalara. Quizás siquiera importaba, pero no quería que, por mi error, acribillaran a Vicka.
— ¡Prepárate! —Quizás ella tendría una sola oportunidad—. ¡Te seguiré apenas llegues a la trinchera...! Van a querer dispararle al abanderado, seguro...
Si esos imbéciles no veían un mástil de casi dos metros y una bandera frente a ellos, es que estaban ciegos...
Vicka me dio la espalda, asintiendo, moviendo la cabeza, pareciendo querer batir su interior como un cóctel mientras esperaba que las balas dejaran de impactar y levantar pedazos de barro.
Adelantó su pie derecho y lo presionó sobre el barro. Parecía lista para saltar como un animal hacia la pradera muerta. Yo, en cambio, junté todo el aire que pude en mis pulmones y, antes de soltar el aullido más vergonzoso de mi vida, tomé la bandera y la levanté en perpendicular, dejando que esta se moviera, esquivando las balas y la metralla como si tuviera vida propia.
— ¡¡¡No quiero moriiiiiirrrrrrrr!!! —se lanzó Vicka en un parpadeo, comenzando a correr, chapoteando como una niña desesperada a la que la esperan sus padres en casa.
Moví la bandera lo más fuerte que pude, luchando contra el viento y la lluvia para no dejar de ondearla.
La tormenta era una rival envidiable, pero mis muñecas, estas últimas semanas, habían sido sometidas a más estrés que esto.
— ¡Vamos, Vicka! ¡¡¡Vamos!!! —grité a todo pulmón, viéndola correr, medio agazapada, hacia el final de la trinchera.
Apenas miré hacia el otro lado, quería tener la certeza de que ella había llegado a la trinchera.
Solo corrió, corrió sin disparar, gritando y posiblemente lloriqueando hasta que, tras unos soporíferos instantes, se tiró al suelo, deslizándose hacia la trinchera, desapareciendo de mi vista
Miré por encima del hombro, comprobando que mi esfuerzo con la bandera sirviera a alguien más para avanzar. Creí ver a unos pocos convictos correr de frente hacia una posición fortificada que sobresalía de la tierra.
Más allá de ellos, siluetas individuales avanzaban como hormigas con miedo a ahogarse.
La artillería había cesado lo justo como para quitarme el miedo de que esta me cayera encima. Sin embargo, el fuego de ametralladora la había reemplazado.
Hilos rojos y amarillentos atravesaban en ráfagas cortas la tierra de nadie, perdiéndose entre zumbidos agudos en el manto negro que lo envolvía todo.
Los relámpagos y truenos parecían armas de doble filo, al revelar las caras de horror de muchos antes de la fatídica foto que les privaría la vida.
Volví mis ojos hacia el otro lado, perdiéndome en los cadáveres que yacían esparcidos.
No los había visto antes...
¿Desde cuándo estaban ahí? ¿Vicka los había visto...?
— Por el amor a la Diosa... —recé con el corazón en la boca y las manos entumecidas por la humedad. Mi pelaje estaba sucio y el agua recorría pequeños surcos entre mechones aplastados.
Bajé la bandera y, antes de poder pensarlo demasiado, me preparé para volver a cargar
Seguiría a Vicka. Con ella podría avanzar, aunque pareciera que jugáramos a turnarnos.
Ella no había aparecido y no percibía fogonazos desde la trinchera...
Intenté ofrecerme un último rezo antes de levantarme y, sintiendo que la lluvia podría ser las cálidas lágrimas de la Diosa, me abalancé, como lo hizo Vicka antes, hacia la tierra de nadie.
— ¡¡¡AAAAHHHHHHhhhhhhhgggg...!!! —grité tan alto como pude, cargando la bandera contra mi hombro, tragando aire y cenizas con cada bocanada. No iba a permitirme fallar ahora.
Perdí la noción de distancia apenas sentí que crucé la franja de los quince metros
Cadáveres se me atravesaban como troncos en este bosque marchito, mientras sus dedos, frígidos, arañaban el aire, aferrándose a la vida que, en algún momento, se escurrió de entre sus manos.
Parecían espinas, listas para rasguñar mi ropa y hacer que cayera.
No lo lograron, pero el canto de las balas, fugaces como un suspiro de primavera, atizó mis orejas, embotando mis sentidos mientras corría.
La tierra se difuminaba frente a mis ojos. Los fogonazos venían de ambos lados, zumbidos agudos rozaban mi espalda, empujándome hacia adelante con cada zancada. Oía mis gritos retumbar en mi cráneo. Estaba desesperado, lo sabía, más no podía detenerme.
Atravesé la mierda como nadie antes y, cuando creí ver la trinchera, me tiré al suelo, deslizándome con la lluvia purgando la tierra. Mis botas partieron el barro en dos y, en un parpadeo, caí como un tronco sucio en la trinchera improvisada...
Chapoteé, literalmente, en la trinchera. El agua estancada me llegaba hasta las rodillas y la lluvia, con sus truenos incesantes, acribillaba la trinchera.
Miré en todas direcciones, buscando rastros de vida, y comencé a avanzar.
Mi deber era correr por encima de las trincheras.
— ¡Y una mierda voy a hacerlo! —exclamé, levantando la bandera empapada, marcando mi posición para todos—. Mientras siga levantada, llamaremos la atención...
Crucé la trinchera como si fuera un pantano. Era un pantano, uno donde los cadáveres flotaban sin vida, tiñendo el agua negra con tonos rojizos. Apenas había luz sobre mi cabeza, pero el ruido de los disparos y los incesantes gritos guiaban mi camino, adentrándome en el interior de la trinchera...
"¡Pafff-Chick-Chack...! ¡Pafff-Chick-Chack...!" Sentía los disparos a metros de mí. Venían de todos lados. Se movían. En un momento estaban encima mío, al siguiente a mi espalda, y cuando menos me lo esperaba, cadáveres caían frente a mí.
El cielo escupía cadáveres...
— Que la Diosa te bendiga, hermano... —Pasé mi mano por encima del rostro de un joven fénneck. Era claramente más joven que yo. Su hocico fino y su complexión achatada susurraban menos de veinte años.
Seguí arrastrando los pies, moviendo la bandera ya sin saber por qué. Solo lo hacía, esperando ser de ayuda.
Realmente quería tomar un arma, pero la bandera... aquel trozo de tela... significaba demasiado.
Era mi responsabilidad y mi cadena. Si por algo estaba aquí, arrastrando los pies en el fango, con una erección que me llegaba hasta el muslo y con agua podrida besándome el culo, era porque no era un santo.
Matar, maté. Me arrojé junto a miles de soldados... no muy diferentes a todos los que flotaban a mi alrededor con sus uniformes rotos y miradas vacías.
Podía jurarle a Ragna que incluso parecían seguir pestañeando...
— ¡¡¡ALGUIEN ARROJE UNA GRANADA!!! —Oí el grito retumbar en mi pecho, y de inmediato, levanté la cabeza, buscando su origen.
"¡BOOM!" El agua se estremeció a mi alrededor, pedazos de tierra y escombros cayeron como granizo sobre mi cabeza, hundiéndose como plomadas de pesca para luego, tras unos segundos, sacar a flote pedazos de madera y restos...
Había tantos, por todos lados.
Olían horrible: carne quemada, vómito mezclado con el mejunje de Vicka... esperanza reducida a nada...
"¡RataTatata...!" Vicka no aparecía... "¡RaTataTata...!" Cadáveres caían frente a mí, sus ojos aún abiertos, inyectados en sangre. Algunos convulsionaban frente a mí.
No podía hacer nada. No podía gritar. No podía llorar...
— Avanzar... avanzar... —me repetía, ondeando la bandera, sosteniendo su mástil como el único bastón que me impedía caer en la miseria—. Ragna... Ragna, ¿Dónde estás...?
Ella debía estar viva... No se rendía fácilmente. No lo hizo conmigo, aun cuando la ignoré. No lo hizo en la trinchera, luego de caer inconsciente tras el primer ataque. Sobrevivió hasta llegar a nosotros. Pude oírla. La cubrí cuando todo explotó.
Yo no era necesario para que ella volviera, aun así, temía por su vida.
No sabía si me gustaba; si simplemente quería tomarla de la cabeza, como hacían muchos, y empotrarla contra la pared hasta saciarme.
Simplemente no lo sabía.
Me desconocía. Desconocía todo a mi alrededor.
La trinchera se desdibujaba a mi alrededor mientras más avanzaba.
Ya no temía encontrarme con un imperial. Lo deseaba.
Estar arrastrando mis piernas por el agua era agotador. Apenas sentía mis piernas atravesar el espeso líquido que, metro a metro, me seguía consumiendo.
"¡Pafff... FSSHHH—ZING!" Me arrojé hacia adelante, donde los cadáveres flotaban.
Había llegado mi hora.
Me arrastré bajo el agua, confundido, asustado. No sabía si me movía o solo parecía un pez nadando a contracorriente; una vez los vi con mi familia. Se veían tontos... Yo me veía tonto, seguro
A punto de rendirme, alcancé a arañar una viga de madera y, sin pensarlo, me aferré a ella como un náufrago a un último madero, usándola para lanzarme hacia la cobertura más próxima.
Miré en todas direcciones, mis manos vacías.
La bandera no estaba
Mi corazón se detuvo.
Volví a mirar. No había nada. Solo oscuridad y pasillos de barro, infinitos, en ambas direcciones, y un cielo negro que parecía querer diluirlo todo para luego engullirlo.
Intenté asomar la cabeza por la esquina...
"¡Pafff... Crack!" Las astillas volaron a centímetros de mi hocico. Apenas lo pude correr cuando sentí el disparo atravesar el pasillo y, en un parpadeo, la viga a la que me aferré antes se partió a la mitad.
— ¡Calma, Linus, calma...! —Me golpeé el pecho, reiniciando mi corazón cual máquina vieja, sintiendo el dolor inmediato en los nudillos.
Seguía vivo...
Relamí mi hocico, tomando las míseras gotas de agua estancada que caían por mi nariz, junto a las cientos que el cielo me brindaba para humedecer mi garganta.
No iba a dejarme morir.
Respiré hondo, soltando el aire frío por entre los dientes y, actuando por instinto, tomé un fragmento de la viga, arrancándolo del resto de la madera podrida. Era un fragmento largo, con varias puntas rugosas y una superficie de agarre horrible. De no ser por mi pelaje, me habría llenado la palma de astillas.
Cerré los ojos por un instante, intentando concentrarme, no en el chapoteo tímido de aquel soldado que me disparó, sino en el momento que iba a venir.
Tenía que actuar rápido, abalanzarme contra él como un animal salvaje; no podía dejarle margen para que volviera a disparar.
Aunque el imperial llevara un rifle, solo hacía falta un mal movimiento y todo acabaría.
Debía matarlo, aunque fuera a mordiscos...
"¡Plash... Plash...!" Se acercaba despacio, moviendo el agua como si tanteara el siguiente movimiento en busca de alguna trampa.
Me aferré al trozo de madera, sosteniéndolo con una mano, y con la otra, apoyándome sobre la pared de barro, recorriéndola con una caricia fría y desesperada.
"¡Plash...!" El chapoteo se detuvo y el mundo a la redonda pareció silenciarse lo justo para que pudiera oír la respiración agitada del imperial a centímetros de la esquina...
La punta negra de una bayoneta apareció primero, brillando sutilmente gracias a la incesante agua que caía sobre nuestras cabezas. Luego vino el cañón del arma. Temblaba; ambos lo hacíamos.
Cada paso parecía un susurro eterno, marcado por el compás de las explosiones distantes y los gritos fantasmales, cada vez más esporádicos.
Arqueé mi cuerpo, invertí el agarre del fragmento de madera. Las gotas caían a través de él y de mi hocico, cayendo como delgados hilos de agua al suelo.
"Plash..." El cuerpo del rifle cruzó la esquina. De inmediato vi lo que parecían ser delicadas manos envolviendo la madera barnizada alrededor del cañón.
Volví a cerrar los ojos, solté todo el aire de mi cuerpo... y me lancé...
— ¡¡¡AAAAGGGggghhhhhhh!!! —Solté el grito más alto y gutural que pude y, poniendo mi brazo desnudo por delante, embestí al imperial por el abdomen.
— ¡¡¡QQQUIIIIIAAAaaaa...!!! —El bastardo chilló como una niña apenas toqué su cuerpo y, sin dejarlo pensar, lo llevé al río de agua estancada.
No pensaba, no rezaba...
Solo quería terminar esto antes de que él me terminara a mí...