Se sienta frente a mí, ¿esta vez no va a irse? Creí que esperaría a que yo lo llamara. Doherty cruza mi mente y estoy a punto de bufar de rabia. Bruno —en mi mente, lo llamo como si ya me perteneciera; lo hace todo más fácil—, cruza una pierna y saca un “Raleigh” de su fina cigarrera de plata. Ni siquiera hace amago de buscar su encendedor.
—¿Tiene fuego, señorita Fiore?
Que sí tengo. Y un encendedor Dunhill bastante decente. Él vino a mi mesa; me toca mover.
Me muevo al asiento junto al suyo, sacando el encendedor, tomo su cigarrillo y lo pongo entre mis labios antes de encenderlo. Lo devuelvo con esa evidente mancha de lápiz labial y aprovecho para rozar un poco sus dedos. Él no me rechaza, lo toma y se lo lleva de inmediato a la boca. Maravilloso.
—Gracias, estoy encantado de haberla encontrado aquí. Esperaba su llamada.
—Es usted un hombre ocupado, o esa impresión me dio cuando me dejó en el club, con solo su tarjeta.
—No lo niego, lo soy. Los negocios me persiguen hasta en mi club. Esperaba que no se sintiera ofendida.
—Oh, no ofendida, señor Mancini, más bien confundida. Sus generosos gestos me hicieron pensar que mis encantos habían despertado su interés.
—En ese respecto, no hay confusión posible. Y si me permite, el día de hoy la encuentro aún más hermosa, si es que eso es posible.
No lograrás distraerme, Bruno.
—Pensaba también que era usted un caballero italiano. Un hombre con los modales propios del honor siciliano. Y, sin embargo, ha dejado su cortejo a la mitad por sus negocios.
Por su rostro, veo que no hay hombre, por guapo o rico que sea, que pueda contra su propio orgullo.
—Veo que es usted una digna mujer italiana. Me disculpo por subestimarla. Está claro que a usted hay que perseguirla.
—Me basta con que aprovechemos nuestra mutua compañía sin correr uno detrás del otro.
—Creo que acabo de comprobar que efectivamente es posible verla más hermosa. ¿Cómo lo logra?
—Es usted un adulador, le ruego que no se detenga. Divina fortuna me lo ha traído hoy, que me apetecían tanto sus lisonjas.
—Le confieso que no es la fortuna lo que me trajo aquí.
Lo que necesitaba, otro acosador.
—¿Acaso se aficiona usted a los restaurantes modestos y a las bellas vistas?
—Solo a lo segundo, por desgracia; de saber que me encontraría a una mujer tan fascinante, recorrería cada cafetería de Chicago. Pero permítame ser franco. Tengo un querido amigo, usted lo conoce bien, su nombre es Richard Kozlov.
El editor del Chicago Underground. Maldita sea, más me vale conservar la fachada, hasta saber qué está pasando. No debo delatarme sin razón. Tampoco lo conozco realmente; sé que firma los cheques que cobra “Marconi”.
—Verá, le estaba contando algunos problemas, y él mencionó a un periodista que trabaja para él. Un tal Alessandro. También aludió a la bella mujer que busca sus pagos. Una cosa llevó a la otra y terminó mencionando su nombre. Me dijo que, tal vez, a través de usted, el mencionado periodista podría ayudarme con un… asunto de negocios.
Trago saliva, tengo que pensar rápido; si supiera todo, quizá ya tendría una bala en la cabeza. No, está siendo sincero, al menos en parte.
—Entonces, entiendo que sus atenciones no son sino otra “estrategia de negocios”.
—No busco ofenderla, mucho menos involucrarla con asuntos que en nada conciernen a una dama como usted.
—Pues ha conseguido ambas cosas sin proponérselas, señor Mancini. No imagino lo que lograría si pusiese empeño en ello.
Cruzo mentalmente los dedos, muerde el cebo…
—Le aseguro que consigo todo lo que me propongo, y que no tiene nada que temer, no soy sino un honrado empresario. A pesar de cualquier rumor que haya podido escuchar.
—Concedamos que estoy dispuesta a perdonarle este desliz, que seguro no tuvo mala intención. ¿Qué es lo que desea pedirme?
—¿Es posible que me presentara con el señor Marconi? Deseo ofrecerle un trabajo digno de sus dotes de investigación.
—Creo que se imagina por qué lo que me pide es simplemente demasiado. No se obtienen grandes primicias sin hacer algunos enemigos.
—Si es ese el caso, y no puede usted convencerlo, espero al menos nos sirva de enlace. Dígale, por favor, que necesito saber quién ordenó la muerte de Valentini.
No lo esperaba. ¿Qué interés puede tener en ese asunto?
—¿Acaso era otro de sus amigos?
—¿Ese calvo petulante? No, jamás nos cruzamos. Lamento no poder decirle más. Solo que, creo que tengo motivos para temer por mi vida. Le ruego que quede entre nosotros, señorita Fiore.
No puedo pensar en las graves implicaciones de lo que me está diciendo, a pesar de que entiendo cada palabra. Es que ese “nosotros” ha sonado como la música que seguro se escucha al abrir las puertas del cielo.
—Helena.
—¿Con perdón?
—Llámeme Helena, Bruno. —Las manos me sudan, apenas puedo contener los temblores, uso el cigarrillo para enmascarar mi respiración acelerada; estoy yendo demasiado lejos—. Si me dice algo así, no me trate como a una extraña.
La sonrisa que me dedica es como un golpe bajo, porque provoca un salto en mi vientre tanto o más doloroso que los anteriores.
—De acuerdo, Helena. Si le place, desde este momento no somos más unos extraños. Y entre… buenos amigos, entiendo que no me dejará usted a mi suerte en un momento de necesidad.
Caí en mi propia trampa, pero de una forma u otra, esto valdrá la pena.
—Por supuesto que no, haré llegar su mensaje y su… oferta al señor Marconi, le daré su respuesta en nuestro próximo encuentro. Que sera…
—Ese es otro asunto que me obliga a buscarla hoy, Helena. Entiendo que desea un trabajo de anfitriona en mi local. Su nombre surgió de nuevo en una muy impresionante solicitud.
Creo que desde el principio era ingenuo pensar que seguiría siendo una boba chica invisible si le coqueteo al dueño del local. Tranquila, Helena, primera regla, déjalos hablar, nunca dejes que sepan que vas un paso adelante.
—¿Y eso supone algún problema?
—Pues, eso depende. Si está pasando algún percance económico…
—No termine esa frase, Bruno. No quiere ofenderme dos veces la misma tarde.
—Tampoco me tome por un hombre como Thomas Mallory, que suelta un billete a una mujer y cree que la ha comprado. Creo que le debo una disculpa por la insinuación, pero permítame rectificar aclarando que me ofrecía a pagar por su servicio como enlace. Nada más, nada menos. Y confieso que me molesta la idea de usted en mi club, hablando con otros hombres.
—No tengo agencia en su cabeza; mis razones para buscar un trabajo fácil de fin de semana tienen poco que ver con molestarle. Soy una mujer libre y tal vez, pues no tiene por qué saberlo, me sobre o no el dinero. No se equivoque, sus celos me halagan. Los encuentro adorables, pero no mueven la balanza de mis decisiones.
Su sonrisa parece una máscara; la mantiene, pero la rabia se escapa entre las costuras. Emilia me enseñó que eso no siempre es malo. Tengo que mantener mi propia charada fría o lo echaré a perder.
—Supe el mismo día que la conocí que me haría enfadar mucho. Es frustrante, Helena, pero eso mismo me intriga, me hace pensar que vale la pena. De acuerdo, si es su deseo, no pienso coartarla, ni siquiera por lo mucho que me incomoda ser su jefe. La veré en el Sunset entonces, el viernes por la noche. Me encargaré de que podamos hablar a solas sin despertar sospechas.
—De acuerdo, solo le ruego que recuerde sus modales.
—Ahora me ofende usted, no los olvido jamás. Si he de faltar a ellos, lo hago en plena conciencia —apagó su cigarrillo en el cenicero de cristal mientras se ponía de pie—. Por eso mismo, le pido me permita un capricho contra ellos.
No puedo responder; cuando está de pie, es abrumador, como querer atrapar cada gota de lluvia; lo llena todo y sobrepasa todos mis esfuerzos por contenerme.
—Por favor, lleve usted el vestido que traía cuando nos conocimos. Concédame eso, como buenos amigos.
Se ha ido, y estoy pensando en tantas excelentes “últimas palabras” que pude haber dicho. Pero ya es demasiado tarde.
Me senté aquí para descansar y ahora no creo que pudiera estresarme más si pasara por aquí una manada de elefantes y fuera mi responsabilidad evitar que dañaran la ciudad. Me quedaré un rato más; pediré algo de beber. Quizá, si dejo pasar otra hora, venga el jodido jodido Calvin Coolidge y me pida que investigue la muerte de Warren Harding.
Pienso en todo lo que dije, en cómo diablos voy a manejar la situación; en mi bloc de notas ahora hay miles de garabatos y palabras tachadas que nunca tuvieron sentido. No dejo de jugar con el borde de mi vaso, como si pasar mi dedo de alguna forma se conectara conmigo. Lo increíble es que me siento genial. No sé si es el jazz improvisado en la radio, el efecto de la comida o mi propio orgullo satisfecho porque siento que me he salido con la mía a pesar de todo.
Conduzco de vuelta a casa; es temprano para mí; decidí no cambiar las cerraduras todavía. Quiero sentirme vulnerable esta noche, pensar que tendré el arma a mano. Es mi peor defecto, este impuro sentimiento que me da el peligro, esta parte de mí que no comparto con nadie, pero me explica mejor que nada. Me define como el sol a mi sombra sobre la pared blanca.
Estoy en mi pequeño y desordenado apartamento. No hay señales de que Desmond haya estado aquí hoy. Quiero limpiarme e irme a la cama. No tengo una de esas tinas que parecen tan cómodas en los anuncios, así que el proceso no es ni de cerca tan glamoroso como parece ser para esas amas de casa que se bañan con una copa de prohibido vino al lado, rodeadas de burbujas que, imagino, no tienen que limpiar después.
Ahora sí, usando mis horrorosas bragas de abuela que sostienen mi servilleta sanitaria, y nada más. Me voy a la cama con la Colt en la mesita y las manos ocupadas en procurarme un desfogue, hasta quedarme dormida, con él en mis pensamientos.