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Obertura del Caos parte 1

Estrella Oscura: Disparo del Cosmo · por S.S. Arcana · 28 de agosto de 2026

 

500 D.C. – Distrito Griego

El estruendo de las ruedas de los carros romanos es devorado por los alaridos de un público que vitorea a sus campeones. Las gradas hierven de euforia, convertidas en un mar donde el vino se derrama sin control. En las secciones inferiores, un grupo de hombres griegos —la viva imagen de la Atenas clásica— grita y señala a su corredor; a escasos metros, media docena de egipcios hace retumbar el evento con trompetas de bronce.

Un carro blanco tirado por un majestuoso semental a juego corta el viento alrededor de la enorme pista, dejando una estela de arena a su paso. Su jinete es un joven de sonrisa inmadura, ojos color ámbar y un cabello ensortijado semejante a la lana de oveja; ríe y saluda a la gente, embriagado por el vértigo de la carrera.

A su lado, un carro dorado con detalles rojos y negros es arrastrado por un enorme caballo oscuro de crin larga, una bestia de sombras. La jinete, una mujer de piel de ébano y cabello lacio con destellos azulados, mantiene una expresión hierática. Es la antítesis viviente de su rival: sus ojos escrudiñan la meta y nada más. Ni el polvo que levantan las ruedas ni el clamor de las gradas parecen quebrar su concentración.

Sobre ellos, en los palcos superiores que dominan la arena, se alza una estructura de mármol pulido capaz de atrapar la escasa luz de aquel día grisáceo, proyectando un destello divino a través de una azulada y espesa neblina.

En el centro del balcón, un hombre de hombros anchos, barriga forjada en vino y espesa barba blanca aplaude chocando las palmas con fuerza. Es Zeus. El viejo dios sonríe rezumando arrogancia mientras su brazo izquierdo sujeta a su mujer contra su costado, tratándola como a un trofeo. Suelta una carcajada ronca al ver a su campeón tomar la delantera por apenas un palmo. La rival se mantiene serena frente a la ventaja de casi una rueda del corredor griego, cuya hazaña hace estallar a la audiencia local en un rugido ensordecedor.

El padre olímpico voltea a su derecha, curioso. Junto a Osiris e Isis, los líderes del panteón rival, descubre a una joven de piel canela y grandes ojos esmeralda. Unas orejas felinas coronan su cabeza y una cola negra se agita a sus espaldas con tirones nerviosos.

Zeus apenas logra procesar el duro codazo que se incrusta en sus costillas, un golpe seco que le arrebata el aliento y lo obliga a flexionarse. Hera lo fulmina; sus ojos color melón, más afilados que las lanzas espartanas, acribillan a su esposo al notar cómo su atención ha abandonado la carrera para observar sin discreción a la joven Bastet quien al percibir la lascivia del Dios del Rayo se encoge los hombros, gira el cuerpo y da un paso atrás hasta quedar oculta tras Isis. La matriarca egipcia ni se inmuta, jugueteando con una borla entre los dedos, ajena al drama conyugal.

En el palco inferior, Atenea descansa con el casco bajo el brazo, caminando en círculos sobre la piedra sin prestar atención a la pista; su vista permanece clavada en la Diosa del Hogar. Hestia, envuelta en esa paradoja de ser la más joven y a la vez la mayor, luce un cabello rojizo como brasas vivas y ojos escarlata. Permanece sentada en el borde de su asiento, observando la carrera con fascinación infantil al ver cómo el carro griego conserva la delantera. Feroz y rebosante de confianza, el jinete no cede un solo centímetro; la sonrisa parece esculpida en su rostro, incapaz de concebir el fracaso, arrastrado por el puro éxtasis de la velocidad.

A lo lejos, el Distrito Griego se levanta orgulloso entre columnatas de mármol y vastos viñedos. La arena en sí misma es un testamento de sincretismo: una amalgama arquitectónica que fusiona el coliseo romano con el teatro helénico. Sin embargo, la euforia trasciende los muros; la calzada principal hacia el Palacio de los Dioses rebosa de vida, ahogada en puestos callejeros, toldos de lino, mesas atiborradas de festines y animales de carga. No se trata de una simple festividad local, pues Zeus ha formalizado sus lazos con el Distrito Egipcio. Aquellas nuevas alianzas, selladas con sangre, vino y estos juegos olímpicos, representan el trofeo definitivo en su insaciable sed de poder.

De vuelta en la pista, la última curva espera abierta como las fauces de un lobo. Los ejes de los carros chocan, escupiendo un abanico de chispas y un chirrido que taladra los oídos. La multitud se vuelca sobre los parapetos, ahogando la arena con el bramido de trompetas y cantos a todo pulmón.

—¡Oye, Neftis! —grita el griego, sacándole una nariz de ventaja—. Después de esto acompáñame a celebrar mi victoria. La casa invita.

Neftis clava la vista al frente, convertida en hielo.

—Una roca —sentencia ella, tirando de las riendas para separar su carro con un giro brusco.

—¿Qué? No, no soy una roca, soy... ¡un cariñoso dios de los mensa...!

Las palabras mueren en la garganta de Hermes.

La rueda de madera impacta contra un peñasco oculto bajo el polvo, desenterrado por la erosión tras cincuenta cruentas vueltas. El impacto catapulta el vehículo hacia la derecha, transformándolo en un proyectil descontrolado que vuelca en el aire, da múltiples giros de campana y se hace pedazos contra el muro perimetral. Con el arnés destrozado, el semental blanco huye despavorido, rasgando el aire con relinchos de pánico.

En la grada inferior, Hestia da un salto, aferrándose al borde de piedra.

—Hermes—susurra, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta.

Atenea desciende las escaleras a zancadas, flanqueada por tres legionarios romanos blindados. Muy por encima de ellas, en el palco superior, las carcajadas de Zeus retumban a modo de trueno, genuinamente complacido por la torpeza de su propio hijo. Abajo, el carro egipcio cruza la meta, perdiendo velocidad en un trazo elegante; sin aflojar las riendas, Neftis conduce a la bestia hacia la salida, erguida e impasible, incapaz de regalarle al herido una sola mirada por encima del hombro.

El espléndido carruaje blanco es ahora un amasijo de astillas y bronce torcido. Entre los escombros, Hermes clava las manos en la arena, intentando erguirse, pero las piernas no le responden. Atenea llega en su auxilio, apartando las vigas rotas a fuerza pura, exponiendo al Dios de los Ladrones ante la burla masiva, bañado en tierra, sangre y magulladuras. Lejos de compadecerlo, la mitad del estadio imita a su rey, rompiendo a carcajadas a costa del Mensajero del Olimpo.

El rostro de Hera transita de una palidez mortal al carmesí de la ira en cuestión de segundos. Al levantarse para exigir silencio a la plebe, los dedos gruesos de Zeus se cierran sobre su muñeca, tirando de ella hasta estamparla de nuevo contra el asiento.

—Disfruta el espectáculo, mujer —gruñe él, ahogando una risita al ver cómo los legionarios arrastran a Hermes por la arena como si fuese un costal.

—Zeus —interviene Osiris, cuya voz grave emite un eco profundo que hace vibrar la piedra bajo sus pies—. ¿Estás seguro de que el muchacho se encuentra bien?

—Se le pasará, ha caído de peores lugares. —El patriarca griego estalla en otra carcajada, frotándose las manos—. Muy bien, la carrera ha terminado. ¿Qué sigue?

—Un presente, antes de continuar —dice Isis. Junto a ella, Bastet retira una manta de seda, revelando una jaula con media docena de criaturas—. Felinos egipcios. Particularmente dóciles. Un regalo de la realeza para la realeza.

—Magnífico. Los soltaremos en el Trono del Trueno; ya mandaré a Hermes a que los alimente.

Osiris asiente con solemnidad. Escoltada por Isis, Bastet desciende por la escalinata para llevar la jaula hacia el palacio griego.

Abajo, la arena se transforma. Los esclavos colocan las dianas para el tiro con arco con una exactitud milimétrica. El interludio es jovial; el vino corre entre los asistentes, manchando túnicas y piedra, mientras los vendedores llenan sus bolsas.

El cuerno suena, anunciando el cambio de prueba.

—¡Anteros! —brama el anunciador.

El dios del amor correspondido, una rareza entre los olímpicos gracias a sus oscuras alas de mariposa de obsidiana, tensa el arco. Su mirada blanca se fija en el objetivo. Dispara. La flecha deja una estela violeta y se clava cerca del centro.

—¡Noventa puntos! —grita el juez.

Atenea se recarga en el muro adjunto a la escalinata de los palcos, cerrando los ojos para encontrar algo de cobijo en la fría roca.

El aire se rasga con un zumbido agudo, idéntico al llanto de una arpía en agonía. Una ola de estática eriza el ambiente en un crepitar continuo. Atenea abre los ojos de golpe, buscando el origen del sonido justo cuando la diana frente a ella estalla en una nube de astillas y humo. En el centro de un cráter ardiente, clavada con orgullo, vibra una lanza de luz pura, escupiendo chispas de energía blanquecina.

Una voz amplificada y divina resuena desde el cielo, cargada de un eco artificial y anormalmente grave:

—¿Y esa cuántos puntos vale?

Una risa cristalina desciende de las alturas. Atenea alza la vista y logra distinguir un par de alas azules, enormes. Miguel, el arcángel, flota sobre la arena rodeado por tres arcángeles más que desenfundan alabardas resplandecientes, flanqueados por al menos una decena de ángeles menores que sobrevuelan la arena.

Atenea desenfunda su lanza; sus piernas reaccionan antes que su mente. Corre, subiendo las gradas por las escaleras en forma de túnel, donde la piedra bloquea su visión lateral. El eco distorsiona los alaridos: voces desgarradas, súplicas y un crujir de huesos rebotan en las paredes mientras el piso vibra y retumba bajo sus pies. Pequeñas explosiones inundan el ambiente, acelerando su respiración, hasta que el pánico estalla como una ola física. La multitud se ha convertido en una marea de carne que se atropella, arrojándose de las gradas o saturando los túneles de salida.

La mirada de Atenea barre el caos hasta posarse en Hestia. Corre hacia ella, le toma la mano y la guía hacia una pequeña escalera oculta que baja directo al exterior del coliseo.

Cuando Hestia pone el pie en el primer escalón, un trueno colosal rompe el mundo, sacudiendo los cimientos del estadio.

—¡Este no es tu lugar, arcángel! —brama Zeus; su voz es un eco divino capaz de hacer temblar el suelo—. ¡Lárgate o enfrenta mi ley!

El cabello de Atenea se esponja por la estática y el vello de sus brazos se eriza al observar cómo la oscuridad apaga el ya gris día, tiñendo el cielo de ceniza. Suelta a Hestia para que baje sola y se gira hacia la arena.

—¿Tu ley? —Miguel desciende con una cadencia burlona—. Por favor... Plaga miserable. Ídolos de plata y oro, obra de manos humanas. —Atenea aprieta la mandíbula, sintiendo el aire cargado de ozono quemarle los pulmones—. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; tienen orejas, mas no oyen, ¡y no hay aliento en sus bocas!

Su voz retumba en todo el distrito, taladrando los oídos de la diosa.

—¡Este no fue el pacto con Jehová! —Zeus se eleva de su trono, levitando mientras el cielo del Mictlán se oscurece aún más con nubes de tormenta cargadas de ira.

—Tienes toda la razón, eres muy inteligente, Zeus—El silencio corta el aire. Miguel inclina la cabeza y una sombra cubre la mitad de su rostro, dando paso a una sonrisa de muerte que se dibuja en sus labios—: pero Jehová no está aquí.

Miguel arroja su hacha con un movimiento seco. El arma gira en el aire silbando, buscando a Deméter, quien grita, retenida por un ángel en las gradas.

—¡No! —una voz grave y profunda se rompe.

Un sonido viscoso, húmedo y desgarrador a la vez, interrumpe el grito cuando el acero encuentra carne y hueso.

Justo en la grada de enfrente, la respiración de Atenea se detiene. Sus ojos se abren de par en par y un grito muere en su garganta. A escasos diez metros, Poseidón cae de rodillas. El Dios de los Mares se lleva las manos a la garganta —o a lo que queda de ella— tratando inútilmente de contener el torrente vital que escapa entre sus dedos; el hacha de Miguel le ha cercenado medio cuello al interponerse. Poseidón extiende una mano temblorosa, manchada de icor, hacia su hermana Deméter, y luego se desploma, congelado en su último gesto de agonía.

La vista de Atenea baja durante un segundo eterno, un latido que ella misma podría contar con calma. Un destello parpadea en su visión periférica y su brazo se dispara hacia arriba antes de poder pensarlo. El impacto de dos saetas doradas hace vibrar los huesos de su antebrazo al perforar la cubierta del escudo. Su respiración se agita mientras se arroja a cubierto detrás de una pared.

 

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