
—¡Ja! Maldito sea el herrero, no afila bien las armas —ríe Miguel, su voz llegando clara hasta el escondite de Atenea—. Van a tener problemas en la armería.
—¡Te arrancaré la cabeza y se la daré a Cerbero, traidor! —El rugido de Zeus hace vibrar la piedra contra la espalda de Atenea.
Atenea se asoma lo justo para ver los ojos del Rey del Olimpo cambiar de un oro pálido a un rojo inyectado en sangre divina. Lanza un rayo crepitante, pero Miguel lo esquiva con una finta veloz, dejando que la electricidad calcine el aire donde flotaba hace un instante.
Oculta tras el muro, Atenea se ajusta el casco con fuerza. Su mano izquierda tiembla de forma visible, el sudor le recorre la cara y el cuello, y un pitido constante en sus oídos se amplifica cada segundo, impidiéndole concentrarse. Toma firmemente su lanza, intentando adivinar dónde está Miguel usando el sonido de su voz. Gira de golpe para lanzar su arma, pero un rayo de luz que desciende del palco superior la interrumpe. En un movimiento torpe, su lanza cae directo a la arena y ella se ve obligada a arrastrarse por el piso del palco.
El chirrido de un halcón invade el lugar mientras un destello solar parece caer directo sobre el arcángel. Miguel pega un grito y Atenea aprovecha la distracción para colarse hacia las escalinatas que bajan directo a la arena.
—¿Y estos qué hacen aquí? —gruñe el arcángel, sacudiéndose las cenizas de su ala humeante.
Dos destellos de luz potente entran por la escalinata, seguidos nuevamente por el chillido de halcón. Las manos de Atenea vuelan a sus oídos y cae en cuclillas mientras el sonido desgarra el mismo cielo; su cabeza zumba, la mirada se le empaña. Camina a tientas fuera de la arena y, al levantar la vista, ve a Zeus sujeto a los hombros del arcángel. Sus manos están cubiertas de rayos y chispas que saltan y reverberan por todos lados, hasta que la aureola espinada de Miguel comienza a girar, expandiéndose y cortando de tajo la sien de Zeus.
El sonido es espantoso: un chirrido agudo de hueso contra luz sólida. Las espinas muerden el cráneo, cortando piel y hueso, obligando al rey de los dioses a gritar mientras la sangre dorada rocía el rostro impasible del arcángel. Dos saetas de fuego cruzan el aire y los gritos de la gente se difuminan hacia el exterior.
Con la espalda pegada a la pared de la arena, Atenea se mueve poco a poco para alcanzar un arma que detecta a escasos metros, mientras el acido de su estomago sube por su garganta, y reprime con todas las fuerzas el impulso de vomitar.
Dos arcángeles disparan al unísono sus lanzas de luz que atraviesan a Deméter, quebrando su columna y clavándola contra el suelo de la arena como a un insecto de colección. Un nudo ardiente bloquea la garganta de Atenea; la lanza ya en su mano tiembla y la máscara de frialdad que la ha mantenido con vida amenaza con resquebrajarse, abriendo paso a las lágrimas que recorren su cara cubierta de hollín.
A escasos metros, las siluetas de Ares y Neftis discuten de forma feroz en medio del caos. Ares apunta su lanza al cuello de la egipcia; antes de poder amenazarla, un tentáculo de sombras brota de la nada. El impacto brutal aplasta al dios de la guerra y lo arroja lejos como a un muñeco. Libre, Neftis flota fuera de la arena, lanzando flechas oscuras a los ángeles que logra divisar.
Y un grito sobrenatural, gorgoteante y agónico, irrumpe en su atención.
Cerca de ahí, el arcángel Gabriel, blandiendo un mazo envuelto en llamas sagradas, ha capturado a Hades. Lo sujeta del cuello con una mano enguantada en hierro, obligándolo a abrir la mandíbula hasta casi dislocarla. Sin dudarlo, introduce la cabeza del mazo en su boca.
Atenea aparta la vista, pero el olor a carne quemada inunda sus fosas nasales. El fuego sagrado consume al dios desde adentro, cocinando sus órganos; un humo blanco sale por sus cuencas vacías antes de que el cuerpo inerte caiga al suelo.
Con el olor a carne calcinada taladrándole la nariz, Atenea se muerde el interior de la mejilla y obliga a sus piernas a correr hacia la salida, forzándose a no mirar atrás. Frente a ella, el chasquido de una ballesta rasga el aire. Hermes dispara virote tras virote, retrocediendo a tropezones mientras un ángel desciende en picada para interceptarlos. La criatura celestial cruza los brazos y usa sus gruesas alas como un escudo impenetrable, desviando la madera y el hierro con un tintineo metálico. Apenas el ángel separa las plumas para atacar, un látigo de luz rosada, incandescente y cegadora, le serpentea el cuello. Desde la altura, Eros tira del lazo luminoso con todas sus fuerzas, estrangulando al ser divino y estrellándolo contra las gradas de un solo jalón.
Fuera de los túneles, el caos es ensordecedor. El caballo de la carroza relincha despavorido, tirando con brusquedad de las riendas que Hermes sostiene a duras penas. En la batea, Hestia se aferra a la madera, arrinconada junto a una Perséfone en estado de shock y un par de acompañantes manchados de hollín. Atenea se impulsa y sube a trompicones por la parte trasera justo cuando el látigo de Hermes cruje en el aire. La carroza sale disparada, derrapando sobre la piedra y arrojándolas contra el fondo del vehículo. Atenea deja caer la cabeza pesada contra los tablones, cerrando los ojos para jalar aire. La falsa ilusión de escape se hace trizas un latido después.
En la arena, Ares carga su lanza y la dispara con una fuerza antinatural, su objetivo, Miguel la atrapa en el aire, frenando el acero divino a escasos centímetros de su rostro. Con una sonrisa perversa, el arcángel no la arroja de vuelta; sus alas estallan con un estampido sónico, acortando la distancia en un parpadeo. Desde el carro que se aleja hacia el sur, Atenea presencia la ejecución. Miguel embiste a Zeus, hundiendo el asta de la lanza por su estómago hasta que la punta asoma por la nuca con un crujido húmedo y repulsivo. Lejos de soltar a su presa, el arcángel afianza ambas manos en el arma y se eleva un par de metros, levantando a Zeus en vilo. Lo ondea en el aire, exhibiendo el cuerpo espástico del Rey de los Dioses como si fuera el estandarte macabro de un ejército conquistador, dejando que un aguacero de sangre dorada bañe la arena. Cuando se aburre del espectáculo, Miguel sacude el arma con asco y deja que el cadáver destrozado caiga de bruces al mármol. Con su muerte, los rayos en el cielo se vuelven erráticos y violentos, golpeando la tierra sin control.
Miguel nota la carroza que escapa rumbo al sur, sonrie confiado y extiende su mano, llama su hacha del cadáver de Poseidón; con un tirón seco, el hacha flota a la mano de Miguel mientras este vuela hacia ellos como un depredador que huele el miedo.
Por su parte, Atenea no tiene tiempo para pensar, toma del suelo de la carroza un escudo abollado y un gladius, asegura su lanza en la espalda y se arroja al vacío. El impacto contra el suelo a toda velocidad le roba el aire de los pulmones de un solo golpe. Rueda de forma descontrolada; la arena y la piedra raspan contra el metal de su armadura, magullando su carne bajo el acero, hasta que la inercia la escupe de rodillas, tosiendo polvo.
Apenas levanta la vista, Miguel arroja el hacha. El arma gira silbando en el aire, buscando el cráneo de Hestia en la carroza que se aleja.
Con un impulso desesperado, Atenea se interpone en la trayectoria y alza el escudo,el impacto no es un golpe; es una bala de cañon inhumana; los huesos de su antebrazo crujen bajo la presión aplastante y el metal divino chilla y, en un parpadeo, se torna totalmente negro, devorado por la energía del arcángel, antes de estallar en pedazos de metralla hirviendo.
La onda expansiva la arroja de espaldas contra la tierra.El mundo da vueltas. Con la visión emborronada, el hombro izquierdo entumecido y un pitido agudo taladrándole el cerebro, Atenea clava la punta del gladius en el suelo para usarlo como palanca. Sus músculos gritan de dolor. Las piernas le tiemblan al forzarse a levantar su propio peso, pero lo hace. Se pone en pie a trompicones, escupe un hilo de sangre y avanza hacia Miguel, sin escudo, apenas sosteniéndose, pero con la espada en alto y la mirada cargada de una furia asesina.
—Los tendrás sobre mi cadáver, pútrido ser de luz.
—Me parece un trato excelente —ruge Miguel, con una sonrisa en la cara.
Se abalanza sobre ella, rompiendo su postura con una patada al pecho que la derriba y le saca el aire de los pulmones. El arcángel alza el hacha para el golpe final: un tajo vertical directo al cráneo de la diosa.
El hacha se detiene en seco.
Una mano oscura, de garras afiladas, ha surgido de la nada para sujetar el mango del arma. Neftis está ahí, trepada a la espalda del arcángel como una sombra parásita, con sus garras perforando la armadura celestial.
—Dies Irae, bastardo —susurra la egipcia al oído del ser angelical.
Un tentáculo de sombras brota del suelo y golpea a Miguel en el costado. En el palco principal, Isis y Horus canalizan un último rayo solar amplificado. Pequeños tentáculos de oscuridad sujetan las extremidades de Miguel, mientras Neftis se aferra a sus hombros con fuerza letal, inmovilizando al verdugo.
El caos se extiende como una plaga y los otros arcángeles siguen luchando. Anteros dispara una flecha de fuego con precisión letal a un arcángel cubierto de brea, convirtiéndolo en una antorcha viviente que aúlla de dolor. Desafortunadamente, la criatura, cegada y en pánico, corre hacia las gradas de madera, prendiendo fuego al estadio en cuestión de segundos.
Gabriel, inmutable ante la carnicería a sus pies, alza su mazo envuelto en llamas y dispara un haz de luz divina hacia el palco real, derrumbando la estructura de mármol sobre Isis y Horus en una nube de polvo y escombros.
Sin el apoyo mágico, Miguel ruge de frustración. Atenea aprovecha el segundo de distracción, se recupera y, con un grito de guerra, clava el gladius en el ojo derecho del arcángel.
Miguel aúlla y extiende sus alas con una fuerza explosiva, liberándose de las sombras con una onda de choque que lanza a Neftis por los aires como si fuera una muñeca de trapo.
En el cielo, Gabriel abre un portal dorado que rasga la realidad mientras un coro de trompetas anuncia la retirada, sin mirar atrás, cruza. Los arcángeles sobrevivientes lo siguen con serenidad y Miguel, con la espada aun clavada, volando de manera errática, logra atravesar el umbral justo antes de que se cierre con un estruendo sordo.
El silencio cae de golpe, solo roto por el crepitar del fuego que devora la madera.
Neftis cae desde veinte metros de altura.
Atenea toma un último aliento, exhala, corre, y con un esfuerzo agónico, la atrapa en el aire apenas unos metros antes de impactar contra el suelo.
Ambas ruedan por la arena levantando polvo hasta detenerse. Atenea tiene a la egipcia en sus brazos, protegiéndola del impacto. Con la respiración agitada y el cuerpo tembloroso por la adrenalina, la diosa de la sabiduría mira los profundos ojos negros de la diosa de la oscuridad.
—Gracias... —susurra Atenea, perdida por un instante en la mirada y en la piel de la diosa egipcia, olvidando, casi perdida en un abrazo, solo por un segundo, que su mundo acaba de arder y que las cenizas del Olimpo caen sobre ellas como nieve negra.