Los recuerdos de Vudú aparecieron en la mente de Eiji como si siempre hubieran estado ahí, ella ya había visto los suyos, por lo menos, los que quería ocultar, en ese momento, mientras ella hablaba con lo poco que quedaba del hombre al que llamaba tío.
Mientras esperaba instrucciones y vigilaba el muro exterior de las mazmorras, Eiji pudo ver a una niña, tendría a lo mucho nueve años, obsesionada con meter cosas en una olla y ver los resultados. Su madre lograba cosas deliciosas, y su padre verdaderos milagros. Recordó ecos de discusiones, de las que solo entendía que eran por dinero, pero en general parecía un recuerdo feliz.
Recordó la primera vez que aceptó a un espíritu animal en la piel, la serpiente, su padre estaba orgulloso, hablaba de bendiciones, pero su madre estaba siempre angustiada desde ese día. Los recuerdos siempre eran así; ecos, sombras, como ver una película mal editada en una pantalla pequeña y borrosa, con el sonido distorsionado.
«Un hombre, va a casa todos los días, al principio es todo sonrisas detrás de un bigote que a una pequeña le parece gracioso. Habla de un mundo mejor, de vivir rodeados de personas que se ayudan unas a otras. Pero cada vez que viene, el padre lo rechaza, le están pidiendo cada vez cosas menos razonables, las palabras “orden”, “revolución” y “traición” aparecen como gritos, más cercanos a los ladridos de un perro que a las palabras de un hombre. Cada día se atreve a acercarse más, le pide que lo llame tío, y ella obedece. No le importan los problemas de adultos, el señor le trae regalos, le habla con cariño, la pequeña quiere creer en las buenas personas, y las buenas intenciones».
Eiji recibe instrucciones, ahora sabe dónde están las secuestradas, cerca de veinte mujeres ocupan el ala sur de las mazmorras. El lugar es un monumento nacional, se le considera patrimonio de la humanidad, por lo que descarta abrir el muro frente a él con su poder. En su lugar, se comunica con los otros que vienen detrás.
—Coinflip, Kelvin ¿Cómo van?
—Despejado Edge, no gracias a ti por cierto, nos emboscó un sujeto que no viste en una rama. Todo tranquilo, pero ten más cuidado, Kelvin tuvo mucha suerte de que el tipo no fuera fan de los juegos de zombies.
—Lo lamento, —sobre todo porque había escuchado los disparos, pero no le había dado importancia, estaba muy mal acostumbrado… —no parece haber más en las cercanías.
—Más te vale, a nuestro amigo, no sé porqué, parece gustarle mucho su cabeza. ¿Qué necesitas?
—El corredor que despejamos ya no parece una buena opción, si no podemos volar los muros y esas ventanas no nos sirven, tendremos que sacarlas por la entrada principal.
—Eso pensaba cuando Hyde confirmó que son bastantes más chicas de las que esperábamos.
—¿Pueden crear una distracción? ¿Algo que aleje a un gran número de soldados sin comenzar un tiroteo?
—¿Cuenta si le disparan a nada?
—Supongo que no.
—Bien, entonces si la jefa aprueba, quédate atento y si ves que todos corren en una dirección, tú corre en otra.
—Hay un solo camino, no lo olvides.
—Tú déjanoslo.
En aquel cuarto de hospital, donde en cada esquina había un guardia armado, la criatura que era mas vendas y carne viva que un hombre, trataba de justificarse.
—Tú tenías lo que siempre soñé, el poder para terminar con toda la pobreza, la violencia y el sufrimiento de nuestro país. Si tu padre hubiera tenido más visión, a esta altura habríamos tomado el gobierno, tal vez dominado la isla entera —una tos rasposa de flema sanguinolenta lo interrumpió —en su lugar somos una sombra de nuestro antiguo movimiento.
—Era solo una niña, convenciste a mi padre de ayudar a tu ejército con sus sanaciones y rezos, él creía en ti. Mi madre siempre supo la clase de cerdo que siempre fuiste. Los Loa no te permiten morir porque aún no has pagado tu castigo.
—Si, eso debe ser, nada tiene que ver los millones que gasto para mantenerme vivo, niña tonta. En aquel tiempo me parecías mas lista.
—Me engañaste para que fuera contigo a esa cueva, dijiste que ahí hablaría con los espíritus
—No estaba mintiendo, ellos al final hablaron contigo, aunque parece que te han dejado atrás. Solo veo a tu reflejo, esa serpiente maldita en tu brazo.
—No blasfemes, cada una de mis sombras es una bendición.
—Si, eso me han dicho, tal vez mi error fue creer que seguirías siendo dócil si me deshacía de tus malas influencias.
—No importa cómo lo digas, asesinaste a mis padres y dejaste sus cuerpos en esa cueva como ofrenda para el espíritu del león.
Con cada palabra de la macabra conversación, nuevas imágenes venían a la mente de Eiji, él trataba de alcanzar un punto cercano a la entrada para esperar la distracción, pero no dejaba de ver los cuerpos sin vida del hombre y la mujer sobre una piedra, sesos y sangre supurando de agujeros en sus cabezas hechos con armas de grueso calibre. Los brazos y piernas en posiciones imposibles, los habían dejado ahí casi como se deja la basura. Los gritos de la niña, y aquello que trajo la rabia y el dolor consigo.
La serpiente que estaba siempre con la niña tomó la forma de una criatura transparente, era una sombra con su propia sustancia. Creció y empezó a enroscarse en los soldados cercanos, aplastando sus huesos como si de huevos se tratase, más soldados empezaron a llegar aquella cueva de enormes cámaras de piedra azul, disparaban a la serpiente sin ningún resultado, desesperados quisieron disparar a la niña, y fue ahí cuando el caos se desató. Otras seis sombras aparecieron a la luz de las antorchas y lámpara con que habían iluminado la cueva; un elefante, un oso, un tigre, un cocodrilo, una lechuza e incluso la mítica sombra del león, Eiji supo al momento que esa era la sombra del espíritu capaz de dominar a las demás. Todas salieron en defensa de su sacerdotisa, de la niña inocente, favorita de el Bondye. Los hombres huyeron, creyendo encontrar refugio en la luz del sol que fuera de la cueva lo dominaba todo.
Pero las dos sombras que nadie vio, las más pequeñas, no tuvieron piedad, no se detuvieron en el dintel, pues la luz es el alimento de las sombras, la araña ató con sus redes a aquellos que intentaron alejarse, detenidos por una fuerza que no lograban ver. Y la hormiga soldado, aquella que todas las demás debían aprisionar, se vio libre para llenar la ladera de aquella montaña con su furia. Como olas de oscuridad las hormigas cayeron sobre los cuerpos de hombres aterrados, mordiendo, arrancando minúsculos pedazos de carne cada vez, reduciéndolos a una pulpa que caía de osamentas, como cae la nieve de los pinos en el deshielo. La niña nunca supuso que alguien hubiera sobrevivido a tal mal. En adelante, llevó las sombras en su piel, para ser ella la prisión de un poder tan aterrador y al que sin embargo, profesaba amor y agradecimiento por salvar su vida. No pasó ni dos días perdida en aquella cordillera, cuando un grupo diferente de soldados y una mujer de voz gentil, la encontraron y llevaron a una tierra lejana.
La fortaleza estuvo pronto sumida en el más puro desorden, los grupos paramilitares nunca se habían distinguido por tener verdadera disciplina, cuando uno por uno, los vehículos de las patrullas comenzaron a explotar, todos los efectivos salieron a buscar a quien les estuviera lanzando misiles, o a disparar al aire buscando derribar los drones que suponían estaban causando la destrucción.
Unas cuantas prendas robadas, y unos buenos pasamontañas permitieron a los verdaderos creadores del caos moverse casi con completa libertad, nadie estaba fijándose mucho en ellos. Kelvin movía todo el calor de los motores a los tanques de gasolina en algunos casos, en otros al frente del vehículo, tomando del que reservaba en aquella extraña piedra.
Coinflip estaba haciendo gala de un poder mayor que su velocidad: su persuasión, se movía entre grupos ladrando órdenes con poco sentido, logrando dispersar a aquellos rebeldes de tienda china en forma efectiva. Siempre que podían, saboteaban las armas e soldados cercanos.
Hyde se lo confirmó a Puzzle, el líder no tenía poderes, había rumores de que los hubiera tenido, pero Eiji ya le había pasado la información sobre su identidad. Por lo que su misión sería ahora guiar la fuga. Escogió dos camiones en los que llevaría a las víctimas. Y se dirigió a las celdas a esperar la señal.
Una serie de explosiones se dejaron oír a la distancia, los gritos y correderas de soldados, inundaron los pasillos.
—Es hora.
Eiji comenzó a correr. se topó con uno o dos guardias rezagados, pero simplemente los fue noqueando al instante al poder predecir sus movimientos, tenía que llegar.
—Ahora mi hermosa mambo —dijo con ironía —vas a usar el poder que me dejó así para devolverme mi salud, y me entregarás los demás espíritus. De lo contrario, daré la orden y las otras chicas serán entregadas a los soldados para que pasen una buena noche, y después las venderemos, a las que sobrevivan, claro. Los muchachos llevan un tiempo largo resistiendo la tentación.
Los ojos de vudú se tornaron totalmente negros, iris, retina, esclera, como reemplazados por pozos de profunda oscuridad. Los hombres armados a su alrededor cayeron asfixiados por sombras en forma de serpiente.
—No eres nada hombrecito, nunca lo fuiste —su voz era tan calmada y amable como siempre, aunque sus palabras fueran crueldad y hielo.
Las mujeres corrían asustadas por todos los gritos y explosiones que escuchaban, Hyde hacía lo que podía para guiarlas a los camiones de escape, las sombra animales de Vudú las cuidaban. Deseó no tener que llamar a la jefa, pues en ese caso estarían usando la opción nuclear, enfrentarse directamente a los soldados y acabar con ellos. Difícil que tomen en serio con aquel atuendo tan escaso. Su voz semi felina tampoco ayudaba. Se tornó en rubia y se permitió ser.
—¡Hey mocosas! ¡Es por este lado para las que les guste la vida! ¡Suban al puto camión montón de lloronas! —Se odió un poco por tratarlas así, pero estaba funcionando. El primer camión estaba lleno y podría conducirlo, solo faltaba esperar a Vudú.
De pronto, el nuevo, ese chico japonés tan mono, pasó frente a ella sin notarla siquiera, algo estaba pasando.
La habitación se llenó de sombras de hormigas, como si fueran devorando la luz de cada lámpara, oscureciendo cada rincón. La rabia y el dolor no se veían en el rostro de la bella sacerdotisa, pero estaban ahí, se sentían, lo inundaban todo mucho más que las mismas sombras.
La puerta se abrió como empujada por una tormenta, pero fue un chico bajo y delgado quien entró por ella. Corrió hacia Vudú y la sostuvo por la cintura, ella ya lo esperaba, pero ya no podía hacerse nada. La sensación de que aquello era necesario, justo, ocupaba toda su mente y se derramaba en la de él por su conexión. Ella se lo quitó de encima y lo sostuvo con su poder, cara a cara.
—Perdóname, pero no puedes impedirme hacer esto, aunque yo quedara inconsciente, continuaría a través de ti…
—¡Gracias!
Las cabezas de ambos chocaron con violencia cuando poderosas garras felinas las empujaron una contra la otra. Las sombras se disiparon cuando ambos cayeron al suelo. Hyde sonreía orgullosa de su buen juicio, de pie ante sus compañeros inconscientes.
—Me encanta este movimiento.