El sábado en la mañana, fui al Sunset a solicitar el empleo; estaban encantados conmigo. Debo presentarme el viernes; me alegra que no sea más que el fin de semana. El código de vestimenta no es un problema.
Por la noche fui al speakeasy de Lincoln Park para sembrar la semilla de mi desaparición. Me dediqué a contarles a los habituales que a mi “nuevo novio” no le gusta que salga sola a beber. Ninguno dejó de intentar conquistarme, pero encontraron muy lógico que “lo escuchara”. No quisieron saber su nombre; insinuar que tenía un hermoso auto y que me llevaría a la finca de su padre hizo sudar a más de uno. La tarde del domingo fui de compras y a buscar un buen cerrajero. Necesito pararle los pies a ese remedo de policía. Es obvio que me estuvo observando en el Sunset. Esto no estaba en el trato.
Y hoy, en pleno lunes, toda mi agencia e independencia se sienten como una mentira que me cuento.
Doherty tendrá que esperar por sus dichosas actualizaciones del caso. No saldré a investigar hasta el fin de semana. Y si hubiera justicia en este mundo, tampoco saldría a trabajar.
En estos días mi mente no hace sentido. Culpo y maldigo a todos los hombres por mi dolor —como si la “solución” que ofrecen no fuera peor—, mientras deseo con todas mis fuerzas tener uno, aunque sea para mandarlo a cumplir mis caprichos. No es que necesite ayuda, pero si mamá hacía que el inútil de papá le cocinara albóndigas, ¿por qué no debería mandar a mi inexistente esposo por el café caro del otro lado del río, o usarlo como calentador?
Mi madre siempre me dijo que exageraba. Claro, como a ella nunca le dolió tanto. Y claro, el “coronel” McCormick, ese genio de los negocios, no tiene ni idea de por qué Johnson nos rota por unos días al mes. Puede ser un mal intento de comepasteles, pero en ese sentido ha sido considerado. Me tocarán sociales hasta el miércoles. Son pocas, sencillas, y no son urgentes, pues la sección se publica solo en el dominical.
Pero claro, hasta en eso hay trampa. Porque así es imposible evitar que otros se enteren. La gente puede ser demasiado amable. No me sorprende de los hombres, pero a veces las otras mujeres parecen saber aún menos del tema. ¿Soy la única que quiere pretender que no pasa nada? Cada que hago un turno en sociales siento que mañana me despedirán. Si tengo que ir al baño o el dolor se hace insoportable, me miran y susurran como si no hubiera nada más de que hablar. Bueno, yo tampoco puedo pensar en otra cosa hoy. Aunque me esfuerzo, odio la idea de que mi propia feminidad me haga menos productiva o me detenga de hacer lo que quiero.
En fin, llevo dos días dándole vueltas al asunto de descubrir al nuevo jefe de los Farina. Los documentos que me dejó Desmond resultaron ser como todos los expedientes policiacos de italianos. Un montón de sospechas y nada de evidencias. Cualquiera que los lea podría pensar: «¿Qué esperan? Vayan por ellos». Salvo un abogado, que ve en esas carpetas un montón de nada. El de Mancini fue por lejos el más interesante. Las palabras “soltero”, “magnate” y “sin antecedentes”, sobre todo. Resulta que es socio del Sunset, lo que da una explicación menos macabra a su derroche del viernes. Su tarjeta parece echar humo en mi bolso.
Sigo tecleando la milésima repetición de la palabra “maravilloso” en una reseña de la boda de una de las hijas de un político o algo así. Estas notas no son lo mío, y creo que Margaret Stevens, talentosa como es, está perdiendo el toque. Quizá es que estoy gruñona; extraño a Emilia, llegué demasiado tarde y no conseguí sentarme a su lado. Qué día horrible.
Terminé. Un manuscrito nuevo, veamos qué nuevo chisme tienen los ricos…
Sofía suplica a un juez que permita a su padre: Giordano Farina, asistir a su próxima boda.
Oh, sin duda hice mal en ignorar los sociales. Esto explica a Tattaglia y los demás neoyorkinos en la ciudad. Es la tapadera perfecta, tal vez el diablo esté en los detalles…
…la acongojada novia explicó a su señoría que es muy importante para ella y su salud emocional, sobre todo después de su sórdido rompimiento el año pasado. El empresario Bruno Mancini, su pareja…
Hijo de perra.
Claro, era demasiado perfecto; el día estaba dejando de apestar. Ese maldito tenía que estar casado, prometido, ¡lo que sea!
—¡Imbécil!
Oh no, ¿lo dije en voz alta?
Ya tengo todos los ojos encima, como si no fuera suficiente con todo lo demás.
Tomo un cigarrillo de mi bolso a toda prisa, paso junto a Johnson sin mirarlo; no puedo dejarlo ver mi rostro.
—Tomaré mi descanso para fumar ahora.
Aunque tal vez le moleste, no paro hasta llegar al baño; pude haber dicho eso, no estoy pensando, ¡carajo!
Me siento sobre la tapa del retrete, con el cigarrillo entre los dedos. No traje cerillas ni encendedor. Mucho menos el pañuelo o el maquillaje; cuando salga, todos sabrán que estoy llorando.
No puedo explicar por qué. Sí, el tipo es atractivo, pero apenas cruzamos dos palabras. Aunque fuera con esa voz tan…
Alguien toca la puerta.
—Abre, a menos que te estés cambiando la servilleta sanitaria.
¿Quién más? Le abro, no va a dejarme sola. Nunca lo hace.
—Ten, es tu bolso. Te lo he dicho, nunca lo dejes solo. Eres un desastre, niña. Adivino, otra vez sin desayunar.
Mientras me limpio los ojos con el pañuelo de mi bolso, asiento sin levantar la mirada ni cambiar mi patética posición.
—¿Qué fue esta vez?
Le pasó la copia manuscrita de la noticia; eso sí que se pegó a mi mano al salir corriendo.
Me pasa la mano sobre los hombros mientras con la otra ajusta sus gafas, antes de quitarme el papel…
—Jijijiji. —¿De qué se ríe? —Ay, cariño, creo que leíste un poco deprisa.
—¿De qué hablas?
Me lee con ese tono de burla que me hace sentir una niña.
—”…El empresario Bruno Mancini, su pareja de entonces, terminó la relación poco después de que Giacomo Farina fue arrestado. Muchos lo comparan con el nuevo novio, un tal Thomas Mallory…”
No puedo con esto; creo que si estoy llorando más fuerte es porque la humillación no solo no se ha ido, ahora es mil veces peor.
—Preciosa, está bien, todas hemos pasado por ahí. A veces tienes un día malo y te derrumbas porque se termina la leche.
Asiento como puedo; esta vez no hay un salvador bollo de chocolate, solo la promesa de un almuerzo y un muy necesario abrazo. Tenemos que volver; estos descansos son muy breves. Emilia obra su magia en mi cara y parece que no pasó nada. ¿Qué haría yo sin ella?
Las tres, sobreviví el día. Emi me llevó a un lugar cercano donde preparan almuerzos baratos. Ahora mismo me sermonea por cuidar tan mal de mí misma. Otra vez. Siendo honesta, creo que lo disfruto un poco. No estoy acostumbrada a que alguien me cuide sin juzgarme, insultarme o quiera algo a cambio.
Mientras soporto lo que queda de la vergüenza, el dolor en mi abdomen y el mareo por el hambre, alcanzo a ver algo, dos mesas más allá. Una figura familiar. Con esa horrible gabardina y el sombrero con que pretende ocultar su cara. Está tomando un café americano, ni siquiera una dona. Como si eso fuera el detalle que lo delatara.
—Mira, preciosa, prueba un poco de salmón y no dejes las verduras. Hoy date el lujo; te ayudará a sentirte mejor.
—No sabes cómo te agradezco que siempre estés ahí. Dios sabe que tus consejos y tu cuidado me han ayudado tanto…
—Ni lo menciones, es un placer. No es fácil encontrar amigos en una ciudad como esta, si eres de… fuera.
—Cuando terminemos, ¿te llevo a casa?
—Oh, no hace falta, todavía tengo algunas cosas que hacer antes de volver, y tú tienes que descansar. No es una sugerencia.
—Bien, entonces, si no te molesta, me gustaría descansar aquí un buen rato; no tienes que esperarme.
—Oh, claro, patéale sus policiacas bolas por seguirnos al bar. Me voy de una vez; está pagada la cuenta. ¡Chau!
¿Ella lo vio? Yo solo lo supuse, por los documentos que me dejó. En verdad se da cuenta de todo.
Desmond, por supuesto, no se mueve. O cree que no lo he visto o juega el mismo juego estúpido que Bruno. Pero a orgullo, nadie va a ganarme. Por lo menos, ninguno de estos dos.
Pongo mi bolso sobre la mesa, me aseguro de que está mirando. Bien, ahora tengo que sacar la pistola, un poco. Que solo él la vea…
Es gracioso lo rápido que se levantó para venir.
—¿Qué crees que estás haciendo, Elena?
Voy a perdonarle ese tuteo por lo que se viene.
—Jajaja, relájese, Doherty. —La risita detrás de la mano y una mirada; ahora estoy sentada frente al “oficial gelatina”. Ojalá no sintiera como si un ejército de modelos caminara en tacones sobre mi vientre cada que me río. Pero vale la pena—. Parece que ha visto usted a un criminal en acción.
—Te… Le enseñé que debe mantener el arma oculta.
—¿No cree que si la gente sabe que voy armada, tendré menos problemas?
—O tal vez le disparen antes de hacer preguntas.
Darle la razón le quitaría toda la diversión, pero tampoco se me ocurre nada.
—Si usted lo dice. Por cierto, me está siguiendo, y de nuevo se ve como un toro; le pedí que no se dejara ver cerca de mí con esas pintas.
—Soy detective, esto no es realmente un uniforme…
—No, claro que no. Por favor, nadie cree que la pistolera son tirantes. La placa se distingue bajo la gabardina…
—Okay, entiendo. Hagámoslo rápido. ¿Tiene algo para mi?
—Va a tener que ser paciente. Ya debe saber que voy a trabajar en el Sunset. Y quizá le interese que Mancini, el tipo que me abordó, sostuvo una relación con la hija de Giacomo Farina. Comenzaré mis pesquisas este fin de semana.
—Vaya, no, no lo sabía. Los capos cambian de novias tan rápido que los informantes rara vez llevan la cuenta.
—Lea la sección de sociales de vez en cuando, detective.
La hipocresía sabe amarga, pero el poder es delicioso. Carraspea como siempre hace cuando se queda sin argumentos.
—Supongo que lo haré a partir de ahora. Por cierto, ¿por qué no escribe usted ahí? Sería mucho más fácil conseguir ese trabajo.
—¿Por qué no es usted un policía de tráfico? Sé que siempre solicitan y es un trabajo más fácil que perseguir traficantes.
—Lo lamento si la ofendí.
—Pues laméntese entonces, puede agregarlo a sus lamentos por seguirme y por entrar a mi casa. ¿Cómo demonios lo hace, por cierto?
—¿Cuáles son sus mejores informantes, señorita Fiore?
—Mis mejores informantes no se meten a su casa.
—Eso, nadie me lo garantiza.
—Pues sepa que esta tarde cambiaré todas las chapas de las puertas.
—No se moleste, no servirá de nada. Son ya bastante seguras.
Se levanta para irse, no sin dedicarme esa sonrisa tan autosuficiente que me hace odiarlo más que un pinchazo en una rueda cuando voy vestida de blanco.
En fin, voy a relajarme un rato aquí, como le dije a Emilia. Es un buen lugar, con la mesa en el balcón, perfecta para fumar y ver pasar a la gente; no me siento relajada en mi apartamento desordenado y no lo voy a ordenar pronto.
Funciona demasiado bien, no sé qué es, pero el dolor es un poco más soportable; empiezo a pensar con cierto optimismo. Creo que sí podré sacar una buena historia de todo esto, aunque al final no pueda «salvar a la ciudad» de la familia Farina y su ron barato.
—Señorita Fiore —escucho que dice una voz familiar con un énfasis casi sarcástico—. Un placer encontrarme con usted.
Me tomo mi precioso tiempo para elegir una respuesta. Este hombre ya tiene un efecto idiotizante en mí sin aparecerse de sorpresa un día que he llorado por él como una chiquilla por Harold Lloyd.
—El placer es mío, señor Mancini —todo perfecto, salvo el silencio. Mirarlo como a zapatos en un escaparate puede ser un poco obvio, pero le he sacado una sonrisa. Y qué sonrisa.