La noche de la caída del cometa…
La noche, serena y cargada de electricidad, extiende su manto sobre el Inframundo. Al suroeste de la megalópolis de Yomigahara —el gran distrito nipón—, en un rincón olvidado por el tiempo, se alza una institución de muros negros y vitrales inmensos. Dos cúpulas coronan la estructura, imponentes, como si aún guardasen la memoria de un poder asfixiado bajo el óxido.
En el corazón de ese edificio habita una familia de cuyo nombre es mejor no acordarse: los últimos vestigios de una cultura que conoció días de esplendor sobre las mareas, reducida a la sombra marchita de su propio legado. Un linaje que alguna vez gobernó los océanos, pero que hoy escarba la tierra como roedores, intentando desenterrar un brillo que ni el mineral más puro podrá devolverles.
En la cúpula secundaria, una joven delgada, de cabellera negra cortada a trasquilones, con los ojos delineados como un abismo de tinta. Reposa en su cama: demacrada, con el maquillaje corrido por el llanto reciente. Un reproductor de música es el único testigo de su abandono.
De la pequeña bocina de un teléfono blanco reluciente, con la pantalla astillada, brota un murmullo, un beat electrónico y minimalista que acompaña su respiración, como si el eco del mundo entero se redujera a esa vibración:
“You're on your own. In the world you've grown”
La voz aguda del vocalista sigue su curso, cómplice silencioso del dolor que la sumerge en aguas heladas hasta hacerla temblar.
Y por la ventana la cala se rompe, un destello color magenta irrumpe la puesta en escena, durante un par de segundos la habitación se ilumina del imposible color y el crepitar de un trueno fractura la epifanía de su tristeza. La joven de piel cerúlea se incorpora, secando sus lágrimas con las mangas del cardigan que lleva puesto, acción seguida de jalar la manga del mismo para ocultar un vendaje en su muñeca izquierda que levemente se tiñe de rojo.
Levanta la vista.
A lo lejos, las nubes forman un halo. En el centro, un cometa —un suspiro de fuego violeta— cruza la megalópolis de norte a sur, dejando una estela de polvo que titila como una promesa. Su respiración se acelera, el cometa parece tan cercano que podría rozarlo, y sin embargo, inalcanzable. Cada kilómetro que desciende es un gramo de esperanza inyectado en sus venas: un motivo, una llamada, una excusa barata para escapar del encierro y darle sentido a una noche que duele, a una existencia que ya duele demasiado, que pesa demasiado.
La zona del impacto no deja dudas: hacia el sur, en las entrañas de Nueva Orleans. Una corriente eléctrica recorre su espina dorsal, despertando cada músculo adormecido por la melancolía y el temblor en sus manos regresa, pero impulsado por la adrenalina. El cometa encendió algo en su interior: la ilusión estúpida y necesaria de creer que no fue un accidente, fue un mensaje, algo que, al fin, era para ella.
—¿Me habrán escuchado? —susurra Cordelia, con la voz astillada.
Tira de las mangas de su suéter hasta cubrirse los nudillos y camina en círculos por la habitación, abrazándose el torso en busca de calor.
—Tranquila, Cordelia. Piensa. Esto no pasa todos los días, ni en siglos. ¿Qué demonios fue eso? — se repite, con el cerebro trabajando a mil por hora.
La cantidad de ideas que aparecen en su cabeza superan por mucho la cantidad de las mismas que puede entender. Ya perdida totalmente en el evento, y resuelta a una sola conclusión: Salir a ver qué ha ocurrido.
Cordelia baja las escaleras, tragándose el peso de sus pisadas y conteniendo el aliento. Rápida y en sigilo. Desciende hacia la sala principal del instituto, donde cientos de minerales yacen apilados en cajas de exhibición donde el aire huele a polvo de roca y reactivos alquímicos; el museo personal de unos padres obsesionados con el pasado.
Sus pasos se detienen en seco, la puerta principal se encuentra bloqueada con llave, y es que, desde hace un año las puertas del instituto y la propia Cordelia suelen quedar bajo llave durante horas, la puerta, bajo una chapa de acero y Cordelia, con un par de esposas.
La mano derecha de la joven cerúlea se cubre de escarcha , levemente sus ojos se iluminan de azul celeste, y la temperatura fría del interior del lugar, grado a grado baja aún más. Posa la mano directo en la chapa de la puerta, congelándola segundo a segundo, haciendo que su estructura interna comience a fracturarse.
Y de una patada contundente ayudada de una de las pesadas botas que usa, el mecanismo, la chapa, y un trozo de puerta, vuelve por los aires. La pesada puerta se abre hacia afuera, revelando el paisaje arenoso de la playa donde el instituto descansa. Metros mas adelante y ya en camino al camino principal, un cobertizo armado con tablas viejas de madera y laminas se oculta detras de un par de palmeras que apenas sobreviven al fio clima de esa playa. Cordelia ya con la marcha apurada sujetando la llave del improvisado lugar y con los ojos secos de lágrimas pero llenos de aparente motivación.
Dentro del cobertizo, una bicicleta antigua que Cordelia empuja con fuerza, ¿La razón del peso abrumador para la joven?, en medio del cuadro yace instalado un viejo motor de gasolina a dos tiempos, una reliquia de otra época que se niega a morir, y conforme la joven empuja, poco a poco comienza a toser bocanadas de humo negro de aroma aceitoso y densas como la tinta de un pulpo.
Con velocidad suficiente y ya encaminada, el aparato resuena como un mosquito mientras Cordelia sujeta el manubrio con una mano, y con la otra selecciona en su dispositivo una canción, de su lista se reproduce <<Snowman, de Sia>>.
— Tal vez un angel, o, tal vez un dios, o mejor aun, una diosa — Dice la joven en voz alta, hablando consigo misma con naturalidad.
— Bueno, sea lo que sea puedo ayudar, yo le vi caer —
<<¿Quien puede atrapar tus lagrimas si no me puedes atrapar a mi?>>
3 horas después…
La ligera llovizna que interceptó a Cordelia al ingresar al Distrito de Nueva Orleans, poco a poco se convirtió en una lluvia constante. Para la joven Cordelia encontrar el sitio del impacto no fue difícil, en una ciudad tan caótica y llena de luces por la noche, el sector que yace sepultado en penumbras grita a todo volumen que algo ha ocurrido cerca.
Y frente a ella, en la orilla del cráter, nada.
—¿Is there anybody out there? —grita al abismo, con la voz rota—. ¿Hola?
Silencio. Solo el viento agitando los juncos muertos.
Cordelia se asoma al borde del pozo helado.
—¿Hay alguien ahí dentro? Solo haz un ruido si puedes oírme… —súplica la joven titubeando.
—Como siempre. Algo brilla en mi maldita vida y, sorpresa, todo es un pozo vacío… ¡Aquí no hay nada! ¡Yo lo vi caer!
Frustrada, patea una roca con furia. La piedra sale disparada y choca contra un bote de basura metálico, derribándolo con un estruendo que derrama lodo y restos podridos sobre el camino.
—Perfecto. Lo que faltaba
De forma súbita, se deja caer en el barro, con el cabello ya empapado y el maquillaje corrido, sola, como siempre se había sentido, pero hoy no había interpretación que pudiera caer en un sesgo. Cada lágrima que derrama, valida cada día que se sintió abandonada, cada lagrima derramada perfora un corazón que se ha convencido de no sentir y sin embargo, siente, siente demasiado.