La banda comienza a tocar. El suave blues parece enmarcar el momento con notas graves y alargadas de saxofón y bajo.
Los ojos de mi amiga me dicen que voy a lamentar esto toda la semana. Mi instinto me dice que lo más probable es que lo lamente toda mi vida. Pero ambos tienen que soportar que los ignore.
El hombre que me mira desde la barra es poco menos que perfecto. Su sonrisa de dientes blancos distrae de la amplia mandíbula y la barbilla prominente. Tiene ese perfil de siciliano puro, con ojos muy azules que parecen estarme desnudando ya. Yo, encantada.
Cuando el mesero le entrega mi mensaje, él le entrega un billete de veinte y se levanta. Es tan alto que sus piernas apenas caen del asiento. Lo miro de abajo arriba: los zapatos impecables, el traje de casimir gris claro, la camisa planchada e inmaculada. Para cuando quiero mirar el nudo de su corbata, ya está frente a mí.
—Buenas noches, señoritas —la voz, no sé si estoy temblando o vibrando en su frecuencia—. Estoy honrado de que me inviten a su mesa; lo mejor de un lugar como este siempre es la compañía.
Creo que la vena en la frente de Emilia va a explotar; es obvio que no está impresionada. Su esposo debe ser todo un ejemplar. Sé que estoy rompiendo mi promesa, pero en mi defensa, ella siempre me está empujando a buscar un hombre.
—El honor es nuestro, señor Mancini. —Estoy decidida a hacerlo caer; mi acto de chica ingenua es el anzuelo perfecto. Ya tendrá tiempo de sufrirme después.
—Bruno, por favor, el señor Mancini era mi padre.
Los ojos de mi amiga están rodando como bolas de billar. Pero los de él están fijos en los míos; que me mire a mí y no a ella es más intoxicante que todo el alcohol de Chicago. Me quedo en silencio como una tonta; esta vez no me hace falta pretender.
—Perdone, no escuché sus nombres…
Despierto de mi ensoñación, trato con todas mis fuerzas no hacer el ridículo.
—Oh, disculpe, ella es mi amiga, la señora —creo que nunca puse tanto énfasis en una palabra en toda mi vida— Emilia Haynes. Yo me llamo Helena Fiore.
Toma mi mano sin permiso ni advertencia; estoy a punto de girarle un bofetón con mi bolso hasta que suelta…
—¡Ah! È il fiore, con la sua immensa bellezza, il tesoro più grande dell’oliveto.
Desgraciado. Su supuesto poema es más barato que un jugo de pies en Lincoln Park. Pero el gesto me desarma. Claro que sé italiano, una madre siciliana sería negligente si no me hubiera enseñado. “Es la flor, con su inmensa belleza, el mayor tesoro del olivar”. No creo que nadie en otra cultura comprenda por qué me estoy sonrojando como una colegiala.
Me suelta con sutileza y hace algo que me impresiona más que sus líneas de conquistador o su apariencia.
Se da la media vuelta y se va.
Hago lo posible porque Emilia no vea la tarjeta con su número telefónico que el tal Bruno dejó en mi mano.
—¿Pero por qué se fue? Viene, te recita una sola frase y se larga. Qué pedazo de patán.
Estoy de acuerdo, ya he tenido mi dosis de pedantes para toda una vida. Con todo, me aferro a este pedazo de cartón.
—Se fue porque lo asustaste.
—¿Yo? ¿Cómo podría?
—Por favor, Emi, solo te faltó patearlo en la entrepierna para dejarle claro que no lo querías en la mesa.
—Bueno, eso último es cierto. Específicamente, te pedí que no dejaras a estos gatos de barrio acercarse.
—No seas tan egoísta; el sujeto parecía decente, sin mencionar que me lo comería para cenar y desayunar.
—¿Cuántas veces te he dicho que evites la comida chatarra?
—Y según tú, ¿qué debería comer? ¿Ves por aquí a alguien digno de una merienda, al menos?
—Debería ser alguien que te quiera. Punto.
Siempre supe que, al final, no aprobaba mi estilo de vida.
—Mira, olvídalo, ¿quieres? Ya se fue, no arruinemos nuestra noche libre.
—Tienes razón. Lo siento, es que te veo como una hermana menor o, no sé. Solo deja que te cuide y no hagas nada a mis espaldas, ok?
Le sonrío por toda respuesta; ella sabe que puedo cuidarme sola. Y que no voy a decírselo todo. Aunque esta noche tengo que pedirle consejo, a eso vine.
—Gracias, yo también lo siento. Y bueno, es verdad que necesito hablar contigo de algo.
—Adelante, preciosa, dime lo que quieras.
—Creo que esta vez me metí en buen lío.
—No me digas que algún inútil te atrapó espiando a los mafiosos en esos tugurios que frecuentas.
—No, o por lo menos, no que yo sepa. Más bien es que…
Le cuento todo, con detalle. No le he ocultado nada en todo el tiempo que hemos sido amigas. Solo dejo para mí mis pensamientos sobre el detective Doherty; eso es un asunto para otro día. Uno en el que no sienta el cuerpo hervir.
Mientras hablamos, aún lo veo. No estaba solo en la barra, estaba esperando a un grupo de caballeros. Parecidos a él. Italianos, con trajes caros y cigarreras de plata. Con todo, él sigue siendo el lobo entre perros. No me queda duda: o este es el último grupo de empresarios decentes de la comunidad italiana de Chicago, o son un grupo de capos, tenientes de alguna familia.
—Ojos aquí, dulzura. Ya sé que el heartthrob ese te tiene loquita, pero concéntrate, que no estamos hablando de peinados.
—No es eso, estaba pensando alguna estrategia —es más fácil soltar medias verdades que mentiras descaradas—. Discúlpame, ¿decías?
—Que este lugar parece bueno para que empieces. Al final no es tan diferente de los speakeasy. Solo que los que vienen tienen mucho más dinero.
—No solo es eso, mira para allá, despacio, este lugar es un black and tan.
—Ustedes los americanos son horribles, separando así a la gente por su color de piel. Ni los franceses se atreven a tanto. ¿Por qué te sorprende que admitan negros? La semana pasada tocó el propio Louis Armstrong.
—Todo eso, para regañarme porque te cancelé.
—Y por racista, preciosa, ¡qué horror! Algo así nunca pasaría en mi amada Berlín.
—Déjame en paz, yo no soy así. Solo digo que este lugar es un poco peligroso.
—Pues sí, pero no por las razones que crees. Creo que si algo te pasa, es más probable que sea culpa de tu poeta de cinco centavos. Mira, como sea, si vas a hacer esto, no puedes usar la misma estrategia. Aquí hay mucha competencia, y si insistes en acercarte a algún hombre, no vas a necesitar enojar a la mafia para desaparecer.
Es cierto, Emilia y yo estamos llamando la atención, pero en cada mesa parece haber por lo menos una chica. La mayoría son mucho más descaradas que yo, sin mencionar que algunas, por lo menos, podrían rivalizar con mi amiga en belleza. Esas son precisamente las que de vez en cuando miran hacia acá mientras tiran la ceniza de sus largos cigarrillos.
Y eso que es noche de novias. Un sábado, tal vez ya tendríamos a una esposa gritando sobre que algún bajito y calvo es suyo y de nadie más.
—Entonces el acto de la flapper buscona está descartado.
—Tal vez, ¿qué tal eso como alternativa?
Me señala un cartel, cerca de la entrada; lo vi al pasar, pero en ese momento no parecía útil. Dice: “Se buscan anfitrionas”.
—¿Estás loca, Emi? ¿Sabes lo que son realmente esas anfitrionas?
—Ficheras, ni que no las pudiera ver en acción. Se acercan a los hombres, los escuchan, los seducen un poco sin darles realmente nada, y piden bebidas hasta desfalcarlos. La casa seguro les da agua o cócteles sin alcohol. ¿Cuál es la diferencia?
La vergüenza me golpea igual que la capota de mi Chrysler cuando abordo descuidada.
—¿Que a ellas les pagan?
—Y que las protegen. Si un gato Tom trata de ponerte las manos encima, uno de esos sujetos con pajarita negra lo va a sacar como un costal de basura.
Cuando tiene razón, la tiene. Pero claro, la que se arriesga y pone en juego su reputación soy yo. Además, confieso que lo que más me aterra es lo poco que podré dormir manteniendo dos empleos. Me gusta trabajar en el tribune, a pesar de todo.
Tomo la bebida que nos envió el tal Bruno para darme un segundo antes de responder.
Dios mío, esto está delicioso.
Lo miro, lo saboreo, es un Bee’s knees, pero no tiene ese horrible regusto a perfume, no me deja sensación de picor y es casi transparente. Está hecho con ginebra de verdad, una muy buena. Danny mataría por poner sus manos en algo así.
¿Quién es este Mancini? No creo que el local, por mucha categoría que tenga, esté sirviendo esto a sus clientes regulares. Debe valer unos cinco dólares. Emilia también ha dado un sorbo al suyo. Creo que también se dio cuenta.
—Helena, ya sabemos por dónde tienes que empezar.
—Primero no quieres que se acerque y ahora es mi objetivo ideal.
—No te hagas la tonta. Ese tipo, como mínimo, es contrabandista. Si no está con Farina, seguro que Doherty te da algo por su operación.
—Pero si no es el caso, corro el riesgo de hacerme sospechosa y perder la oportunidad.
—Sí, es verdad. Si hasta el camarero lo conoce, llamarías demasiado la atención.
—Lo consultaré con la almohada; tu primer plan tampoco es malo. Hasta podría hacer ambas cosas.
—Entonces, tengo que enseñarte algo, hermosa.
—¿Qué es esta vez? ¿Otra de tus clases de moda, o de lenguaje corporal?
—No, tengo que enseñarte por qué se fue tu Dante Alighieri americano.
—No te entiendo.
—Vas a tener que aprender a manejar hombres como él. Se nota que le interesaste, pero no iba a sentarse a la mesa; él pretendía llevarte a la barra. Ahora espera que rectifiques buscándolo. Te dio su tarjeta, ¿Verdad?
Empiezo a entender: los hombres de los sitios baratos no tienen problema en acercarse, en que los mangonee un poco. Mancini y los que son como él tienen orgullo. Se acercó para dejármelo claro.
—De todo te das cuenta. ¿A qué dices que te dedicabas en Alemania?
—A nada, realmente, hice estudios solo para entretenerme. Mi madre tenía dinero y papá decía que yo era su Prinzessin.
El acento se le nota demasiado cuando dice la última palabra. Puedo ver que un par de personas cercanas se giran hacia nosotras con mal logrado disimulo. El brillo en sus ojos se apaga por un momento. La entiendo; estas salidas son los momentos en que se permite ser ella misma, en lugar de su fachada invisible de la sala de redacción. Pero ni aquí puede salir del todo; es una inmigrante, de un país que fue enemigo. No somos tan diferentes, pero solo puedo imaginar el miedo que debe sentir cuando algo tan íntimo sale a la luz.
Mejor hacer como que no me di cuenta.
—Entonces dejaste una buena vida por amor y aventura. Deberías escribirlo o algo, es una gran historia.
—Ay, amiga, no sabes ni la mitad.
Dejamos pasar los temas de mafiosos y guerras para centrarnos en lo serio. Le cuento sobre mis padres; ella me comparte sobre los suyos. Me aconseja por milésima vez sobre cómo vestir, caminar y comer. A veces me siento tentada a ofenderme, ignorarla. Pero la miro y no solo veo que obviamente sabe de lo que habla, sino que me lo ofrece de corazón. No se parece a cuando mi madre intentaba enseñarme estas mismas cosas. No me llama gorda, holgazana ni fea. Hay muchas personas que llaman a otras con esos apelativos como “dulzura”, “hermosa” o “cariño”. Pero Emilia hace que me los crea cada vez.
Al final terminamos por hablar de todo y nada. Beber, reír, humillar un poco a los hombres, a lo que vienen dos chicas solas a un bar en Chicago.
Es hora de irnos; me ofrezco a llevar a Emi a su casa; dice que James la trajo. Tal vez logre conocerlo, aunque dice que tiene un trabajo nocturno.
Al final, no estaba en casa, qué pena, algún día supongo. Nos damos las buenas noches mientras ella baja del auto y camina torpe, pero absurdamente sensual, hasta la casa. Hay algo que no me ha dicho, pero en fin, yo tampoco le digo todo.
Conducir a casa a esta hora a veces me pone melancólica. Eso ha sonado como alcohólica y a melón. ¿Hay algún licor de melón que pueda probar? Creo que estoy algo ebria. Ojalá no me detengan. Qué bueno que mañana no hay trabajo; voy a despertar hecha un desastre.
Tal vez si fuera como mi madre quería, a esta altura tendría mi vida solucionada. Pero no, tenía que ser terca y dedicarme al periodismo a toda costa. Y ahora tengo que pagar mis propias cuentas mientras el tribune me paga centavos por hoja. Y siempre tengo que lucir bonita. Aunque a veces es un fastidio. Qué daría por pasar un día entero en casa, leyendo, escuchando la radio o durmiendo como un lirón.
O mejor aún, en los brazos de alguien que me cuide, que me prepare café y me haga sentir mujer todo el día. No tiene que ser un Bruno Mancini, aunque me encantaría…
Me sacudo ante la imagen que se cuela en mi cabeza; no es bienvenida, trato de sacarla con fuerza centrífuga. Funciona un poco y ya tengo los ojos en el camino otra vez.
Consigo llegar sin problemas a mi complejo de apartamentos y solo me balanceo un poco para alcanzar mi puerta. No creo que fuera tan sexy como Emilia.
Dentro, en la mesita, hay varias carpetas que no estaban ahí cuando salí. Son expedientes policiales. Desmond. En verdad debería cambiar la chapa o algo; no es normal que me sienta tan segura con un policía entrando y saliendo de mi casa. Nunca lo han visto; los vecinos no dicen nada. ¿Cómo lo hace?
Quisiera dormir antes de revisar todo esto; solo les daré un vistazo, veamos los nombres: De Lucca, Tattaglia, son tipos de Nueva York; si están por aquí, algo puede estar pasando…
Bruno Mancini.
¿Será coincidencia?
De dentro de la carpeta, cae una nota escrita en media hoja de cuaderno.
Llévate el arma la próxima vez.