24 de Enero de 2025, 09:55pm - Distrito de New Orleans, Mictlan.
La gran casona al fondo de la calle exhibe muros verde oliva y molduras ocre, una pequeña bandera mexicana ondea en el balcón, escoltada por una cascada de rosas que se desploma desde el cuarto piso hasta enraizarse en el jardín. A través de la ventana, en el interior se logra ver fiel a la tónica del lugar, una guitarra olvidada.
«¿Por qué hay música en todas partes?» piensa ella.
Sin embargo, una certeza irrumpe en su mente: ese sonido, trivial para los habitantes del sitio, es para ella una baliza un toque inconfundible que calibra sus coordenadas en el universo, un cruce de frecuencias único entre miles de millones que le brinda su primer respuesta clara; El planeta Tierra, en la vía láctea.
Perdida en el recuerdo de aquel eco cósmico, permanece inmóvil en medio de la calzada. La realidad parece suspenderse: la noche, el aire gélido, la tormenta inminente, el acceso a un recuerdo personal es inutil, sabe demasiado y al mismo tiempo no es capaz de reconocerse. Un relámpago repentino, seguido por el rugido de un corno ahogado en los pantanos, quiebra el trance.
Con el dorso de las manos se limpia el rostro y emprende la carrera hacia la casona. La melodía persiste a través de los muros: «Más allá del mar habrá un lugar, donde el sol cada mañana brille más…». Con cada zancada, la visión periférica se enturbia. La estática arremete contra su cerebro como un latigazo. Por fracciones de segundo, el paisaje húmedo de la ciudad se desintegra; pasillos de metal, luces blancas y paneles de control se superponen a la clásica fachada criolla.
La desorientación le cobra factura al pisar un charco. Resbala. La segunda caída de la noche carece de la magnitud cósmica del primer impacto, pero suma una capa extra de humillación. Sus ropas empapadas se embadurnan de fango espeso y fétido, su mandíbula choca contra el suelo y el golpe proyecta un dardo de dolor directo al cráneo. Deja escapar un gemido miserable, un aullido asfixiado que denota agotamiento absoluto.
El impacto coincide con el crujido de la puerta principal. En el umbral se recorta una silueta de piel violácea y ojos amatista. La mujer, envuelta en un vestido amarillo, acude al socorro. Su rasgo más extraño no es la tez, sino el par de enormes alas de libélula que brotan de su espalda. Las membranas translúcidas se curvan por instinto para funcionar como paraguas contra la llovizna, mientras las dos antenas de su cabeza se repliegan hacia atrás.
—¿Disculpa, estás bien? —pregunta la extraña con un tono agudo e infantil, atraída por las plumas iridiscentes que aún destellan bajo el aguacero.
La caída levanta el rostro del barro. Sus ojos grises conectan con la mirada violeta de la joven durante un segundo antes de cerrarse de nuevo. Exhala un suspiro rendido.
—No, no estoy bien. ¿En qué planeta estamos?
La chica esboza una sonrisa luminosa que le arruga las facciones y le achina los ojos. Extiende una mano enguantada hacia la forastera.
—¿Planeta? — La joven niega con la cabeza — Estamos en el Mictlán, por supuesto. ¿No te avisaron antes de subir al barco? —Su entusiasmo resulta casi sintético; da pequeños saltos sobre los talones al hablar.
—¿Barco? —repite la mujer de las plumas magenta. Acepta el agarre, se incorpora y se sacude el lodo de la chaqueta—. No soporto el dolor de cabeza.
La joven borra la expresión jovial de su rostro de un plumazo. Infla el pecho y yergue los hombros, un intento de proyectar una autoridad valerosa.
—Ven, entra a la casa —ordena, guiándola hacia el interior.
Al cruzar el vestíbulo, la música lo envuelve todo. El repique de las cuerdas y la voz romántica se cuelan por los recovecos de la madera. Un tocadiscos impera en la sala principal, erigido como un altar de caoba. «Tú tienes mi amor, si amarte es pecado, quiero ser pecador…», recita el vinilo con anhelo, ella escucha con atención la letra del prodigio vocal.
En el extremo opuesto, un hombre de tez morena bebe de un vaso tequilero. Su labio superior ostenta un bigote fino, trazado con la precisión del carboncillo. Al verlas, los extremos del mostacho se curvan hacia arriba, descubriendo una dentadura impecable.
—Buenas noches, señoritas —saluda con marcado acento rural.
—Estaba tirada en la calle. Dice que le duele la cabeza —informa la joven libélula. Sacude las alas y salpica de rocío las duelas del piso—. ¿Tienes algo para ayudarla?
El hombre se incorpora con serenidad. Se ajusta el sombrero de ala ancha, negro obsidiana, coronado al centro con una insignia de plata en forma de cráneo.
—Mushasha, le voy a traer algo de yelo. Harmonía, recuéstala en el sofá, por favor —indica, antes de perderse rumbo a la cocina.
De una nevera estrecha extrae una bolsa con hielos compactados como roca. Alarga el brazo y toma una servilleta de tela, bordada con grecas rojas y un gallo multicolor. Envuelve el hielo en el paño con destreza.
En menos de un minuto, la compresa gélida reposa sobre la frente de la mujer caída. De sus ojos brotan lágrimas silenciosas, indistinguibles del agua de lluvia que aún le escurre por el rostro.
El hombre se planta frente a la joven. Mantiene las piernas separadas y los brazos cruzados, evaluando en silencio la atípica situación.
—No recuerdo a nadie con plumas, Pascual —murmura Harmonía. Humedece un trapo y lo coloca sobre el pecho de la forastera.
Pascual da un par de pasos; los tacones de sus botas resuenan contra las duelas. Se acerca al tocadiscos y baja el volumen. Al instante, las plumas iridiscentes de la mujer dejan de brillar y pierden el pulso que marcaba la melodía.
—No, mija, yo tampoco. Aunque tú deberías conocerlos mejor que yo. —Pascual se rasca la frente, trazando una mueca de duda—. El salón de la señora Marie quizá siga jalando y las brujas nos echen una mano. ¿Puedes ensillar el caballo?
Las antenas de la diosa caen hacia los lados, a semejanza de las orejas de un perro triste.
—No me dan confianza —exhala.
Pascual sostiene la mirada amatista de la chica un segundo antes de clavar la vista en la punta de sus botas.
—Ya estás, pero la tormenta no cede.
—La puedo cuidar —interrumpe Harmonía. Sus antenas se yerguen y las alas de libélula vibran con agitación.
La sonrisa retorna al rostro de la diosa olimpica. El entusiasmo es genuino; cuidar a la forastera no le supone una carga.
—Pues ya terminaste de podar las rosas y abonar los naranjos. Se viene juerte la llovida y, la verdad, no pensaba dejarte sola con este clima del diablo. Échale un ojo, sabes dónde guardo el botiquín.
La dinámica de la noche da un giro en la casona. Harmonía remueve los hielos de la frente de la joven. Su respiración es pausada y la piel emana un frío punzante; la diosa duda si esa temperatura es producto del contacto con el hielo durante veinte minutos o una característica intrínseca de la mujer.
Toma una silla de caoba y con un impulso de sus alas, levita escasos centímetros se mueve a través de la sala hasta aterrizar junto a su paciente.
Las horas son consumidas ate la atenta mirada vigilante de Harmonia, quien ya decidio que no dejaria sola a la joven, y al fin, la lluvia cede y la tranquilidad impera en la sala, hasta que una serie de toques veloces repica en la puerta principal, semejante al rebote acelerado de una canica contra el piso. Harmonía acude al llamado, pero la sonrisa se le borra del rostro, sustituida por una mueca de hastío. Al abrir, se topa con un joven de piel pálida y cabello blanco. Viste pantalones holgados, una capa color vino y corona su cabeza con un casco metálico alado. Una sonrisa cargada de arrogancia completa su atuendo.
—Señorita, la policía del amor acaba de llegar y te declara culpable de cruzarte en mi camino —anuncia el joven.
—Hermes, ¿qué quieres? Espera, ¿cómo me encontraste? —Harmonía retrocede un paso y comete un error táctico: cede terreno para que el mensajero cruce el umbral.
—Mis espías y yo tenemos contactos, preciosa. ¿Qué dices? Evadimos el arresto y nos vamos a un club esta noche para hacer de todo, menos escuchar jazz.
La sonrisa de Hermes desborda seguridad, hasta que el puño enguantado de Harmonía impacta contra el tabique de su nariz, obligándolo a retroceder.
—Tengo un segundo trabajo. ¿Qué quieres? ¿Podrías dejar de acosarme? —exige la diosa. Aprieta los puños; la rabia tiñe de rojo su habitual tez violeta.
—Estaba buscando —Hermes estira el cuello y clava la vista en la mujer del sofá, que a duras penas mantiene los párpados entreabiertos—. Ah, el color de esas plumas es idéntico al de la esfera de anoche.
—¿Esfera? Hermes, ¡habla ya! —Harmonía fuerza la respiración para sofocar la ira.
—Solo rastreé las huellas de las pisadas que emergieron del cráter, un par de calles abajo. No te enfurezcas, prima. —Hermes intenta avanzar de nuevo, pero la joven despliega las alas y bloquea la entrada.
El amartilleo metálico de un revólver corta la tensión de tajo.
—¿Pos qué está pasando acá mero? —Pascual se yergue a mitad de la escalera con el arma desenfundada. El cañón apunta directo al pecho de Hermes.
—Oh, no. Disculpen, casa equivocada. —El rostro del dios pierde color. Esquiva la mirada de la enorme pistola con una risa nerviosa.
Un pitido agudo escapa del vestido de la forastera. Un haz de luz blanca rompe la penumbra del salón. Del bolsillo interior brota la esfera de bronce, que se eleva emitiendo un fulgor cian que baña las paredes. Segundos después, la luz vira al rojo y una voz sintética domina la sala.
—Protocolo de emergencia. Protocolo de emergencia.
El orbe flota hasta plantarse frente a Pascual, interponiéndose en la trayectoria del arma.
—Nadie se mueva, solicito se identifique
Hermes da un paso hacia atrás, las piernas le tiemblan y su mano instintivamente sujeta el mango de la ballesta que lleva oculta en la capa.
— Quieto — El volumen de voz artificial se incrementa considerablemente, las luces del aparato se intensifican, mientras que el ojo proyectado pareciera incluso cambiar de forma y mostrar enojo.