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Capitulo 3: Autónoma

Estrella Oscura: Disparo del Cosmo · por S.S. Arcana · 28 de agosto de 2026

                    

25 de Enero de 2025, 2:55am - Distrito de New Orleans, Mictlan.

El resplandor carmesí de la esfera de bronce baña la casona. Su cubierta, un pulido metálico impecable, emana estática. La iluminación del lugar languidece, debilitada, casi como si el artefacto la absorbiera. Solo la llama de una veladora junto a la ventana resiste el evento.

Pascual se desabrocha el cinturón que oculta un segundo revólver. Alza las palmas en señal de tregua y sonríe.

—Identifíquese en este instante —exige la esfera palpitando su aura escarlata.

Pascual asiente. Deja caer el cuero al piso y levanta las manos, observa a la maquina directo a la proyección del ojo y responde:

—Soy Adolfo Pascual López Infante, pa' servirle. Oficial del Mictlán. En mi jurisdicción, y en mi domicilio personal. —La sonrisa no abandona su rostro ni la firmeza de la postura.

—¿Ubicación? —cuestiona el orbe. Su pupila artificial escruta a la joven pálida, ya despierta, que tiembla aferrada a un cojín.

La máquina levita en círculos por la sala y transmuta su luz a un tono blanco prístino, proyectando una imagen de las estrellas que comienza a hacer zoom conforme desenmaraña la localización.

—Segundo satélite del tercer planeta del sistema G2V, situado en el Brazo de Orión de la galaxia Vía Láctea, dentro del Grupo Local. No hay riesgo.

Se apaga. Cae a plomo contra las duelas y rueda hacia la joven. Ella intenta retroceder, presa del pánico, pero el artefacto da un brinco impulsado por inercia y se cuela en el bolsillo del vestido.

—Qué espectáculo. —Hermes ríe y avanza un par de pasos—. Esto confirma mi sospecha. Sí cayó alguien del cielo.

—Sospecha o no, mensajero, no estás en el patio del vecino. Aquí no vas a hacer lo que te plazca. —Pascual se pone en cuclillas, recoge el cinturón y lo ajusta a su cintura. El seguro de la hebilla, con forma de cráneo, encaja con un chasquido metálico.

—Lo sé, lo sé. Mire, Pascual, Hestia me envió. Usted sabe cómo es ella, le estaríamos quitando un peso de encima. —Hermes destila arrogancia—. Nadie tiene que enterarse. ¿Verdad, mi Nia?

Las alas de Harmonía se despliegan, rígidas. Sus antenas, antes doblegadas por el miedo, se yerguen apuntando al dios de los ladrones. El rubor le enciende las mejillas; su habitual mirada cálida adquiere un matiz feroz, aunque incapaz de borrar del todo su rasgo pueril.

—No me vuelvas a llamar así. ¿Entendido?

—¿Acaso soy mercancía extraviada? —Una voz ronca interrumpe el duelo.

Las plumas de la forastera se alzan de nuevo, latiendo al ritmo de un marcapasos. Los tres presentes giran la vista hacia ella. Pascual acorta la distancia y le ofrece la mano.

—Mija, creí que ya se nos iba. Mucho gusto verla mejor, no quería colgar el listón negro en la puerta, por Dios que no.

Harmonía ignora al mensajero. Planea a ras de suelo hasta la joven, esboza una sonrisa y alza la palma a modo de saludo. La desconocida examina el gesto, mira su propia mano y lo imita.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Harmonía, conteniendo una risa amistosa.

La joven clava los ojos en las duelas. Su mente escarba entre las ruinas de su memoria; ecos de estática rebotan en su cráneo hasta que el canto psicodélico de las calles le dicta una respuesta:

—Me llamo Grace. O al menos, estoy un noventa por ciento segura de ello. —Se encoge de hombros y palpa el bolsillo para rozar la esfera cobriza—. Y ella es Eclipse. No le hagan caso, es una chatarra escandalosa que encontré en... bueno... —Sus ojos opalinos se pierden en el vacío, buscando una coartada inexistente—. Por ahí.

La mentira es evidente, traicionada por una sonrisa tensa y unos párpados abiertos al límite, negándose a pestañear.

—Bueno, Grace, te tengo una noticia excelente. Hestia te abre las puertas para integrarte al distrito. —Como el destello de una cámara, Hermes se materializa junto a la joven. Un rastro de chispas doradas se desvanece sobre la madera a sus espaldas—. Mira, puedes darnos el "sí" allá afuera para no herir los sentimientos de los presentes, servir a Hestia es un honor..

—Mija, no es por meterle ruido en la cabeza, pero aguante un poco. Hay un cuarto de huéspedes arriba. Por mí, pasa lo que resta de la madrugada aquí y nos almorzamos unos tacos y unos chilitos que preparé en vinagre —interviene Pascual, retrocediendo un par de pasos—. Usted no tiene pinta de haber bajado del barco que nos trae a los mortales. Puede ver la novela, recostarse y aclarar sus dudas con Harmonía, si ella gusta quedarse también.

—En diez minutos podríamos estar en la recepción del Refugio si me dejas guiarte. Hestia te va a caer increíble. ¿Qué dices, Grace? —insiste el dios.

La joven de las plumas iridiscentes frunce el ceño y avanza dos zancadas hacia la escalera de la casona. Sus ojos se clavan en el mensajero olímpico. Exhala el aire retenido. aprieta los puños. Muerde su labio inferior e inspira:

—No.

Da un paso más y se aferra el barandal de ciprés, manteniendo una visible tensión en sus brazos.

Hermes suelta una risa seca. Muestra los dientes y entorna los ojos. El dios de los ladrones proyecta una arrogancia inquebrantable, cómodo incluso en terreno ajeno.

—Ya la oíste, mushasho. Dile a Hestia que no hay nada de su incumbencia aquí en Nueva Orleans —sentencia Pascual, acortando la distancia hacia la salida.

—¿Harmonía? ¿Prima? —Hermes gira la cabeza hacia la diosa alada.

—Eres mi tío, y, sabes que mi familia no sirve a Hestia—La diosa de la concordia clava la vista en las duelas de madera.

—Qué falta de lealtad familiar. En fin. —Hermes agarra el pomo de la puerta, sin dar la espalda al salón—. Hestia confiaba en que aquello que cayó con el cometa vendría al Refugio, es un gran lugar ¿sabes?.

Pascual se masajea la frente. Antes de que logre expulsar al mensajero con una orden tajante, la forastera irrumpe de nuevo; sus iris se electrifican con un fulgor magenta.

—Hestia, Hestia, Hestia... No la conozco. ¿Ella me conoce a mí? Que venga en persona a presentar sus peticiones. Mientras tanto, me voy. No quiero saber nada de sus encargos.

La joven atropella las palabras, tensando la mandíbula y apretando los dientes, sus dedos temblequean y desprovista de aliento, da media vuelta y huye a tropezones por los escalones hacia el segundo piso.

Harmonía vigila a Hermes de reojo. Pascual sostiene el duelo de miradas con el mensajero, hasta que el estruendo de una puerta resuena en la planta alta, un golpe en seco seguido de un quejido agudo como el de un gato.

—Es la habitación del fondo, mija. Está abierta, la llave la dejé sobre el escritorio —grita Pascual, recuperando la afabilidad.

—Gracias —responde Grace desde la cima, aturdida por el fuerte golpe. Su voz suena frágil, despojada por completo de la furia anterior.

Hermes negó con la cabeza. Se rasca la mejilla, se alborota el cabello de la frente con la mano libre y se encoge de hombros con una sonrisa amarga.

—El Olimpo debería mantenerse unido. Todos. ¿Nos separamos? ¿Nos exiliamos en distritos gobernados por mortales? Entonces Él ganó ese día. —Hermes gira sobre sus talones.

—¡Todos perdimos ese día, no solo tú! —Estalla Harmonía.

—Tú aún tienes a tus padres. Ambos preocupados por ti, por cierto.

Una lágrima furtiva resbala por el rostro del dios de los viajeros. Cruza el umbral y cierra la puerta a sus espaldas, devolviéndole el silencio a la casona.

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