¿El calvo Valentini está muerto?
Mientras redacto los escabrosos detalles de cómo un traficante de poca monta inició una pelea en el comedor, para luego apuñalar a Giacomo en el cuello con un filero improvisado, no puedo evitar sentir una punzada de culpa. No merecía morir por asaltar ese almacén lleno de ladrillos.
Tanto esfuerzo por un montón de uvas secas. A veces creo que ellos mismos buscan que los roben. Poniendo esas advertencias que tan sutilmente dicen: “Por favor, no haga vino con esto”.
—Helena, vas a tener que volver a empezar, llevas cuatro errores en esa hoja.
—¡Rayos! Gracias, Emilia, no creo que pudiera soportar que Johnson me vuelva a gritar sin tumbarle un par de dientes.
—Eso sería malo para esas preciosas manos tuyas, primor. Mejor concéntrate para que el buen supervisor conserve sus dientes y tú, tu trabajo. Esto sería muy aburrido sin ti.
¿Qué haría sin ella? Emilia ya estaba trabajando aquí cuando comencé. Nos hicimos amigas la primera vez que robé una historia. Me sorprendió guardando el manuscrito al fondo de la pila para que saliera hasta el día siguiente. En lugar de reprenderme o acusarme, me pasó uno aún mejor que ella tenía. Ni siquiera dejó de escribir. Esa noche salí en mi disfraz a confirmar la fuente y descubrí que la noticia era aún más jugosa. El reportero original creyó que era simplemente un funcionario saliendo a beber, resultó que estaba robando fondos públicos para consentir a una chica con la que ponía el cuerno a su esposa.
Debo haber ganado unos cincuenta dólares esa semana, y los supervisores, aunque más de una vez han sospechado, nunca entrevistaron a una sola mujer.
Tomo una nueva hoja de papel y me apresuro en transcribir tan perfectamente como me es posible. Luego la que sigue, la próxima, y continúo hasta que la pila desaparece. Ni Emilia ni Johnson encontrarán un solo error. Y ya casi son las tres.
—¿Nos veremos esta noche, preciosa? —me pregunta como si no lleváramos semanas planeando salir. Quiere saber si voy a cancelarle para irme a cazar. ¿Cómo se atreve a pensar eso? No lo haría por tercera vez en un mes.
—Claro que sí. ¿Llevarás a James? Me muero por que me lo presentes.
—De ninguna manera, no arruinaré una noche de chicas llevando a mi esposo. Lo amo con locura, pero puede ser todo un aguafiestas. Tampoco vayas a dejar que algún gato Tom nos aborde como la última vez.
—Oye, el sujeto se acercó preguntando por ti. Además, era bastante guapo.
—Tienes que subir tus estándares; ya no estamos en los tiempos en que una mujer se conformaba con el primer tipo más o menos decente que podía encontrar.
—Fácil para ti decirlo. Ya tienes uno bueno. Además, tampoco tengo que atrapar un marido para tener un poco de acción.
—Las jóvenes de hoy no conocen la decencia o la modestia.
Nos reímos juntas antes de tomar diferentes caminos. Por lo que sé, ese último comentario fue de lo más hipócrita.
Estoy muerta, siento lástima del próximo que me lleve la contraria. Sin importar si estoy en mi trabajo legal o buscando historias en los tugurios, siempre trato de mantener una fachada de perfecta mujer americana. Dócil, sonriente y controlada. Pero de vez en cuando, alguien me saca de mis casillas y termina conociéndome. Ahora mismo siento que voy a presentarme ante cualquiera que me diga que ya no hay café en la oficina o que me estorbe en la carretera.
Eso me recuerda que tengo que llegar pronto al Daley’s. Si llego tarde, el oficial Doherty… Desmond empezará a aparecerse por todos lados otra vez. Es peor que un novio celoso.
Hasta ahora no me han multado, solo me detuvieron unas pocas veces por exceso de velocidad. Esta debería ser una. Hasta yo lo admito. Pero no tengo tiempo que perder; lo lamento por el susto que le di al hombre que trató de cruzar la calle justo antes de que cambiara el semáforo. La culpa se esfuma rápido al comprobar que estoy ya en el estacionamiento de la cafetería y con unos cuantos minutos de sobra.
Todavía no ha llegado; aprovecho para pedir algo bueno para comer. Me siento en la barra, las periqueras son mis amigas. Basta mirar a otro lado para dar a entender que la persona a tu lado no viene contigo. Y también es fácil irse si las cosas no resultan. Lo mejor, la comida suele venir mucho antes.
Ya me estoy comiendo una hamburguesa doble con queso y tocino —que seguro haría gritar a Emilia—, cuando se aparece por fin. Viene con un traje barato color marrón, pero reconozco que se le ve bien. La gabardina siempre le oculta la amplia espalda y lo hace encorvarse un poco. Me da menos vergüenza que me vean con él. Se sienta a mi lado, mirando al frente, y pide un café cargado antes de hablar conmigo. Parece que está aprendiendo por fin a ser discreto.
—Buenas tardes —se quita el sombrero, lo deja sobre la barra. Creo que por fin veo en él al Desmond de aquella noche—. ¿Tuvo tiempo para pensar en lo que hablamos?
Se está portando demasiado bien. Va a pedirme algo más, o cree que voy a rechazarlo. Quizá puedo sacarle un poco más a la policía.
—Un poco, soy una mujer ocupada —doy un nada digno mordisco a mi hamburguesa; mastico despacio, sin mirarlo, además de que así nadie adivinaría que estamos hablando; adoro hacerlo rabiar de impaciencia—. Me parece que es un encargo algo peligroso para una dama como yo. Tendría que merecer la pena.
—Temía que dijera algo así. Si le soy sincero, creo que lo que hacen los periodistas es más peligroso que lo que hacemos los policías. Nosotros no ponemos nuestro nombre en un papel que dice “te he traicionado” y luego lo repartimos por toda la ciudad.
—Pero andan por ahí con un uniforme y una placa que dice: “Voy por ti”.
—Cierto, solo que en nuestro caso también grita: “Estoy armado y mis amigos también”.
—Por eso a veces lo mejor es pretender que no nos dedicamos a esto. O por lo menos, escoger bien nuestras batallas.
—Por favor, piénselo mejor. El departamento está patas arriba. La ciudad es un caos, los mafiosos están paranoicos y violentos; es cuestión de tiempo para que estalle una guerra entre ellos. ¿Ya supo lo de Valentini? El pobre diablo iba a comer su primera cena en el comedor de prisión.
Trago saliva, no es propio de mí sentirme mal por un mafioso.
—Era su arresto, ¿no? ¿Cómo es que el tribune recibió la noticia antes que yo? El trato es que usted atrapa al criminal y yo me llevo la primicia.
—No pude hacer nada, el alcaide avisó a la familia antes que a la estación, y ellos corrieron la voz. Yo me enteré porque fui a tomarle declaración.
—Si te conozco, seguro querías culpar a algún capo de Farina de ser un topo, para que Valentini te diera información.
—Creí que no nos tuteábamos en público, señorita Fiore.
No puedo evitarlo, cada vez que quiero ponerlo en su lugar, se me escapa.
—Y no lo hacemos, no sé de qué habla.
—Como guste, sé mejor que nadie que contrariarle nunca es productivo.
—¿Qué se supone que trata de decir?
—Que, por favor, disculpe mi equivocación. —Dice eso, pero sonríe, tan lleno de sí mismo; quisiera abofetearlo. O tal vez lo que quiero es algo más, pero no volverá a pasar.
—Está usted disculpado. Ahora dígame, ¿qué me ofrece por la información que pueda conseguir?
—Además de la recompensa que ofrece la policía por información que lleve a los arrestos de los más conocidos, y de las primicias sobre cada acción que lleve a cabo la policía, ¿qué más quiere?
Buena pregunta. Oficialmente, no puede ofrecerme dinero.
—Inmunidad.
—¿Disculpe?
—Voy a nadar en un muladar, quiero que me prometa que voy a salir limpia. No levantarán cargos contra mí si termino implicada.
Veo su cara; no queda ni un poco de la arrogancia de hace un rato. Le acabo de pedir la luna. Es mi pretexto para rechazarlo.
—De acuerdo.
No puede estar hablando en serio.
—¿De verdad?
—Confío en usted, Helena. El fiscal no es exactamente mi amigo, pero sé que usted no va a hacer nada que tengamos en nuestras conciencias. Y quiero ser honesto, empezamos a desesperarnos, lo de Valentini es solo el principio.
Esto sí que no lo vi venir.
—En ese caso, hay una cosa más.
—No lo mencione, me adelanté. Cuando vuelva a su casa, busque un poco de pan. Póngale mantequilla, y con un poco de azúcar, le aseguro que será una merienda espectacular.
Ya no espera mi respuesta, se pone el sombrero, deja cincuenta centavos en la barra y se va con la reverencia cortés que se hace a un desconocido. Al parecer, acabo de aceptar espiar a una de las familias de la mafia italiana más peligrosas de la ciudad.
Dios, qué lio. Ni siquiera sé por donde empezar algo así. Tal vez mis métodos no sean suficientes. Si alguien entre los frecuentes del speakeasy de Lincoln Park tuviera idea de quién es el nuevo líder de los Farina, o siquiera el consigliere, yo ya lo sabría a estas alturas.
Tengo otra cita, a las cinco. Bastante lejos de la redacción del Chicago Underground, como para que nadie nos relacione. Solo tengo que recoger un sobre con un cheque al portador. Veinticinco dólares bien ganados por el señor Alessandro Marconi. El sujeto que me entrega el sobre no tiene idea, cree que es real. Siempre me pregunta si puede conocerlo.
Claro que este no es el único diario al que le vendo mis noticias. Cada noticia tiene un comprador ideal, si atrapo a un político conservador, por ejemplo, a veces las publicaciones demócratas se interesan en hundirlo, pero es más común que un diario republicano quiera comprar la noticia para no publicarla, silenciarla. A mí qué más me da. Todos estos tipos son iguales. Una vez vendí una noticia a un diario y ellos la vendieron a otro.
Me voy a casa, debo arreglarme y dormir un poco para poder disfrutar de la salida de esta noche.
No tengo idea de cómo se mete ese policía a mi casa, ya ni siquiera me molesta. Es práctico llegar y encontrar en mi mesita los documentos de arrestos y planes de operativos que necesito para mis investigaciones.
Esta vez, busco en la panera, ahí está. Me encanta que un hombre sepa exactamente lo que quiero sin que se lo pida. Es una Colt, calibre 45. Nunca he usado un arma para salir, deseo nunca tener que dispararla. Desmond ya me enseñó a disparar antes y siempre le dije que no quería cargar con algo así. Soy una mentirosa, es verdad que me da miedo llevarla, pero no puedo negar que me hace sentir algo extraño y emocionante. Está descargada. Claro, las balas están en la nevera, detrás de la mantequilla. Reviso la azucarera; no, ahí no ha dejado nada. Voy a hacerme un pan como él me recomendó mientras me cambio para la cita con Emilia.
Mmm, no está mal.
Ya debe estarme esperando; que se aguante, siempre me reprende por no arreglarme lo suficiente. Esta vez llegaré luciendo lo mejor posible. Pero nada que ver con lo que uso para espiar. Mi vestido, recién recogido de la tintorería, es negro y hermoso, con mangas hasta el codo, y lo acompaño con guantes hasta la muñeca. Tacón medio, un cloche con algunas plumas y un collar de perlas que mi madre siempre consideró de mala suerte. El cabello suelto, con sus rizos naturales libres. El maquillaje es lo más importante. Esta vez debe ayudarme a parecer joven, casi inocente, como si no llevara. Mis amigos pueden hablar mal de los comepasteles de bar, pero yo me he traído a casa algunos realmente buenos. Mamá se moriría dos veces más si supiera todas las veces que tuve una aventura sin haberme casado nunca. ¿Papá? Bueno, digamos que se opondría solo en teoría. Viejo bastardo, creyó que podría comprar mi perdón con un coche.
Meto en mi bolso un paquete de Camels; odio los que fuma Emilia, lo apestan todo, por suerte le gustan los que le ofrezco.
Quedamos en el Sunset, un nuevo lugar donde habrá música en vivo, bebidas sin alcohol, y se supone que lo frecuentan personas de bien. Un local legal y de prestigio.
Sí, cómo no.
Le dejo mi coche al valet, y en la fila hay en efecto unos cuantos Rolls-Royce. Pero abundan los Alfa Romeo y otros que, aunque sin duda son de lujo, se trata de autos de escape. Hay hasta un par de modelos E; esas cosas son como balas en la carretera. Adentro estará lleno de traficantes. No me preocupa que me reconozcan, el nivel de los lugares a los que suelo ir no tiene nada que ver. Además, es viernes por la noche, el día que los mafiosos sacan a sus novias. Desgraciados, mañana traerán a sus esposas al mismo lugar.
Al entrar, hay un guapísimo anfitrión esperando en la entrada, en un perfecto traje negro. Es un chico italiano muy cortés.
—Buenas noches, señorita. ¿Ya le esperan?
—Tengo una reserva a nombre de Fiore y Haynes.
El chico revisa su lista con gran profesionalismo. En el fondo, se requiere poco para impresionarme, lo sé. Pero hay tan pocos hombres que tengan lindos rasgos y no sean unos patanes, que ya podría este chico dedicarse a lustrar botas y me atraparía batiéndole pestañas.
—Claro, la señora Haynes ya llegó. Acompáñeme, por favor.
Emilia me saluda desde lejos. Dios, ¿qué le hice a esta mujer? Luce como una modelo; su vestido rojo es escandaloso hasta para mí. Deja los hombros descubiertos y, aunque en realidad su escote es muy sutil, el corte le favorece tanto que parece guiar la mirada. Se soltó el cabello pelirrojo y no lleva sus gafas. Greta Garbo se moriría de envidia, un poco menos que yo, claro. Qué injusto, ahora soy la amiga fea y ella ya está casada. Tanto arreglarme para nada.
—Helena, qué bueno que llegaste. Mírate, qué hermosa te ves.
Sí será…
—Gracias, Emi, todo gracias a tus consejos.
—No digas eso, bonita, tú eres un lienzo perfecto, el maquillaje y la ropa son apenas pinceladas. Que nadie te diga otra cosa.
Le sonrío y me siento en nuestra pequeña mesa. Fuera de la oficina —o a veces dentro también—, no nos para la boca. Un periódico es un lugar maravilloso para trabajar si eres, como nosotras, una chismosa sin remedio. En menos de una hora nos ponemos al día con quién va a casarse pronto, quién está comiendo sospechosamente de más y que pronto tendremos trabajo extra, pues pronto despedirán a algunos compañeros. Las bebidas nos sueltan la lengua; basta pedir los cócteles por su nombre aunque no estén en el menú. Ni siquiera tenemos que hacerlo. Algunos amables caballeros de varias mesas nos mantienen atendidas sin que gastemos un centavo. Yo les sonrío y Emilia les muestra su alianza. Así seguimos recibiendo obsequios desinteresados, y nadie ha venido a molestar.
Como siempre, dos tragos, y la conversación se pone personal.
—¿Y cómo conociste a tu esposo?
—Es una historia muy linda, me encanta. Nos conocimos en Marsella, Francia. Yo iba de vacaciones y él estaba en un negocio. Nos presentó un amigo en común, un español, Rafael. Nos invitó a un bar junto a la playa y no se presentó. Fue casi amor a primera vista.
—¿Y cómo es que terminaron aquí?
—Pues… mira, mi padre fue soldado y James peleó en el lado británico. A donde fuéramos…
—No los dejarían estar juntos.
—Exacto. Por eso le dije: “James Robertson, tú y yo vamos a emigrar a América”. Pensé que se iba a desmayar, pero lo que hizo fue abrazarme y decirme que conmigo iría de vuelta a las trincheras.
—Espera, ¿no te pusiste su apellido cuando se casaron?
—Oh, eso es muy gracioso. Mira, tuvimos que abordar el barco de migrantes un poco en secreto. Cuando desembarcamos, nos preguntaron si estábamos casados y yo dije que sí. Me pidieron mi nombre, en ese tiempo era Heinz. El oficial de migración escribió “Haynes” en los documentos de ambos y decidimos no corregirlo. Nos regaló una identidad para nuestra vida nueva.
Esta mujer vino a presumir. La conozco, sé que me quiere y cree que así me motiva a sentar cabeza. Tampoco es que no quiera, solo me gustaría tener una vida primero. Además, ¿quién tiene tanta suerte de conocer al amor de su vida de pronto en una noche de copas?
Oh, creo que hablé demasiado pronto.
—Señoritas, el caballero de la barra les envía estas bebidas.
Emilia está a punto de hacer su cosa; yo le agarro la muñeca antes de que pueda mostrar su dedo.
—Muchacho —le pregunto con una voz muy aguda, no sé por qué me sale así—. ¿Sabe quién es ese hombre?
—Me parece que se trata del señor Bruno Mancini. ¿Le mando sus agradecimientos?
Lo que me pregunta es si debe rechazarlo como a todos los demás.
—No, dígale de mi parte que no necesita beber solo. Y traiga otra silla.