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Gold Digger

Fiore e Farina · por Proferyo · 20 de julio de 2026

Es que huele a pecado.

El speakeasy, a pocas cuadras de Lincoln Park, es chamagoso hasta para un local clandestino. Apesta a tabaco, alcohol y sexo fortuito. Su atractivo es el de siempre: lo prohibido. Las personas son así. Encuentran placer en lo pecaminoso. Pueden hablar por semanas sobre por qué no es algo malo cuando ellos lo hacen. Que si la enmienda es un error; que si se ha bebido desde la prehistoria; que si el propio Jesús convirtió el agua en vino. Nada de eso importa si te atreves a señalar que, sin la prohibición, este lugar no sería tan buen negocio, aunque esta noche hubiera pocas mesas llenas. Yo me siento más cómoda cuando mis piernas asoman de mi knee-duster y cuelgan de la periquera frente a la barra.

—Dame un Mary Pickford, Danny —Me tomo la cortesía de sonreírle y señalar con mi mano enguantada; él adora los gestos de las chicas bobas y escaladoras—, hoy no estoy trabajando.

—Con gusto, preciosa —me lo dice enrollando ese tupido bigote que lo hace parecer un ruso de película—, un Mary Pickford al estilo Fiore marchando.

Qué dulce, solo tengo unas pocas semanas viniendo a este lugar y ya sabe exactamente cómo quiero mi trago. Si estuviera trabajando, no tendría una sola gota de alcohol. Necesito mi mente y mis oídos despejados. Pero hoy, me apetece enlodarme un poco en este muladar. Probar unas gotas de ese removedor de pintura endulzado que los Farina llaman ron.

—¿Una noche lenta? —mi sonrisa es ahora sutil, pero intencionada—. Hoy no he visto a los habituales por aquí.

—Dicen que eso pasa poco después de que alguno se va de la lengua. Anoche, el calvo Valentini estaba presumiendo un golpe. Creo que te serví un tres millas.

—¿En serio? Qué buena memoria. Mmmm, quizá… si los capos de Valentini dieron un golpe, saldría en los diarios. ¿No crees?

—¡Qué brillante idea! —parece que anuncia el circo. Saca un ejemplar del Chicago Underground y se pasa de inmediato a la nota policial—. Veamos, veamos, ah, sí. La policía consigue frustrar otro robo de insumos a los almacenes de Mandel Brothers, dando un duro golpe a los productores clandestinos de alcohol.

—Oh, cielos. Eso lo explica, ¿cierto? ¿Dice ahí el nombre del periodista que escribió tan delicioso titular?

—En efecto, un tal Alessandro Marconi.

Qué torpe. Ese seudónimo me quedó fatal, es muy obvio. Estaba telegrafiando a la oficina y solo se me ocurrió combinar los nombres de los que inventaron el teléfono y el telégrafo. Si hubiera estado en la sala de redacción, tal vez me hubiera llamado Gutemberg. De pena. Emilia me regañaría, sin duda.

—Pues el caballero está labrándose una reputación, ¿no es así? Siempre parece estar en el momento del arresto. Tal vez es un toro disfrazado de mafioso.

Ni siquiera me di cuenta de cuándo terminó de mezclar mi trago y ponerle la cereza; verlo servir es todo un espectáculo. Me acerca la copa de menjunje rojo, con una sutileza que no muestra cuando se me acerca para susurrar.

—Ten más cuidado, Helena, más temprano vino Tony Caputo a preguntar quién estaba en el bar anoche. Te mencionó. Le dije que no recordaba haberte visto, que de seguro te fuiste temprano con algún comepasteles. Él es de los Vallentini.

Tenía que pasar. La fachada de chica flapper siempre funciona, pero es inevitable llamar la atención. La mitad de las veces solo preguntan por mí para intentar un movimiento, cuando hay menos competencia.

—Gracias, Danny, eres grandioso, te voy a extrañar, tal vez solo me pase por aquí un par de veces más.

—¿Quieres que te llame un taxi, dulzura?

—No hace falta, tengo mi viejo Chrysler afuera.

—Toda una mujer moderna. Con razón nadie te ha atrapado.

—Tendrían que conducir muy rápido para alcanzarme.

Tras una hora más compartiendo chismes sobre los parroquianos, le dedico la última risita tonta antes de levantarme y dejarle un par de dólares por los tragos. Es un robo en despoblado. Pero estas incursiones siempre valen la pena.

Por toda propina, dejo que me vea caminar hasta la salida. Bueno, si acaso ha mirado, es mucho más discreto que el supuesto caballero irlandés en una de las pocas mesas ocupadas.

La salida lleva una escalerilla que sube a la calle. Ninguna dama digna quisiera pasar por este pasillo oscuro y bajar en tacones por aquí, pero eso es lo que me da ventaja. Todos quieren hablar con la enigmática mujer que bebe sola en un lugar que ellos pueden pagar. Funcionarios infieles, defraudadores adictos, pero sobre todo, los mismos capos de poca monta que mueven estos tugurios. Una botella de tres dólares y se convierten en la fuente más confiable y prolífica que una reportera pudiera desear.

Lo bello de un auto descapotable es que el viento ayuda a despejar la cabeza y sofocar la embriaguez; ese último Mary Pickford estaba fuerte. Soy pequeña para beber tanto como me exige este trabajo. Lo bueno es que, hasta ahora, no conozco un barman que no esté dispuesto a ganarse un dólar ahorrándose cincuenta centavos de ron o ginebra de contrabando. Tampoco hacen muchas preguntas; para ellos, soy una minera de oro, creen que solo busco un hombre que pueda sostener su vicio y el mío. Quizá debí conseguir un snuggle pop para mantener la fachada.

Hogar, dulce hogar. Mi complejo de apartamentos es ideal para alguien como yo, que nunca está en casa. Ojalá hoy no me estén esperando…

No, no tengo tanta suerte, ahí está otra vez, ¿qué parte de “yo te llamo” no alcanza a comprender? Y, ¿de verdad cree que es discreto? El olor de su puro se distingue desde aquí y aún no bajo del auto.

No va a irse haga lo que haga, mejor acabar con esto.

—Buenas noches, oficial Doherty.

El tipo se levanta el sombrero y se ajusta la pesada gabardina antes de responder.

—¿Desde cuándo tan formal, Helena? —La voz es grave y el tono suave, sería sensual en un hombre más apuesto.

—Desde siempre, Desmond. ¿Qué es tan urgente que no podía esperar mi llamada o por lo menos hasta mañana cuando haya bebido café?

—Te traigo los agradecimientos del capitán. El arresto de los Valentini fue coser y cantar.

—Salió en la edición de la tarde del mismo día; el Chicago Underground se vendió muy bien por eso, supongo.

—Claro, claro, ahora creemos que el señor Marconi podría escribir algo digno de la primera plana de todos los periódicos. No solo encabezar la sección policial del diario local.

Así que de eso se trata; el tonto quiere que me meta con las familias grandes y, por supuesto, quedarse el crédito. Pero dejemos que gaste saliva, quiero saber tras de quién van. Aunque no me involucre, cualquier información se puede vender.

—¿Y de dónde va a sacar una historia tan jugosa? Una humilde redactora como yo no tiene idea de estas cosas, detective.

—Por supuesto que no, pero imagina que pudieras cubrir cada operativo que nos lleve al líder de los Farina.

Ambicioso, sin duda.

—¿No se supone que el jefe era Giordano Farina, el magnate de los olivos? Leí que estaba en prisión.

—Sí, el viejo Gio no molesta a nadie en su celda, pero ya había dejado el control a un sucesor. Sus negocios van mejor que nunca. Hemos organizado varias redadas y rara vez encontramos algo. Sus locales clandestinos permanecen surtidos como si el maldito alcohol apareciera de la nada. Quienquiera que sea tiene a sus capos bien organizados.

—Y cree que… el señor Marconi puede averiguar cómo lo hacen. Qué humilde de su parte reconocer que necesitan ayuda, detective.

—Sería un esfuerzo conjunto entre dos muy capaces investigadores.

Claro, como lo supuse.

—Déjeme pensar, detective. Lo veré mañana por la tarde, en el Daley’s, a las tres. Y esta vez, por favor, sea tan amable de esperar. Tengo un trabajo diurno, como bien sabe. Además, no me gusta ser vista con policías; hace que la gente deje de contarme cosas. Acuda de civil, si no le molesta.

Creo que no le gustó nada que le dijera qué hacer. Hombres. Ese orgullo tan frágil debe ser como un grillete que van arrastrando por la vida.

—Está bien —me dice al fin, aunque su tono lo delata, se ha ofendido—, será como quieres, esta vez.

—Ah, y, por favor, deja de tutearme en público.

Maldita sea, se me escapó; cuando lo reprendo, me sale natural.

Él se ríe, levanta las manos y se da la vuelta para marcharse. Casi puedo oír su sonrisa, como si se carcajeara en silencio. Bastardo arrogante. No tarda en subir a su auto y desaparecer en la noche. Yo ya no puedo desperdiciar más pensamientos en un policía de medio pelo.

Necesito considerar si voy a intentar descubrir y vender los secretos de una familia tan grande como los Farina. Casi que preferiría ir tras Capone; por lo menos sé quién es él. Necesito investigar, asesorarme, planificar. No, más que todo, necesito dormir.

La luz que se cuela entre las cortinas es lo que me despierta. Casi nunca recuerdo cómo acabé en la cama. Suelo llegar en la madrugada, agotada y a veces, como anoche, un poco ebria.

Volví a dormir vestida y maquillada. Nada bueno para mi cutis. Mi madre está gritándome desde su tumba. Casi puedo verla, buscando un pañuelo para limpiarme la cara en el bolso con que la enterramos. Mejor que lo haga yo misma, aunque tenga que aplicarlo todo de nuevo antes de irme a trabajar.

Un vestido modesto, más bien suelto, mangas hasta los codos y el dobladillo por debajo de la rodilla. Zapatos planos, una pañoleta y mi fiel cloche. Un poco de perfume y no queda ni rastro de la flapper que anoche salió de un tugurio oliendo a tabaco barato. Lo más difícil es arreglarme el cabello; necesito un buen número de pasadores para levantarlo y que parezca corto, a la moda. De ninguna manera pienso renunciar a mi hermosa cabellera negra, así que tengo que añadir esto a mi rutina.

Es un milagro que lo encuentre todo. No he tenido tiempo de arreglar y casi ni puedo recordar cuándo fue la última vez que cociné o que lavé yo misma mi ropa. De nuevo, pienso en el escándalo que mi estilo de vida sería para mi madre. Quien siempre me dijo que una dama debía ser señora de su casa, un ejemplo de limpieza y orden.

Bueno, por lo menos soy ahora una moderna oficinista, una redactora del Chicago Tribune. Un diario grande e influyente que me paga bien por pasar a máquina los artículos de sus reporteros. Entre los que, por supuesto, no puedo contarme. Me ofrecieron este trabajo cuando me presenté con mi título de periodismo y un portafolio de artículos perfectamente redactados a máquina. Bueno, por lo menos en algún aspecto los impresioné.

Es obvio el porqué del rechazo. El idiota de Patterson solo me miró de arriba a abajo, me llamó “hermosura” y me mandó a la sala de redacción. Creí tener oportunidad cuando el “coronel” McCormick tomó el mando total, pero hasta hoy no me ha concedido una entrevista. Que no le extrañe entonces que un tal Marconi esté robando sus fuentes y vendiendo primicias a otros diarios.

Mientras conduzco, busco señales de lo que serán las noticias cuando llegue. A veces, una puede ver nuevos hoyos de bala en las paredes, huellas de derrapes en el asfalto o un barrio con más policías de lo habitual. Son como heridas en la ciudad misma. Síntomas de una enfermedad llamada prohibición.

Pero pensar en política me da dolor de cabeza. O quizá solo sea la resaca; necesito comer algo antes de llegar. No creo aguantar hasta el almuerzo.

Al final decido que no hay tiempo de detenerme; ya voy lo bastante tarde para que me griten. Tal vez Emilia tenga algún bocadillo.

Ya estoy sentada frente a mi máquina, con media docena de manuscritos a mi izquierda, una pila de hojas en blanco a la derecha y un sonido de constante repiqueteo por todas partes. Lo que necesita mi resaca. El supervisor Johnson seguro dejará más y más notas en mi montón, como si darme trabajo fuera a lograr lo que sus insinuaciones no pueden.

—Buenos días, Helena —la mujer a mi lado no deja de escribir, ni para hablar ni para acercarme un bollito de supermercado, es un ángel con gafas y cabello rojo recogido—, ¿saliste a divertirte anoche?

—Buenos días, Emilia. Sí, algo así. Muchas gracias, en verdad lo necesitaba.

Me meto el regalo cubierto de chocolate a la boca y lo hago desaparecer tan rápido que no tiene tiempo de mancharme los dedos o la cara. Una habilidad de la que estoy orgullosa.

—Un placer, linda, pero por favor cuídate más, eres muy joven y soltera para descuidar tu figura.

Eso fue cruel; ella me lleva varios años y está felizmente casada. Aun así, luce como una de esas mujeres de los anuncios de cigarrillos. Por más que esconda su belleza en vestidos holgados, gafas y peinados sosos.

Mejor ponerme a trabajar antes de empezar el cotilleo, después debo pedirle ayuda, ella es mucho más de lo que otros ven en una treintañera mal vestida.

El primer manuscrito, hoy me tocan policiales. Excelente. Parece que ya hay un encabezado, no tendré que pensarlo yo.

Giacomo “Calvo” Valentini asesinado en prisión tras una trifulca.

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