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El plan

Héroes · por Proferyo · 16 de julio de 2026

Con la misión definida, los pocos días hasta inscribirse pasaron practicando técnicas de infiltración. Elegir preguntas y temas de conversación, memorizar historias de vida falsas, pretender que no se conocían. La mayoría eran dominio de Hyde, salvo que a veces no podía evitar saludar. Con todo, ella sería la líder de la misión, como la espía más experimentada.

—No Edge, si caminas así te ves sospechoso, solo hazlo como siempre. A este paso no serás un buen espía. Y abre unos botones en tu camisa, por amor de dios.

—¿Para lucir más natural y encajar mejor? 

—Lo que te funcione, pero dame un poco para mirar, Vudú no va a enfadarse.

—Cara, deja a Edge en paz, lo hace bien y respeta a su mujer, como debe.

—No te metas Kelvin, te perdono porque siempre entrenas sin camisa en tu cuarto. ¡Upsi! No dije nada.

—Hyde, ¿no sería mejor que usaras tu forma seria? Ya sabes, para llamar menos la atención.

—Esta misión no es de sigilo Eddie —sólo lo había llamado así un par de veces, pero ya lo odiaba —el punto es atraer al blanco. Como la señorita propiedad nunca destacaría. 

—¿Tienes que llamarme así, Hyde? 

—Sí, Puz-Puss dice que tu nombre civil falso será Edward Nakamura. Acostúmbrate pronto. Y tú “Danny”, te serviría no ser tan seco, las chicas te van a hablar, sé un poco más simpático. Sonríe. No te vendría mal coquetear un poco.

—No es lo mío Hyde, quise decir Kimberly.

—Eso está bien al principio, pero tienes que soltarte, dime Kim, si logras decirme Kimmy te daré un beso.

Como Kelvin no se cansaba, verlo ponerse rojo fue toda una novedad.

—No… no es necesario, me esforzaré. 

Qué raro, Kelvin era respetuoso con las mujeres, pero nunca le había parecido tímido. Quizá, si Eiji entendía bien la situación, era solo un buen amigo.

—A eso me refiero, no te vendría mal dejarte querer. Vas a atraer a más de una chica, igual y hasta alguna te gusta, y si la gente se te acerca, podrías escuchar algún rumor o información importante. 

—Como digas, haré lo que pueda.

La universidad de diseño estaba en Savannah Georgia, no muy lejos de Atlanta, sin embargo, el lugar donde Tabata y Sofi estudiaban era un campus secundario donde se ofrecían ciertos cursos específicos. Tenía pocos años de abierto, y estaba en la propia Atlanta. Como institución dedicada a las artes, no exigía uniformes ni tenía código de vestimenta. Por lo que el siguiente paso fue escoger las vestimentas de los infiltrados. Eiji estaba contento de que al menos lo dejaran escoger. Sabía que su vieja ropa de estilo vintage no encajaría con un estudiante de artes, se consiguió algunas camisas y un sombrero fedora. Se preguntó si no era una grosería pedirle consejos de moda a Noelle, que no podía vestir. Igual terminó por preguntar.

—Te ves muy bien Eiji. No tan peligroso como con tu chaqueta de cuero, pero más interesante, como un intelectual.

No le gustaba mucho esa etiqueta, pero lo tomó como el halago que era. En ese momento pensó en lo que había escuchado en la mente de Puzzle, tal vez debería hablar con ella al respecto.

—Quizá unos anteojos falsos te completarían el look. ¿Sabes que? Es demasiado, mejor no.

Ella se arrojó en sus brazos y lo llenó de besos. Nunca se aburriría de tocar su piel, aunque en ocasiones, si trataba de ir un poco más allá de lo que ella permitía, estaba seguro de que las sombras lo atacaban. No por ello de vez en cuando probaba suerte si estaban solos.

—Vamos a salir un rato, hoy el toque de queda es a las once la noche, faltan un para de días para que te vayas a la misión.

—Pero si no iré lejos, preciosa, estaremos en el dormitorio E mientras dure. 

—Vas a estar cincuenta y dos metros más lejos.

—Es verdad, pero escúchame, tengo una idea…

No perdieron el tiempo. Kelvin les prestó su camioneta, no era glamorosa, pero los llevó al centro de la ciudad. Noelle usó aquel vestido de algodón puro con que lo recibió en el aeropuerto, todavía provocaba que las sombras se rebelaran y sentía dolor, pero en ningún momento se quejó. Sonreía y daba saltos emocionada. Eiji no lo sabía, pero ella había pasado de una relación abusiva a otra, una paz y cariño como el que compartían era algo con lo que fantaseaba desde niña.

Se perdieron por las calles, paseando, compartieron un café y un helado en una modesta cafetería y planearon su siguiente cita al ver propaganda del acuario, Atlanta parecía una ciudad mucho menos aburrida si todas aquellas cosas sencillas eran compartidas. Al caer la noche, escogieron el Skyview, una enorme rueda de la fortuna como su última parada. 

Abordaron juntos su cápsula, sentados uno frente al otro, se miraron a los ojos un rato corto. La mirada de Noelle no parecía propia de su actitud siempre maternal y algo inocente, pero Eiji había estado en su mente lo sufieciente para conocerla hasta ese punto, no le quedaba duda de los sentimientos que la bella haitiana profesaba por él. No se sentía seguro de merecer algo así, pero sabía que él también la quería y la deseaba como nunca después de…

Noelle bajó uno de los hombros del vestido, sin pudor, hasta que dejó al descubierto hasta la altura de su antebrazo. Estaba usando un sostén blanco de encaje mucho más revelador que el top que acostumbraba.

—Perdón, ¿te molesta? necesito un poco de alivio.

—No, para nada, si quieres puedo mirar a otro lado.

Noelle lo miró aún más intensamente.

—Me gusta que me mires, incluso así. Desde el primer día. No soy tonta, sé lo que provoca mi cuerpo en las personas, en los hombres, en ti. Casi siempre estoy incómoda, pero quiero que tú me mires. No quiero que te acostumbres como Kelvin y Coinflip que siempre desvían la mirada. Quiero cubrirme con este vestido para que quieras ver más. 

La bella morena jugó con sus piernas mientras tiraba de la falda, apenas dejó visibles sus rodillas, pero Eiji sintió sus ojos atraídos a ellas aunque las miraba todo el tiempo. Noelle tiró del otro hombro, haciendo que el vestido le quedara como si no tuviera tirantes, y el sostén pareciera ser parte de él, como si tuviera un escote tan revelador que caería en lo escandaloso. Él pudo ver las sombras de los espíritus apaciguarse, aunque el leve gemido que emitió ella, le hizo creer que aún sentía dolor. Hasta que recobró el juicio.

Al llegar al cenit del juego, ello lo rodeaba con brazos y piernas, y sus bocas ya no podían hablar, tenían pocos minutos para decirse todo lo que las palabras eran incapaces de expresar. No podían llegar hasta el final, por demasiadas razones, pero disfrutaron rozar el cielo.

Se separaron a mitad de camino al suelo, apenas si se habían tocado en realidad. Noelle arregló su vestido y se sentó en el regazo de su amado.

—Un día —dijo él, en un susurro que cualquiera hubiera podido escuchar —seremos tan el uno para el otro que nadie más que yo podrá mirarte. 

—Ansío ese día, Bondye nos obsequie con ese momento y que los Lwa permitan que nunca termine.

Puzzle ajustaba por diezmilésima vez la presión de agarre de su nuevo prototipo de brazo izquierdo. Era una pesadilla, se suponía que era una prótesis para la vida diaria. La lógica indicaba que una presión levemente mayor sería práctica para levantar cosas y estar preparada para alguna pelea, pero seguía rompiendo utensilios de limpieza, o tirando lo que levantaba por los dedos débiles. El punto medio seguía esquivándola. Era increíble que con lo precisos que eran sus cálculos, las pruebas empíricas salieran tan mal. Quizá era que estaba molesta.

No tenía razones para estarlo, pero lo estaba, mientras más se resistía, más se estresaba y empezaba a comportarse como una loca. ¿Qué le importaba si Vudú y Edge habían salido en una cita? Ella ya lo había superado, siempre fue una buena perdedora.

Aunque, recordó aquella vez que la rechazaron para una beca supuestamente porque su proyecto no era muy original. En esa época creó un ransomware que bloqueó todas las computadoras del instituto hasta que revisaran su texto. Fue como echar sal en la herida, la acusaron de cibervandalismo y perdió la oportunidad de optar por la beca en el futuro. Pésima perdedora, pero en ese tiempo solo tenía catorce, no era emocionalmente estable. La ironía la golpeó y decidió dejar de discutir consigo misma. 

Tal vez lo que tenía que hacer era concentrarse en el trabajo, el equipo la necesitaba tan bien armada como fuera posible, y su sueño de un día lograr prótesis completamente indetectables no iba a lograrse solo. Y con su suerte, la enfermedad regresaría, y no tendría tiempo en la vida para ayudar a la gente, o encontrar a alguien que la extrañara cuando sucediera. ¿Mamá? Por favor. 

Una gata miraba a través de una rejilla, preguntándose «¿es posible darle celos a alguien que no te quiere?». 

El torso desnudo del hombre que jugaba con su celular, gritando como un niño ganara o perdiera, le provocaba comezón en todo su cuerpo, muy intensa, necesitaba de todo su autocontrol para no salir de su escondite y tomar lo que quería. Y es que esos abdominales parecían ideales para acurrucarse. ¿En qué estaba pensando? Ya había espiado a Kelvin y a Edge. Objetivamente, ambos tenían mejores cuerpos, pero a ella no le provocaban lo mismo. Debería ser fácil, su instinto se lo decía, bastaba con decir que sí, con permitir al macho de la especie saciarse con ella, pero, en realidad, las personas eran complicadas. Tantas veces antes vio a tantas personas obtener lo que querían de otros, incluso de ella, y ahí estaba, mirando de lejos a alguien que tomaría a una persona cualquiera con un par de tetas en lugar de a ella. Que la consideraba una especie de último recurso. Cerdo, adorable y oloroso cerdo.

Lo vio mientras se tumbaba a mirar fotografías en sitios de esos que a ella le repugnaban, tenía buenas razones, no podía soportar eso.

Chilló muy bajito, y regresó por donde había venido.

Atlanta no se parecía a Rio de Janeiro, ni un poco, Miguel había visto en las noticias que las ciudades de Estados Unidos estaban llenas de violencia, y los locutores las comparaban con lugares como Ciudad de México, Caracas, y las favelas. Pero por más que buscara, no encontraría nada parecido a casa, ni en lo bueno, ni en lo malo. 

Sus poderes no podían aliviar el cansancio que sentía, estaba cansado de buscar; un acarajé que no supiera a queso cheedar, un lugar donde pudiera bailar sin sentirse juzgado u observado, una persona que le gustara…

No parecía normal, siempre pensó que criarse con cuatro hermanas lo había hecho inmune a los impulsos, que estaba acostumbrado al cuerpo femenino. Además su padre lo había criado para ser un hombre, fuerte, respetuoso, un muro que protegiera a su familia contra otros. Y que formaría su propia familia. 

Había explorado las posibilidades. Pero nada de lo que otros decían o hacían parecía… él. Etiquetas como “gay”, “asexual”, “transgénero”, demasiado complicadas para un chico sencillo que no terminó de estudiar. No le parecían atractivos otros hombres, pero podía apreciar la belleza, sus compañeras también le parecían hermosas, era solo que no se interesaba tanto como para comportarse igual que Coinflip, y no, tampoco sentía que fuera una mujer, estaba bien con quien era. 

Sentado en aquella azotea, miraba las luces tan poco familiares, tan ajenas…

Cuando de pronto, una explosión descomunal opacó las otras luces y apagó los sonidos citadinos.

Bueno, al menos sería una buena distracción. Maldición, los tórtolos tenían su camioneta. 

Los teléfonos y relojes inteligentes de cada miembro del grupo mostró el logo de la milicia, seguido de una ubicación GPS. Un evento muy raro, a los superhéroes se les asignaban misiones, no respondían a cualquier emergencia, solo podía significar una cosa: un ataque de un supervillano.

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