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Capitulo 1: Disparo del Cosmo

Estrella Oscura: Disparo del Cosmo · por S.S. Arcana · 28 de agosto de 2026

 

24 de enero de 2025, 9:00 p.m. - Distrito de New Orleans, Mictlán.

Ecos metálicos quiebran la bóveda celeste y la despojan del azul marino nocturno. Como una melodía insidiosa, tonos magenta y violeta se abren camino hacia la tierra, formando un lamento afilado que reza un dolor perpetuo: «Este mundo solo va a romper tu corazón».

Su mente naufraga en un estanque espeso como el almíbar. Ajena a su propio ser, un letargo de breves segundos muta en una odisea milenaria mientras, a través del manto del inframundo donde el firmamento es un eco olvidado, se desliza el suspiro del titán caído. Un sol sin órbita, un destello efímero en el abismo, cuyo destino se funde en la ironía: arder sin tregua en las llamas de la inmensidad, consciente de que, al alzar la vista, nadie logrará identificar la sombra de su fulgor.

Porque en este mundo, lo que más resplandece es aquello que ya se apagó.

Los colosales edificios criollos y victorianos del Distrito de Nueva Orleans se alzan como testigos del impacto. El choque impregna el ambiente con olor a fresas y acero; un tufo intrusivo que colisiona contra la humedad y la madera vieja de la metrópoli, mientras una neblina azulada arropa las calles, vibrantes bajo el estruendo de trompetas e instrumentos de viento que emergen del corazón del distrito.

Como evidencia del desastre, un cráter glacial, teñido de azul blanquecino y palpitante de estática, perdura como la única cicatriz terrestre del evento. Y en el fondo, yace ella.

De su cabello blanquecino brotan tres plumas iridiscentes en tono magenta, las cuales pulsan a un ritmo desesperado. La mujer, de tez morena, permanece inmóvil mientras pequeños arcos eléctricos emanan de su cuerpo, buscando tierra y chisporroteando sin control sobre la escarcha.

Después de algunos minutos, la carga eléctrica baja y el ambiente se vuelve cada vez más frío. La joven viste un traje negro ceñido, surcado por pictogramas indescifrables que zumban cargados de energía. La anormal quietud de la periferia provoca que, durante cincuenta minutos, el lugar quede encapsulado en el tiempo, semejante a una fotografía arruinada por el grano de una cámara antigua. Los demás habitantes han preferido evitar la zona, encerrándose tras ventanas tapiadas para no cruzar miradas curiosas con el cataclismo.

Un zumbido eléctrico rompe el silencio.

De entre los mechones de la joven, una esfera de bronce rueda hasta el suelo. El artefacto enciende un halo blanco, perfila un ojo luminoso en su centro y, en un parpadeo, levita. Gira hacia los lados, emite un tintineo de cristal ahogado bajo el agua y, tras un instante de escrutinio, enfoca la pupila artificial hacia la mujer.

El traje negro parpadea igual que un fallo gráfico, hasta que el resplandor blanco envuelve el cuerpo de la joven. La luz sustituye el material extraño por un vestido negro con detalles blancos, mallas oscuras y un par sencillo de zapatos. La esfera da un último giro para observar el perímetro, flota de regreso hacia su dueña, se escabulle dentro del bolsillo del vestido y se apaga.

Finalmente, tose. Un montón de partículas de hielo vuelan por el aire al tiempo que sus manos se van a la cabeza y los ojos grandes, color ópalo, escanean el agujero en el que se encuentra. Con dificultad se pone de pie, tambaleándose, y con pasos erráticos llega al borde. La joven se aferra a la tierra escarchada y tira de su propio peso con un esfuerzo agónico. El cráter emana estática y un frío punzante que electrifica el aire, erizando el vello de sus brazos. Al arrastrarse hasta la superficie, tira de la falda del vestido, observa la prenda con desconcierto y lleva la mano libre a la cabeza para masajear el cráneo en círculos.

«¿Por qué estoy así?», piensa, con los puños apretados. «Esta ropa... no debería llevarla. ¿Qué salió mal? Yo no quería... ¿Qué era lo que no quería?».

El vacío la golpea. Una pantalla en blanco, atestada de estática, reemplaza el lugar donde deberían habitar sus recuerdos.

Extiende las manos frente al rostro, articula los dedos y se pone de pie a tropezones, sintiendo cómo los pies se hunden en el lodo gélido con cada paso que la aleja del cráter. Su mirada enfoca la salida del callejón: una vía recta y desierta, flanqueada por bloques de viviendas desgastadas y azotadas por la humedad del lugar.

Ella avanza a trompicones mientras su respiración agitada absorbe los olores del entorno: tabaco rancio, hierba, humedad y el rastro inconfundible de materia orgánica putrefacta. En su odisea sin destino, desvía sus pasos del camino principal para observar una ventana donde una pesada cortina de terciopelo deja escapar un rastro de luz por los bordes. Aunque la tela bloquea la vista, el sonido logra filtrarse: algunas voces, susurros y murmullos que, al principio, suenan cotidianos hasta que comienzan a distorsionarse. Las frecuencias colisionan, semejantes a una radio mal sintonizada, y degeneran en un zumbido agudo, una polilla electrónica que aletea contra las paredes de su cráneo.

Mareada por la cacofonía, cae de rodillas, entierra los dedos en la tierra azulada y, con la mano libre, se sujeta la cabeza en un intento por asfixiar el ruido. Al pasarse los dedos por el cabello, roza las plumas que se entrelazan con los mechones, las cuales emiten un débil resplandor magenta. Tira de una; es larga, suave.

La calle yace a oscuras y una ráfaga de viento helado le azota el rostro. Ecos y parajes distantes inundan su mente, donde una voz cargada de estática arrastra su consciencia hacia otro mundo y canta con reverberación:

«And if you go chasing rabbits, and you know you're going to fall...»

Avanza con pequeños pasos pegada a los muros hasta una intersección iluminada, donde cada pisada que da resuena como un golpe en el cráneo. A media cuadra, una banda de swing quiebra el silencio del lugar. El chillido de una trompeta compite contra el rugido del saxofón en un duelo de metales batiéndose en medio de la noche; sin censura ni sutilezas, el metal suena a máximo volumen, mientras que las notas graves del contrabajo retumban en su pecho, latiendo como un segundo corazón. La música la embiste e inyecta un pulso nuevo en el laberinto de asfalto.

Sus manos intentan trazar círculos en el aire. Los dedos se mueven movidos por un reflejo ciego, buscando tocar algo en la nada, mientras la mente le vibra con estática y una oleada de interferencias le satura los oídos; recordar duele. Sin embargo, los fragmentos persisten, o quizás es solo el instinto y la memoria muscular los que la obligan a teclear sobre un piano imaginario. Gira las muñecas y aprieta la mandíbula al no obtener respuestas.

El trance es interrumpido por el estrépito de dos botes de basura. Su mirada se clava en el vuelco de los contenedores, de cuyos desechos emerge una criatura que supera el tamaño de un pato, con plumaje gris y un hocico repleto de dientes amarillos. El animal la observa directo a los ojos mientras grazna en un tono de burla. El corazón de la joven da un vuelco; retrocede un paso y alza las manos en guardia, cerrando los puños y elevándolos a la altura del rostro. La criatura ladea la cabeza, emite un graznido bronco similar a una mofa, sostiene el escrutinio un instante, gira sobre sí misma y se aleja en dos patas hasta perderse en el callejón.

Desde una cornisa continúa vibrando la melodía ajena al jazz, un flujo de notas que evoca espirales de color consumiéndose en un ciclo sin fin, como si animales de patas largas saltaran desde el tejado. La voz continúa entonando colores que giran alrededor de su cabeza, alcanzando frecuencias que trascienden el entorno. Las plumas en su cabello se agitan al ritmo de la música, y los graves provocan destellos en el magenta, pulsando al compás de su corazón.

Sus ojos opalinos levantan la vista y barren el firmamento: un lienzo azul marino teñido de negro, salpicado de estrellas mortecinas y una luna calada por los siglos. Más allá, entre nubes altas, se adivina un segundo cuerpo celeste de fulgor azul.

Sus dedos vuelven a agitarse en el aire, imitando el movimiento de quien resuelve un rompecabezas invisible. Al bajar la mirada y descubrir el vacío en sus palmas, la decepción la asalta como el fantasma de un dispositivo que ya no está.

—¿Será que todo lo que podía salir mal... salió mal?

La duda le inunda la mente, formando un eco que golpea las paredes del cráneo.

Al fondo de la calle, una luz azul parpadea en un ventanal.

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